Mujeres que no quisieron ser objetos

 

altHonrar a los hombres que lucharon y murieron por la libertad, la justicia social y contra el fascismo pasa también por reconocer —no siempre se hace asíque esa historia de dolor y sacrificio fue compartida por muchas mujeres que no aceptaron la condición de mera comparsa ofrecida por la sociedad de su tiempo

 

 

Honrar a los hombres que lucharon y murieron por la libertad, la justicia social y contra el fascismo pasa también por reconocer —no siempre se hace asíque esa historia de dolor y sacrificio fue compartida por muchas mujeres que no aceptaron la condición de mera comparsa ofrecida por la sociedad de su tiempo. Así ocurrió en España, con ocasión de la sublevación militar de 1936, y también en otros países de Europa durante la dominación nazi, en plena Segunda Guerra Mundial.

 

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La barcelonesa VIRUS Editorial ha publicado recientemente el ensayo Partisanas. La mujer en la resistencia armada contra el fascismo y la ocupación alemana, original de Ingrid Strobl (Innsbruck, Austria, 1952). La autora, que conversó con Revista Rambla acerca de esta obra y de otras cuestiones, es periodista, historiadora y cineasta, y entre sus temas de investigación figuran asuntos tan variopintos como la evolución del movimiento feminista, el antisemitismo, las políticas demográficas y migratorias y la experimentación genética.

 

Cuando se asocia mujer y guerra, en el mejor de los casos suele ser únicamente para recordar que las féminas sustituyeron con frecuencia a los hombres en las tareas productivas (por no recordar otros roles, como el “Reposo del guerrero” difundido por la propaganda nacionalsocialista durante la Segunda Guerra Mundial). Una labor sin duda necesaria, pero poco heroica para ciertas mentalidades, seguramente porque el relato épico es otro territorio invadido por el sexismo. “En cierto modo sí”, asiente Strobl, porque la imagen de“mujeres luchando con las armas en la mano es un tabú para todas las ideologías políticas occidentales. Cuando lo hicieron fueron muy raramente vistas como heroínas que luchaban por una causa, y a menudo se las difamó como monstruos o prostitutas. Así se tachó a muchas milicianas españolas y guerrilleras antifascistas italianas, de quienes se dijo que habían acudido a la primera línea de fuego para hacer «su trabajo»”. Y sin embargo, las mujeres han estado presentes en numerosas guerras, con un reciente y heroico ejemplo en la resistencia kurda de Kobane frente a las fuerzas del DAESH.

 

La Comuna de París fue el primer gran movimiento revolucionario de la historia occidental en que la mujer adquirió un protagonismo incuestionable, “como Louise Michel y otras”. Pero, una vez más, la historia peca de ombliguismo masculino y eurocéntrico al olvidar, por ejemplo, que “cuando los europeos estaban impulsando la conquista de la tierra y los recursos del continente americano, hubo mujeres indígenas que protagonizaron la resistencia contra esa invasión”. Poco se sabe de ellas, ya que la crónica de aquellos sucesos fue escrita “por hombres blancos”.

 

Muchos militantes de la izquierda española estaban en contra de que la Segunda República concediera el voto a las mujeres, porque temían la ideología conservadora ampliamente extendida entre las féminas españolas de la época, estrechamente relacionada con la influencia que la Iglesia ejercía sobre tantas conciencias femeninas (“el voto del confesionario”, se decía). Por supuesto, esa negativa era insosteniblePero acertaron: en las elecciones de noviembre de 1933, primeras con voto femenino en España, ganó la derecha y se paralizaron las reformas iniciadas durante el Bienio Progresista (1931-1933). Aunque Strobl pone en duda la relación directa entre esa victoria de la reacción y el sufragio femenino, insiste en que “las mujeres han sido explotadas por no tener derechos, al estar privadas de la toma de decisiones” y entiende la religiosidad que los militantes de izquierda les achacaban: su fe era una importante fuente de refugio y consuelo para ellas”, lenitivo emocional de su sometimiento al esposo y su rol social, a la fuerza subalterno.

 

Pocos años después, muchas de esas mujeres que habían votado por primera vez en 1933 se sumaron a la lucha contra la sublevación militar del 18 de julio de 1936. Strobl no tiene datos exactos acerca de cuántas combatieron en los frentes de batalla durante la Guerra Civil —“Desgraciadamente, no lo sé”, se lamentani del número que pasó después a las guerrillas de España y Francia, pero señala que “el dos por ciento de los milicianos eran mujeres, según cálculo de la anarquista y luchadora alemana Clara Thalmann”. [Los historiadores franceses Pierre Broué y Émile Temime, coautores del ensayo La Révolution et la guerre d’Espagne, estiman que en los primeros compases de la contienda se formó un contingente de más de 100.000 milicianos pertenecientes a distintas organizaciones políticas y sindicales, por lo que las mujeres combatientes encuadradas en sus filas superarían los 2.000 efectivos.] Y como el machismo no conoce ideologías y era una idiosincrasia universal en la España de 1936 (por no hablar de la España actual), “esas mujeres no fueron bien recibidas por sus compañeros de lucha, salvo en muy pocas excepciones”, a pesar de tratarse de personas de comprobada trayectoria ideológica:“Por lo que yo conozco, para que una mujer llegara a ser admitida como combatiente en el frente, tenía que poseer un sólido historial como militante política, ya fuera como miembro de Mujeres Libres, la Juventud Comunista, el POUM, la CNT… De lo contrario, apenas había posibilidades de unirse a un batallón o grupo de combatientes”.

 

Ni qué decir tiene que mucho peor aun fue el tratamiento recibido por las mujeres combatientes capturadas por las tropas franquistas. Para los ideales del nacionalcatolicismo, una miliciana era la antítesis más grosera de la feminidad; la diablesa frente al santo varón cruzado. Por ello, “fueron conducidas a prisiones atestadas”, sin las mínimas condiciones de salubridad, “y muchas de ellas sufrieron torturas, sobre todo cuando se pensaba que podían disponer de informaciones valiosas”. El trato recibido en cautiverio fue muy riguroso. Sin embargo, “las milicianas que he entrevistado se resistieron siempre a hablar sobre violaciones y otros tipos de agresión sexual, y yo no quise molestarlas ahondando en ese asunto”. [Precisamente de la violación como arma y táctica de guerra se habló mucho en la década de 1990, con ocasión del conflicto de la antigua Yugoslavia, y en fecha más reciente ha salido de nuevo a relucir debido a otras guerras en África y Asia (por ejemplo, la que actualmente sufre Siria), pero resulta evidente que el abuso sistemático contra las mujeres es un hecho generalizado en todas las contiendas. En España fue practicado de modo masivo por las tropas de Franco: la Legión, durante la represión de la Revolución de Asturias (1934), y de nuevo el Tercio y las tropas regulares marroquíes a lo largo de la Guerra Civil de 1936-1939.]

 

Strobl ha estudiado a fondo la lucha de las mujeres judías contra el nacionalsocialismo. Las conclusiones de su investigación muestran que esta resistencia alcanzó distinto protagonismo, “según el país. En la Europa occidental ocupada por los alemanes, algunas de ellas participaron en la resistencia armada; pero, aunque tomaron parte en combates, su tarea principal consistía en organizar y transportar armas y explosivos, así como las funciones de enlace entre los distintos los miembros del grupo” (tarea de no menor importancia en una situación de clandestinidad), “y de inspección de los lugares y las circunstancias adecuadas para la realización de ataques contra los ocupantes. Sin ellas, la resistencia armada en la Francia ocupada o en Bélgica no habría sido posible. Al mismo tiempo, la mayoría de las mujeres activistas de origen judío trabajó para salvar la vida de niños y jóvenes de su etnia, lo cual era tan arriesgado —o incluso másque tomar parte en la resistencia armada. Se las arreglaron para evadir o esconder a cientos de menores a riesgo de sus propias vidas”.

 

En cuanto a los países ocupados de Europa oriental, “encarcelados en los guetos como estaban, los activistas judíos, hombres o mujeres, no tenían ninguna posibilidad de salvar a nadie. Pero en Polonia hubo numerosas mujeres judías que alcanzaron una significación muy importante en la lucha contra la represión nazi, incluso como líderes de grupos de la resistencia armada. También hubo activistas femeninas hebreas que se valieron de su aspecto ario para viajar de ciudad en ciudad y avisar a los recluidos en los guetos de las atrocidades que se estaban cometiendo; incluso para distribuir armas, crear pequeñas unidades de partisanos en los bosques y organizar los levantamientos de los guetos de 1944. Ellas sabían que no podían salvar a su pueblo, pero podían mostrar a los alemanes que no se rendirían. Que pelearían. Y eso es lo que hicieron”.

 

Llegados a este punto, no puedo resistirme a preguntar por qué cree Strobl que la inmensa mayoría del pueblo alemán —y también del pueblo austriaco— se mostró impasible ante los crímenes de Hitler. ¿Solo fue el miedo o hubo una complicidad criminal mayoritaria a nivel social? Aunque nuestra interlocutora reconoce que “muchos alemanes y austriacos no eran simplemente indiferentes al régimen, sino partidarios del nacionalsocialimo (no solo Hitler fue responsible de aquellos crímenes, hubo muchísima gente implicada de buen grado en ello)”, cree que la naturaleza humana es de algún modo proclive o acomodable a la barbarie: “Me impresionó un estudio sobre el comportamiento de muchos hombres del pueblo, gente corriente que nada tenía que ver con los nazis (no pocos de ellos eran antiguos votantes socialdemócratas), que fueron movilizados en la guerra y participaron como soldados en las campañas de Polonia y la Unión Soviética. Allí vieron las mayores atrocidades y participaron incluso en su comisión. Primero quedaron impresionados; muchos enfermaron, no podían comer… Pero con el paso de los días se acostumbraron a la suma de monstruosidades, y a muchos incluso les agradó perpetrarlas… Y me temo que esta reacción no es exclusiva de los alemanes y los austriacos”. De todos modos, no halla “ninguna explicación realmente convincente para la escasa oposición o resistencia de alemanes y austriacos contra la aniquilación de los judíos europeos”.

 

Cabe señalar que Martin Lutero, el inductor de la Reforma protestante y figura decisiva de la historia alemana, sostuvo que debía evangelizarse sin violencia a los turcos (el gran enemigo de la cristiandad de su tiempo), tan solo con la autoridad moral de la prédica, y al mismo tiempo defendía la persecución contra los judíos, porque los consideraba el enemigo por antonomasia del cristianismo. Strobl admite que “en Alemania, y también en Austria, existe una larga tradición de antisemitismo, y tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, a muchas personas les reconfortó el mensaje de supremacía racial difundido por Hitler”.

 

Algunos países europeos que sufrieron el horror de la ocupación nazi (no solo contra los judíos, sino contra el común de su población, caso de Croacia), se niegan hoy a auxiliar a los refugiados de otro horror, la guerra de Siria. Strobl cita también el caso de Hungría, aliado de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, donde “el antisemitismo es muy radical y está muy extendido (muchos húngaros respaldaron la deportación de sus compatriotas hebreos a los campos de exterminio)”. En cuanto a Croacia, recuerda que también se creó allí un gobierno pronazi. “Parece ser que aquellas fuerzas reaccionarias y fascistas sobrevivieron al reinado comunista bastante bien”. En cuanto al comportamiento general de la Unión Europea, cree que se están perdiendo los valores humanistas que inspiraron la creación de esta organización y le preocupa de modo especial“los halagos al gobierno turco, sin mención de las violaciones de los derechos humanos que está perpetrando, con tal de mantener a los refugiados fuera del territorio de la Unión”.

 

Hablamos por último de los retos específicamente planteados a las mujeres en el siglo XXI, dominado ideológicamente por un neoliberalismo que convierte todo en artículo de consumo, féminas incluidas. Aunque la mujer ha avanzado mucho en la defensa de su dignidad y derechos “gracias a la acción del movimiento feminista”, Strobl se lamenta de la consistencia que aún mantiene el patriarcado; “de la imagen femenina servida por la pornografía, que representa un manual de humillación y violencia contra la mujer; la moda y sus clichés; o esos video-clips que presentan mujeres muy jóvenes vestidas y moviéndose como prostitutas mientras hacen su trabajo. La reducción de las mujeres a no ser más que objeto sexual es precisamente una venganza por su negativa a mantener dicha condición de objetos. Y a la postre, muchas críticas actuales contra el movimiento feminista son equiparables a las calumnias que los hombres lanzaban contra las sufragistas de principios del siglo XX, aunque se disfracen con argumentos de equidad.

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