“Rapaces”

altIgnacio González Orozco (Madrid, 1963) es uno de esos escritores que se alimenta de literatura y no sólo de experiencia. Ávido lector, saborea y moldea el lenguaje, sometiéndolo a su imaginación, mientras intenta diseminar, explicar y entender la realidad que le envuelve.

 

Ignacio González Orozco (Madrid, 1963) es uno de esos escritores que se alimenta de literatura y no sólo de experiencia. Ávido lector, saborea y moldea el lenguaje, sometiéndolo a su imaginación, mientras intenta diseminar, explicar y entender la realidad que le envuelve.

 

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De nacimiento centralista y ascendencia vasca, pasó su adolescencia y primera juventud en Mallorca, tierra de su esposa, y actualmente está afincado en Barcelona. Ignacio tratar de sacar el máximo partido de la vida y disfruta por igual de un buen vino, de una buena conversación o de sus adorados grandes clásicos, lo que confiere a su obra una justa medida de verosimilitud y cultivada altivez, que le encumbra como un autor, en el más estricto sentido del término, que huye de formulismos y modas.

 

Con una larga experiencia en el mundo de la edición y el periodismo (no en vano es redactor de la barcelonesa Revista Rambla y colaborador habitual del diario Público y la revista Culturamas), publicó su primer libro, Los días de “Lenín” (Izana editores), en 2014. Una novela, en sus propias palabras, sobre “la reconstrucción de la memoria, el perjuicio y la perplejidad” que obtuvo favorables críticas por su excelente tratamiento de personajes, bajo las circunstancias que les rodean durante el Alzamiento fascista de 1936. Entre esas menciones recuerda Ignacio de modo especial la que le dedicó el poeta y crítico Josep Batlló, en su día editor de Josep Pla y Manuel Vázquez Montalbán.

 

En su segunda novela, Rapaces (Editorial Moixonia), el autor sitúa la acción en varias instancias temporales. De la mano de un ornitólogo a punto de ingresar en una institución académica, viajamos a través de la Mallorca del siglo XVII, donde los bandoleros eran los amos fácticos del lugar, nos adentramos en la Mallorca de los años 70 del siglo XX, grueso de su historia de intriga, y recorremos la Mallorca actual, donde el regusto agridulce del cambio generacional se entremezcla con una verdad absoluta que se nos sugiere, más que sutilmente, a lo largo del relato.

 

Rapaceses, ante todo, un retrato feroz y sin ambages de la condición humana, que muestra que nada (y todo) es siempre lo que parece.

 

Nos encontramos con Ignacio una calurosa tarde de septiembre, en el barrio barcelonés de Gràcia. Colaborador, como siempre, y frente a unas cervezas bien frías (fuente inagotable de memorables conversaciones) iniciamos la entrevista…

 

¿Hay algún tipo de referencia autobiográfica en Rapaces?

 

Ninguna en sentido estricto, salvo la localización. He vivido en Mallorca muchos años, mi mujer es mallorquina —parte de su familia procede de la comarca de Es Migjorn, donde se desarrolla la novela— y por distintas razones creo conocer la historia de la isla, es decir, mucho de su historia oficial y una porción jugosa de su intrahistoria, que es el semillero de esta narración.

 

¿Cuánto tiempo te llevó acabarla?

 

No puedo responderte con exactitud, por verdadero desconocimiento. Hubo una primera versión cuya escritura se prolongó quizás durante un año. Después vino el tiempo de revisión, con un ajuste final. Quizá otro tanto entre las dos fases posteriores.

 

¿Por qué Mallorca, un paisaje que puede considerarse como un personaje más de la novela?

 

Mallorca es una tierra rebosante de encantos estéticos, con un paisaje físico subyugante y una historia atribulada (aunque digan que es “la isla de la Calma”), dignos protagonistas de cualquier obra literaria o artística, y un paisanaje en el que hay de todo, como en botica (y como en todos lados), pero también cargado de lastres del pasado, como cierta aquiescencia social contra todo lo que suene a colectivo, fundada en un sentido del individualismo muy primitivo. No se trata, por supuesto, de que los isleños sean peores que los naturales de otras tierras; la raíz de esta tesitura hay que buscarla en atavismos propios de tiempos pasados, yo diría que postfeudales, en los que la ley se hacía y recomponía en el día a día y a costa siempre del más débil… quien de algún modo admitía esta situación, con la esperanza más o menos lejana de poder trocar su suerte un día. Como dice mi admirado amigo Antoni Picazo, profesor de la Universitat de les Illes Balears, “para que haya señores tiene que haber siervos”. También lo explicó muy bien Étienne de La Boétie hace como quinientos años, en su Discurso contra la servidumbre voluntaria.

 

 

Por supuesto, cada vez hay más mallorquines conscientes de este problema y empeñados en la modernización de la isla, que no solo consiste en la profusión del aire acondicionado, los coches de alta gama y los yates, sino también en su homologación a los comportamientos políticos y civiles realmente acordes con el Estado de Derecho. Un escritor mallorquín, Guillem Frontera, ha escrito recientemente una novela de notable éxito en el ámbito catalán, Sicília sense morts (Sicilia sin muertos), en clara alusión al ambiente mafioso que impera en las relaciones económicas y políticas de la isla. Yo discrepo de esa visión. Las mafias nacen de iniciativas populares de resistencia al poder establecido, aunque luego se perviertan por su propia cerrazón y violencia. En Mallorca nunca ha habido respuesta organizada a ningún nivel contra la opresión caciquil desde los siglos XIV y XVI. Puesto que los tiempos cambian, los privilegiados de antaño adoptan formas de permanencia actualizadas, a través de la política y la empresa, y patentes en la corrupción, un deporte muy generalizado en la isla. Como he dicho antes, no hay que confundir un fenómeno mafioso con uno postfeudal.

 

alt¿De dónde sale el Falco Rex?

 

El Falco rex es hijo de mi imaginación. Pero las aves rapaces no dejan de tener una poderosa aura simbólica. Si quieres, como lejano precedente icónico puede tomarse la fábula de Ganímedes, por lo que al poder de la rapaz respecta, o la de Prometeo, por lo que se refiere a la crueldad que a menudo se achaca a estos animales. Pero para crueles los bípedos que practican la rapacidad por orgullo, ambición o crueldad, no para comer. A ellos se refiere el título de la novela.

 

¿A qué responde el prólogo? ¿Su complicada estructura y lenguaje puede provocar rechazo en el lector?

 

El prólogo es un homenaje particular a la erudición ficticia que desplegó Borges en tantas de sus obras. Y plantea un juego al lector: ¿qué tiene que ver ese informe académico sobre un ave rapaz de inquietante presencia, el Falco rex, con el resto de la novela? La parte final despeja la incógnita. Además, creo que aporta una pincelada de misterio —en la acepción sobrenatural del término— que resulta exótica en la novela, pero sin contraponerse a su sentido último.

 

¿El rico vocabulario de Rapaces, incluso en momentos en que puede resultar no necesario, responde a una necesidad propia del relato?

 

A mi modo de ver, el principal reto que me planteaba Rapaces estribaba en radiografiar al detalle la mentalidad aparentemente compleja de su protagonista, aunque al final se descubra la sencilla clave de bóveda de su carácter. Por ello, el lenguaje está pensado y cribado, en un intento de ser preciso pero, a la vez, capaz de captar todos los matices psicológicos del personaje, tanto cuando reflexiona para sí como cuando se relaciona con otras personas o con el propio medio físico en que se encuentra. Por ello me moví en los cauces léxicos y sintácticos que consideré necesarios, y no creo que sobre nada en sentido estricto.

 

¿Hay algún motivo para que ningún personaje principal de Rapaces sea “bueno”, en el término más clásico de la literatura?

 

No creo en la maldad como entidad, a pesar de que la historia y la propia vida nos brinden tantos ejemplos de ello. Creo en la ignorancia (lo aprendí del gran Camus, en La peste), en la debilidad, en el miedo… En la injusticia también, que contamina a los sujetos con el egoísmo del náufrago que solo cree tener espacio para sus manos en la tabla que lo mantiene a flote, sin darse cuenta de que otro desgraciado podría salvarse con solo apoyar la yema de un dedo sobre esa misma madera. Del mismo modo que el origen de la moralidad puede rastrearse en conductas instintivas seleccionadas a lo largo de nuestra aún corta travesía evolutiva, creo que la maldad es fruto de necesidades a las que no podemos responder de un modo satisfactorio. Una y otra se basan en sentimientos, satisfechos unos, frustrados otros.

 

Sin ser novelas históricas, tanto Los días de «Lenín» como Rapaces son obras donde adquiere gran importancia el contexto histórico, situado en momentos complicados de regiones muy concretas de España. ¿Nuestro presente es sólo consecuencia de nuestro pasado?

 

El presente es fruto de nuestra historia, estoy convencido de ello (llámame hegeliano, que me gustará oírlo). Pero el futuro, que empieza dentro de un segundo, será fruto de la dialéctica entre nuestra historia y nuestra voluntad, algo que el siervo ignora u olvida.

 

¿Cómo están funcionando las ventas de Rapaces? ¿Una editorial pequeña como Moixonia tiene grandes dificultades para la distribución?

 

Moixonia es una editorial poderosa, porque su alma mater, Margarita Martorell, está realizando una labor de promoción cultural más que meritoria en Mallorca, no solo como editora sino también en ámbitos como las artes plásticas o el microteatro. Ahora bien, no hay que confundir poder —yo lo entiendo como mérito y potencialidad— con opulencia.

 

En cuanto a la difusión de la novela, ha tenido buena acogida en Mallorca pero el salto del charco está siendo más difícil, sin duda por la distribución. De todos modos, Qui va piano va sano, dicen los italianos.

 

¿El escritor crece con las ventas o, por el contrario, adapta, conscientemente o no, sus obras al gusto del público?

El escritor crece escribiendo. Y leyendo, por supuesto; tanto o más que escribiendo, porque ejemplos de letra impresa no faltan para aprender, abundan. Un escritor vocacional escribe siempre; si no, revienta. Con las ventas crece su bolsillo y, posiblemente, su productividad en términos cuantitativos (no siempre cualitativos).

 

 

En cuanto a la adaptación que mencionas, no siento ninguna tentación hacia ella. Por supuesto que me encantaría vivir en exclusiva de mis escritos, lo cual es ahora imposible, pero sin renunciar a mi estilo y mis historias. Yo soy feliz con mis pequeños logros (seguramente miserables para el parecer de algunos), porque me siento plenamente identificado en ellos.

 

¿Cuál es, a tu juicio, el estado actual de la novela española? ¿Pierde terreno frente a la extranjera?

 

No me atrevo a dar un veredicto al respecto. De los autores españoles ya consagrados, el que más me gusta es Manuel de Lope; Chirbes también era muy bueno. Otros miembros de la élite tienen mucha menor calidad, a mi entender. Hay muy buena literatura latinoamericana joven y también, a mi juicio, mucho título procedente de esos pagos sin mucha calidad, pero que se edita en España con intención puramente mercantil, para venderlo al otro lado del Atlántico por el reclamo de su origen. Y en las librerías te encuentras sorpresas de muchos lugares del mundo. ¡Y cómo me gustaría que Philip Roth volviera a escribir!

 

¿El éxito de novelas como 50 sombras de Grey, por ejemplo, que ha sido vilipendiada por su cuestionable calidad, empobrece el nivel cultural general?

 

No he leído la novela que citas, pero gente en cuyo criterio confío me la ha puesto de vuelta y media, así que no pienso leerla. Para quien quiera calentarse, que lea a Sade, a Louÿs, Anaïs Nin…El amante de Lady Chaterley, de D. H. Lawrence… Los sonetos de Tomás Segovia… Literatura de primera.

 

¿Puede el escritor de vocación contraponerse a los “fabricantes de éxitos”?

 

Si se trata de contraponerse en términos industriales, lo veo difícil, seguramente imposible, aunque la producción de ese escritor vocacional siempre será una alternativa con cierta posibilidad de difusión a través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. De todos modos, el escritor que no esté en esos circuitos debe olvidarse de “competir”, preocupándose tan solo de crear lo que desde su punto de vista y con los recursos estilísticos que estime oportunos considere buena literatura.

 

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Estoy revisando mi nueva novela, Orfeo se muda al infierno, una adaptación del mito de Orfeo en ambientes contemporáneos. Pero el asunto se ha complicado, porque han surgido detalles y flecos nuevos que creo mejoran la obra, así que los estoy adaptando a la trama general. Confío en que pueda publicarse a lo largo de 2016, seguramente en otoño-invierno.

 

Ya que estamos ante la barra de un bar… ¿Rubias o morenas?

 

El racismo es la más estúpida de las convenciones humanas (además de una actitud criminal). No obstante, si hablamos de cerveza las prefiero rubias.

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