La Remei

altLa Remei, la del Cisco de la calle de arriba, ya no conoce mucho a sus 86 años. Pero si le cantas el “caralsol” aún te lo sigue. Cosas de la edad, te borra el recuerdo de lo que acabas

 

 

 

 

Texto: Josep Fornés i Garcia Ilustración: Evelio Gómez
alt

 

La Remei, la del Cisco de la calle de arriba, ya no conoce mucho a sus 86 años. Pero si le cantas el “caralsol” aún te lo sigue. Cosas de la edad, te borra el recuerdo de lo que acabas de hacer pero aún te permite recordar las cosas de antes. El tiempo lo perdona todo, excepto la memoria.

 

Se casó con un forastero “que venía con los de Franco”. Llegó muy alto, hasta hizo de alcalde. Su chico, parece que también acabó dedicándose a eso, pero con los de izquierdas.Cuando todavía iba por el pueblo, la Remei solía decir que “los rojos de ahora no son como los de antes, ahora puedes llegar a entenderte con ellos“.

 

En sus buenos tiempos era de misa diaria, pero cuando fueron a vivir a Barcelona fue perdiendo la afición. Quizás por el cura, que era demasiado joven. Quién sabe si por la Virgen, que no era como la del pueblo. O porque aquella gente de la parroquia eran gente de barrio y no vestían como debían para ir a misa. O quizá porque se arreglaban demasiado.

 

Un domingo de Corpus fueron a misa a la Catedral. Cuando iban, se ponía el traje oscuro, el collar de perlas Majórica, los pendientes y la mantilla. Obligaba a su marido a ponerse el traje de Tergal y la corbata seria.

 

Había engordado demasiado y los zapatos de tacón alto le habían puesto en más de un apuro. Aquellos adoquines, con que alguien se había entretenido en empedrar las calles del barrio viejo, eran muy traidores. Había llovido y, si no andabas con cuidado, te salpicaban las medias hasta la entrepierna.

 

La faja la mortificaba. Uno de los corchetes se había desabrochado y se le clavaba en uno de los michelines de encima de la cadera. Aquello era un silicio de monja. Llegaban tarde, y aquel domingo oficiaba el cardenal. Debían darse prisa o llegarían a toro pasado.

 

Un tacón se le tuvo que meter en medio de una de las mil aberturas de aquel maldito empedrado. Con el canalillo empapado, y con el tacón en la mano, entró a misa al compás de las primeras notas del órgano.

 

La nave central ya estaba llena y tuvieron que ir a sentarse en un escaño lateral. Aquel vestido, poco acostumbrado a tanta barriga, no era ya capaz de resistir más la presión de aquel corpazo. Pero el cardenal ya empezaba a oficiar:
 

– In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. Introibo ad altare Dei.

Y, como si la ropa tuviera conocimiento, esperó el preciso momento en que el organista acababa el tutto, para romper ese silencio con el áspero sonido del desgarro de la falda.
Toda la hilera lateral se giró y miraron a Remei. El calor, húmedo y pegajoso, no le ofrecía ni la más mínima compasión. Las gotas de sudor le resbalaban por la cara y por la nuca hacia abajo.

 

La faja, que apenas era capaz de contener aquellas carnes en su sitio, ahora se empapa como una bayeta. Remei aguantó la respiración con la vana esperanza de mantener quietos los corchetes que aún quedaban intactos.

 

Había desayunado poco, porque la noche anterior había comido demasiado. Un profundo rumor salía de sus adentros. Un sube y baja que iba in crescendo.

 

– Gloria Patri, et Filio, et Spiritu Sancto

Suerte tuvo del organista. La gente cantaba y Remei aprovechó para apretar y aliviar la presión. Soltó una nota bastante afinada, un toque de trombón por detrás, que casi parecía provenir del tubo más alto del órgano.

 

– ¡Coño Reme!

 

El vibratto había hecho temblar todo el banco de madera, y su marido había notado las cosquillas en sus propias nalgas.
– Benedicat vos Omnipotens Deus, Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus. Amen.
Salieron los primeros y deprisa. Aquel día tomaron un taxi.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*