En el 68 pedían la imaginación al poder. Los adolescentes que estas semanas han alterado el curso de los liceos franceses piden algo menos poético: profesores, aulas menos llenas, centros en condiciones. Visto desde fuera parece poca cosa. Visto desde dentro del sistema, empieza a parecer lo más difícil de conceder.
El recorrido es conocido. Todo empezó el 17 de septiembre en un liceo de las afueras de París y de ahí se extendió a otras ciudades. Los primeros focos aparecieron en Créteil y en zonas de Seine-Saint-Denis, Val-de-Marne y Val-d’Oise, territorios de la periferia parisina con fuertes desigualdades sociales. El 2 de octubre, las agencias hablaban de cerca de 400 liceos cerrados, y el martes 6 decenas de miles de personas salieron a la calle en París. Jean-Luc Mélenchon, que no es un observador neutral, calificó la movilización como la más importante protagonizada por jóvenes en Francia en las últimas cinco décadas. Habrá que descontar algo de entusiasmo partidista, pero que un corresponsal la compare también en magnitud con el Mayo del 68 sugiere que el orden de tamaño no es una exageración.
Lo que reclaman es menos épico que lo de entonces. Las quejas se refieren a las condiciones de los liceos, a los profesores ausentes, a los horarios sobrecargados y al sistema de acceso a la enseñanza superior. Se añaden las ausencias excesivas del personal docente y la falta de sustitutos, en un contexto en que el Estado busca reducir el gasto público para sanear la deuda. Un periodista que sigue el conflicto resume la petición con una frase casi desarmante: quieren profesores. Los números que maneja el mismo periodista dibujan el fondo del malestar: desde 2017 se han suprimido 10.000 puestos en la enseñanza y la media de alumnos por clase ha pasado de 27 a 30. Otra crónica cifra en el 70 % las aulas públicas con más de 30 alumnos. No son cifras de catástrofe. Son cifras de desgaste, y el desgaste tiene una cualidad particular: ningún año es muy distinto del anterior, de modo que nadie encuentra el día exacto en que protestar.
Hasta que alguien lo encuentra. Una de las crónicas que he leído apunta que lo distinto esta vez es que los estudiantes no sienten que estén pidiendo mucho. Esa observación contiene, a mi juicio, la clave del asunto. Las protestas estudiantiles francesas tienen una larga tradición y, según esa misma crónica, los gobiernos no las han acogido bien históricamente. Suelen oponerse a algo: una reforma, una ley, un proyecto que baja desde arriba. Esta, en cambio, reclama que lo prometido funcione. Y ahí está la paradoja que me interesa: una petición modesta es más difícil de despachar que una ambiciosa. A un programa utópico se le puede responder que es ingenuo, esperar a que se canse o negociar una esquina. A quien pide que haya profesor en el aula solo se le puede contestar concediéndolo o explicando por qué no se puede, y esa explicación, hecha de presupuestos y de deuda, suena muy pobre frente a la pregunta.
Conviene no cerrar esto demasiado rápido. Hay análisis que sostienen justo lo contrario de la lectura minimalista. Marcelo Wesfreid, comparando con Mayo del 68, sostiene que el movimiento reivindica, en realidad, otro tipo de sociedad. Y hay quien se pregunta, ante demandas tan variadas, si lograrán converger en un movimiento social de mayor alcance. Quizá las dos lecturas no se excluyan tanto como parece. Pedir que la escuela funcione como se prometió es, en el fondo, pedir una sociedad que cumpla lo que dice cumplir. Lo que no está claro es si los estudiantes lo ven así o si somos nosotros, los que escribimos sobre ellos, quienes le añadimos esa hondura.
Lo que sí se puede observar es cómo han reaccionado los adultos. La oficina del primer ministro, Sébastien Lecornu, acusó a La Francia Insumisa de estar detrás de las protestas. Es posible que haya militantes implicados; en un movimiento de esta escala sería raro que no los hubiera. Pero hay quien ha visto en la acusación otra función: según el corresponsal Juan Luis Francia, sirve para demonizar a un partido y evitar escuchar los problemas que plantean los estudiantes. Fuera de Francia ocurre algo parecido. Donald Trump atribuyó las protestas a la inmigración, una explicación que, según la propia crónica, contrasta con lo que piden los estudiantes y las organizaciones convocantes. Cada observador parece encontrar en la protesta aquello que ya traía pensado. Un dirigente estudiantil lo expresó, según una crónica, así: la respuesta del Gobierno confirma por qué los estudiantes están enfadados, porque nunca se les escucha.
La respuesta oficial incluye también otro registro. Hubo un repunte de violencia a finales de una semana, con unas 2.000 detenciones en un solo día, y el ministro del Interior habló de un cambio hacia la violencia urbana. Las protestas han ido acompañadas de choques y de denuncias sobre la actuación policial. No tengo elementos para repartir culpas ni creo que las crónicas disponibles permitan hacerlo. Sí me parece legítimo señalar la tensión: cuando la conversación pública se desplaza hacia los disturbios, la petición original se vuelve más fácil de olvidar. Es cierto que el ministro de Educación, Édouard Geffray, se reunió con los líderes estudiantiles, pero según una de las crónicas una concesión prevista para 2027 sobre las tasas en los institutos técnicos desapareció del presupuesto. Un gesto va en una dirección y el otro en la contraria.
Todo esto ocurre además a siete meses de unas presidenciales en las que la extrema derecha lidera los sondeos. En ese contexto, cualquier malestar social se lee como munición para alguien, y es comprensible que los partidos lo hagan. Pero reducir una protesta a su rendimiento electoral tiene un coste: deja de preguntarse qué pasa en las aulas. Y lo que pasa en las aulas, si las cifras son correctas, no depende de quién gane en la primavera.
Hay una idea de la escuela francesa, vieja y bastante conocida, según la cual el Estado se explica a sí mismo ante los ciudadanos a través de ella: allí se promete que el talento cuenta más que el origen. Es una idea, no un dato, y cada cual puede discutir cuánto de esa promesa se ha cumplido alguna vez. Pero explica por qué una queja sobre sustitutos y plantillas puede tener tanta carga simbólica. No se está pidiendo un lujo. Se está comprobando si el contrato sigue vigente.
Entre las fotos de las protestas hay un cartel que resume la situación con una economía que ningún editorial alcanzaría. Dice que intentan salvar su futuro. Si eso suena a exageración, quizá sea porque esperábamos que pidieran algo más grande.



