El espionaje detrás de la guerra global contra el terror

 

altGeorge Orwell ya nos advirtió cerca de los años 50: vivir en un mundo vigilado, 24 horas, por un gran ojo –o un Gran Hermanoestaba cerca. Él contextualizó su historia en 1984 y no fue hasta los 2000 que todo aquello se materializó en un Reality Show. No, quizás no era exactamente en Mercedes Milà en lo que pensaba Orwell. 

 

 

George Orwell ya nos advirtió cerca de los años 50: vivir en un mundo vigilado, 24 horas, por un gran ojo –o un Gran Hermanoestaba cerca. Él contextualizó su historia en 1984 y no fue hasta los 2000 que todo aquello se materializó en un Reality Show. No, quizás no era exactamente en Mercedes Milà en lo que pensaba Orwell. Pero una mirada actualizada a la situación del espionaje y la vigilancia –tanto particular, como masiva– pone de manifiesto que no hace falta un gran ojo para que un gobierno pueda saber en todo momento quien eres, dónde estás y qué haces.

 

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Lo explican, como expertos en materia, tres miembros de la asociación Criptica, una organización nacida en el seno de una de las asambleas universitarias de la Universitat Politènica de Catalunya (UPC) y dirigida, al principio, a otras asambleas y, ahora, a todo aquel que esté interesado. Pensando en algo útil que ofrecer a este target se decantaron por la criptografía: cómo protegernos, cuidar nuestros datos, hacer comunicaciones seguras, navegar por Internet de forma privada… “Es una asociación enfocada eso, a hacer talleres, fomentar la importancia del derecho a la privacidad, alertar de los peligros de la vigilancia y, a la vez, crear un grupo para poder testar nuevas herramientas”, explica Eduard Sanou como uno de sus miembros.

 

Porque si algo tienen claro es la peligrosidad de la actitud de muchos actores sociales con poder de vigilancia o de recopilación de datos. Y así lo explican. Dicen que hay que diferenciar entre niveles, si hablamos de entes interesados en colarse en la privacidad de uno mismo. “El nivel más alto son las agencias gubernamentales –la NSA y los gobiernos que acceden ilegalmente a estos datos-, luego están las grandes empresas, después los pequeños gobiernos y, finalmente, el espionaje entre particulares –delincuentes, un vecino, un investigador privado…-“, detalla Ferran Quer, otro miembro de la asociación.

 

Además, matiza Enric Luján como tercer representante de Criptica, es importante distinguir entre vigilancia individualizada y vigilancia masiva, que es, en todo caso, en lo que se centra Criptica como asociación. “Individualmente, el hecho de que haya el filtro judicial –órdenes que abalen la vigilancia o espionaje de un gobierno a una persona- otorga ciertas garantías, aunque sean a nivel teórico” explica el mismo Lujan “las vigilancias masivas, por el contrario, se hacen de forma indiscriminada”.

 

En primer lugar, hoy en día hay una fácil justificación a todo el espionaje que lideran las agencias gubernamentales: la lucha contra el terrorismo. Algo que, para ellos, es una especie de ilusión. Explica Sanou que se confunde el hecho de poder vigilarlo todo con que sea más fácil ubicar a terroristas. “Cuando tienes tanta información salen muchos falsos positivo” explica “imagina que se pone como filtro que todo correo que tenga la palabra ‘bomba’ sea investigado, pueden haber 10.000 correos al día que incluyan esa palabra”.

 

En segundo lugar, como avanzaban estos miembros de Criptica, aparece la vigilancia de las empresas. El origen de su interés radica en el ‘Big Data’ –“un concepto que quiere arrastrar a gobiernos y grandes empresas a invertir dinero en él”, definen-. En resumen, esto abre un gran mercado que las empresas están explorando. De primeras, que una empresa vigile a un ciudadano o pida rellenar fichas con datos personales, ya sirve en empresas como Google y Facebook para ofrecer publicidad segmentada. Pero hay mucho más allá de incipientes modelos de negocio. Es ilustrativo, en este sentido, el caso de Change.org. Según cuentan estos expertos, la plataforma por excelencia para firmar peticiones reivindicativas, en realidad vende los datos de los registrados a grandes corporaciones. En otras palabras, puede ir Greenpeace, por ejemplo, y pedir contactos de ecologistas o de gente que tenga un perfil cercano al ecologismo y pagar por cada uno que Change.org le proporcione.

 

Y, yendo un poco más allá, el usuario espiado corre riesgo en cuanto a que se está guardando mucha información sobre él sin que sea consciente. “Imagina que uno es un disidente del cual una empresa ha guardado una información que luego pide un gobierno” comentan “imagina que de golpe ahora empieza un nuevo régimen ¿qué pasa? Imagina que otra empresa compra la empresa que almacena tus datos ¿Qué pasa?”.

 

Pero, en fin, estamos protegidos frente al terrorismo. ¿O no? “Es una situación peligrosa”, explica Eduard Sanou “Hay ataques terroristas, los gobiernos impulsan nuevas leyes que reducen los derechos para poder vigilar a la ciudadanía, la ciudadanía acepta porque está vulnerable en ese momento. Al final no se capturan los terroristas, pero la ciudadanía ya ha perdido libertad”. Y todo esto, al final, es una economía de guerra que ofrece un nicho al mercado de la seguridad, de las cámaras de vigilancia privada y sucedáneos.

 

Ahora, además, se plantea el problema en Europa de que, con tanta alarma terrorista, muchos gobiernos han empezado a reivindicar agujeros de seguridad en los sistemas que van cifrados para que el gobierno pueda acceder a las conversaciones. “Claro, si todo el mundo habla de forma cifrada, no se puede pillar a terroristas” explican “pero si los gobiernos piden que los sistemas de comunicación tengan agujeros de seguridad, estos no sólo son para el gobierno, también son para cualquiera que los localice”.

 

Mencionan la comunicación cifrada porque es una de las soluciones que propone Criptica como receta universal de seguridad. Si bien proponen talleres especializados en función del modelo de amenaza particular –preparan talleres para tres perfiles: ciudadano corriente un poco concienciado de la importancia de la privacidad, periodistas y activistas-, recomiendan, a grosso modo, ser cuidadoso con las actitudes de navegación en Internet y usar aplicaciones que utilicen criptografía. Pero no solo eso, sino que sea criptografía en estándares abiertos.

 

Eso, en otras palabras, quiere decir buscar aplicaciones que traduzcan los mensajes que escribimos en chats, correos y demás, de manera que sólo puedan entenderlos la persona receptora, y no los ojos que puedan haber por el camino. Pero, además, que el código fuente que permita esta receta, sea abierto para que puedan revisarlo y confirmar su seguridad los aficionados que, en la sombra, no paran de crear mecanismos para proteger nuestra privacidad. “Cuando un código fuente es abierto, lo puede leer todo el mundo” resumen los miembros de Criptica “no hace falta que uno sea un experto, porque hay toda una comunidad detrás que lo estudia”.

 

Así pues, un buen consejo general es investigar las alternativas que ofrece el mercado. En vez de Whatsapp, Signal. En vez de Gmail, Posteo. O cualquier otro que cumpla dichas características. Los interlocutores son conscientes de que estas herramientas cuestan dinero –aunque sea 1 euro al mes, a lo sumo- y que complican la vida de los usuarios que tienen a todos los amigos y todo lo que les interesa en Google. Dicen, frente a ello, que “es preferible pagar 1 euro al mes y sentirse tranquilo no haciendo que Google tenga tus datos” o que “debemos ser conscientes de que hay mucha gente trabajando para las tecnologías libres e incluso montando servidores que viven de donaciones”. Por eso consideran importante divulgar el uso de aplicaciones alternativas como las arriba mencionadas.

 

En resumen, no se trata tanto de dejar del todo Facebook o Whatsapp, sino de adoptar también herramientas alternativas y, con todos los que quieran dar el paso, comunicarnos mayoritariamente a través de las segundas. Y que todo se convierta en un proceso de migración in crescendo. Ah y, por supuesto, ir a los talleres que organiza Criptica.   

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