La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha certificado un nuevo récord mundial para el rayo más largo jamás registrado: una megadescarga eléctrica que recorrió 829 kilómetros desde el este de Texas hasta las cercanías de Kansas City, en los Estados Unidos, durante una tormenta en octubre de 2017. Este fenómeno, validado oficialmente el 31 de julio de 2025, superó por 61 kilómetros el récord anterior, establecido en 2020 también en los Estados Unidos, y ha reavivado el interés científico y público por los eventos atmosféricos extremos. Este «megarrayo», como lo denominan los expertos, no solo destaca por su longitud, sino también por lo que revela sobre la complejidad de las tormentas y los avances tecnológicos que permiten documentarlas.
El evento de 2017: un destello que cruzó cuatro estados
El 22 de octubre de 2017, un sistema convectivo de mesoescala (SCM), un tipo de complejo tormentoso conocido por su escala masiva y alta carga energética, se extendió desde Texas hasta Minnesota, cubriendo una vasta región de las Grandes Llanuras de los Estados Unidos. En medio de esta tormenta, un solo rayo trazó una trayectoria de 829 kilómetros (±8 km), conectando el este de Texas con las inmediaciones de Kansas City. Para poner en perspectiva esta distancia, es comparable a la que separa París de Venecia en Europa. Un automóvil tardaría entre ocho y nueve horas en recorrerla, mientras que un avión comercial lo haría en aproximadamente 90 minutos.
Este rayo, descrito como un “megadestello” por su duración y alcance excepcionales, no fue detectado en tiempo real. Su identificación ocurrió años después, cuando el científico Michael Peterson, del Severe Storms Research Center del Instituto de Tecnología de Georgia, revisó los datos satelitales recopilados por el satélite GOES-16 de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica). Este satélite, equipado con sensores avanzados como el Geostationary Lightning Mapper (GLM), permitió mapear con precisión las emisiones luminosas del rayo, revelando su extraordinaria extensión.
El megadestello de 2017 generó más de 116 descargas subsidiarias a lo largo de su trayectoria, con una duración total de aproximadamente siete segundos, mucho mayor que el medio segundo típico de un rayo convencional. Este fenómeno no solo atravesó cuatro estados, sino que también destacó por su capacidad para conectar múltiples tormentas dentro del SCM, un comportamiento característico de los megarrayos que los diferencia de los rayos más comunes, que suelen recorrer distancias de hasta 16 kilómetros en trayectorias verticales.
Superando el récord anterior
El récord anterior, registrado el 29 de abril de 2020, también tuvo lugar en las Grandes Llanuras, cubriendo una distancia de 768 kilómetros (±8 km) a través del sur de los Estados Unidos. Este rayo, aunque impresionante, fue superado por el evento de 2017, que extendió el límite conocido de la longitud de un rayo en 61 kilómetros. Ambos récords fueron medidos utilizando la misma metodología de distancia máxima de círculo máximo, lo que garantiza consistencia en las comparaciones. La validación de estos récords por parte del Comité de Extremos Meteorológicos y Climáticos de la OMM subraya la importancia de los avances tecnológicos en la detección de fenómenos extremos.
Curiosamente, el récord de 2017 no fue identificado en el análisis inicial de la tormenta, lo que resalta las limitaciones de los métodos de observación de la época y la importancia de reexaminar datos históricos con tecnología más avanzada. Según Randy Cerveny, profesor de la Universidad de Arizona y miembro del comité de la OMM, “es muy probable que haya rayos aún más largos que simplemente no hemos sabido ver todavía.”
La ciencia detrás de los megarrayos
Los megarrayos, como el de 2017, son un tipo especial de descarga eléctrica que se produce en sistemas convectivos de mesoescala, comunes en regiones como las Grandes Llanuras de América del Norte. Estas “fábricas de tormentas” reúnen múltiples tormentas de menor escala en un solo sistema de gran alcance, creando las condiciones ideales para descargas de dimensiones extraordinarias. A diferencia de los rayos convencionales, que conectan nubes con el suelo en trayectorias verticales, los megarrayos viajan horizontalmente entre nubes, rebotando a través de sistemas tormentosos y alcanzando distancias que desafían la imaginación.
La detección de estos fenómenos ha sido posible gracias a los avances en la tecnología satelital, particularmente los sensores GLM de los satélites GOES-16 y GOES-17, lanzados poco antes de la tormenta de 2017. Estos instrumentos observan continuamente el cielo, capturando emisiones luminosas de rayos con una precisión sin precedentes. “Es un momento muy emocionante para estar en la ciencia del rayo,” afirmó Michael Peterson, destacando cómo estas herramientas están transformando nuestra comprensión de la atmósfera.
Además de su longitud, los megarrayos también se distinguen por su duración. Mientras que un rayo típico dura fracciones de segundo, el de 2017 se mantuvo activo durante siete segundos. En comparación, el récord de duración de un rayo pertenece a un evento registrado el 18 de junio de 2020, en Uruguay y el norte de Argentina, que permaneció activo durante 17,1 segundos, aunque cubrió una distancia menor.
Riesgos y relevancia para la seguridad pública
Aunque los megarrayos son fascinantes desde un punto de vista científico, también representan un peligro significativo. Según Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, estos fenómenos pueden impactar áreas lejanas, provocar incendios forestales y afectar sectores como la aviación. La iniciativa Alertas Tempranas para Todos de la OMM prioriza la mejora de los sistemas de detección y alerta para mitigar los riesgos asociados con los rayos.
Históricamente, los rayos han causado tragedias devastadoras. En 1975, un rayo mató a 21 personas que se refugiaban en una cabaña en Zimbabue. En 1994, otro impacto en Dronka, Egipto, incendió depósitos de petróleo, provocando un incendio que mató a 469 personas. Estos eventos subrayan la importancia de buscar refugio adecuado durante una tormenta, preferiblemente en edificios con cableado y tuberías o en vehículos con carrocería metálica. Espacios abiertos, árboles aislados, carpas o estructuras livianas son extremadamente peligrosos. Walt Lyons, experto en rayos y miembro del comité de la OMM, recomienda buscar refugio si se detectan rayos en un radio de diez kilómetros, especialmente si el trueno se escucha menos de 30 segundos después del destello.
Implicaciones científicas y tecnológicas
El reconocimiento del rayo de 829 kilómetros como récord mundial no es solo una hazaña para los libros de historia. Representa un hito en la meteorología moderna, impulsado por la colaboración internacional y los avances en la observación satelital. El trabajo de científicos como Michael Peterson, combinado con la tecnología de los satélites GOES, ha permitido no solo documentar este fenómeno, sino también explorar nuevas preguntas sobre cómo los rayos interactúan con la atmósfera y afectan el entorno.
Por ejemplo, el equipo de Peterson está investigando rayos de intensidad inusual y casos de carga persistente en el suelo tras un impacto, lo que podría tener implicaciones para la seguridad y la infraestructura. Además, la capacidad de reanalizar datos históricos sugiere que otros megarrayos podrían estar esperando a ser descubiertos, lo que podría redefinir aún más los límites de estos fenómenos.
Un recordatorio de la fuerza de la naturaleza
El rayo de 829 kilómetros de 2017 es más que un récord; es un recordatorio de la escala y el poder de los fenómenos atmosféricos. Las Grandes Llanuras, conocidas por su actividad tormentosa, seguirán siendo un laboratorio natural para estudiar estos eventos extremos. A medida que la tecnología mejora, es probable que se descubran rayos aún más largos, lo que ampliará nuestra comprensión de la atmósfera y sus dinámicas.
Este hito también pone de relieve la importancia de la preparación frente a los riesgos climáticos. Mientras los científicos celebran los avances en la detección de megarrayos, la OMM enfatiza la necesidad de sistemas de alerta más robustos para proteger vidas y propiedades. En un mundo donde los eventos climáticos extremos están en aumento, el rayo de 829 kilómetros es una muestra de la majestuosidad y el peligro de la naturaleza, así como de nuestra creciente capacidad para comprenderla.
El megadestello de octubre de 2017, que cruzó 829 kilómetros desde Texas hasta Kansas City, no solo ha establecido un nuevo récord mundial, sino que también ha abierto una ventana hacia el estudio de los fenómenos atmosféricos extremos. Gracias a la tecnología satelital y al trabajo de científicos como Michael Peterson, este evento ha sido documentado con un nivel de detalle sin precedentes, revelando la complejidad de los megarrayos y su impacto en la seguridad pública. Mientras la ciencia avanza, el récord de 2017 nos recuerda que la atmósfera aún guarda secretos por descubrir, y que la colaboración internacional y la innovación tecnológica son clave para desentrañarlos. En un contexto de cambio climático y fenómenos meteorológicos cada vez más intensos, este rayo es tanto una hazaña de la naturaleza como una llamada a estar mejor preparados.
