En las calles de Madrid, Barcelona y tantas otras ciudades españolas, las manifestaciones por Gaza no cesan. Desde octubre de 2023, el conflicto en Oriente Próximo ha cobrado la vida de decenas de miles de palestinos, ha desplazado a millones y ha convertido el enclave en un símbolo global de injusticia. En España, este drama no es solo una causa humanitaria lejana: se ha convertido en un campo de batalla política. Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, ha irrumpido con fuerza en el debate, anunciando un decreto ley para reforzar el embargo de armas a Israel. Pero esta movida no ha unido a la izquierda: al contrario, ha desatado una tormenta interna. Podemos y Sumar, los aliados «morados» del PSOE en el Ejecutivo de coalición, ven con recelo cómo Sánchez les roba el liderazgo en un tema que ellos han abanderado desde hace meses. ¿Es esto una estrategia maestra del presidente para reconectar con su base progresista, o un cálculo cínico que expone las fisuras de la izquierda española?

El detonante llegó el 8 de septiembre de 2025, en un acto en La Moncloa cargado de simbolismo. Pedro Sánchez, flanqueado por banderas europeas y fotografías de niños palestinos, anunció nueve medidas «urgentes» para detener lo que él mismo denominó «el genocidio en Gaza». Entre ellas, destacaba un real decreto ley que blindaría jurídicamente el embargo de armas a Israel, una promesa que el Gobierno había hecho meses atrás pero que hasta entonces languidecía en el limbo burocrático. Sánchez no escatimó en retórica: habló de «perseguir a los ejecutores» del horror, de suspender relaciones comerciales con asentamientos ilegales y de aumentar la ayuda humanitaria. Fue un golpe de efecto, diseñado para captar titulares y, sobre todo, votos. En un contexto de erosión de la coalición —con encuestas que muestran al PSOE perdiendo terreno frente a un PP revitalizado y una extrema derecha que acecha—, el presidente necesitaba un revulsivo. Gaza, con su carga moral y su potencial para movilizar a la juventud y a la izquierda, parecía el candidato perfecto.

Pero el idilio duró poco. El martes 16 de septiembre, en el Consejo de Ministros, el decreto no vio la luz. El Gobierno lo aplazó, argumentando «complejidades técnicas» y la necesidad de «hacer las cosas bien». Fuentes de Moncloa filtraron que se trataba de un retraso menor, que el texto se aprobaría la próxima semana. Sin embargo, para Sumar, socio minoritario del Ejecutivo, aquello fue la gota que colmó el vaso. Yolanda Díaz, líder de la coalición, y su ministro de Consumo, Pablo Bustinduy, no tardaron en alzar la voz. «Sumar garantiza que el decreto se aprobará el martes», tuiteó el ministro de Cultura y portavoz, Ernest Urtasun, en un guiño a la próxima reunión. Pero el tono era de ultimátum: si no se aprueba, «supondría incumplir el acuerdo de coalición», advirtieron. Izquierda Unida, integrada en Sumar, fue aún más dura: amenazaron con plantar a Sánchez en el Consejo si el embargo no avanza.

Esta irritación no es casual. Sumar y Podemos —aunque este último ya no forma parte formal del Gobierno desde la ruptura de 2023— han sido los abanderados de la causa palestina en España. Irene Montero, figura clave de Podemos, ha liderado campañas en el Congreso para reconocer el Estado palestino y cortar lazos con Israel. Sumar, por su parte, ha impulsado mociones en el Parlamento Europeo y ha organizado concentraciones masivas. Para ellos, el embargo no es una novedad: es su bandera ideológica, un diferenciador frente al tibio europeísmo del PSOE. Que Sánchez entre «de hoz y coz», como dicen los morados, les duele porque les quita el monopolio moral. En redes sociales, militantes de Podemos no ocultan su malestar: «Sánchez nos roba la agenda para salvar su pellejo electoral», tuitea un usuario influyente, resumiendo el sentir de muchos.

Esta batalla interna no surge de la nada. La izquierda española vive un momento de recomposición dolorosa. Desde la debacle de las elecciones de julio de 2023, cuando Yolanda Díaz no logró despegar con su proyecto Sumar, la coalición ha perdido fuelle. Las encuestas la sitúan por debajo del 5% nacional, mientras Podemos, en su versión residual liderada por Ione Belarra, se mantiene como un núcleo duro pero minoritario. Sánchez, por el contrario, ha sobrevivido a múltiples crisis —desde la amnistía catalana hasta los escándalos de corrupción en su entorno— gracias a su instinto político. Su giro sobre Gaza no es altruista: es una jugada para reconectar con el electorado joven y urbano que se le escapó en las europeas de junio de 2024, donde el PSOE cayó al 30%. En un país donde el 70% de la población simpatiza con la causa palestina, según sondeos del CIS, capitalizar el drama de Gaza es un salvavidas.

Sin embargo, esta pugna revela algo más profundo: la hipocresía de una izquierda que habla de solidaridad pero actúa por cuotas de poder. Tomemos el caso del embargo. España ya suspendió licencias de armas a Israel en octubre de 2023, pero el volumen de exportaciones indirectas —a través de componentes o rutas europeas— sigue siendo significativo. El decreto de Sánchez pretende cerrar esas grietas, incorporando el derecho internacional humanitario en la legislación nacional. Una medida loable, sin duda. Pero ¿por qué el retraso? Moncloa alega tecnicismos, pero entre líneas se lee la presión de Bruselas y Washington. La UE, con su maquinaria lenta, aún no ha armonizado un embargo común, y Trump defiende a Netanyahu. Sánchez camina sobre alambres: quiere ser el «líder moral» de Europa, pero sin quemar puentes con aliados clave.

Sumar y Podemos, en cambio, juegan más duro. Su objetivo inmediato es que Sánchez rompa relaciones diplomáticas con Israel, una línea roja que el presidente no cruzará. Es comprensible su frustración: han visto cómo el Gobierno ha autorizado ventas de material no letal a Israel mientras las imágenes de bombardeos en Gaza inundan las pantallas. Pero su respuesta —amenazas públicas y filtraciones— solo debilita la coalición. Imaginen el espectáculo: mientras en Rafah mueren civiles por la falta de corredores humanitarios, en Madrid, los socios del Gobierno se enzarzan en una guerra de egos. ¿Quién sale ganando? Nadie, salvo la oposición de derechas, que ya acusa a Sánchez de «traicionar a Occidente» y a Sumar de «antisemitismo encubierto».

Desde nuestra perspectiva, esta dinámica es tóxica porque transforma una tragedia humana en munición electoral. La izquierda española, que tanto presume de su tradición solidaria —desde la Guerra Civil hasta el 15-M—, debería estar unida en la presión internacional. En lugar de eso, vemos un sainete: Sánchez posando como paladín de la paz, Díaz exigiendo «aprobación inmediata» del decreto, y Belarra recordando que fue Podemos quien impulsó la primera moción por Palestina en 2014. Es como si el drama de Gaza fuera un botín a repartir, no una urgencia moral. Y el precio lo pagan los palestinos: cada día de retraso en el embargo significa más armas en manos israelíes, más bombas sobre escuelas y hospitales.

Profundicemos en las motivaciones. Para Sánchez, Gaza es una oportunidad de redención. Tras el fiasco de la amnistía, que le costó apoyo en el ala dura del PSOE, necesita un relato de «justicia global». Su viaje a Gaza en 2025 fue un golpe maestro: fotos con familias refugiadas, discursos contra el «apartheid», y un espaldarazo de intelectuales como Javier Cercas o Almudena Grandes. Pero el retraso del decreto huele a cálculo: evita un choque frontal con la UE justo cuando España preside el semestre rotatorio en 2026. Es pragmático, sí, pero ¿a qué costo? La opinión pública, indignada por las 40.000 muertes en Gaza, percibe doblez. En X (antes Twitter), el hashtag #SánchezDimisiónGaza acumula miles de entradas, muchas de votantes tradicionales del PSOE.

Sumar, por su lado, pugna por supervivencia. Díaz, que soñó con ser la «nueva esperanza» de la izquierda, ve cómo su espacio se diluye entre el PSOE y un Podemos combativo. El embargo es su ariete: les permite diferenciarse sin salirse del Gobierno. Pero su ultimátum —»si no se aprueba, incumplimos el pacto»— roza la irresponsabilidad. ¿Plantar a Sánchez en el Consejo? Eso sería un suicidio político, entregando la narrativa a la derecha. Ernest Urtasun lo sabe, y por eso su «garantía» de aprobación suena a farol. Sumar necesita victorias tangibles, no más ruido.

Y luego está Podemos, el fantasma morado que acecha. Aunque fuera del Ejecutivo, su influencia persiste en el Congreso y en la calle. Ione Belarra ha criticado duramente el retraso, acusando a Sánchez de «cobardía ante el lobby sionista». Para ellos, el embargo es venganza personal: recuerdan cómo Díaz les marginó en 2023 para formar Sumar. Esta pugna tripartita —PSOE vs. Sumar vs. Podemos— es el epítome de una izquierda fragmentada, incapaz de coaligarse más allá de la aritmética parlamentaria.

En el fondo, esta batalla por capitalizar Gaza dice mucho de la política española actual. Vivimos en una era de posverdad, donde las causas globales se domestican para fines locales. Netanyahu, con su ofensiva ha radicalizado el debate: la CIJ ha declarado plausibles los cargos de genocidio, y la ONU clama por un alto el fuego. España podría liderar en Europa —somos el país con más manifestaciones pro-Palestina per cápita—, pero el Gobierno prefiere el gradualismo. Sánchez habla de «medidas adicionales», pero ¿dónde está el reconocimiento pleno de Palestina? ¿La suspensión de vuelos de El Al? Sumar lo exige, Podemos lo grita, pero el presidente titubea.

Nuestra opinión es clara: esta pelea es contraproducente. En lugar de pugnar por el liderazgo, la izquierda debería forjar una estrategia común. Un decreto unificado, con apoyo explícito de todos los socios, multiplicaría su impacto. Imaginen un comunicado conjunto: PSOE, Sumar y Podemos exigiendo a la UE un embargo total, cortando exportaciones y presionando a EE.UU. Sería un mensaje potente, no solo para Gaza, sino para reivindicar una izquierda europea audaz. En cambio, el retraso del decreto —justificado como «técnico»— irrita a los aliados y alimenta la desafección ciudadana. La próxima semana será clave: si se aprueba, Sánchez habrá neutralizado la crisis; si no, la coalición podría implosionar.

Mirando al futuro, esta pugna prefigura las elecciones de 2027. El PP de Feijóo ya capitaliza el «desorden» del Gobierno, mientras Vox azuza el miedo al «islamismo». La izquierda, dividida, pierde. Pero Gaza nos recuerda que la política no es un juego de tronos: es servicio público. Sánchez debe acelerar el decreto, no por cálculo, sino por convicción. Sumar y Podemos, dejar de lado el rencor y unirse. Solo así honraremos el drama de Gaza, no lo instrumentalizaremos.

En última instancia, mientras los tanques israelíes avanzan y los cohetes de Hamás responden, España debe elegir: ¿postureo o acción? La historia juzgará a estos líderes no por sus tuits o decretos demorados, sino por si contribuyeron a la paz o solo a su propio relato. Ojalá elijan lo primero. Porque en Gaza, el tiempo —y las vidas— no esperan.

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