A veces la propaganda no necesita inventar un personaje: le basta con simplificarlo. Melitón Manzanas fue un policía de la dictadura franquista implicado en la represión y señalado por sus métodos violentos. Fue también asesinado por ETA en 1968. Entre ambos hechos se construyó un personaje que convenía a casi todos los relatos: para unos, un torturador convertido en símbolo del enemigo; para otros, una víctima cuyo asesinato permitía borrar todo lo que había hecho antes. El problema empieza cuando la historia se acomoda demasiado bien a la propaganda.
Durante décadas, Manzanas ha sido presentado como agente de la Gestapo, colaborador directo del aparato nazi y poco menos que una encarnación española de la policía política de Hitler. Pero la investigación histórica obliga a introducir una diferencia incómoda: existen indicios de sus relaciones con personas y redes vinculadas al Tercer Reich, así como documentación que lo sitúa actuando contra quienes ayudaban a perseguidos por los nazis, pero no una prueba concluyente de que fuera, en sentido estricto, agente de la Gestapo.
La precisión no lo absuelve. Tampoco lo condena más. Simplemente cambia la pregunta.
Porque si para demostrar la naturaleza represiva de Manzanas necesitamos convertirlo en un funcionario nazi, quizá estamos mirando al personaje equivocado. Su propia trayectoria dentro de la policía franquista contiene elementos suficientes para comprender quién fue. Y, del mismo modo, si para reconocer que fue víctima de un asesinato terrorista necesitamos borrar su pasado, entonces tampoco estamos haciendo historia: estamos fabricando una memoria a medida.
La paradoja de Manzanas es precisamente esa: su biografía resulta más incómoda cuando se la despoja de los mitos que cuando se la llena de ellos.
Manzanas ingresó en la policía en 1939 y fue destinado a Irún, una frontera especialmente sensible durante la Segunda Guerra Mundial. Allí participó en tareas de información, vigilancia y persecución del contrabando. En abril de 1942 intervino, junto al policía José Bazán, en la detención de Manuel Iturrioz, relacionado con la red Comète, dedicada a ayudar a combatientes aliados perseguidos por los nazis. Las fuentes manejadas por David Mota Zurdo señalan que Iturrioz fue interrogado y torturado durante tres días.
No estamos, por tanto, ante una figura cuya dimensión represiva dependa de una etiqueta alemana. La violencia está en el propio expediente español.
Un informe del Servicio de Inteligencia del Gobierno republicano en el exilio describía poco después a Manzanas como uno de los funcionarios que más destacaban por su crueldad y persecución. Las acusaciones de tortura tampoco pertenecen únicamente a la literatura política posterior. Forman parte de una memoria de la oposición antifranquista sobre la actuación de la Brigada de Investigación Social, el aparato especializado en perseguir y desarticular la disidencia.
La cuestión de sus relaciones con el Tercer Reich es, precisamente por eso, más interesante cuando se formula con prudencia. Informes del Servicio Vasco de Información elaborados para la inteligencia estadounidense dentro de la operación Safehaven señalaban que Manzanas y otros agentes habían trabajado «a favor de los alemanes» y cumplido órdenes de la Gestapo. Otro documento lo situaba como hombre de confianza de Heinrich Bauer, alias del colaboracionista belga Georges-Henri Delfanne, relacionado con el expolio de bienes pertenecientes a judíos en la Europa ocupada.
Son indicios relevantes. Pero un indicio no es una prueba definitiva y una relación con agentes o colaboradores nazis no equivale automáticamente a pertenecer a la Gestapo. La investigación en archivos alemanes no ha aportado, hasta ahora, una documentación concluyente que permita cerrar esa cuestión.
Esta incertidumbre debería ser asumida, no ocultada.
Hay una cierta impaciencia moral que sospecha de las zonas grises. Parece que, si un personaje ha sido represor, todavía necesitamos demostrar que fue algo peor para que la condena resulte plenamente satisfactoria. Como si la violencia franquista necesitara la firma de Berlín para ser suficientemente abyecta. Es una forma extraña de minusvalorar la propia historia.
El franquismo no necesitó importar la Gestapo para desarrollar sus mecanismos de represión. Tuvo policía política, cárceles, tribunales de excepción, depuración profesional, censura y una extensa red de vigilancia. Manzanas pertenece a esa historia. Su eventual proximidad a determinados agentes alemanes puede iluminar una parte de su trayectoria, pero no constituye la explicación de su carácter represivo.
Y aquí aparece el segundo mito, quizá más resistente porque se alimenta de un hecho indiscutible.
El 2 de agosto de 1968, ETA asesinó a Melitón Manzanas. Fue el primer atentado mortal premeditado de la organización. El asesinato abrió una nueva etapa en la historia de la violencia política vasca y fue seguido, meses después, por la declaración del estado de excepción en Guipúzcoa. Manzanas pasó entonces de ser un funcionario conocido por los sectores de la oposición a convertirse en un símbolo para el régimen franquista.
El problema no está en reconocer que fue una víctima. Lo fue.
El problema aparece cuando la palabra «víctima» empieza a funcionar como una absolución biográfica.
Una persona puede haber sido víctima de un crimen y haber causado sufrimiento a otras personas. No existe contradicción lógica alguna. La condición de víctima describe lo que alguien ha sufrido; no reescribe automáticamente aquello que hizo antes. Del mismo modo, haber ejercido la represión no convierte a nadie en responsable de su propio asesinato.
Parece elemental, pero buena parte de las disputas sobre la memoria española se construyen precisamente sobre la negativa a aceptar esa simultaneidad.
Un muerto se convierte en un personaje entero. Y los personajes enteros son mucho más útiles políticamente que las personas reales.
ETA necesitaba presentar a Manzanas como la encarnación del aparato represivo contra el que decía combatir. El franquismo necesitaba convertir su muerte en una prueba del carácter criminal del enemigo. Décadas después, distintas memorias políticas han seguido disputándose su significado. Cada relato conserva una parte del hecho y expulsa aquello que lo incomoda.
La investigación histórica tiene una tarea menos agradecida: devolver las piezas a la misma mesa.
Eso implica aceptar que Manzanas pudo ser un represor franquista y, al mismo tiempo, una víctima de ETA. Que pudo mantener relaciones con personas vinculadas al aparato nazi sin que eso permita afirmar automáticamente que perteneció a la Gestapo. Que pudo haber participado en interrogatorios violentos sin que su asesinato deje de ser un asesinato.
Las categorías morales no pierden fuerza porque sean complejas. Al contrario: se vuelven más precisas.
Hay también una lección sobre el lenguaje. «Gestapo» no debería utilizarse como sinónimo de policía brutal, del mismo modo que «terrorista» no puede convertirse en una palabra destinada a borrar toda la biografía de la persona asesinada. Cuando las palabras históricas dejan de describir y empiezan a funcionar como armas arrojadizas, dejan de ayudarnos a comprender.
Lo paradójico es que la precisión documental no favorece necesariamente a una memoria frente a otra. Puede incomodar a todas.
A quienes quisieron presentar a Manzanas como un criminal nazi les obliga a distinguir entre colaboración, contacto, información y pertenencia orgánica. A quienes quisieron convertirlo exclusivamente en mártir les recuerda que la víctima tenía una trayectoria anterior y que esa trayectoria incluye acusaciones de tortura y represión. La historia no tiene por qué elegir el relato que nos resulte emocionalmente más satisfactorio.
Quizá esa sea la verdadera dificultad de mirar el pasado sin convertirlo en un tribunal retrospectivo ni en un altar.
Melitón Manzanas no necesita ser un monstruo importado de la Alemania nazi para representar la brutalidad de una dictadura. Tampoco necesita ser un hombre sin pasado para ser reconocido como víctima de ETA. Su figura resulta más incómoda precisamente porque obliga a sostener dos verdades a la vez.
Y esa incomodidad es valiosa.
La memoria democrática no debería aspirar a fabricar muertos puros ni enemigos absolutos. Debería intentar reconstruir vidas concretas, incluso cuando esas vidas contradicen los relatos que después se hicieron sobre ellas.
Manzanas no cabe limpiamente en ninguno de los dos altares. Tal vez por eso merece salir de ellos.
No para rehabilitarlo. Tampoco para convertirlo en un monstruo más perfecto.
Simplemente para devolverle aquello que la propaganda suele arrebatar a sus protagonistas: la complejidad de los hechos. Porque la historia empieza, muchas veces, justo cuando dejamos de necesitar que los muertos sean exactamente como los habíamos imaginado.




