En la revista Sin Permiso Alfons Bech publicó un artículo en el que reseñaba a su manera un debate organizado por Catalunya per la Pau el pasado 9 de junio, en la sede barcelonesa de CC. OO., dedicado a las perspectivas de paz en Ucrania. En él participaron Tica Font, investigadora del Centro Delàs de Estudios por la Paz, Julio Rodríguez, General del Aire retirado y militante destacado de Podemos, que es el único partido que claramente ha tomado posición en contra del envío de armas a Ucrania y ha defendido una paz pactada para acabar con esa tragedia. También participó quien esto suscribe ejerciendo el papel de presentador del acto. Lo que sigue es una respuesta al artículo de Bech porque éste me manifestó personalmente con posterioridad que estaba interesado en el debate de ideas. Al hilo de esa discusión sobre «ideas», me gustaría también aprovechar la ocasión para denunciar que el belicismo pro-OTAN de una parte notable de eso que llamamos «izquierda» empieza a ser, cuando menos, frívolo e irresponsable.

Bech, en su artículo titulado «Un pacifismo que ayuda a Putin», acusaba a las ciento y pico entidades agrupadas en Catalunya per la Pau de complicidad con el autócrata ruso. La razón principal de dicha acusación residía, desde su punto de vista, en el objetivo por el cual se constituyó dicha plataforma, a saber: para abogar por un alto el fuego y una paz pactada con el fin de detener la carrera hacia el desastre que ha desencadenado la guerra entre Rusia y Ucrania/OTAN. En concreto, Bech me acusa a mí de ser pro-Putin por haber afirmado que el derrocamiento del presidente ucraniano Yanukóvich, en 2014, se llevó a cabo mediante un golpe de Estado y que esa terminología es propia de Putin. Pues, lo siento, pero la verdad es la verdad. Yanukóvich, que había sido elegido en unas elecciones libres, fue apartado del poder violando los procedimientos constitucionales establecidos. Eso, en Ucrania, en la Conchinchina y aquí, es un golpe de Estado.

Por lo demás, los vínculos entre los golpistas ucranianos y la embajada de EE. UU. los explicó muy bien Rafael Poch-de-Feliu en un artículo publicado en La Vanguardia el 5 de mayo de 2014 (con el titular: «Agentes de EE. UU. asesoran a Kiev»), cuando ejercía de corresponsal en la zona. Bech, ignorando esos hechos palmarios, sostiene, como he dicho, que esa terminología es propia de Putin y que eso revela mi oscura complicidad con el autócrata ruso. Eso es una estupidez y una injuria intolerable. Tanto más cuanto que la formula una persona con la que he compartido muchas reuniones y que conoce perfectamente mi mala opinión sobre Putin, el actual régimen ruso y la invasión de Ucrania.

Lo bueno de todo este asunto es que Alfons Bech es —o ha sido— miembro de Catalunya per la Pau y, por tanto, ha participado en la organización de todos los actos y concentraciones que dicha entidad ha promovido en relación con la guerra de Ucrania. Pero lo ha hecho de una manera muy peculiar: intentando siempre sabotear desde dentro sus actividades. Para muestra, un botón: minutos antes de que se iniciase el acto del pasado 9 de junio, Bech se dirigió a algunos responsables de CC. OO. para pedirles que impidieran su celebración porque, sin tener obviamente noticia de lo que iban a decir los ponentes, él les explicó que sería sin lugar a dudas un acto en el que se ensalzaría y/o justificaría y/o ayudaría a Putin. En Youtube, los lectores interesados pueden ver y escuchar dos filmaciones del acto en cuestión (con el título «Perspectives de pau a Ucraïna») y pueden juzgar por sí mismos si ese debate abierto —que no arenga, mitin o conferencia—, en el que, por cierto, también intervino el mismísimo Bech, consistió en un panegírico al dirigente ruso.

Hay que decir que Alfons Bech no ha sido el único que ha actuado así. Unas pocas personas más, miembros en general de partidos y colectivos que miran el mundo y sólo ven en él naciones opresoras y naciones oprimidas y nada más, también se han dedicado a sabotear desde dentro las actividades de Catalunya per la Pau invocando una especie de conexión espiritual con una metafísica «comunidad ucraniana», la cual se caracterizaría sobre todo por su apoyo sin fisuras al gobierno de Zelenski y a la continuidad de la guerra apoyada y financiada por la OTAN. Que eso pueda comportar la devastación de Ucrania y el incremento ad infinitum de las montañas de cadáveres ucranianos, es algo que les resulta indiferente a estos extraños «amigos de Ucrania».

A todos ellos, les resultaría muy útil reflexionar cinco minutos sobre la admonición que les dirigió a los dirigentes ucranianos Nguyen Chi Vinh, antiguo viceministro de Defensa de la República del Vietnam, quien poco después de la invasión rusa les advirtió: «No es prudente facilitar que vuestro país se convierta en el escenario de los juegos de poder y de la rivalidad entre las grandes potencias» (declaraciones recogidas por Le Monde Diplomatique, en su número de marzo de 2023). También deberían darle unas cuantas vueltas a que, en cualquier momento, el gobierno de la Federación rusa y el gobierno de EE. UU. pueden negociar la paz si es eso lo que les conviene, y que al gobierno estadounidense le bastaría con amenazar a Kiev con el cese de la ayuda económica y militar para forzarles a que firmaran el tratado correspondiente. No lo digo yo, lo dicen los autores de un informe de la RAND Corporation, laboratorio de ideas estrechamente ligado al Pentágono, titulado «Avoiding a Long War». Así, en la página 21, se puede leer: «Estados Unidos podría decidir condicionar la futura ayuda militar al compromiso de Ucrania con las negociaciones [de paz]». Anda que no lo tienen claro los funcionarios del imperio occidental.

Por otra parte, decía Bech en su artículo que resultaba curioso que Catalunya per la Pau pida un alto el fuego cuando, desde su punto de vista, Putin estaba perdiendo la guerra. Según él, eso sería otro indicio claro de nuestra complicidad con el dirigente ruso. Si damos por buena esa pobre manera de razonar, que entre otras cosas niega la buena fe y la honradez intelectual de la mayor parte de las personas impulsoras de Catalunya per la Pau, y si además lo aplicamos al momento actual, cuando la famosa contraofensiva ucraniana está quedando en agua de borrajas, Alfons Bech debería estar de acuerdo en que nuestra petición de alto el fuego y negociaciones de paz es claramente pro-ucraniana porque, además de contribuir a salvar vidas y a detener la destrucción de Ucrania, puede frenar la pérdida de más territorios por parte de Kíev.

Con todo, lo que más llama la atención de Bech y de toda esa «izquierda» tartarinesca es su ceguera voluntaria respecto a un par de cuestiones que nadie puede ignorar si pretende decir algo que esté a la altura de todo lo que está en juego en la guerra de Ucrania.

La primera es desconocer que, como ha recordado no hace mucho Jens Stolterberg, secretario general de la OTAN, en una entrevista en The Washington Post el pasado 9 de mayo, la guerra de Ucrania comenzó en 2014, no en 2022, y que cualquier observador desapasionado de ese conflicto sabe que ya entonces intervenían en ella las mismas potencias nucleares que lo están haciendo ahora, por lo cual hay claramente responsabilidades compartidas en el estallido y la prolongación de dicha guerra, diga lo que diga la propaganda bélica occidental. Eso también implica que la población de Ucrania, en especial la de su parte oriental, lleva nueve años y medio padeciendo las consecuencias de los combates, las masacres y los bombardeos. Nueve años de guerra son muchos años. Entre nosotros, el historiador Francisco Veiga ha escrito un libro informado y lúcido al respecto en el que se explican muy bien las responsabilidades compartidas aludidas. Ese libro debería ser de lectura obligada para cualquiera que quiera opinar sobre esta guerra. Se titula Ucrania 22 y lo ha editado Alianza Editorial.

La segunda cuestión que a algunos de nosotros nos provoca verdadera urticaria es el olvido que muestran estos belicistas (y una parte sustancial de la izquierda institucional, así como la mitad de la opinión pública española, todo hay que decirlo) sobre el riesgo de escalada militar y de guerra nuclear entre potencias atómicas. ¿En qué mundo mental vivirán esas personas? Respuesta: en uno en el que no se registran los datos de la realidad porque se trata del mundo fantasioso de la propaganda bélica occidental. Hace poco finalizaron unas maniobras de la OTAN en el centro de Europa en la que aquella desplegó 10.000 soldados y un montón de cachivaches bélicos con una clara función intimidatoria hacia la Federación Rusa. A estas alturas y viendo lo que está ocurriendo en el este de Europa, banalizar el riesgo de escalada militar y de guerra nuclear es absolutamente imperdonable.

*Publicado originalmente en mientrastanto.org. Lea aquí el original.

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