JOSÉ MANUEL RAMBLA: “SIN LA PROPAGANDA LA GUERRA SERÍA UN SIMPLE EJERCICIO DE VIOLENCIA IRRACIONAL”

altTres años rastreando hemerotecas en busca de artículos y noticias de medios españoles y extranjeros, fondos bibliográficos y archivos fotográficos. Esta es la ardua tarea que, en paralelo con su trabajo de redactor en eldiario Levante-EMV, desempeñó el periodista

 

 

 

Tres años rastreando hemerotecas en busca de artículos y noticias de medios españoles y extranjeros, fondos bibliográficos y archivos fotográficos. Esta es la ardua tarea que, en paralelo con su trabajo de redactor en eldiario Levante-EMV, desempeñó el periodista José Manuel Rambla (Port de Sagunt, 1966) para publicar “Quan el temps era sang. Sagunt en les cròniques i relats de la Guerra Civil” (Institució Alfons el Magnànim, 2013). Un análisis concienzudo sobre la importancia de la propaganda en los conflictos bélicos que traza paralelismos con la política actual, cuya manipulación es igual de agresiva pero mucho más sutil.

 

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¿Los saguntinos tenéis conciencia del pasado épico de vuestra ciudad?

 

“Supongo que como todo lugar en decadencia, un poco . Por ejemplo, hace unos años se vivió como un acontecimiento la representación de la tragedia del infumable Pemán. En cualquier caso, Sagunt es una ciudad física y sociológicamente escindida en dos núcleos separados por tres kilómetros: en el interior, la ciudad histórica de 2000 años y su mítica resistencia contra Aníbal y, en la costa, el núcleo obrero e inmigrante constituido hace un siglo entorno a una fábrica siderúrgica cerrada en los años 80. Allí funciona más el pasado épico de la gran fábrica con miles de obreros trabajando y la añoranza de un supuesto paternalismo empresarial. Ambas épicas aparecen reflejadas en mi libro y, en cierto modo, todavía se pueden rastrear hoy en día aunque muy desgastadas y modificadas por la nueva realidad post-industrial y globalizada”.

 

El tema principal es la propaganda. ¿Sin ella la guerra no sería nada?

 

“Sin propaganda la guerra sería un simple ejercicio de violencia irracional. La propaganda, entendida en su concepción más amplia, convierte a la guerra en guerra al legitimar las motivaciones ideológicas de cada bando y desacreditar las del contrario. De este modo se transforma en un fenómeno social. En este sentido, no funciona de una forma muy diferente al resto de realidades sociales porque qué sería de la política, de la economía, de la religión y tantos aspectos de nuestra vida cotidiana sin esa propaganda, esa carga ideológica que les da sentido?”.

 

Tratas el asunto con rigurosa objetividad. ¿Era igual de ilegítima la propaganda, la manipulación la exageración y la construcción de un enemigo en un bando que en el otro, teniendo en cuenta que uno de los dos era antidemocrático?

 

“La palabra ‘propaganda’ no siempre tuvo esa connotación negativa que hoy tiene al equipararla a manipulación comercial o política. Eso no siempre fue así. Por ejemplo, antes no se veía mal que existiera un Ministerio de la Propaganda, es ahora cuando se prefiere enmascarar la propaganda a través de ‘gabinetes de comunicación’. La propaganda, en esencia, busca persuadir a las personas para que actúen de una determinada manera. Si pensamos en una campaña para incitar a la compra compulsiva de objetos innecesarios, eso nos parecerá manipulación. Pero si pensamos en una campaña de artículos, anuncios, entrevistas, etcétera, dirigida a persuadir a los conductores para evitar accidentes, o a los adolescentes para usar preservativo para evitar embarazos o el Sida, entonces nuestra visión cambia. En consecuencia, si hablamos de propaganda durante la guerra, efectivamente, ambos bandos, como no podía ser de otra manera, recurrieron a este tipo de mecanismos de persuasión. En cualquier caso, la legitimidad no viene dada por la comunicación, sino por la política. En este sentido, la única institución legítima que existía era el gobierno republicano. El bando franquista podría haber hecho una propaganda respetuosa, didáctica y hasta ‘rosa’ –cosa que, obviamente, no hizo-, pero eso no le habría dado ninguna legitimidad”.

 

En el discurso del bando franquista hay un trasfondo de superioridad moral y de encargo divino. ¿Eso lo hace especialmente perverso? ¿También existía en el lado republicano?

 

“Por definición, todo discurso que busca una legitimación aspira a presentarse como superior éticamente frente a su contrario. Eso, por supuesto, se aplica también al bando republicano durante la Guerra Civil. La diferencia estriba en que mientras el discurso republicano se basa en criterios laicos, democráticos e integradores como la justicia social, la libertad, la cultura, la educación, etcétera; el discurso franquista proyecta criterios excluyentes. Cuando se dice estar representando a España combatiendo a la anti-España, no hay posibilidad de integración. En realidad, se trata de un discurso que entronca en gran medida con el pensamiento reaccionario español y su combate a la hidra revolucionaria y liberal desde los tiempos de Fernando VII. Y además con el agravante de una legitimación religiosa por parte de la Iglesia católica que convierte en Cruzada la guerra emprendida por Franco. El resultado son las arengas radiofónicas de Queipo de Llano incitando a “matar como a perros” a los rojos, a eliminar físicamente al adversario. Y lamentablemente no fueron recursos retóricos: la represión que siguió al final de la guerra fue salvaje y el franquismo no dejó de matar hasta sus últimos días”.

 

¿El discurso del bando nacional todavía sobrevive en una parte de la clase política y periodística española?

 

“Si por clase política y periodística entendemos aquellos sectores vinculados a la derecha política y periodística, sin lugar a dudas sí. Es muy significativo que el PP, que sigue negándose a condenar el franquismo, no tenga, por el contrario, ningún inconveniente en repetir continuamente que considera la República como el periodo más nefasto de la historia de España, caracterizado por el caos y la violencia. Ese mismo argumento fue el que emplearon las fuerzas conservadoras y reaccionarias para justificar el golpe del 18 de julio. Por lo visto, para la derecha los fusilados y encarcelados entre el 1 de abril de 1939 y el 20 de noviembre de 1975 no fueron víctimas de ninguna clase de violencia. Y lo mismo podemos decir de amplios sectores eclesiásticos como hemos podido ver en la reciente beatificación masiva de “mártires”, convertida en un espectáculo respaldado, por cierto, no sólo por el gobierno de Madrid, sino incluso por Artur Mas”.

 

En la España actual se antoja difícil otra guerra pero en cambio la desinformación y la propaganda, como elementos de manipulación, se están usando de manera tan agresiva como sutil hasta tal punto que la gente no se indigna tanto…

 

“Porque para que la propaganda funcione el receptor tiene que identificarse con el discurso que le llega. Si esa identificación no se da, la propaganda queda al descubierto y lo que el receptor percibe es un intento de manipulación que irrita e indigna. Y eso con independencia de lo tosco o soez que sea el mensaje que llega. Eso explica, por ejemplo, que un lector de El País se indigne al leer la visión de la actualidad que le ofrece La Razón –y viceversa, claro- mientras que reciba con total naturalidad el discurso que le llega de su periódico. En realidad, como explica Manuel Castells, lo que ocurre es que la mayoría de la gente no busca información en los medios de comunicación, sino ver confirmadas sus ideas preconcebidas, su propia visión ideológica del mundo”.

 

¿Quizás la versión moderna de la propaganda es aquello que dicen que ‘una mentira repetida mil veces se convierte en verdad’?

 

“En cierto modo sí. Si analizamos el posicionamiento de los principales medios de comunicación sobre la agenda de actualidad vemos como el grado de coincidencias es enorme. Ningún medio español, por ejemplo, se cuestiona la necesidad de contener y recortar el gasto público, por ejemplo, aunque unos sean más flexibles que otros en los tiempos o criterios de aplicación de esos recortes. De esta forma, el discurso dominante es hegemónico. Eso sí, de vez en cuando se deja aparecer una voz crítica, sobre todo en la sección de opinión, que aparece prácticamente apagada entre la multitud de voces que repiten el discurso oficial, pero que nos permiten dar la apariencia de que existe una libertad de expresión”.

 

Ya sabemos que la historia la escriben los ganadores. ¿Falta pedagogía en las escuelas para evitar que la visión de ‘los perdedores’ se olvide en hemerotecas o archivos?

 

“No. Yo estoy convencido de que la inmensa mayoría de los docentes tienen una visión sensible y respetuosa con los perdedores de la Guerra Civil. Lo que realmente falta es voluntad política. No hay mayor prueba de ello que comprobar cómo, a estas alturas de la historia, la ONU todavía tiene que recordarle al estado español su obligación de hacer algo con los miles de ciudadanos que siguen desaparecidos y enterrados por las cunetas. Y lo que es más pasmoso, que el gobierno siga ignorando esos requerimientos. Mientras ese problema no se afronte, seguirá habiendo mucha gente interesada en el olvido, políticamente interesada en el olvido. Por eso es tan grave que la derecha siga sin querer condenar el franquismo, algo que sería impensable en Alemania o Italia. Y por eso, no se trata de un problema pedagógico, sino de una cuestión de salud democrática”.

 

Me pregunto si el grado de éxito y arraigo de la propaganda depende de la cultura e inteligencia de las personas. ¿Podríamos decir que si en la España de los años 30 el analfabetismo hubiera sido menor la causa golpista hubiera tenido menos adeptos?

 

“Obviamente, la educación es un elemento importante, pero no es el único. Detrás hay una complejidad de factores, intereses de clase, conflictos sociales, políticos, culturales. Posiblemente si durante mucho tiempo ha existido un estamento letrado en España frente a las amplias capas de analfabetismo, ese ha sido el clero. Sin embargo, en todo ese tiempo los eclesiásticos no se caracterizaron precisamente por sus posiciones avanzadas y contrarias al golpe militar”.

 

Vamos a la actualidad. ¿Qué te parecen los últimos años de gobierno del PP en el País Valencià?

 

“Estamos hablando todo el tiempo de propaganda, así que en cierto modo podemos seguir con el tema porque, en realidad, el PP valenciano tuvo la habilidad de transformar la propaganda en motor desarrollista. Propaganda y urbanismo, claro. Así, mientras que las estructuras sociales y económicas del país se desvanecían logró sumergir a una mayoría de la sociedad valenciana en una borrachera de supuesta riqueza para todos. Por ejemplo, la agricultura desaparecía porque ya no son rentables los naranjos, pero no importaba porque una buena recalificación de terrenos permitía al propietario del huerto obtener un pelotazo económico que no lograría con las cosechas de toda una vida. Los grandes eventos, la Fórmula 1, la Ciudades de las Artes… todo iba a convertirnos en el centro del mundo, una especie de paraíso donde se bajaban los impuestos y los “emprendedores” hallaban en la especulación inmobiliaria la piedra filosofal que todo lo convierte en oro. Así que todos felices, salvo los agoreros de turno que advertían que la cosa era insostenible e irracional. Hasta que finalmente nos estallaron todas las burbujas en la cara dejando al descubierto la corrupción política que existía debajo de todo este espejismo, el derrumbe de la economía real y del empleo. Y así las políticas del PP nos han terminado trayendo a donde estamos: un País Valenciano en pleno desguace, sin expectativas, con una identidad continuamente cuestionada y donde los populares, incluso, no descartan desandar lo poco que se ha andado en autogobierno devolviendo competencias a Madrid”.

 

¿El PP ha conseguido eliminar o, mejor dicho, debilitar los históricos lazos culturales entre Catalunya y el País Valencià? ¿La sociedad valenciana está dividida en esta cuestión?

 

“Lo peor no es que se hayan debilitado esos lazos culturales e históricos, sino que desde los últimos años del franquismo la derecha logró imponer una identidad valenciana sobre la base del anticatalanismo. Fue un proceso muy duro, caracterizado por un radicalismo blavero, una presión muy beligerante y en ocasiones hasta violenta, con episodios como el atentado a la casa del intelectual Joan Fuster o el asesinato de Guillem Agulló. El término ‘blavero’ hace alusión a los defensores de la franja azul en la bandera valenciana para diferenciarla de la cuatribarrada defendida por los nacionalistas. Por extensión, los blaveros son los que reafirman la identidad valenciana rechazando cualquier lazo cultural con Catalunya y defendiendo el valenciano como lengua diferente del catalán, cuyos orígenes algunos hacen remontar a tiempos de los íberos.La derecha política y mediática dio alas a estos sectores más reaccionarios para contrarrestar el incipiente movimiento nacionalista que se gestaba en la transición. Y lo consiguieron. En algunos casos, se vieron favorecidos por la torpeza de algunos planteamientos, que en este contexto se empeñaron en subrayar en exceso la catalanidad valenciana o abogar por un proyecto como el de Països Catalans que tampoco tenían base histórica ni sociológica y que era visto con recelo por buena parte de la sociedad valenciana. En cualquier caso, todo aquel blaverismo político, muy presente sobre todo en la ciudad de Valencia y las comarcas limítrofes, que primero aglutinó Unió Valenciana, acabó en el PP y terminó imponiendo una visión folklorista de la identidad cultural valenciana. Todo ello ha provocado situaciones surrealistas como el rechazo a las retrasmisiones de TV3 o que, incluso, algunos sectores consideren catalanista la ley de uso del valenciano aprobada por el PP. Aunque en buena medida ese viejo discurso anticatalanista empezaba a superarse, el PP está intentando rescatarlo con propuestas tan absurdas como prohibir el término “País Valencià”. En el fondo se trata de contrarrestar el desgaste político buscando un enemigo exterior al que acusar de querer robarnos nuestras tradiciones, nuestra lengua y nuestra paella”.

 

¿Y qué opinión te merece la desaparición de Canal 9 y de cómo se ha gestionado? Fabra aseguraba que era necesario porque lo que no iban a hacer era cerrar un hospital y que por lo tanto preferían sacrificar la TV…

 

“El cierre de Canal 9 es la gran metáfora de la crisis valenciana. En cierto modo el PP había logrado convertir la televisión pública valenciana en una pequeña réplica de su imperio: manipuladora, corrupta, nula como instrumento de normalización lingüística, altavoz de las políticas de espejismo y grandes proyectos. Su cierre evidencia el fracaso total de ese proyecto. Y la reacción ciudadana en contra del cierre ejemplifica la reivindicación de un sector cada vez mayor de la sociedad, aunque todavía no me atrevería a decir que mayoritario, por construir una alternativa, algo nuevo y crítico; de ahí que, por un lado, se rechace el cierre y se apoye a los trabajadores afectados, pero al mismo tiempo también se censure la actitud de muchos de esos mismos trabajadores que callaron durante los años en que se estaba produciendo el despojo ético y económico de la televisión pública. En cuanto a la famosa frase de Fabra sobre las escuelas y los hospitales no es más que demagogia, porque el deterioro del sistema educativo y sanitario públicos han sido una constante en el País Valenciano en beneficio del sector privado. Por otro lado, también hay que pensar que Fabra es un presidente cuestionado dentro de su propio partido, acosado por la sombra de Camps y sin ningún carisma. En este sentido, su golpe de fuerza con RTVV puede que también buscara reforzar tímidamente su autoridad, aunque no parece que haya tenido mucho éxito”.

 

Cita un ejemplo reciente de propaganda vendida como información que te haya resultado especialmente flagrante o grave.

 

“Por desgracia, la lista podría ser interminable. Como vivencia personal tal vez la que me resultó más indignante fue el discurso de las armas de destrucción masiva en Iraq. Unos pocos meses antes de que Estados Unidos, con el respaldo entusiasmado de Aznar, invadiera el país, tuve la oportunidad de viajar a Bagdad. Allí, cuando preguntabas al personal de la ONU sobre qué debía hacer Iraq para demostrar que cumplía con las exigencias de la comunidad internacional, te decían que no lo sabían porque no había graves incumplimientos. Pese a ello, la totalidad de los medios de comunicación, incluidos los moderadamente críticos con la guerra, estuvieron hasta el final hablando de la amenaza de las armas de destrucción masiva. Junto a éste, y ligado a él, también tenemos los intentos de manipulación del gobierno el 11-M como otro de los casos más miserables. Pero no hay que ir a situaciones tan extremas. Tenemos ejemplos más cotidianos, como los discursos no menos propagandísticos que nos repiten que el déficit público pone en peligro la economía, con lo que se justifican los recortes sociales, o que el problema del desempleo está ligado a la rigidez del mercado laboral, con el que se lleva décadas precarizando las relaciones laborales”.

 

¿Qué grado de responsabilidad tienen los periodistas en la generación de la opinión pública? Los bolígrafos y los teclados pueden llegar a ser armas de destrucción masiva…

 

“Ese es un debate lleno de actualidad, como lo estamos viendo estos días en el País Valenciano a propósito de los trabajadores de Canal 9. ¿Qué grado de responsabilidad por la manipulación y el servilismo a las órdenes del PP les corresponde? Yo creo que el periodista debe afrontar su trabajo con criterios de objetividad, que no hay que confundir con la neutralidad. A mí no me importa tanto que un periodista se implique en sus crónicas como que afronte su trabajo con rigor, contrastando las informaciones y abordando el asunto desde el mayor número de puntos de vista posible. Helbert L. Matthews, corresponsal de New York Times durante la Guerra Civil en España, admitía su implicación con la República, pero consideraba que pedirle a un periodista que no tuviera ideas, sentimientos o, incluso, prejuicios era un imposible. Sin embargo, al mismo tiempo, era estricto al afirmar que a un periodista había que exigirle que no ocultara hechos y que escribiera sólo lo que creía que era cierto. Otra cosa es como se contextualiza la crónica enviada por el periodista en el medio, lo que puede alterar el mensaje que llega si el editor opta por marginarla, censurarla, cortarla o la usa sólo como contrapunto testimonial frente al discurso predominante. Matthews, por ejemplo, se desesperaba al ver como en Nueva York le censuraban sus alusiones a la presencia de soldados italianos en España para no cuestionar la versión oficial de ‘No Intervención’. Obviamente, aquí estamos hablando de periodismo honesto. Matthews, por ejemplo, fue tan coherente que incluso años después de acabada la guerra, cuando le demostraron con datos que alguna de sus informaciones sobre el asedio al Alcázar de Toledo era equivocada, no tuvo reparos en admitir públicamente su error. Otra cosa muy distinta son aquellos periodistas o informadores que directamente esperan el dictado para escribir. Decía Kapuscinski que el periodismo no es una profesión para cínicos. Tal vez tuviera razón, aunque lamentablemente viendo la cantidad de mezquinos que hay en el oficio parece que, en este caso, la realidad contradice al maestro”.

 

¿Los periodistas respetan suficientemente el código deontológico?

 

“El periodismo tiene que desarrollarse en nuestras sociedades a partir de una combinación difícil y contradictoria desde el punto de vista ético entre la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad de empresa. A ello se le añade que la coctelera donde se mezclan esos ingredientes está fabricada con los condicionantes administrativos impuestos por el Estado, especialmente en los medios públicos en el que los intentos de control por el gobierno de turno han sido mucho más que una tentación, y por los condicionantes económicos impuestos por el mercado. Y por si faltara algo, ahora además las nuevas tecnologías y la red han hecho que el modelo empresarial basado en la financiación publicitaria haya saltado por los aires sin que se vislumbren alternativas claras. Todo ello ha generado en los últimos tiempos un auténtico cóctel molotov donde la carrera desbocada por la audiencia, o por conseguir licencias televisivas o una parte del pastel publicitario institucional, ha hecho que hasta los medios antaño más prestigiosos se entreguen a una lucha por la carnaza que en muchos casos, y salvo honrosas excepciones, haya ido relegando la ética al ámbito de lo anecdótico”.

 

Las nuevas tecnologías derriban fronteras y acercan la información pero, ¿el hecho de que cualquiera pueda opinar sobre cualquier tema no aumenta el riesgo de desinformación?

 

“Sin duda las nuevas tecnologías suponen una gran oportunidad en la democratización de la información, en la inmediatez y la participación colectiva. Esto tiene enormes posibilidades para generar herramientas de contrainformación y contrapoder. Sin embargo, también se ha sobredimensionado su potencial. En cierto modo, Microsoft y Apple han promovido una imagen de emprendedor social 2.0 en el que las tecnologías y la red eran el motor de las primaveras árabes, el 15-M o el junio brasileño. Y claro, ellos dispuestos a vendernos el último modelo de I-phone para que tú puedas cambiar cómodamente el mundo desde tu casa. Hoy sabemos que gracias a las nuevas tecnologías se pueden denunciar abusos de poder y organizar protestas en tiempo real, pero también sabemos que las fotos subidas de las manifestaciones árabes a Facebook, por ejemplo, sirvieron para que la policía identificara disidentes y, en muchos casos, los encarcelara y hasta eliminara. Igualmente, después de los últimos escándalos de espionaje, también hemos aprendido que era más fácil pasar clandestinamente un libro o un panfleto en el siglo pasado que un correo electrónico en nuestros días. Y a todo ello se suma todo el ruido que las nuevas tecnologías generan bajo la apariencia de la participación: sólo basta con comprobar el gran número de estupideces, insultos o frases soeces que suelen aparecer en los comentarios que acompañan los artículos de los medios digitales. Luego hay otro riesgo: el de la inmediatez. Se está promoviendo la falsa idea de que con las nuevas tecnologías estás informado en tiempo real y eso es una falsedad. Ya lo vimos en la primera guerra del Golfo, la primera televisada en directo, pero que acabó siendo una simple retransmisión de fuegos artificiales, sin que la cara real de la guerra apareciera por ningún lado. Hoy vivimos la información como una cascada donde los hechos se nos vienen encima como en Twitter. Pero conocer y acumular hechos que te llegan a través de las redes sociales no es comprender lo que está ocurriendo. Eso requiere detenerse y asimilar. Estar realmente informado requiere esfuerzo y tiempo”.

 

Los objetivos de la información deberían ser informar y formar. ¿Qué es más peligroso, que desinforme, que deforme o ambas cosas?

 

“La desinformación, la censura, el ocultamiento no tiene sentido en nuestro tiempo. ¿Qué sentido tiene que Aznar intente ocultar la autoría islamista del 11-M si la gente puede llegar a esa hipótesis consultando simplemente la web de la BBC? ¿Qué se pretende ordenando a Canal 9 que margine la información del accidente del metro de Valencia si el resto de medios están dando una gran cobertura sobre el tema? En estos casos la propaganda se hace zafia y lo que tenía que ser un mecanismo de persuasión es percibido como un intento de manipulación. ¿Cuál es el resultado? Que el medio queda desacreditado y pierde su capacidad de incidencia porque la gente desconfía de sus contenidos. Es lo que pasa con los medios de los regímenes autoritarios, sean del signo que sean. Por eso, en las sociedades democráticas, o más bien post-democráticas como comienzan a ser denominadas, el discurso oficial, el pensamiento único, acepta la voz de  la disidencia, siempre y cuando, claro, no le ponga en peligro esa hegemonía. De este modo, el discurso dominante amplía su legitimación social y refuerza la apariencia de veracidad. Por eso, si antes hablábamos de la necesidad de que el periodista sea crítico, no menos necesario es que el receptor, el lector, el televidente, también sea crítico. Incluso un poco desconfiado, especialmente con aquellos medios en los que más confía”.

 

 

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