Sicario (Denis Villeneuve, 2015)

altCuando la agente Macer del FBI se mira al espejo no puede reconocerse. O el cristal está empañado o devuelve el reverso de su rostro. Una cara cansada, fatigada, desesperanzada, una determinación en sus obligaciones que se ha evaporado dejando girones en una mente herida por el desánimo.

 

 

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Cuando la agente Macer del FBI se mira al espejo no puede reconocerse. O el cristal está empañado o devuelve el reverso de su rostro. Una cara cansada, fatigada, desesperanzada, una determinación en sus obligaciones que se ha evaporado dejando girones en una mente herida por el desánimo. Formando parte de un grupo de intervención especial dedicado al rescate de secuestrados por el narcotráfico, en ese territorio indefinido de la frontera entre Méjico-Texas-Arizona, el continuo hallazgo de cadáveres agota su resistencia y hace germinar su idea de la inutilidad de una lucha diaria, con riesgo para su vida y la de su equipo, de resultados efímeros. El paralelismo entre esta película y “La noche más oscura” de Katryn Bigelow es evidente, una protagonista femenina, un estado de tensión permanente a la búsqueda del objetivo a neutralizar, el progresivo uso y aparición del crimen de estado, y sin embargo esta propuesta se eleva sobre aquélla y la deja en ridículo, la fortaleza moral de esta obra del director canadiense es mucho más seria, mucho menos ambigua, mucho más efectiva. “No queremos abogados” sirve como línea de demarcación para el reclutamiento por parte de la CIA de un miembro del FBI que legalice sus intervenciones en territorio estadounidense. La frase “no queremos abogados” define a las claras que la misión para la que se quiere reclutar a la agente Macer no va a ser un modelo de legalidad y respeto de los derechos de las personas, no se quiere gente que anteponga la ley a los resultados.

 

Tiene que existir gente ingenua, bien pensante, bien intencionada, aquellos que creen en la literalidad de frases como estado de derecho, derechos fundamentales, democracia, pero para otros, entre los que me incluyo, son demasiados años viendo y escuchando barbaridades como para creerme que todas las grandes palabras funcionan como un mecanismo de relojería intangible y respetado por los poderes públicos y económicos. Porque sé que no es así y que a casi nadie le importa siempre y cuando no afecte a tu vida personal, pero abierta la puerta a la bestia, nada le hace detenerse. No por nada el tema musical más impactante de la película se titula así, “The beast”, en este caso se identifica a la bestia con la ciudad mejicana de Ciudad Juárez, un retrato presuntamente exagerado de una ciudad sin ley que también aprovecha el sistema policial norteamericano para actuar sin límites y sin responsabilidades. Ciudad Juárez es la bestia que puede extenderse al otro lado de la frontera, de hecho se está extendiendo y hay que fijar unos límites, hay que evitar la propagación y los remedios tienen que ser extremos. Pero esa bestia que da título al tema musical es más amplia, está más extendida, las relaciones del poder político con las mafias, con el lado perverso de la ilegalidad, con contratistas de servicios armados que limpian los patios traseros y los bajos fondos, es una bestia que trae la demolición de todo lo que creíamos principios sólidos y que eran respetados y reverenciados por nuestra clase política. Cuando los agentes del FBI notan demasiado cercana la presión de lo ilegal, cuando no hay vuelta atrás y la CIA actúa como siempre lo ha hecho,  intentan obtener el amparo de sus superiores, y la respuesta lleva implícita la consecuencia, “¿en esta guerra te parece que vamos ganando?”. Se trata de ganar, y en esa disyuntiva el poder ha optado por saltarse las reglas, no es un funcionario el que decide contratar mano de obra sanguinaria para llevar a cabo lo que los policías no deben hacer, la orden procede de muy arriba y da amparo a cualquier abuso.

 

Vista globalmente la película aparenta perfección, y sin embargo, cuando analizas la historia ésta no soporta un análisis profundo de algunas situaciones, es la armazón, el sentido del ritmo, la imagen, la banda sonora,  las que van proporcionado un escudo de maestría salvando los evidentes fallos o debilidades del guión. Y estos son muchos, hay demasiadas escenas forzadas para generar un avance de la acción que vistas aisladamente transformarían la oferta en un mal sucedáneo de cine negro, pero engarzadas todas ellas producen el resultado apetecido, no tienes tiempo en pensar en aquello que rechina según lo ves porque la crudeza de lo visto, y lo desesperanzador que resulta, te anima a seguir la historia pero no a estropearla con objeciones de credibilidad. Y no son las escenas de acción las comprometidas, tan perfectas y bien resueltas, ni las de relaciones personales, o las de manipulación a la agente que se creía seleccionada para algo mejor en su trabajo, para un trabajo destinado a descabezar a los cárteles de la droga con el imperio de la ley. No, un plano repetido de un policía mejicano te anuncia que va a tener algún efecto en la trama aunque si reflexionas sobre él ves que es innecesario a posteriori, el rostro de un policía de Arizona en plano durante minutos sabes que no va a significar solamente un encuentro sexual, unas gomas de color rojo y verde te avisan para el momento justo posterior, el rostro del banquero que ve su sucursal asaltada por la policía te pone sobre aviso de que, para la agente, su presencia en la entidad supone una amenaza. 

 

Hay una escena (hay muchas) muy lograda en la película, la comitiva de agentes estadounidenses entrando en Ciudad Juárez es una de las escenas de tensión de mayor credibilidad del cine reciente. Es la acción sin acción, de hecho la acción se desarrolla rápidamente, son pocos segundos, es un terreno de nadie donde no hay estado de derecho. EEUU “secuestra” a un narco con la complicidad del sistema judicial y carcelario mejicano, es un secuestro “legal”, entrando en una prisión y llevándose a un preso a plena luz del día, escoltados por tanquetas y jeeps armados de la policía federal mejicana. Es una “extradición” sin garantías reales, aparentando cumplir con las formalidades pero ocultando todo aquello que supone un acto criminal, una tropelía en la que la agente Macer se ve obligada a disparar en territorio mejicano para salvar su vida, una pérdida de inocencia para la que ha sido utilizada como escudo legal, única y exclusivamente. La escena es redonda, de montaje sublime, pero tiene un enorme fallo que invito al lector/a a descubrir. Es un mecanismo de rodaje tan perfecto que el añadido final de la ratonera no resulta creíble, es un artificio para demostrar lo que ese grupo de mercenarios con cobertura legal pueden hacer y hasta dónde pueden hacerlo, pero la historia sería la misma, la tensión y el clímax similar, con o sin tiroteo, es un colofón para contentar al público con violencia expresa cuando ya has visto suficiente durante el itinerario. En el “no te preocupes, esto ni va a ser noticia ni se va a investigar, no ha existido”, el director vuelve a identificarnos en la historia con la perplejidad de la agente, si no fuéramos unos escépticos iríamos sorprendiéndonos y desengañándonos al mismo tiempo que le pasa al personaje de Emily Blunt. Una agente que se juega la vida a diario intentando rescatar secuestrados con cumplimiento de la legalidad estricta, ve removidas su credibilidad en el sistema y sus convicciones, desde ese inicial “di la verdad” cuando un agente de su grupo le dice que el fiscal quiere dar una declaración sobre el asalto con el que da comienzo la película hasta la constancia de que, en otro nivel, el mismo sistema se corrompe para luchar con las mismas armas que se dicen combatir, la agente sufre un nuevo colapso, deduce que su vida pasa a estar en peligro tanto si se enfrenta a los narcos como si no se presta a seguir el juego organizado a su alrededor.

 

El tratamiento visual de la película es exquisito, de esto ya teníamos sobrada experiencia con las películas anteriores de Villeneuve, desde las que le han encumbrado, como “Enemy” y “Prisoners” , hasta en la, para mi, fallida “Incendies”, que cuenta con esas incoherencias de guión que aquí también existen, aunque fabulosamente camufladas en el trajín de lo que se nos cuenta gracias a un soberbio montaje que permite las licencias que harían saltar por los aires historias rodadas por directores menos dotados, mientras que en Incendies esas incoherencias crecían conforme la película avanzaba incurriendo en una incompatibilidad cronológica sorprendente, en “Sicario” todo lo demás ayuda a camuflar esos errores de guión, esas piruetas efectistas llenas de vacío innecesario, es la imagen que se tiñe de una opacidad conveniente, de una dureza sin alegría, de espacios oscuros, de penumbra o directamente nocturnos, espacios en los que no todo lo que pasa debe verse, donde conviene girar la cabeza o tomar el túnel opuesto para no encontrarse con la verdad lo que engrandece sobremanera la propuesta, ese gris es el espacio donde el mal y el bien se confunden, donde elegir entre un mal mayor o menor pasa a transformarse en un perverso juego moral donde a nadie se le permite optar por lo bueno o lo correcto. Un personaje difuminado en pleno periodo de disgregación, sin vida personal, con la vida profesional en el aire, olvidándose de su aspecto, herida ante el espejo, tanto literal como metafóricamente, es la candidata perfecta, no casada, no hijos, no hay vínculos ni pérdidas que supongan una vacilación en su comportamiento o que lo puedan justificar, como tampoco habrá nadie que reclame por ella en caso de sufrir un “accidente” por exceso de legalidad. Por eso a Macer le acompaña lo gris, como la camiseta permanente que viste durante casi toda la película, es una mujer que ha pasado a ser gris, a no querer ser vista, a ocultarse en una madriguera llena de oscuridad, un gris que se impregna en la fotografía de la película y tiñe la personalidad de los que no están seguros de querer participar en la ilegalidad amparada por el poder.

 

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El tráfico de drogas termina creando administraciones paralelas de enorme poder, suplantan al estado y a los poderes públicos y aplicando una ley sumaria sin proporcionalidad, ese poder les permite reproducir esquemas de imperios absolutos con zonas de impunidad donde policías o jueces nada tienen que hacer con la ley en la mano porque son rápidamente comprados o asesinados. Es un poder creciente que no hay voluntad de parar cerrando la fuente principal de financiación, la legalización de las drogas es un debate necesario porque supondría el fín del narcotráfico, un ahorro de esfuerzos inútiles condenado al fracaso de capturar un alijo y no poder controlar otros diez que entran por el mismo sitio, millones y millones de dinero gastado en policías, en armas, en confidentes, permitiendo que unos prosperen en el negocio ilegal para que puedan poner orden en el patio y administren una justicia ilegal, estamos en una lucha desigual y sin posibilidad de éxito, con el agravante de que en el camino, muchos de los que entran para combatir terminan siendo enemigos de la legalidad.

 

Villeneuve nos plantea la disyuntiva, o luchamos contra ellos con sus mismas armas pagando a otros para que se ensucien las manos con la impunidad otorgada, o utilizamos las leyes para perseguirles al pie de la letra. Caben otras, cambiar leyes, cambiar educaciones, pero el que nunca responderá de las atrocidades va a preferir el camino más corto aun a costa de seguir socavando lo poco de libre que nos queda. El cine puede servir solo para entretener, con mayor o menor calidad según los gustos y exigencias de cada uno, pero cuando además de entretener, y esta película lo consigue desde el principio hasta el final, plantea interrogantes de profundo calado, el propósito es doble, sembrar la duda, interrogarte sobre tu propia conciencia y comportamiento. En la escena final, el sicario, un temible Benicio del Toro, que actúa movido por la venganza personal, y, paradojas, antiguo fiscal antidroga, hará una recomendación a la agente Macer (Emily Blunt), “busca una ciudad pequeña donde todavía se cumplan las leyes, este mundo es un mundo de lobos, y tú no eres un lobo”, porque en esta disyuntiva deberías preguntarte ¿lobo o no, tú qué harías?. Lo temible es responderte que sabes que la inmensa mayoría de la gente optaría por la teoría del mal menor, un mal menor que nos iguala, nos embrutece, nos acerca a la más animal de las respuestas sin que exista animal que mate por placer si no por necesidad, pero aún así quedaría pendiente la pregunta definitiva, ¿pero tú qué harías, firmarías o terminarías lanzada por un balcón como si hubiera sido un suicidio?.

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