El poder que ya no necesita gobernar

Durante siglos, para ejercer el poder había que ocupar un palacio, controlar un ejército o sentarse en un consejo. Hoy puede bastar con controlar una infraestructura digital.

Esta transformación apenas se percibe porque la tecnología suele presentarse como una herramienta: algo que utilizamos para comunicarnos, producir, comprar, movernos o informarnos. Pero las herramientas cambian de naturaleza cuando dejamos de poder prescindir de ellas. Un buscador, una red social, una nube informática o un sistema de inteligencia artificial dejan entonces de ser simples instrumentos y empiezan a convertirse en condiciones de posibilidad de la vida social.

Ese es uno de los puntos más sugerentes del debate sobre el tecnocapitalismo. La cuestión no es únicamente quién posee más riqueza, sino quién controla las infraestructuras que permiten producirla, distribuir información y tomar decisiones. Los datos, los algoritmos y la capacidad de procesamiento adquieren así un valor que va mucho más allá del económico. Permiten conocer comportamientos, detectar patrones, anticipar preferencias y, en determinados casos, orientar decisiones.

El poder tradicional necesitaba obediencia. El nuevo puede conseguir algo más cómodo: dependencia.

La diferencia no es menor. Un Estado puede aprobar una ley y obligarnos a cumplirla. Una plataforma no necesita necesariamente prohibirnos nada. Le basta con organizar el entorno en el que elegimos. Qué aparece primero en una pantalla, qué contenido se recomienda, qué riesgo se considera relevante o qué información queda sepultada bajo miles de resultados son decisiones que rara vez percibimos como decisiones políticas. Parecen cuestiones técnicas. Y ahí reside precisamente su fuerza.

La tecnología introduce una forma de poder especialmente difícil de discutir porque suele presentarse como neutral. Si una persona discrepa de una ley, puede debatirla, recurrirla o intentar modificarla. ¿Qué ocurre cuando discrepa de un algoritmo? ¿A quién se reclama? ¿Al programador? ¿A la empresa? ¿Al modelo matemático? ¿Al Estado que contrató el servicio? La responsabilidad se vuelve difusa justo cuando las consecuencias pueden ser muy concretas.

El problema adquiere otra dimensión cuando estas infraestructuras penetran en ámbitos que históricamente se consideraban inseparables de la soberanía pública: inteligencia, seguridad, logística o defensa. El artículo de Víctor Climent Sanjuán plantea precisamente esta evolución y advierte de que determinadas empresas tecnológicas pueden acabar proporcionando sistemas de los que los propios Estados dependen para ejercer funciones críticas.

Conviene detenerse ahí. No hace falta imaginar una conspiración de ejecutivos reunidos en una sala oscura para entender el cambio. Basta observar una dinámica mucho más prosaica: quien desarrolla una tecnología imprescindible puede terminar acumulando capacidad de decisión sobre quienes la utilizan.

Hay una paradoja incómoda en todo esto. Los Estados conservan formalmente su soberanía, pero pueden volverse dependientes de empresas que poseen conocimientos, infraestructuras y capacidades que ellos mismos no controlan completamente. El poder jurídico sigue siendo público; el poder operativo puede desplazarse hacia otro lugar.

La inteligencia artificial acelera este proceso porque no se limita a almacenar información. Puede clasificarla, interpretarla, generar respuestas y proponer acciones. Cuanto mayor sea su presencia en sistemas críticos, más importante será saber quién define sus objetivos, con qué datos trabaja, qué criterios incorpora y quién responde cuando se equivoca.

Esto resulta especialmente delicado en la guerra. Delegar en sistemas automatizados determinadas tareas de inteligencia, logística o identificación de objetivos no significa necesariamente que una máquina haya sustituido al ser humano. Significa algo más sutil: que determinadas decisiones humanas pasan a estar condicionadas por sistemas cuyo funcionamiento, propiedad y criterios pueden encontrarse fuera de las estructuras tradicionales de control público.

La tecnología no elimina la política. La desplaza.

Y quizá esa sea la parte del debate que más nos cuesta aceptar. Seguimos imaginando el poder con las categorías del siglo XX: gobiernos, partidos, parlamentos, grandes corporaciones, medios de comunicación. Pero una parte creciente de la capacidad de influencia se encuentra ahora en lugares menos visibles: centros de datos, sistemas de recomendación, modelos de inteligencia artificial, plataformas digitales y redes de infraestructura.

No significa que las instituciones hayan dejado de importar. Al contrario. Significa que necesitan recuperar capacidad de comprender aquello de lo que depende cada vez más su propia capacidad de actuar.

Hay también una segunda cuestión, menos tecnológica y más política: quién decide las reglas de este nuevo territorio. Si las grandes innovaciones se desarrollan más deprisa que las leyes destinadas a regularlas, la regulación siempre llegará tarde. Y cuando llega tarde, no parte de cero: encuentra estructuras económicas ya consolidadas, hábitos sociales difíciles de modificar y dependencias que hacen costoso cambiar de proveedor o de sistema.

Por eso el debate sobre la inteligencia artificial no debería reducirse a si será beneficiosa o perjudicial. Una herramienta no tiene un destino político predeterminado. Lo decisivo es el marco institucional en el que se utiliza y la distribución del poder que genera.

La historia ofrece una lección sencilla. Las tecnologías nunca se desarrollan en el vacío. El ferrocarril transformó los mercados, pero también las relaciones entre territorios. La electricidad modificó la producción y la vida cotidiana. Internet alteró la comunicación y la economía. Cada revolución técnica terminó produciendo también una revolución en la forma de organizar el poder.

La diferencia actual es la velocidad y, quizá, la opacidad.

Estamos construyendo sistemas capaces de intervenir en decisiones cada vez más complejas mientras todavía discutimos quién debe vigilarlos. Y esa discusión no puede quedar reservada a ingenieros, inversores o gobiernos. Cuando una infraestructura privada adquiere una función pública, su funcionamiento deja de ser un asunto exclusivamente empresarial.

El gran riesgo del tecnocapitalismo no es que las máquinas gobiernen algún día por sí mismas. Es bastante más terrenal: que aceptemos como inevitables decisiones que alguien ha diseñado, financiado y puesto en funcionamiento.

El poder del futuro quizá no necesite conquistar el Estado. Le bastará con convertirse en algo de lo que el Estado, y también nosotros, ya no pueda prescindir.

Comparte tu aprecio
Rambla
Rambla

Rambla es la firma colectiva de la redacción de Revista Rambla. Bajo este nombre se publican análisis, artículos, reportajes, editoriales y contenidos elaborados de forma colaborativa por el equipo del medio.

Revista Rambla es un espacio dedicado al análisis, la cultura, las ideas y los grandes debates contemporáneos. Frente a la velocidad de la actualidad y la saturación informativa, apostamos por un periodismo que ayude a comprender los hechos, conectarlos con su contexto y explorar sus implicaciones.

Los artículos firmados como Rambla reflejan la mirada editorial del medio y abordan cuestiones relacionadas con la política, la sociedad, la cultura, la ciencia, la tecnología y los desafíos que marcarán el futuro.

Porque comprender la realidad exige algo más que acumular información.

Menos ruido. Más contexto.

Artículos: 3271
Revista Rambla
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.