“Mudar la piel”: La audacia de entender al otro

Autor: Carmen Menéndez

El thriller documental de Anna Shultz y Cristóbal Fernández desvela un insólito tesoro de convivencia: el inquebrantable afecto entre un mediador del conflicto vasco y el exagente del gobierno que truncó su plan de paz. La cinta, ahora en cartelera, se estrenó en los festivales de Locarno y San Sebastián.  

En esta historia hay un agente del CESIC llamado Roberto del que no se sabe si fue un buen espía o un espía bueno. Por su modo de interactuar con los directores de “Mudar la piel”, es posible que hasta Roberto siga en este preciso instante debatiéndose entre las ganas de conocer la respuesta y el miedo a encontrarla acompañada de su propia cara en las pantallas de los mejores cines. Juan Gutiérrez, el hombre al que traicionó, no tiene excesivo interés en cuestionar o juzgar a Roberto para despejarle a su hija, codirectora y guionista de este documental, esa duda. Por encima de todo –de a lo que se dedique, de si es un traidor-, Roberto es su amigo.

Cuando Roberto Flórez llegó disfrazado de periodista a Guernika Goratuz, el centro de investigación por la paz y tratamiento de conflictos dirigido por Gutiérrez, el mediador  ya había deslumbrado e incomodado a quienes no comulgaban con sus métodos. Para él la paz era más convivencia y reparación que simple coexistencia o imposición de un bando sobre el otro. Pasaba por reconocer al enemigo como ser humano con sus necesidades básicas, sus motivaciones y sus circunstancias. En el 91, año en el que 46 personas murieron asesinadas por ETA, había organizado un encuentro en Washington con miembros de todas las fuerzas políticas vascas. En la fotografía que lo inmortaliza hay personas de HB, PP, PNV, EE y PSOE: las miradas por encima del hombro han dado paso a algunos brazos que rodean y se apoyan en el de al lado. La primera fila posa en cuclillas sobre el prado. Todos sonríen formando piña.

El gobierno de España buscó controlar cada diálogo de manera encubierta. Como buen espía, Roberto se convirtió en mano derecha de Gutiérrez. Como espía excelente, se metió hasta la cocina de su vida familiar. Según ambos, su relación era de esas que expanden los horizontes intelectuales de los implicados. Pero el agente se evaporó como lo hacen las amistades de “buen tiempo”: en el 97, aunque el ministro del Interior Mayor Oreja hablaba por entonces de una “segunda Transición” con un acuerdo entre HB y PP, el propio gobierno dinamita el proceso e inutiliza a Gutiérrez como mediador al filtrar a la prensa una información a la que sólo podía haber tenido acceso Roberto. Años después, viendo el telediario, la familia distingue al espía bajo la chaqueta que cubre el rostro de un detenido. Se le acusa de traición, esta vez al Estado, por vender información a los rusos. Así pudo saber Gutiérrez que era en la cárcel donde podía ir a visitarle para retomar la amistad donde la habían dejado.

Aristóteles dice que un buen amigo sostiene frente a ti un espejo, y que esa imagen que te ofrece –a la que no habrías accedido de otro modo- te permite ejercitarte para ser mejor persona. Al volver a por su amigo, Gutiérrez fue a rescatar la humanidad oculta en él, la que debió entrever el día que decidió darle su confianza. No es difícil entender que aquel cisma personal y profesional le forzó a él a poner en práctica más que ninguna otra cosa sus teorías de perdón y reconciliación.

Entre las personas que presenciaron esta extraña amistad pasada y presente, había una que además fantaseaba con una imagen para el futuro. Y esa es la hija de Gutiérrez, Anna Shultz. La imagen: la de un encuentro filmado de los dos hombres en que Roberto aclara la mancha de su historia común.

¿Querrá Roberto? ¿Por qué ha dicho que sí? ¿Se echará atrás de nuevo un hombre con un largo historial de deserciones o llegará hasta el final? La solución más pragmática, y a la vez tremendamente poderosa en lo imaginativo, es pasar a la acción: ir haciendo el documental a medida que se van haciendo las negociaciones con los retratados. Como en “Esto no es una película” de Jafar Panahi o en la última escena de “Caras y lugares” de Agnès Varda, los contratiempos que amenazan el rodaje se convierten en giros argumentales al servicio de la trama.

Padre e hija rememoran el pasado y plantean ideas sobre cómo han de ser las futuras escenas ante el vaivén del reloj de péndulo de la casa familiar. Gutiérrez es ahora un anciano octogenario (con un inquietante parecido, dicho sea de paso, a otro sabio humanista: en sus vídeos en Youtube un puñado de comentaristas bromean con que es la viva imagen de Einstein). Pero no es su vejez la mayor amenaza para que el documental no llegue a completarse, sino los cambios de parecer de Roberto, su deseo de controlar la manera en que se va a contar la historia y la red de vigilancia que, según él mismo, pone a los implicados en el rodaje en peligro. ¿Seguirá siendo el mismo hombre escurridizo de las mil caras o será esta la vez en que por fin cambie, cumpliendo con su compromiso?

Hay teléfonos pinchados, niebla, encuentros truncados en teleféricos, túneles, micrófonos ocultos y diálogos nocturnos en el interior de un coche. Mientras el padre sigue a sus cosas concentrado en su despacho y sólo interviene en el conflicto del rodaje cuando se le pide asesoramiento, su mujer, Frauke Shultz-Utermöhl, abre armarios y desempolva la lupa para buscar a Roberto en los álbumes familiares, azuzando la aventura de los inesperados detectives-directores. La película se vuelve un ente vivo que no se limita a reflejar el pasado con la estructura cerrada de antemano, sino que va mutando y adaptándose a las circunstancias, driblando ante los obstáculos y volviéndose un camaleón: a veces toma las mejores artes de Gutiérrez, y otras, ¿por qué no?, las de Roberto.

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