La metáfora es incómoda, casi grotesca, pero eficaz: un presidente atrapado en su propia bañera. No por accidente, sino por la suma de decisiones que, una tras otra, han ido reduciendo el espacio de movimiento hasta convertir cualquier gesto en un riesgo. Así se encuentra hoy Donald Trump frente a Irán: no ante un enemigo que haya crecido de forma inesperada, sino ante una crisis que es también el producto de su propia lógica de poder.

Durante años, Trump construyó su identidad política sobre una premisa simple: la presión extrema no solo funciona, sino que es moralmente superior a la negociación tradicional. Donde otros veían complejidad, él ofrecía contundencia. Donde la diplomacia clásica hablaba de equilibrios, él hablaba de fuerza. La política internacional, reducida a una lógica de negociación empresarial, parecía un terreno donde bastaba con elevar el precio del desafío hasta hacerlo insoportable.

Irán se convirtió en el escenario ideal para esa demostración de voluntad. Sanciones asfixiantes, amenazas explícitas, aislamiento diplomático: todo formaba parte de un guion que prometía resultados rápidos. Pero el problema de las políticas basadas en la presión es que generan una ilusión peligrosa: la de que el adversario no tiene más opción que ceder.

No cedió.

Y cuando el adversario no cede, la presión deja de ser herramienta y se convierte en compromiso. Cada advertencia pública, cada declaración maximalista, cada promesa de respuesta “devastadora” no solo busca intimidar al otro, sino que construye una expectativa propia. El líder que habla en esos términos no puede retroceder sin erosionar su autoridad.

Ahí empieza la trampa.

Trump no se encuentra hoy únicamente ante un dilema estratégico, sino ante un dilema narrativo. Su liderazgo ha estado siempre vinculado a la imagen de la firmeza sin matices. No hay zonas grises en su retórica: hay ganadores y perdedores, fuerza o debilidad, victoria o humillación. Pero la realidad geopolítica rara vez se adapta a esas categorías binarias.

Irán no es un actor que pueda ser doblegado con un solo golpe de presión económica o militar. Es un Estado con capacidad de respuesta, con redes de influencia regional y, sobre todo, con una cultura política acostumbrada a convertir la amenaza externa en cohesión interna. La presión no ha debilitado al régimen; en muchos sentidos, lo ha reforzado.

Así, la estrategia diseñada para forzar concesiones ha producido el efecto inverso: ha reducido el margen de maniobra estadounidense sin generar los resultados prometidos.

Este es el núcleo del problema. La política de máxima presión no solo ha fracasado en sus objetivos declarados; ha creado una situación en la que cualquier paso atrás puede interpretarse como derrota. Y en un liderazgo que ha hecho del orgullo su principal moneda política, la derrota simbólica pesa tanto como la material.

La tentación de la acción militar surge entonces no tanto como una elección estratégica, sino como una necesidad narrativa. Cuando el relato exige coherencia, la política puede convertirse en rehén de sus propias palabras. Si se ha repetido durante años que el adversario “no tendrá opción”, llega un momento en que no actuar parece más peligroso que actuar.

Pero la historia reciente está llena de advertencias sobre el espejismo de las guerras rápidas. Las intervenciones que comienzan como demostraciones de fuerza suelen terminar como compromisos prolongados. Y en el caso de Irán, el conflicto no sería un episodio aislado, sino el inicio de una cadena de consecuencias imprevisibles: regionales, energéticas, políticas y simbólicas.

Irán no respondería necesariamente en el mismo plano. Su historial demuestra una preferencia por las respuestas indirectas, asimétricas, diluidas en el tiempo y el espacio. El campo de batalla podría no ser un frente convencional, sino múltiples escenarios simultáneos: desde el Golfo Pérsico hasta los equilibrios internos de países aliados de Washington en Oriente Próximo.

La paradoja es evidente. La política que se presentaba como alternativa a las guerras interminables puede terminar conduciendo a una nueva. No por cálculo frío, sino por inercia discursiva.

En este sentido, el conflicto con Irán es también un espejo del modo en que Trump ha concebido el poder. Su presidencia ha estado marcada por la convicción de que la imagen de determinación es en sí misma una forma de acción. Que proyectar dureza equivale a ejercerla. Que la amenaza puede sustituir al proceso.

Pero cuando la amenaza se convierte en lenguaje habitual, pierde su capacidad de negociación y se transforma en obligación.

El problema ya no es solo lo que Estados Unidos puede hacer frente a Irán, sino lo que Trump puede permitirse no hacer. La política exterior se mezcla así con la política doméstica: retroceder no es solo una decisión estratégica, sino un riesgo electoral y simbólico.

De ahí la sensación de encierro. No se trata de que no existan salidas racionales —la diplomacia siempre las ofrece—, sino de que esas salidas exigen reconocer límites. Y el reconocimiento de límites es incompatible con un liderazgo construido sobre la promesa de omnipotencia.

La presión, además, tiene un efecto acumulativo que a menudo se subestima. Cada sanción no solo castiga al adversario, sino que refuerza su percepción de amenaza. Cada ultimátum no solo busca disuadir, sino que endurece la posición del receptor. Con el tiempo, la política de presión deja de ser percibida como instrumento y pasa a ser interpretada como intención permanente.

En ese contexto, cualquier gesto conciliador puede ser visto como trampa.

Y así, el espacio para la desescalada se reduce hasta casi desaparecer.

La metáfora de la bañera describe precisamente ese estado: cualquier movimiento brusco puede empeorar la situación, pero la inmovilidad tampoco ofrece solución. Salir requiere un gesto que contradiga la lógica que llevó hasta allí.

La pregunta que sobrevuela el escenario no es si existe una opción militar. Siempre existe. La verdadera pregunta es si esa opción responde a una necesidad estratégica o a la necesidad de preservar un relato.

Porque cuando la política exterior se convierte en teatro de la coherencia personal, el riesgo es que las decisiones de guerra y paz dejen de tomarse en función del interés colectivo y pasen a depender de la credibilidad individual.

Irán, en este contexto, no es solo un adversario geopolítico. Es también el límite de una forma de entender el poder. Un recordatorio de que la presión sin horizonte puede acabar reduciendo la libertad de acción de quien la ejerce.

Trump quiso demostrar que la fuerza podía sustituir a la complejidad. Hoy se enfrenta a la posibilidad de que esa simplificación haya estrechado el camino hasta hacerlo casi impracticable.

No es la primera vez que un liderazgo fuerte se encuentra atrapado por su propia retórica. La historia está llena de ejemplos en los que las palabras precedieron a las decisiones, condicionándolas hasta el punto de hacerlas inevitables. Pero en el caso de una potencia global, las consecuencias trascienden el ámbito nacional.

Una escalada con Irán no sería un episodio más en la política exterior estadounidense. Sería un acontecimiento con impacto sistémico: en los mercados energéticos, en las alianzas regionales, en la estabilidad global.

Y sin embargo, la lógica que empuja hacia ese riesgo no es necesariamente estratégica. Es psicológica. Es política. Es narrativa.

La necesidad de no parecer débil puede convertirse en motor de decisiones que debilitan.

La necesidad de mantener coherencia puede impedir la corrección.

La necesidad de demostrar fuerza puede acabar limitando la libertad.

Trump no se enfrenta únicamente a Irán. Se enfrenta a las consecuencias de una forma de gobernar basada en la simplificación del conflicto y la personalización del poder.

Y cuando el poder se personaliza, los errores dejan de ser ajustes posibles y pasan a ser amenazas existenciales para la propia imagen del líder.

Salir de la bañera implicaría reconocer que la presión tiene límites. Que la negociación no es rendición. Que la complejidad no es debilidad.

Pero ese reconocimiento exige algo más difícil que la acción militar: exige redefinir el relato.

Y esa es, quizá, la batalla más complicada de todas.

Porque evitar la guerra puede requerir hoy más valentía política que iniciarla.

alejandra maller

Alejandra Maller

Periodista en Revista Rambla | Web |  Otros artículos del autor

Periodista y catalana.

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