Michel Foucault dedicó buena parte de su obra a explorar esa zona menos visible de la dominación. Nacido en Poitiers el 15 de octubre de 1926, el filósofo francés habría cumplido cien años en 2026. Su aniversario invita a regresar a unas ideas que conservan una capacidad incómoda para interpretar el presente, especialmente cuando se aplican a los medios de comunicación y a la manera en que las sociedades construyen su imagen del mundo.
Estamos acostumbrados a pensar que el poder reside en los gobiernos, los ejércitos, los tribunales o las grandes fortunas. Identificamos a quien da una orden, a quien dispone de recursos y a quien puede castigar a los que desobedecen. Foucault no negó la importancia de esas instituciones. Lo que hizo fue ampliar el campo de observación: el poder también circula por las relaciones cotidianas, las normas aceptadas, los conocimientos reconocidos y las palabras con las que clasificamos la experiencia.
Su eficacia no depende siempre de prohibir. A menudo consiste en establecer qué es normal, qué resulta aceptable y qué opiniones merecen ser escuchadas. Antes de obligarnos a hacer algo, el poder puede conseguir que consideremos natural hacerlo. Antes de silenciar una idea, puede lograr que parezca absurda, extremista o impropia de una persona sensata.
Los medios de comunicación ocupan un lugar decisivo en este proceso. No porque constituyan una maquinaria homogénea al servicio de un único interés, sino porque participan en la selección de aquello que una sociedad conoce, discute y recuerda. Su influencia va mucho más allá de la transmisión de noticias.
La realidad también se edita
Una noticia puede ser rigurosamente cierta y, aun así, contribuir a una imagen engañosa de la realidad. Basta con situarla fuera de contexto, concederle una importancia desproporcionada o dejar fuera los datos que permitirían interpretarla de otra manera. No hace falta inventar un acontecimiento para condicionar su significado.
Esta es una de las intuiciones más fecundas que podemos extraer de Foucault: el discurso no se limita a describir el mundo, también organiza nuestra relación con él. Las palabras distribuyen responsabilidades, sugieren causas y anticipan juicios. Un mismo hecho puede presentarse como una amenaza, una respuesta defensiva, una tragedia inevitable o una injusticia intolerable. La elección no es inocua, aunque cada una de esas descripciones pueda contener elementos verdaderos.
Pensemos en el lenguaje político y militar. Una intervención armada puede recibir el nombre de operación de seguridad; una protesta, el de alteración del orden público; una restricción de derechos, el de medida excepcional. Esas expresiones no son necesariamente falsas por definición, pero orientan la interpretación y delimitan las preguntas que parecen pertinentes. Si aceptamos el vocabulario propuesto sin examinarlo, una parte del debate ya se ha resuelto antes de empezar.
El periodismo necesita nombrar las cosas. No existe información sin selección ni relato sin un cierto orden. El problema aparece cuando las decisiones editoriales se presentan como si fueran un reflejo automático de los hechos, ajeno a cualquier criterio, interés o posición. La neutralidad no puede consistir en fingir que las palabras carecen de consecuencias.
Esto tampoco significa que todas las versiones sean equivalentes o que la verdad sea una simple cuestión de opiniones. Una fotografía, un documento, una cifra contrastada y un testimonio verificable siguen teniendo un valor probatorio que no posee una afirmación sin fundamento. Reconocer que el conocimiento está atravesado por relaciones de poder no obliga a renunciar a distinguir entre lo demostrado y lo inventado. Al contrario: hace más necesario explicar cómo sabemos lo que sabemos.
La pregunta decisiva no es únicamente si una información es verdadera. También importa quién consigue situarla en el centro de la conversación, qué fuentes adquieren autoridad y cuáles quedan relegadas a los márgenes.
Lo que no aparece también cuenta
La memoria colectiva tiene una peculiaridad: solemos imaginarla como un archivo de acontecimientos, cuando se parece más a una selección sometida a revisiones constantes. Recordamos algunos episodios con una precisión casi ritual y dejamos que otros desaparezcan sin que su ausencia nos provoque demasiada inquietud.
La plaza de Tiananmén quedó asociada internacionalmente a las protestas y la represión de 1989. Los disturbios de Los Ángeles de 1992, que causaron decenas de muertes, ocupan un lugar distinto en la memoria global. Génova evoca para muchos una ciudad histórica italiana, aunque las protestas contra la cumbre del G8 de 2001 dejaron una huella de violencia policial y confrontación política que no tiene la misma presencia en la imaginación popular.
Las diferencias entre estos acontecimientos son importantes y no conviene equipararlos sin matices. Tampoco basta con señalar que uno recibe más atención que otro para concluir que existe una estrategia deliberada de ocultación. La memoria pública depende de múltiples factores: la proximidad cultural, las imágenes disponibles, la duración de la cobertura, la educación, la producción audiovisual y la capacidad de los acontecimientos para incorporarse a relatos ya conocidos.
Pero precisamente ahí reside el interés del problema. La relevancia histórica no se traduce de manera automática en relevancia mediática. Algunos hechos encuentran imágenes que los convierten en símbolos universales; otros permanecen ligados a comunidades concretas o se disuelven entre noticias posteriores. La repetición consolida el recuerdo, mientras que el silencio prolongado puede convertir un episodio importante en una referencia marginal.
Lo que una sociedad recuerda dice mucho de sí misma. También lo dice aquello que apenas reconoce.
Esta selección adquiere especial trascendencia cuando afecta a las víctimas. La atención pública no se reparte de manera uniforme, y la facilidad con la que una tragedia despierta indignación puede depender de la identidad de quienes la sufren, de quiénes son considerados responsables y de la relación del acontecimiento con los intereses políticos dominantes. No siempre existe una decisión consciente detrás de esa desigualdad. Las rutinas informativas, los prejuicios culturales y las prioridades empresariales pueden producir efectos semejantes sin necesidad de una orden explícita.
El poder, visto desde esta perspectiva, no requiere una sala de mandos en la que alguien decida cada detalle. Puede operar mediante hábitos compartidos y criterios que nadie considera necesario justificar.
La fabricación del sentido común
Aquí aparece una paradoja de nuestro tiempo. Disponemos de más información que nunca y, sin embargo, no necesariamente contamos con mejores instrumentos para comprenderla. La abundancia de mensajes no garantiza la diversidad de perspectivas. Podemos pasar de una noticia a otra durante horas y terminar encerrados en un repertorio muy reducido de interpretaciones.
Las redes sociales han alterado profundamente las condiciones de circulación de la información, pero no han abolido las relaciones de poder que Foucault ayudó a identificar. La capacidad de publicar se ha extendido; la de conseguir atención continúa distribuida de manera desigual. Las plataformas seleccionan contenidos mediante sistemas de recomendación, las audiencias premian determinadas formas de expresión y los intereses comerciales intervienen en lo que se muestra y en lo que queda fuera de la pantalla.
El resultado no es necesariamente una conspiración ni una manipulación perfectamente coordinada. Es algo más ordinario y, por eso mismo, más difícil de combatir: un entorno en el que ciertas emociones y mensajes tienen más posibilidades de circular porque generan interacción, mientras otros exigen un tiempo de atención que escasea.
La indignación viaja bien. La explicación, no siempre. Una imagen impactante puede condensar un conflicto en pocos segundos; comprenderlo quizá exija reconstruir décadas de historia, distinguir responsabilidades y aceptar que algunas respuestas no son sencillas. El formato condiciona el pensamiento tanto como el contenido.
En este terreno, el concepto de hegemonía cultural desarrollado por Antonio Gramsci complementa la mirada foucaultiana. Una idea se vuelve dominante no solo cuando alguien la impone, sino cuando consigue que una parte de la sociedad la adopte como interpretación espontánea de la realidad. El sentido común no es una mentira colectiva: es un conjunto de supuestos que rara vez sometemos a examen.
Por eso la disputa política se libra también en las palabras, las imágenes y las categorías. Quien logra definir un problema condiciona las soluciones que después parecen razonables. Si la pobreza se presenta exclusivamente como un fracaso individual, las respuestas estructurales pierden legitimidad antes de ser discutidas. Si la inseguridad se reduce a una cuestión de castigo, otras preguntas sobre prevención, desigualdad o convivencia pueden quedar desplazadas.
No hace falta que desaparezcan las opiniones discrepantes. Basta con que tengan que justificarse constantemente frente a un marco que ya se considera indiscutible.
Aprender a desconfiar sin dejar de creer
La lectura de Foucault puede conducir a una conclusión equivocada: si el conocimiento está relacionado con el poder, entonces toda verdad sería una imposición y cualquier relato valdría tanto como otro. Sería una interpretación cómoda, pero intelectualmente estéril. También podría servir de excusa a quienes desean desacreditar cualquier investigación que contradiga sus intereses.
La crítica del poder no equivale a la negación de los hechos. Exige examinar las condiciones en que se producen, se validan y se difunden las afirmaciones, sin renunciar a los procedimientos que permiten contrastarlas. Hay una diferencia fundamental entre cuestionar la autoridad de una fuente y rechazar sus pruebas porque resultan inconvenientes.
La propuesta de Foucault de entender el pensamiento como una caja de herramientas resulta especialmente útil aquí. Sus conceptos no ofrecen una explicación universal para todos los conflictos ni resuelven por sí solos las disputas contemporáneas. Sirven para formular mejores preguntas: ¿quién puede hablar?, ¿qué voces se consideran autorizadas?, ¿qué intereses favorece una determinada descripción?, ¿qué alternativas desaparecen cuando aceptamos una categoría como natural?
Estas preguntas no deberían reservarse para los medios que nos desagradan. La sospecha selectiva, aplicada únicamente al adversario, no es pensamiento crítico, sino una forma sofisticada de reafirmación. Conviene examinar con el mismo rigor las noticias que confirman nuestras convicciones y aquellas que las ponen en dificultades.
Cumplir cien años desde el nacimiento de Foucault no significa convertirlo en una autoridad incuestionable. Sería una contradicción celebrar a un pensador dedicado a estudiar las relaciones entre conocimiento y poder para utilizar su nombre como argumento definitivo. Su legado tiene más interés cuando incomoda nuestras certezas que cuando decora nuestras opiniones.
Quizá la libertad intelectual empiece en un gesto modesto: detenerse ante una palabra que parecía evidente y preguntarse qué hace posible, qué deja fuera y a quién beneficia. No siempre encontraremos una intención oculta. A veces descubriremos una rutina, un prejuicio o una limitación inevitable. Otras, un interés perfectamente reconocible.
En todos los casos habremos ganado algo de distancia respecto al relato recibido. Y esa distancia importa. Porque el poder de nombrar la realidad alcanza su mayor eficacia cuando olvidamos que las palabras podrían haber sido otras.




