Veinticinco años después de Génova, la muerte de Carlo Giuliani invita a revisar no solo el final del movimiento antiglobalización, sino el ocaso de una forma de entender la acción política basada en la sociedad civil, el internacionalismo y la esperanza de transformar el mundo sin conquistar el poder
Carlo Giuliani salió de casa la mañana del 20 de julio de 2001 para unirse a las protestas convocadas contra la cumbre del G8 en Génova. Tenía veintitrés años y, como decenas de miles de personas llegadas de toda Europa, había acudido a una ciudad convertida durante unos días en el centro del poder mundial y en el escenario de una contestación inédita. Desde primera hora, las marchas transcurrieron entre controles policiales, bloqueos y una tensión creciente que pronto derivó en enfrentamientos. A media tarde, en la Piazza Alimonda, un vehículo de los carabinieri quedó rodeado por un grupo de manifestantes. Giuliani recogió un extintor del suelo y avanzó hacia el todoterreno. Desde el interior, un agente disparó. La bala le alcanzó en la cabeza. Instantes después, el vehículo pasó sobre su cuerpo dos veces antes de abandonar la plaza. Carlo Giuliani murió allí mismo. Tenía veintitrés años.
Durante mucho tiempo aquella muerte fue interpretada como el símbolo más brutal de la violencia desplegada por el Estado italiano durante la cumbre del G8. Y lo fue. Las imágenes recorrieron el mundo, la actuación policial quedó marcada por episodios que avergonzarían después a las instituciones italianas y el nombre de Carlo Giuliani pasó a formar parte de la memoria política de toda una generación. Sin embargo, un cuarto de siglo después, quizá convenga formular otra pregunta. No qué ocurrió aquella tarde en la Piazza Alimonda. Tampoco quién disparó. La cuestión verdaderamente interesante es qué terminó muriendo con Carlo Giuliani.
Las efemérides suelen empujarnos hacia la conmemoración. El riesgo consiste en confundir el recuerdo con la comprensión. Recordar es relativamente sencillo; comprender exige aceptar que los acontecimientos cambian de significado con el paso del tiempo. La muerte de Giuliani no significa hoy lo mismo que significaba en 2001. Entonces representó el choque entre una ciudadanía movilizada y unos gobiernos decididos a blindar el orden político y económico surgido de la globalización. Hoy también puede leerse como el último instante de una esperanza que apenas sobreviviría unos meses más.
Porque Génova fue mucho más que una protesta. Fue el punto culminante de un movimiento que había empezado a tomar forma dos años antes en Seattle y que había encontrado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre su horizonte político y moral. Bajo el lema «Otro mundo es posible» confluyeron organizaciones ecologistas, sindicatos, asociaciones campesinas, ONG, movimientos cristianos de base, colectivos estudiantiles, intelectuales y activistas de procedencias ideológicas muy distintas. No compartían un programa de gobierno ni una estrategia revolucionaria. Compartían una intuición: la globalización económica avanzaba mucho más deprisa que la democracia.
Vista desde el presente, aquella alianza resulta casi irrepetible. No porque estuviera exenta de contradicciones —las tenía, y muchas—, sino porque respondía a una lógica política difícil de encontrar hoy. No pretendía conquistar el poder para administrarlo de otra manera. Pretendía limitarlo. No aspiraba a sustituir unas élites por otras, sino a recordar que existían decisiones que no podían quedar exclusivamente en manos de los mercados, de los organismos financieros internacionales o de los gobiernos reunidos a puerta cerrada. Su fuerza residía precisamente en esa renuncia a convertirse en un sujeto de poder tradicional.
Quizá por eso desconcertó tanto. Los dirigentes del G8 se enfrentaban a un adversario sin líderes indiscutibles, sin fronteras nacionales, sin una estructura jerárquica y sin un programa susceptible de ser negociado en un despacho. Aquella heterogeneidad fue interpretada por algunos como una debilidad. Tal vez fuera también su mayor fortaleza. Durante un breve instante pareció posible que la sociedad civil internacional hablara con una voz propia, al margen de los partidos, de los gobiernos y de los grandes intereses económicos.
La historia, sin embargo, rara vez concede mucho tiempo a las esperanzas abiertas. Dos meses después de la muerte de Carlo Giuliani, el mundo dejó de mirar hacia Génova. El 11 de septiembre de 2001 alteró el eje sobre el que giraba la política internacional. La globalización dejó de ser el gran debate de comienzos de siglo. En su lugar aparecieron la seguridad, la guerra, el terrorismo y la vigilancia. El siglo XXI cambió de conversación. Y con ese cambio empezó también a desvanecerse el espacio político en el que había nacido el movimiento antiglobalización.
Conviene evitar una tentación frecuente cuando se recuerda el movimiento antiglobalización: atribuirle una coherencia que nunca tuvo. No era un partido, ni una ideología cerrada, ni siquiera una organización. Bajo aquella etiqueta convivían sensibilidades muy distintas e incluso contradictorias. Había quienes cuestionaban el capitalismo en su conjunto y quienes solo denunciaban los excesos del neoliberalismo. Coincidían pacifistas con sindicalistas, cooperativistas con anarquistas, pequeños agricultores con organizaciones ecologistas, creyentes con militantes laicos. Lo que los mantenía unidos no era un proyecto común de sociedad, sino la certeza de que las decisiones que estaban transformando el mundo escapaban cada vez más al control democrático.
Aquella intuición merece ser releída sin prejuicios. A finales de los años noventa la deslocalización industrial comenzaba a alterar el mercado laboral occidental, las grandes instituciones financieras internacionales imponían programas de ajuste a gobiernos democráticamente elegidos, las grandes corporaciones adquirían un poder desconocido y el comercio mundial avanzaba a una velocidad muy superior a la capacidad de los Estados para regularlo. Frente a ese escenario, el movimiento antiglobalización formuló una pregunta que sigue plenamente vigente: ¿quién gobierna realmente cuando el poder económico trasciende las fronteras nacionales?
No todas sus respuestas fueron convincentes. Algunas pecaban de ingenuidad; otras eran difícilmente aplicables en un mundo crecientemente interdependiente. Pero el paso del tiempo ha producido una paradoja difícil de ignorar. Muchas de las advertencias que entonces fueron descalificadas como exageraciones forman hoy parte del debate público. La concentración del poder tecnológico y financiero, el deterioro ambiental, la pérdida de capacidad de decisión de los Estados, el aumento de la desigualdad o la fragilidad de las cadenas globales de suministro son asuntos que ya nadie considera extravagantes. La historia no confirmó todas las tesis del movimiento, pero sí obligó a tomar en serio muchas de sus preguntas.
Y, sin embargo, el movimiento desapareció.
No porque dejara de tener razones, sino porque dejó de existir el tiempo político que había hecho posible su aparición.
El 11 de septiembre de 2001 no refutó ninguna de sus críticas. Hizo algo mucho más decisivo: cambió las prioridades de las democracias occidentales. La promesa de un mundo abierto fue sustituida por la necesidad de un mundo seguro. La política internacional pasó a organizarse alrededor de la lucha contra el terrorismo; los presupuestos militares crecieron, la vigilancia se intensificó y la seguridad se convirtió en el criterio desde el que justificar decisiones que pocos meses antes habrían suscitado un rechazo generalizado. Las preguntas de Génova no desaparecieron. Simplemente, dejaron de ocupar el centro del escenario.

Quizá por eso la muerte de Carlo Giuliani adquirió un significado distinto con el paso de los años. No porque anticipara el final del movimiento antiglobalización, sino porque quedó situada en el umbral entre dos épocas. Fue una de las últimas imágenes de un tiempo en el que todavía parecía posible discutir el funcionamiento de la economía mundial como si esa fuera la cuestión decisiva de nuestro tiempo. Después llegaron otras urgencias y otros miedos. El debate dejó de girar en torno a la justicia de la globalización para concentrarse en la seguridad de las fronteras, las amenazas exteriores y el conflicto permanente.
Sería un error concluir que la esperanza murió en Génova. Las sociedades no abandonan sus aspiraciones de un día para otro. Durante los años siguientes surgieron nuevas movilizaciones, nuevas formas de protesta y nuevas generaciones decididas a impugnar el orden establecido. Pero había cambiado algo esencial. La aspiración a construir un movimiento internacional capaz de limitar el poder económico fue dando paso a reivindicaciones más fragmentadas, más locales y, en muchos casos, más fácilmente integrables en la lógica de la política convencional.
No se trató de una traición. Fue una transformación. Y quizá ahí resida la verdadera importancia histórica de Génova. No en haber sido la última gran protesta del siglo XX, sino la primera derrota simbólica de un siglo XXI que todavía no sabía que estaba a punto de empezar.
La crisis financiera de 2008 pareció anunciar el regreso de aquellas preguntas. El colapso de los mercados, el rescate de entidades financieras con dinero público y el aumento de la desigualdad devolvieron al primer plano muchas de las críticas que el movimiento antiglobalización había formulado una década antes. Durante un instante dio la impresión de que la historia concedía una segunda oportunidad a quienes habían advertido de los riesgos de una economía desregulada.
No fue exactamente así.
Las movilizaciones que surgieron entonces compartían parte del diagnóstico, pero ya pertenecían a otro tiempo. En España, el 15M recuperó la impugnación de unas élites políticas y económicas cada vez más alejadas de la ciudadanía. Las plazas volvieron a llenarse y, durante unas semanas, pareció resurgir aquella convicción de que la sociedad civil podía organizarse al margen de los partidos para reclamar una democracia más exigente. Sin embargo, aquel impulso terminó recorriendo un camino distinto. Parte de su energía acabó trasladándose a las instituciones, aceptando las reglas de la competición política y sometiéndose a las mismas dinámicas de liderazgo, negociación y poder que inicialmente cuestionaba. No fue una anomalía. Fue la confirmación de que la protesta también puede ser absorbida por el sistema que pretende transformar.
Ese proceso no invalida al 15M, del mismo modo que las contradicciones del movimiento antiglobalización no invalidan Génova. Lo que pone de manifiesto es algo más profundo: la enorme dificultad de sostener en el tiempo una movilización ciudadana que aspire a influir sobre el poder sin convertirse ella misma en poder. Quizá esa fuera la verdadera singularidad del movimiento que culminó en las calles de Génova. No pretendía conquistar los gobiernos. Pretendía recordarles que existían límites que no debían traspasar.
Mientras tanto, el mundo siguió avanzando en la dirección que los alterglobalizadores intuían. La economía se hizo aún más interdependiente, las grandes corporaciones ampliaron su capacidad de influencia, el poder tecnológico adquirió una dimensión desconocida y la democracia continuó enfrentándose a actores cuya capacidad de decisión supera con frecuencia la de muchos Estados. Las preguntas siguen ahí. Lo que ha cambiado es la dificultad para formularlas desde un sujeto colectivo capaz de trascender fronteras, identidades y cálculos electorales.
Tal vez esa sea la verdadera herencia de Carlo Giuliani. No la de un mártir, porque los mártires pertenecen al terreno de la fe y en Revista Rambla hablamos de la historia. Tampoco la de un héroe, porque los héroes simplifican vidas que siempre fueron más complejas. Su muerte se convirtió, sin pretenderlo, en el símbolo de un tiempo que estaba terminando. Un tiempo en el que todavía era posible creer que miles de personas, procedentes de países, culturas e ideologías distintas, podían reunirse únicamente para recordar que el poder debía rendir cuentas ante la sociedad y no al revés.
Veinticinco años después resulta tentador contemplar aquel mundo con nostalgia. Sería un error. El movimiento antiglobalización cometió equivocaciones, subestimó algunas complejidades de la globalización y nunca encontró una propuesta política capaz de convertir sus intuiciones en una alternativa viable. Pero también sería un error reducir Génova a una fotografía de violencia urbana o a una página más de la historia de los movimientos sociales. Porque, vistas desde la distancia, aquellas jornadas contienen una pregunta que sigue esperando respuesta.
¿Qué ocurrió para que la ciudadanía dejara de pensar en términos de transformación global y empezara a hacerlo casi exclusivamente desde marcos nacionales, identitarios o electorales? ¿En qué momento la ambición de limitar el poder fue sustituida por la aspiración de administrarlo? ¿Cuándo dejamos de creer que la sociedad civil podía actuar como un contrapeso autónomo y aceptamos que toda protesta acaba, antes o después, convertida en una pieza más del tablero político?
No hay una única respuesta. Seguramente nunca la habrá. Pero quizá por eso la muerte de Carlo Giuliani continúa interpelándonos veinticinco años después. No porque cerrara la historia de un movimiento, sino porque abrió una pregunta que todavía permanece sin resolver.
Y acaso sea esa la forma más precisa de entender el título de este ensayo. La esperanza no murió aquella tarde en la Piazza Alimonda. Lo que murió fue la confianza en que esa esperanza, por sí sola, bastaría para cambiar el mundo.




