Eisenstein en Guanajuato

 

 

altEisenstein in Guanajuato cuenta el viaje que realiza a México Sergéi Eisenstein a los 33 años en 1931 para rodar su película ¡Que viva México! El viaje sirve a Eisenstein para poder abrirse a los demás y asumir su homosexualidad, significando México un antes y un después en su vida, tanto privada como cinematográfica, afectando a partir de este momento a la forma de realizar sus películas

 

 

Sinopsis de la distribuidora:

Eisenstein in Guanajuato cuenta el viaje que realiza a México Sergéi Eisenstein a los 33 años en 1931 para rodar su película ¡Que viva México! El viaje sirve a Eisenstein para poder abrirse a los demás y asumir su homosexualidad, significando México un antes y un después en su vida, tanto privada como cinematográfica, afectando a partir de este momento a la forma de realizar sus películas.

 

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Del sentido del Biópic:

 

Un nuevo biopic en la saga de últimos biopics cinematográficos que nos presentan esos frescos vívidos que representan las vidas destacadas, donde entra desde la vida de Marilyn hasta la de Pasolini. El interés del biópic reside obviamente en rescatar una figura célebre para situarla en los reflejos y pliegues del contexto de su época y para celebrar junto a sus fans actuales las maneras originales y únicas del héroe/heroína.

 

En el caso de Einsenstein en Guanajuato asistimos no solo al biópic del célebre realizador ruso, sino también a una nueva apuesta del director de cine Peter Greenaway que logra nunca dejar indiferente al espectador en sus películas.

 

Los filmes de Greenaway se vinculan con el mundo de la tradición artística y culta tanto por lo que hacen a sus historias : El contrato del dibujante (1982); Los libros de Prospero (1991); como por la forma que adoptan. Este sello de pertenencia a una tradición culta en el marco de una industria como la del cine ha significado para Greenaway el entrelazamiento de una manera de hacer cine cargada y barroca, que supura verbalidad en los diálogos y sobrecargada de elementos kitchs que se expresan muchas veces en el uso del color, en los encuadres y en el tratamiento digital de las imágenes. A mi gusto, en su filmografía destaca de The Pillow Book (1996), una película donde la influencia de una estética de la contención permite que esta bella película rodada y ambientada en Japón reluzca de manera especial y encuentre una armonía estética que en muchas otras he echado en falta.

 

Eisenstein + Greenaway = quien sabe.

 

Así que el reclamo de Einsenstein en Guanajuato no aplica solo a la figura del realizador ruso, sino también a su realizador inglés, y la curiosidad que nos lleva al cine a ver esta película, es ver como suman estas dos figuras.

 

La película comienza con una voz en off que a manera de documental nos introduce en la figura de Einsenstein y de su viaje a México para rodar esa accidentada experiencia fílmica que fue “Que viva México”. Pero inmediatamente el documental da paso la representación actoral de Einsenstein en manos del actor Elmer Bäck, hermoso en todos sus registros sobre el personaje, que nos sitúa frente a un bohemio, loco, y artísticamente excéntrico Einsenstein. De manera que Greneway nos va a presentar al célebre director como el clásico “genio”, cargado de caprichos, delirios y necesidades ocultas y descontroladas que deben aflorar a la superficie.

Del Einsenstein que todos los alumnos de cine conocimos por los libros como un obsesivo organizador, como ese artista-teórico que escribió sobre el sentido del cine, del montaje, del color y de la dialéctica de las imágenes, de ese Einsenstein que quería filmar el Capital de Marx mediante la puesta en práctica de su montaje conceptual, poco queda en el film de Greenaway. De aquel “científico del cine” que a partir del sentido dialéctico de la historia declaraba que en el cine el choque de un plano con el siguiente siempre genera un nuevo concepto, de manera que uno mas uno son tres, aquí no veremos nada, o muy poco. La suma de Greenaway  + Einsenstein da una sumatoria bastante peculiar y poco histórica.

 

De manera que Greenaway apunta hacia otro lado de la historia, y ese lado como decíamos es el proceso creativo del genio, esa habitación desconocida que a manera de inconciente oculto domina la actividad y resortes del personaje.

 

En ese México de cartón escenográfico que nos muestra Greenaway la mayoría del film se desarrolla en una habitación, en una cámara obscura donde el genio enfrenta el desconocimiento absoluto de su cuerpo y de su sexualidad. La seducción a la que asiste y el reconocimiento de su sexualidad reprimida, el deseo y el goce representan esos “Diez días que cambiaron la vida de Einsenstein”, subtítulo de la película,  en clara referencia al famoso libro sobre la revolución soviética de “Los diez días que cambiaron al mundo”.

 

De la revolución del sujeto:

 

Greenaway gira entonces la revolución hacia dentro, hacia el sujeto, y nos sumerge en el ámbito de lo reprimido en nuestro héroe soviético quien concluye la escena del desvirgue sexual con su compañero mexicano con una bandera roja en el culo, a manera de pomposa cherry girl de cabaret. Digamos que la escena sería poco marxista a ojos de Einsenstein.

 

Así las cosas, el Eisenstein de Greenaway navega por las aguas del deseo del realizador inglés más que por las del ruso y sitúa la modernidad del cine que representaba Eisenstein a partir del montaje cinematográfico, en el retoque digital y en la multipantalla que tanto gusta ahora a Greenaway.

 

En la película, Greenaway abandona toda la doctrina formal del cine de montaje de Einsenstein y juega con toral libertad al cine de Abel Gance, realizador francés coetáneo de Einsenstein que en su excepcional Napoleón (1925) jugaba ya con la multipantalla partiendo en tres imágenes la escena.

 

Mediante estos juegos de imagen digital, Greenaway nos habla de Einsenstein utilizando imágenes de archivo de sus grandes films “El Acorazado Potemkin” o “Octubre” pero en clave estética híbrida, con imágenes propias del barroco, el kitch, la superposición y las capas de imágenes, formas propias de la complejidad de la imagen anti-realista, que sin duda en su momento Einsenstein no cultivó, pero que Greenaway, en un artificio propio de un cine cercano al video de arte, se toma la enorme y fructífera libertad de utilizar. Así que nadie como Greenaway para poder utilizar esta estética de la complejidad en la imagen pudiendo construir aún un cine que en su narrativa, carácter y propuesta pueda aún pertenecer y distribuirse en ámbito de la industria cinematográfica.

 

La intención didáctica planea a ratos en la atmósfera de la película, donde la presentación del cine de Einsenstein se realiza a partir de la proyección del material de archivo como fondo de una orquesta sinfónica ejecutando en una sala el Ballet de Romeo y Julieta de Prokófiev, músico que trabajó estrechamente con Eisenstein, en una apuesta de una belleza enorme.

 

De manera que por momentos la película provoca enorme gozo en sus encuentros y propuestas formales, y en otras cansa por la sobre carga de sus propuestas formales, pero en esas estamos, para Greenaway un artista es aquel que no deja indiferente a nadie. Tengan por seguro que en esta película también sucederá.

 

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