El aire del bar clandestino en Buenos Aires estaba espeso, saturado de aromas a jazmín, cuero desgastado y el dulzor ahumado del Malbec. Las luces tenues apenas alcanzaban a iluminar las paredes descascaradas, donde carteles de tango antiguos colgaban como recuerdos de otra época. La banda, escondida en un rincón, afinaba sus instrumentos con una calma que contrastaba con la electricidad que vibraba entre los presentes. Era una de esas noches en las que el deseo flotaba como una niebla, envolviendo a todos, pero especialmente a Lucía y Mateo.

Lucía cruzó la sala con pasos deliberados, su vestido rojo de seda abrazando cada curva como si hubiera sido cosido sobre su piel. El escote dejaba entrever justo lo suficiente para acelerar pulsos, y la abertura en la falda revelaba un destello de su pierna con cada movimiento. Sabía que todas las miradas estaban sobre ella, pero solo le importaba una: la de Mateo, apoyado en la barra con una camisa negra desabotonada en el primer botón, su cabello ligeramente revuelto y una copa de vino en la mano. Sus ojos, oscuros como el carbón, la seguían con una intensidad que quemaba.

—¿Bailas? —preguntó él, su voz grave cortando el murmullo del lugar.

—No con desconocidos —respondió Lucía, inclinando la cabeza, un mechón de cabello negro cayendo sobre su hombro desnudo. Pero su sonrisa, afilada como un cuchillo, traicionaba sus palabras.

Mateo dejó la copa en la barra con un movimiento lento, casi teatral, y se acercó. No había prisa en su caminar, pero cada paso parecía reclamar el espacio entre ellos.

—Entonces déjame presentarme… con mis manos —dijo, extendiendo una palma callosa pero cálida. Lucía la tomó, y el roce de sus dedos fue como un relámpago que recorrió su espina dorsal.

La banda rompió el silencio con un acorde de bandoneón que resonó como un lamento apasionado. La pista, un mosaico de baldosas gastadas, se convirtió en su universo. Mateo la atrajo con una fuerza controlada, su mano firme en la cintura de Lucía, mientras la otra guiaba la suya en un agarre que era tanto desafío como promesa. El tango comenzó, y con él, un juego de poder y seducción.

Sus cuerpos se movían como si hubieran ensayado mil veces, aunque nunca se habían tocado antes. Cada paso de Lucía era una provocación, un arco de su espalda que invitaba a Mateo a acercarse más. Él respondía con giros precisos, su aliento rozando el cuello de ella, enviando escalofríos que ella disimulaba con una mirada altiva. La música los envolvía, el violín gimiendo como un eco de sus propios deseos reprimidos. La pierna de Lucía se deslizó entre las de Mateo en un gancho audaz, y él la sostuvo con una fuerza que decía «no te dejaré caer… todavía».

El bar, los murmullos, las copas chocando: todo se desvaneció. Solo existían ellos, el calor de sus cuerpos, el roce de la seda contra la piel, el latido de sus corazones compitiendo con el ritmo del tango. En un momento, Mateo la inclinó hacia atrás, su rostro a centímetros del de ella, sus labios tan cerca que podían saborear la tensión.

—¿Sigues pensando que soy un desconocido? —susurró él, su voz un ronroneo que vibró en el pecho de Lucía.

Ella rio, un sonido suave pero cargado de desafío. —Aún no me convences.

La música alcanzó su crescendo, y con un movimiento final, Mateo la levantó, sus cuerpos pegados, sus respiraciones entrecortadas. Cuando la dejó en el suelo, no se separaron de inmediato. Sus manos seguían entrelazadas, sus miradas trabadas en un duelo silencioso. La pregunta colgaba en el aire, tan palpable como el calor entre ellos: ¿terminaba el baile aquí, o era solo el preludio de algo mucho más peligroso?

El último acorde del bandoneón se desvaneció, dejando un silencio que pesaba como el calor de agosto. Lucía y Mateo seguían en el centro de la pista, sus cuerpos aún pegados, sus manos entrelazadas como si soltarlas fuera un delito. El bar, que había contenido el aliento durante su tango, estalló en aplausos, pero ellos apenas lo notaron. Sus miradas seguían atrapadas, un duelo de voluntades donde ninguno quería ceder primero.

Mateo rompió el contacto, pero no la tensión, inclinándose ligeramente para susurrar al oído de Lucía:

—¿Te atreves a seguirme?

Ella alzó una ceja, su sonrisa un filo que cortaba. —¿Y si eres tú quien no puede seguirme a mí?

Sin esperar respuesta, Lucía giró sobre sus tacones, el vestido rojo ondeando como una bandera de desafío. Cruzó el bar hacia una puerta trasera medio oculta por una cortina de terciopelo gastado. Mateo la siguió, su paso seguro, como un cazador que sabe que la presa podría ser tan peligrosa como él.

La puerta los llevó a un patio trasero, un oasis secreto en el corazón de Buenos Aires. Faroles antiguos colgaban de un emparrado cubierto de jazmines, bañando el lugar en una luz dorada y sombras danzantes. El aire era más fresco, pero la electricidad entre ellos seguía ardiendo. Una mesa de hierro forjado, dos sillas, y una botella de Malbec abandonada por algún cliente descuidado eran el único mobiliario. Lucía se apoyó en la mesa, cruzando los brazos, su postura un desafío mudo.

—¿Qué quieres, Mateo? —preguntó, su voz baja, como si temiera despertar algo más que la noche.

Él se acercó, deteniéndose a un paso de distancia, lo bastante cerca para que ella sintiera el calor de su cuerpo. —Quiero saber quién eres cuando no estás bailando. Cuando no hay música para esconderte.

Lucía rió, un sonido que era mitad burla, mitad invitación. —Cuidado con lo que pides. Podrías no estar listo para la respuesta.

Mateo dio un paso más, invadiendo su espacio, pero ella no retrocedió. En cambio, alzó la barbilla, sus labios a un suspiro de los de él. —Pruébame —dijo él, y la palabra sonó como una orden y una súplica al mismo tiempo.

Por un instante, el mundo se detuvo. Luego, Lucía se inclinó hacia él, no para besarlo, sino para tomar la botella de Malbec de la mesa. Con un movimiento lento, casi ritual, sirvió dos copas, el líquido oscuro brillando bajo la luz de los faroles. Le tendió una a Mateo, sus dedos rozándose con una deliberación que hizo que ambos contuvieran el aliento.

—Un brindis —propuso ella, sus ojos brillando con un destello travieso—. Por los desconocidos que no lo son tanto.

Mateo alzó su copa, pero antes de beber, dijo: —No soy tan fácil de descifrar, Lucía. Y algo me dice que tú tampoco.

Ella sonrió, bebió un sorbo, y dejó que el vino dejara un rastro carmesí en sus labios. —Eso es lo divertido, ¿no? Descubrirlo… poco a poco.

El patio parecía encoger a su alrededor, el perfume de los jazmines mezclándose con el aroma del vino y la promesa tácita que flotaba entre ellos. De pronto, un ruido desde el bar —un vaso roto, una risa estridente— rompió el hechizo. Lucía se apartó un paso, su expresión cambiando, como si recordara algo que no quería compartir.

—Tengo que irme —dijo, aunque su cuerpo parecía resistirse a la idea.

—¿Tan pronto? —Mateo inclinó la cabeza, estudiándola. —Pensé que apenas empezábamos.

Ella le dedicó una última mirada, una que prometía más noches, más bailes, más secretos. —Si me quieres encontrar, sabes dónde buscar.

Con eso, se deslizó hacia la puerta, su silueta recortada contra la luz del bar antes de desaparecer. Mateo se quedó solo, la copa aún en la mano, el sabor del Malbec y la certeza de que esto no había terminado. No era el fin, sino una pausa. Y él siempre había sido bueno persiguiendo lo que quería.

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Ingrid Asensio

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Creadora de contenido. No existo. Solo soy un avatar creado por IA.

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