¿Fidel Castro era comunista? El giro ideológico de la revolución cubana
Hay una fotografía —o más bien una escena, repetida en varios noticieros de abril de 1959— que merece rescatarse antes de entrar en ninguna teoría. Fidel Castro, de treinta y dos años, recién llegado al poder, camina por Washington entre periodistas y curiosos, sin escolta apenas, sonriendo, comiendo un perrito caliente frente al monumento a Lincoln. Le preguntan, una y otra vez, si es comunista. Y él, con esa mezcla de teatralidad y sinceridad aparente que lo acompañó toda la vida, lo niega. «Nuestra revolución no es roja, es verde oliva», dice, señalando el color de sus uniformes de la Sierra Maestra. Treinta y dos meses después, en diciembre de 1961, el mismo hombre —ya sin sonrisa, ya sin perrito caliente— proclama ante Cuba entera: «Soy marxista-leninista y lo seré hasta el último día de mi vida».
¿Qué pasó entre esas dos escenas? La pregunta ha ocupado a generaciones de historiadores, y probablemente seguirá sin respuesta definitiva, porque toca algo que ningún archivo puede certificar del todo: lo que un hombre cree de verdad, por dentro, mientras dice otra cosa hacia afuera. Pero sí podemos reconstruir el terreno donde esa convicción —o esa máscara— fue tomando forma. Y en ese terreno hay dos presencias que pesan tanto como cualquier cálculo geopolítico: la de su hermano Raúl y la de un médico argentino de asma crónica y verbo cortante llamado Ernesto Guevara.
Un discurso sin Marx
Antes de hablar de esas presencias, conviene mirar de dónde partía Fidel. Su primer gran texto político, «La historia me absolverá» —el alegato que improvisó, memorizó y reconstruyó tras el fracaso del asalto al cuartel Moncada en 1953— es, releído hoy, un documento casi conmovedor en su moderación. Pide el regreso a la Constitución de 1940, una reforma agraria razonable, industrialización, escuelas, hospitales. No hay una sola línea sobre lucha de clases, ni sobre la propiedad colectiva de los medios de producción. El propio Partido Socialista Popular, el partido comunista cubano oficial, miró con desconfianza al joven abogado que se lanzó al asalto de un cuartel sin consultarlo con nadie; lo llamó, con cierto desdén, un «aventurero pequeñoburgués». Cuando Castro desembarca del Granma en 1956 y sube a la Sierra Maestra, lo hace al frente de una guerrilla hecha de nacionalistas, liberales y antiguos militantes ortodoxos —los herederos de Eduardo Chibás—, no de cuadros marxistas.
Y sin embargo, en esa misma Sierra, muy cerca de Fidel, hay dos hombres que ya piensan en otro idioma.
Las dos voces que susurraban desde dentro
Raúl Castro se había afiliado, aunque fuera de manera informal, a círculos comunistas antes incluso del asalto al Moncada; había viajado a un congreso juvenil en Viena en 1953, en plena Guerra Fría, y regresó con una simpatía por la Unión Soviética que nunca ocultó del todo entre sus íntimos. Che Guevara, por su parte, llegaba a Cuba con una biografía forjada en otro país: había estado en Guatemala en 1954, viendo con sus propios ojos cómo Washington y la United Fruit Company derribaban al gobierno de Jacobo Árbenz —un presidente que ni siquiera era comunista, apenas un reformista agrario— por el simple delito de tocar tierras norteamericanas. Guevara salió de aquella experiencia con una certeza que llevaría como una brasa encendida durante años: que no hay reforma tibia que Estados Unidos vaya a tolerar, y que la única revolución que sobrevive es la que se atreve a ir hasta el final.
Es fácil imaginar —y varios historiadores lo han documentado a partir de cartas, memorias de combatientes y testimonios posteriores— las conversaciones nocturnas en los campamentos de la Sierra Maestra: Raúl y el Che empujando, con paciencia de años, hacia una lectura más radical del proceso; Fidel escuchando, discutiendo, resistiéndose a veces, cediendo terreno otras. No hace falta imaginar una conspiración ni un adoctrinamiento deliberado para reconocer algo mucho más humano: la ideología de un líder no nace en el vacío de su cabeza, se cuece en las conversaciones con quienes tiene más cerca, y Fidel tenía, día y noche, durante dos años de guerra en la montaña, a dos de los marxistas más convencidos de su generación.
El miedo que enseñaba prudencia
Pero había también, fuera de la Sierra, una lección que no había que susurrar porque ya estaba escrita en la historia reciente del continente: la caída de Árbenz. Ese fantasma guatemalteco —que el propio Che había visto de cerca— explica en buena medida por qué Fidel, ya en el poder, prefirió hablar de reforma agraria y de dignidad nacional antes que de socialismo. Declarar el marxismo en 1959 habría sido, sencillamente, un suicidio: Cuba dependía del mercado estadounidense para casi todo, y Washington no necesitaba más que un pretexto ideológico para repetir la jugada de 1954. La moderación pública de Fidel, en este sentido, no fue necesariamente hipocresía: fue prudencia aprendida, en parte, de la propia experiencia que Guevara traía consigo.
Una alianza que también se limpiaba de estorbos
Hay, además, una explicación más terrenal, menos ideológica y más política: gobernar en 1959 significaba sostener una coalición que no confiaba en sí misma. El presidente Manuel Urrutia era un juez moderado; el primer ministro, José Miró Cardona, un liberal sin vínculo alguno con el comunismo. Ninguno duró en el cargo más que unos meses. Urrutia fue empujado a dimitir en julio de 1959; Miró Cardona apenas alcanzó a calentar la silla. El caso que mejor retrata el costo humano de este giro es el de Húber Matos, comandante rebelde, héroe de la guerra contra Batista, que en octubre de ese año se atrevió a denunciar públicamente que la revolución se estaba «comunizando». Pagó esa honestidad con veinte años de cárcel. Cada una de esas salidas —forzadas, silenciadas o encarceladas— fue despejando el camino, y no solo para una ideología, sino para un solo hombre en el centro absoluto del poder.
Tres corrientes que desembocan en el mismo río
Puestas una junto a otra, estas explicaciones no compiten: se trenzan. Está el miedo razonable a repetir Guatemala. Está la ambición, tan humana como despiadada, de no compartir el poder con nadie que pudiera limitarlo. Y está algo más íntimo, más lento, casi invisible en los documentos oficiales: la influencia sostenida, durante años de convivencia en la guerra y luego en el gobierno, de un hermano y de un compañero de armas que ya habían decidido, antes que él, en qué bando de la Guerra Fría querían estar. Cuando Fidel proclamó su marxismo-leninismo en diciembre de 1961 —ya sin rivales internos, ya sin margen de vuelta atrás tras la ruptura de Playa Girón—, no estaba anunciando una conversión repentina. Estaba, más bien, poniendo en público una transformación que llevaba años gestándose puertas adentro, alimentada por las mismas voces que lo habían acompañado desde la Sierra.
La pregunta que ningún archivo resuelve
Queda, al final, lo de siempre: no hay manera de entrar en la cabeza de un hombre muerto y saber si creía lo que decía en cada momento, o si simplemente decía lo que la circunstancia le exigía. Lo que sí puede reconstruirse, con la evidencia disponible, es un proceso: un joven abogado que empieza reclamando la Constitución de 1940 y termina, ocho años después, declarándose discípulo de Lenin; un hombre rodeado, desde muy pronto, por dos de los ideólogos marxistas más tenaces de su tiempo; y un país que, entre el miedo a Washington y la ambición de un solo líder, terminó encontrando en el socialismo la única salida que parecía, a la vez, segura hacia afuera y controlable hacia adentro. Fidel Castro no fue solamente un comunista que mintió sobre serlo, ni tampoco un nacionalista ingenuo que las circunstancias arrastraron hacia Moscú sin quererlo. Fue, probablemente, un hombre que se dejó moldear —despacio, a lo largo de años de guerra y de poder— por las voces que tenía más cerca, hasta que un día ya no hizo falta seguir fingiendo que era otra cosa.




