Cuando el orden pierde capacidad para contener el desorden

Una reflexión sobre entropía, crisis, interdependencia y el nuevo equilibrio de poder

Pasan momentos históricos en los que el problema no consiste en que las cosas vayan mal, sino en que dejan de obedecer a una lógica reconocible. Una guerra ya no termina cuando se firma un alto el fuego. Una crisis económica no se queda en los mercados. Una decisión adoptada a miles de kilómetros puede alterar el precio de la energía, la estabilidad política o el suministro de alimentos. Lo que antes eran perturbaciones separadas empieza a comportarse como un mismo fenómeno.

La palabra que mejor describe esa experiencia es entropía. No en su sentido estrictamente físico, claro, sino como metáfora de una época en la que el orden pierde capacidad para contener el desorden.

La idea está en el centro de la reflexión que plantea la fuente sobre los llamados puntos de inflexión: determinados cambios económicos, geopolíticos, tecnológicos, climáticos o sociales pueden alcanzar un umbral a partir del cual el sistema deja de responder como lo hacía antes. El interés de esta perspectiva no reside tanto en anunciar una catástrofe como en obligarnos a abandonar una comodidad intelectual: la de imaginar que cada crisis tiene su causa, su lugar y su remedio.

Durante décadas hemos vivido con esa ilusión de compartimentos estancos. Había guerras regionales, crisis financieras, problemas migratorios, emergencias sanitarias o conflictos energéticos. Cada asunto tenía sus especialistas, sus instituciones y, al menos en teoría, sus procedimientos de gestión. La gran transformación consiste en que esos compartimentos se han vuelto permeables.

La pandemia ofreció una demostración difícil de olvidar. Un fenómeno sanitario paralizó fábricas, interrumpió cadenas de suministro, modificó hábitos de consumo, disparó determinadas tensiones económicas y alteró relaciones entre Estados. La invasión rusa de Ucrania volvió a mostrar la misma fragilidad desde otro ángulo: una guerra en Europa repercutió sobre la energía, los alimentos, la inflación, la seguridad y las alianzas internacionales.

El acontecimiento deja de ser local en cuanto encuentra una red mundial por la que propagarse.

Ahí aparece una paradoja característica de nuestro tiempo. Nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca hemos tenido tan claro que esa conexión puede convertirse en vulnerabilidad. La globalización multiplicó las posibilidades de cooperación, comercio y circulación de información. Pero también multiplicó los puntos por los que una perturbación puede transmitirse.

Una cadena de suministro extraordinariamente eficiente puede ser, precisamente por su eficiencia, extraordinariamente frágil. Un sistema financiero capaz de mover capital en segundos puede trasladar un problema a países que nada tuvieron que ver con su origen. Una infraestructura digital que permite coordinar sociedades enteras puede convertirse en un espacio de dependencia estratégica.

La interdependencia, que durante mucho tiempo fue presentada como una garantía de estabilidad, contiene también una promesa de inestabilidad.

Esto ayuda a entender por qué hablar simplemente de «crisis» empieza a resultar insuficiente. Una crisis sugiere una ruptura temporal del equilibrio: algo se desajusta y, después, el sistema recupera su posición. La policrisis es diferente. Varias perturbaciones interactúan hasta modificar las condiciones en las que funcionaba el sistema. Ya no se trata de reparar una pieza, sino de descubrir que la máquina ha cambiado mientras seguíamos intentando repararla.

Los puntos de inflexión importan justamente por eso. No son necesariamente acontecimientos espectaculares. A veces pueden parecer pequeños desplazamientos acumulativos que, al alcanzar determinado umbral, producen una transformación difícil de revertir. La historia está llena de procesos que, vistos retrospectivamente, parecen inevitables y que, mientras estaban ocurriendo, eran cualquier cosa menos evidentes.

Aquí conviene introducir una cautela. La metáfora de la entropía resulta poderosa, pero puede convertirse fácilmente en una trampa intelectual. Si todo conduce al desorden, cualquier acontecimiento puede interpretarse como una prueba de la teoría. Y una explicación que sirve para explicarlo todo acaba explicando muy poco.

El mundo no se dirige necesariamente hacia un caos uniforme. El desorden también puede producir nuevas formas de organización. Cuando un equilibrio se rompe, otros actores ocupan el espacio disponible. Cuando una institución pierde autoridad, aparecen otras redes de poder. Cuando una dependencia se revela peligrosa, los Estados buscan alternativas.

El verdadero cambio quizá no consista en pasar del orden al caos, sino en pasar de un orden dominante a una competencia entre órdenes.

Esa distinción modifica bastante nuestra manera de mirar el presente. Durante buena parte de la etapa posterior a la Guerra Fría, en Occidente se extendió la impresión de que la arquitectura internacional podía ampliarse indefinidamente. Más comercio, más integración, más instituciones, más normas. El horizonte parecía consistir en incorporar progresivamente al resto del planeta a un sistema cada vez más interdependiente.

Hoy esa confianza resulta mucho más difícil de sostener.

No porque las instituciones internacionales hayan dejado de ser necesarias, sino porque su capacidad para organizar los comportamientos de las grandes potencias encuentra límites cada vez más visibles. Las Naciones Unidas, las alianzas militares, las organizaciones económicas o los acuerdos comerciales siguen existiendo, pero conviven con una realidad en la que distintos Estados persiguen objetivos incompatibles y aceptan cada vez menos que una autoridad exterior determine las reglas del juego.

El problema, entonces, no es únicamente que algunas reglas se incumplan. Es que existe un desacuerdo creciente sobre quién tiene derecho a establecerlas.

Y ahí aparece una transformación todavía más profunda: la pérdida de un centro.

El viejo orden internacional tenía muchas contradicciones, injusticias y zonas de exclusión. No conviene idealizarlo. Pero ofrecía algo que hoy escasea: una cierta jerarquía reconocible. Había instituciones centrales, potencias dominantes y una idea relativamente compartida de cómo debía funcionar el sistema. El mundo contemporáneo parece avanzar hacia una distribución más fragmentada del poder, con grandes potencias, potencias regionales, corporaciones tecnológicas y redes transnacionales capaces de influir en ámbitos que antes pertenecían casi exclusivamente a los Estados.

La tecnología ha acelerado este proceso. El poder ya no se mide únicamente por territorio, población o capacidad militar. También cuenta quién controla datos, infraestructuras digitales, semiconductores, plataformas, sistemas de comunicación o inteligencia artificial. El territorio continúa siendo decisivo, pero ya no basta para comprender dónde reside el poder.

Eso explica otra característica de la nueva entropía: resulta cada vez más difícil separar poder económico, tecnológico, militar y cultural.

Y quizá aquí esté la parte más inquietante. Una sociedad puede acostumbrarse al desorden. Puede incluso convertirlo en rutina. El peligro no es vivir permanentemente al borde del abismo, sino acabar considerando normal que todo pueda cambiar de repente.

Cuando la excepcionalidad se convierte en paisaje, disminuye nuestra capacidad para distinguir entre una perturbación pasajera y una transformación estructural.

Por eso los puntos de inflexión deberían interesarnos menos como instrumentos para adivinar el futuro que como una forma de reconocer cuándo nuestras categorías han dejado de funcionar. No sabemos exactamente qué acontecimiento desencadenará el próximo gran cambio. Tampoco podemos afirmar que el sistema vaya a precipitarse necesariamente hacia un desorden creciente. Lo que sí podemos observar es que las antiguas certezas tienen una capacidad menor para ordenar la experiencia.

Quizá el reto de nuestro tiempo no consista en recuperar un orden perdido. Tal vez ese orden ya no pueda regresar, al menos no en la forma que conocimos. La tarea más realista es aprender a construir estabilidad dentro de un mundo menos estable: diversificar dependencias, conservar instituciones capaces de cooperar, mantener espacios de negociación y, sobre todo, desarrollar sociedades capaces de absorber golpes sin romperse.

La entropía no es una profecía política. Es una advertencia contra la ilusión de que los sistemas complejos permanecen quietos.

Todo orden necesita energía para mantenerse. También necesita reglas, confianza, instituciones y voluntad de cooperación. Cuando esas fuerzas se debilitan, el desorden no necesita que nadie lo convoque. Basta con que nadie se ocupe de contenerlo.

Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de los puntos de inflexión: las grandes transformaciones no siempre comienzan cuando el mundo se rompe. A veces comienzan mucho antes, cuando dejamos de darnos cuenta de que las piezas ya no encajan como antes.

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