La serie opuscula philosophica de la editorial Encuentro es una de las propuestas filosóficas más atractivas de los últimos años. El número 61, el último en llegarnos de las imprentas, refuerza esta posición porque constituye la mejor y más completa traducción de La genialidad, pequeño escrito que nace a partir de una conferencia realizada por Franz Brentano (1838-1917). Este nombre, empero, todavía resulta extraño a los ojos del público hispano. Y si nos suena, se lo debemos a la mención expresa de uno de sus discípulos, el fenomenólogo Edmund Husserl (1859-1938), cuya filosofía tuvo más calado aquí.

Es verdad que el libro que nos ocupa goza, de entre todos los que escribiese Brentano, de una importancia rayana en la anécdota. Pero no por ello es menos cierto que está injustamente apartado de la circulación filosófica en lengua española. Por poner un ejemplo, un libro también anecdótico pero del divino Husserl, llamado La tierra no se mueve, posee un prestigio que perfectamente el de Brentano, mismo en virtudes, merecería. Por suerte viene la editorial Encuentro a remendar este descosido. Dado que en una reseña no procede el resumen, me atendré a un solo aspecto: qué añade este libro a lo ya escrito sobre la genialidad.

Con Brentano asistimos a un ejercicio de honestidad. Por sus páginas nos encontramos con citas de un buen número de pensadores que se han manifestado acerca del genio y la genialidad sin que, por otra parte, se perciba ni el más mínimo atisbo de esnobismo. Su modo de expresión no cae ni en el enciclopedismo miope ni en el emborronado de cuartillas; cuando agarra un tema lo despluma con sus propias manos. Lo oponemos, pues, a esa pléyade de filósofos vencidos ante la oscuridad y la hermenéutica más alambicada; en él todo es claridad y honradez. En esto nos recuerda a la pluma de Ortega y Gasset. En realidad, ambos tienen mucho en común al margen de sus obsesiones: que transmiten lo que previamente han digerido en el estómago, y por eso apenas si es necesario masticar lo que escriben.

Así pues, La genialidad se distingue de lo ya existente sobre el tema principalmente por el tratamiento, directo, deductivo, científico. Brentano, partiendo de tesis ajenas, acuña lo razonable de las mismas y desecha las flaquezas. Se aleja de las explicaciones de tinte metafísico e insiste en lo que pueda ser comprobado empíricamente. Por tanto, decepcionará a quienes vayan buscando alimentar una esperanza fundada en la gracia de la Inspiración. En su filosofía no hay lugar para las Musas y éstas yacen exánimes en torno a su simple pero convincente mentís. Pues tras el velo artificialmente abultado de la genialidad, explica, no hay más que los «frutos de la costumbre, del ejercicio, los cuales se apoyan sobre una base que, según las leyes físicas habituales, por necesidad ha de demostrarse especialmente fructífera en virtud de su ventaja». Ni por mor de la fuerza del Inconsciente ni a través de una Voluntad Divina, el genio crea su obra de arte porque su psicología se aviene, casi por casualidad, con unas determinadas circunstancias, con una determinada época y unos determinados hombres. Huelga decir que esto no significa que el genio esté latente en todo hombre. Porque en última instancia, la mayor parte de los mortales pueden, con tesón y esfuerzo, alcanzar una gran cualidad estética en sus obras. Ahora bien, la genialidad, que tanto puede incidir en el rumbo del progreso histórico, depende de un leve matiz de sensibilidad. El artista genial siente un orden determinado y en función del mismo organiza su obra; siendo lo que queda fuera de su poética, incluso, lo único relevante para el artesano experimentado. Ya que el genio es por naturaleza imperfecto. Sólo es que en su yerro ha incluido, también llevado por este proceso de ligereza, lo que nadie antes había resaltado. Tal es la idiosincrasia del genio, del cual no puede decirse con rigor ni que añade ni que quita, sino que conjuga de esa manera que él ha juzgado significativa y a la que la humanidad todavía no se ha acostumbrado. Y por eso el impresionismo supuso un avance en pintura respecto al academicismo neoclásico, porque allí donde el vejete menestral construye y juzga el arte según la imitación de la naturaleza, el genio crea aun cuando sus modos sean inhábiles y su mejor fruto no consista en otra cosa que en coger lo dado y darle la vuelta. Pensemos si no en Duchamp.

En suma, es éste un libro instructivo y didascálico. Adecuado para el tentado por la filosofía más seria, y desaconsejado para el arrastrado por la filosofía enfebrecida. Entre sus argumentos no se encontrarán juegos de palabras. Tampoco abundantes alusiones a teorías ajenas traídas a colación cuando ya no se sabe qué más decir. Que lo compre quien se sienta un poco iconoclasta y le encrespe la lectura que ofrecen libros exaltados como Los héroes de Carlyle.

66 pp., 10€ Valoración: 8.5/10

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