Antoni Fabrés, el pintor catalán que claudicó ante Diego Rivera

Autor: Jacobo Piñol

Antoni Fabrés, en el centro de la imagen, con sus alumnos de la Academia de San Carlos hacia 1905, entre ellos Diego Rivera, detrás del profesor con la mano en la solapa.

El Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) ha recuperado 147 obras del artista poliédrico barcelonés Antoni Fabrés que componen una nueva exposición abierta hasta el 29 de septiembre. Este pintor y escultor catalán -discípulo de Mariano Fortuny– trató de instaurar un nuevo sistema pedagógico a principios del siglo XX en la Academia de San Carlos (actual Escuela Nacional de Bellas Artes de México) pero encontró el firme rechazo de sus alumnos, entre los que se encontraban los precoces Diego Rivera y José Clemente Orozco. Su rigor dibujístico y acusada subjetividad chocaron frontalmente con la desmedida creatividad de los muralistas que revolucionarían la pintura mexicana. En su breve pero intenso paso por la capital azteca (Fabrés estuvo cinco años, de 1902 a 1907), fue profesor de otros jóvenes pintores que también renovarían el estilo mexicano como Saturnino Herrán, Rubén Herrera o Patricio Quintero.

Con Antoni Fabrés, los alumnos de la Academia practicaron sistemáticamente un entrenamiento intenso bajo una rigurosa disciplina, cuyas normas eran las de la academia europea: copiar la naturaleza fotográficamente con la mayor exactitud. Un modelo estático posaba así durante semanas, el cual era elegido de una vasta colección de reproducciones del arte clásico en posesión de la Academia.

De hecho, según el dosier de prensa del MNAC relativo a la exposición, Fabrés “buscaba, principalmente, la mirada del retratado como elemento principal. Así mismo, su preocupación por la luz lo llevó a investigar su incidencia en los colores, tanto en interiores como en paisajes, consiguiendo incluso, en algunos cuadros, aspectos más bien hiperrealistas”.

No obstante, fuentes como Guadalupe Rivera Marín, hija de Diego Rivera, explica en su libro Diego el rojo que “tan pronto como Fabrés inició sus clases, Rivera y sus amigos estuvieron en desacuerdo con él, tanto por sus métodos de enseñanza como por el estilo pictórico que empleaba, que consideraban academicista y decadente en extremo”. Tanto Rivera como Orozco tildaban las clases de Fabrés de “aburridísimas” y llenas de “cursilerías”.

Así, según la hija del muralista, los alumnos de Fabrés “se hartaron de pintar caballeros con espada y armadura, y caballos disfrazados con metales sonoros”. Los jóvenes pintores mexicanos consideraban que “el viejo no ha dejado de ver al país como colonia del reino español y, por eso, ni a su consentido (Saturnino Herrán) le deja pintar lo que a los mexicanos nos interesa de nuestro propio pueblo”.

Las tensiones fueron tales que los alumnos protestaron ante el director de la Academia, Antonio Rivas Mercado, porque rechazaban “el conformismo tradicional, tanto en el arte como en la política”. Todo confluyó en una huelga estudiantil que terminaría por decapitar al pintor catalán.

Fue Rivas Mercado quien tomó cartas en el asunto y destituyó personalmente a Fabrés como subdirector de la Academia. Fue entonces cuando el pintor catalán decidió abandonar México pese a que una de sus hijas había contraído matrimonio con José Peón del Valle, otro de sus alumnos. Fabrés volvería a Roma, la ciudad que le vio crecer como artista pero que también lo vería morir.

Cabe destacar que en ninguna de las 26 páginas del dosier de prensa del MNAC se hace referencia a este episodio ni a la verdadera relación que mantuvo Fabrés con sus alumnos.

Un pintor de la alta burguesía

Fabrés desarrolló un trabajo pictórico de relativa envergadura que llevó a cabo en las diferentes ciudades en las que vivió: en Roma, donde llega en 1875, como seguidor de Fortuny en cuanto a la temática orientalista, después en su ciudad natal, Barcelona, más tarde en París y en Ciudad de México.

En 1907 vuelve a Roma donde se establece hasta 1938, año en que muere. Su vida artística de más de 60 años le hizo coincidir con los grandes cambios artísticos, no adscribiéndose a ninguna escuela y entendiendo su pintura, en cierto modo, como símbolo clasista teniendo por clientela a la alta burguesía.

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