Mayo del 68, la revolución que casi fue

Autor: Jean-Pierre Palacio

Ilustración: Ricado Jurado

El levantamiento juvenil de mayo de 1968, que derivó en la mayor huelga salvaje de la historia de Francia, constituye sin duda, a pesar de durar menos de dos meses, el episodio más relevante de los últimos 70 años vivido por el país vecino. Si las barricadas de adoquines en París evocan las revoluciones del siglo XIX, las imágenes de decenas de fábricas ocupadas por los obreros con las banderas rojas y negras ondeando en sus tejados alimentaron durante años los fantasmas revolucionarios. Durante unos días (del 27 al 30 de mayo) el poder establecido pareció tambalearse, pero la efímera ilusión de instaurar un nuevo orden solo fue eso: una ilusión.

Con la inestimable complicidad de un Partido Comunista Francés que, sabedor de las limitaciones impuestas por la inserción del país en el bloque occidental, lo hizo todo para que los huelguistas volvieran al trabajo, la Francia conservadora se impuso sin dificultad a la épica de unos estudiantes desvinculados del mundo laboral por mucha fraseología marxista que esgrimieran sus líderes. No, el Mayo francés no llegó a ser una revolución, aunque tuvo una incidencia profunda en las costumbres, la cultura y el fortalecimiento de movimientos sociales como el feminismo, el ecologismo y el pacifismo. ¿Cómo se fraguó y desarrolló aquel conato de insurrección, tan intenso como inesperado?

Francia en la década de 1960

La cruenta guerra colonial de Argelia (1954-1962) había provocado la caída de la IV República a consecuencia del golpe militar de 1958, que se saldó con el regreso al poder del general De Gaulle, quien instauró el régimen presidencialista de la V República, aprobado en referéndum por el 80 % de los votantes. Enfrentado al terrorismo de los ultraderechistas contrarios a la independencia argelina y a un nuevo levantamiento militar en 1961, el presidente logró la reelección en1965 habiendo encarado la descolonización de las posesiones africanas. En las elecciones legislativas de 1967, la izquierda (comunistas y socialistas) obtuvo el 46 % de los votos, por delante del 42,5 % de los gaullistas y sus aliados. que no obstante conservaron la mayoría de la Asamblea Nacional debido a un sistema electoral nada proporcional.

El Partido Comunista, que controlaba el sindicato mayoritario (la CGT), era hegemónico entre la clase trabajadora y sumaba entre el 18 y el 22 % de los votos. Un par de formaciones socialdemócratas representaban a las clases medias progresistas y eran el voto preferido de los funcionarios. La Francia tradicional y amante del orden, la mitad de la población, aglutinaba a los seguidores del moderno nacionalismo republicano encarnado por De Gaulle y a los nostálgicos del régimen colaboracionista de Vichy (con su lema “Trabajo, Familia, Patria”). Si el país estaba dividido políticamente, nada hacía prever sin embargo la amplitud de la crisis que estalló al año siguiente.

Cabe recordar que, a semejanza de los países que se recuperaban de la Segunda Guerra Mundial, Francia experimentaba una prolongada fase de crecimiento económico, germen de la naciente sociedad de consumo. Pactado en la Europa democrática por socialdemócratas y democristianos para evitar la expansión del comunismo, el llamado estado de bienestar permitía una progresiva mejora de las condiciones de vida de la población. Desde hacía varios años, los salarios franceses crecían anualmente dos o tres puntos por encima de la inflación sin apenas desempleo (la cifra de medio millón de parados alcanzada en enero de 1968 se consideró un dato insoportable, reacción que provoca hoy en día una sonrisa amarga). A pesar de las amenazas de la guerra fría y de las secuelas del conflicto argelino, el futuro era esperanzador e imperaba la idea de que en cualquier caso no volverían los sinsabores del pasado.

Si bien solo una minoría social, mayormente universitaria, militaba en organizaciones trotskistas, maoístas o anarquistas, la atracción por un socialismo de contornos imprecisos era bastante común entre gran parte de los jóvenes. La juventud se había formado en una escuela donde predominaba el profesorado de izquierdas y había crecido arropada por la canción protesta, los éxitos de la música rock y la contracultura de origen anglosajón. Más que una ideología política definida, prevalecía el deseo de libertad sin cortapisas, alentado por la huella todavía viva del surrealismo, que propugnaba “cambiar la vida” en la estela del poeta Rimbaud y “transformar el mundo” según Marx, y por el entusiasmo libertario de las canciones de Brassens, Ferré o Brel, sin olvidar el impacto refrescante de los jóvenes cineastas de la “nouvelle vague” (nueva ola: Godard, Truffaut, Chabrol…). Relacionados con la libertad sexual, favorecida por la píldora anticonceptiva, se respiraban vientos de ruptura generacional que conectaban, inmersos a veces en humo de marihuana, con fenómenos detectados en el extranjero: provos holandeses, comunas alemanas, beatniks estadounidenses, happenings diversos por todas partes.

La agitación estudiantil, fragmentada y festiva, se centraba en la crítica del rígido sistema de enseñanza universitario y en el rechazo a la guerra del Vietnam. Mal gestionada por las autoridades académicas, la radicalización de los estudiantes entroncó con los anhelos de cambio presentes en la sociedad y desencadenó una crisis que casi fue una revolución.

Estudiantes y obreros ponen en jaque al régimen

El preludio de lo que se avecinaba ocurrió en la Universidad de Nanterre, cercana a París, con la ocupación de un edificio administrativo para reivindicar, entre otras peticiones, que los chicos pudieran entrar en las habitaciones de las chicas residentes en el campus universitario. Aquel día se fundó el Movimiento del 22 de Marzo, en el que confluyeron anarquistas, trotskistas, situacionistas y maoístas y que propugnaba la acción directa y la práctica asamblearia. Liderado por Daniel Cohn-Bendit, convertido muy pronto en la figura icónica de las algaradas estudiantiles, el grupúsculo no dejó de provocar incidentes hasta la intervención policial en la Sorbona el 3 de mayo, fecha en la que se encendió la mecha de lo que algunos llamarán “un alegre aquelarre”.

Aquel día, la policía desalojó con violencia La Sorbona, que los estudiantes habían decidido ocupar, tal como acabó ocurriendo de madrugada. Los jóvenes se oponían a la prevista irrupción de un grupo de extrema derecha y protestaban por el cierre de Nanterre. La acción policial provocó duros enfrentamientos en todo el Barrio Latino, que se saldan con cerca de 500 heridos y unas 600 interpelaciones. Las penas de cárcel decretadas en vistas rápidas contra algunos manifestantes desencadenan nuevos disturbios el 6 de mayo, otra vez con centenares de heridos y detenidos. En los días siguientes, mientras prosiguen las manifestaciones diarias en París el movimiento estudiantil se extiende a varias ciudades de provincia. Varios intelectuales fundan el diario Action (Acción) que cuenta con famosos humoristas gráficos (Reiser, Siné, Wolinski) y llegará a tener una tirada de cien mil ejemplares.

El 10 de mayo, al terminar una manifestación mas de 20.000 estudiantes, a los que se han unido alumnos de instituto, empiezan a levantarse decenas de barricadas con adoquines. Tras unas horas de vacilación, más de 6.000 agentes intervienen hasta lograr desmantelarlas, hacia las 6 de la mañana, con un balance de más de 500 heridos (la mitad policías) y medio millar de arrestados, entre los cuales figuran los líderes del movimiento y de los sindicatos estudiantiles. Muchas calles, con decenas de coches calcinados, están destrozadas. La violencia policial suscita el rechazo de gran parte de la población, y, durante el día, partidos y sindicatos llaman a un día de huelga para solidarizarse con los estudiantes el 13 de mayo. El mismo día 11, el primer ministro Georges Pompidou acepta las reivindicaciones del principal sindicato estudiantil (UNEF) y del sindicato de profesores universitarios (SNESup), además de ordenar la reapertura de las universidades cerradas y la retirada de las fuerzas policiales. No logrará apaciguar los ánimos.

El lunes 13 de mayo, un millón de personas de todas las edades recorren las calles de la capital en una manifestación interclasista. Los sindicatos, que desconfían de un movimiento que no se amolda a los cauces tradicionales, esperan que después de la demostración de fuerza vuelva la normalidad. Ocurrirá lo contrario. A partir del día siguiente, las huelgas con ocupación de las fábricas y formación de consejos obreros se van extendiendo por todo el país. En poco tiempo, con diez millones de huelguistas, el país queda paralizado. A las reivindicaciones clásicas (subida de salarios y mejora de las condiciones de trabajo) se suman algunas nuevas, como la autonomía de los asalariados y la cogestión de las empresas. En ese clima prerrevolucionario, los estudiantes no conseguirán realizar la “unión sagrada” con los obreros, que en buena medida recelan de ellos.

De cualquier modo, durante unas pocas semanas, Francia entera parece sacudida por una agitación febril. Los periodistas ocupan la Radiotelevisión pública y discuten en largas asambleas el control de los medios de comunicación y la función social de su trabajo. Ocupado el 16 de mayo por estudiantes y actores consagrados, el teatro del Odéon se convierte, como antes la Sorbona y al igual que los corrillos espontáneos de muchas calles y plazas el país, en un foro de discusión permanente donde debaten estudiantes, amas de casa, delegados de fábricas, profesionales y jubilados. Tres días después, los cineastas fuerzan la suspensión del Festival de Cannes “en solidaridad con la lucha popular”. Inspirados por los situacionistas, desde la Escuela de Bellas Artes se editan decenas de carteles que glosan la rebelión y popularizan los lemas filosóficos o revolucionarios que se han hecho famosos. Décadas más tarde, estos carteles se convertirán en preciados objetos de coleccionismo, paradoja que no deja de parecer una broma.

El 24 de mayo, la propuesta presidencial de convocar un referéndum sobre la descentralización no suscita interés alguno, mientras que la decisión gubernamental de no dejar entrar a Cohn-Bendit cuando volvía de Alemania provoca otra noche de barricadas, que se levantan por todo París y se extienden a Lyon, con algaradas en varias ciudades. El carácter insurreccional que parecen tomar los acontecimientos fuerza el acercamiento de los comunistas al gobierno, el cual convoca un encuentro con sindicatos y patronal para negociar un acuerdo que permita la vuelta al trabajo. El 27 de mayo se firman los Acuerdos de Grenelle, considerados el pacto social más importante desde la victoria del Frente Popular en 1936: aumento del salario mínimo en un 35 %, subida del 10 % para los demás sueldos, pago de la mitad de los días de huelga, creación de una sección sindical en todas las empresas. El mismo día, las formaciones socialistas reúnen a 40.000 personas en el estadio Charléty para proponer la formación de un gobierno provisional. En las fábricas ocupadas, las bases rechazan el pacto acordado con los sindicatos y, mientras el gobierno enmudece, los comunistas desfilan en París el 29 para pedir “un gobierno popular”. Un cambio de régimen parece a punto de producirse.

El regreso del orden establecido

Cuando el poder se está tambaleando, De Gaulle marcha en secreto a Alemania para reunirse con el general Massu, comandante de las fuerzas francesas de ocupación en aquel país. A cambio de la amnistía, concedida meses más tarde, de los cabecillas del fracasado golpe de 1961 (los generales Salan, Challe, Jouhaud y Zeller), Massu garantiza al presidente francés la intervención del ejército para mantenerle en el cargo si fuera necesario. No lo será.

Convocados por Malraux, ministro de Cultura, un millón de manifestantes ondeando banderas tricolor desfilan el día 30 por París en apoyo del gaullismo. Por la noche, De Gaulle anuncia la celebración de elecciones anticipadas y amenaza con aplicar el artículo 16 de la Constitución que le otorga plenos poderes. No hará falta. El 31 de mayo, el gobierno consigue en un gesto de autoridad abastecer de combustible las gasolineras, con lo que las clases medias pueden reanudar el ritual de las escapadas de fin de semana. El mismo día, los antidisturbios recuperan el control de los centros de Radiotelevisión y, al cabo de pocos días, los periodistas más críticos con el régimen serán despedidos. Los comunistas, que han aceptado enseguida la imposición del adelanto electoral como solución a la crisis, se mostrarán muy activos en los centros de trabajo para liquidar la huelga.

En las fábricas más recalcitrantes a volver a la normalidad, la policía interviene con extrema dureza, como en Renault-Flins el 7 de junio y en Peugeot-Sochaux el 11, donde usa por primera vez armas de fuego que causan varios muertos. La última noche de barricadas en el Barrio Latino (11 de junio), con muchos menos participantes, certifica el cansancio de los más resistentes. Al día siguiente, las autoridades decretan la disolución de 11 grupos de extrema izquierda. El 14 de junio las fuerzas del orden desalojan el teatro del Odéon y dos días después, sin demasiadas dificultades, cae el último bastión de la Sorbona.

La revuelta ha terminado y se impone la Francia conservadora y temerosa del desorden. Las elecciones del 23 y el 30 de junio representan una derrota sin paliativos para los partidos de izquierda, que solo obtienen 94 escaños de los 485 en juego. Sin embargo, al año siguiente De Gaulle perderá el referéndum de regionalización y renunciará a la presidencia, siendo sustituido por Pompidou. Pese a no ser una revolución triunfante, el legado de Mayo será duradero y los rescoldos de la extrema izquierda se mantendrán activos durante varios años.

La herencia del Mayo francés

El antiautoritarismo como valor social y la realización personal como objetivo primordial del individuo serán consecuencias directas de los temas popularizados durante el estallido social. La notoriedad del individualismo podría explicar, por ejemplo, por qué tantos veinteañeros de la época se convirtieron con el paso de los años en firmes defensores de la sociedad que pretendían combatir en su juventud. Ese transfuguismo se dio en Francia y en el resto de Europa. Pero, al principio, la libertad, la creatividad y el rechazo de las normas tradicionales, tanto en el seno familiar como en la enseñanza, modificarán de forma permanente los comportamientos sociales e incidirán en la crisis de los partidos tradicionales, al cuestionarse la transmisión jerárquica de las consignas.

A partir de Mayo del 68, la sociedad se irá movilizando alrededor de temas como la liberación de la mujer, la defensa del medio ambiente o el rechazo del militarismo, aunque la fragmentación de las distintas luchas, incapaces de confluir en una alternativa global, impedirá hasta el día de hoy un cambio drástico en el equilibrio de clases de una sociedad que sigue dominada por los dueños del capital.

Con todo, las propias esferas gubernamentales se apuntaron a los aires de renovación. En noviembre de 1968, para abordar los problemas relacionados con la masificación de la enseñanza superior, se decreta la autonomía universitaria y se divide la Universidad de París en 13 universidades, entre ellas la de Vincennes, a la que se facilita el ingreso y que incorpora nuevos estudios interdisciplinares, modulados por los estudiantes. Ese centro experimental, muy politizado, se cerró en 1980. Recién elegido presidente en 1974, el centrista Valéry Giscard d’Estaing aprobó medidas muy conformes al espíritu de 1968, como la reducción de la mayoría de edad a los 18 años, la despenalización del aborto, el divorcio por consentimiento mutuo —hasta entonces siempre tenía que haber un culpable— o la supresión —solo duró unos años— de las fichas de hotel.

Aunque el sistema establecido del “orden republicano” no volvió a verse amenazado nunca más, la extrema izquierda francesa continuó siendo activa en manifestaciones y conflictos sociales, sobre todo hasta 1973. En su seno pueden establecerse dos tendencias, muy permeables entre sí, con una capacidad de movilización muy superior a su militancia real. Una es la corriente trotskista, articulada en torno a la Liga Comunista (LC) liderada por Alain Krivine, muy activo en los hechos de Mayo, y otra la Lucha Obrera encabezada por Arlette Laguiller, con cierta presencia en los centros fabriles. La LC pasó a denominarse LC Revolucionaria en 1974, antes de disolverse en el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) en 2009, que consiguió una quincena de concejales en las municipales de 2014. Tanto Krivine como Laguiller se han presentado a casi todas las elecciones presidenciales para usarlas como altavoz de su ideario.

La corriente autodenominada maoísta, casi desaparecida hoy en día, tenía unos rasgos libertarios que la habrían hecho inviable en la China de Mao. Vive la Révolution (VLR), fundada por marxistas-leninistas y miembros del 22 de Marzo, se orientó hacia el feminismo radical y la reivindicación de la homosexualidad. Desarrolló un discurso muy rompedor en la revista Tout (Todo, subtitulada “Lo queremos todo”), que presentaba un diseño psicodélico en la onda de la prensa underground estadounidense. VLR se autodisolvió en el verano de 1971, un par de meses después de que uno de sus militantes más notorios, Richard Deshayes, quedara ciego y desfigurado por una granada lacrimógena en una manifestación prohibida.

Gauche prolétarienne (Izquierda proletaria) fue un partido fundado en setiembre de 1968 por miembros de diversas organizaciones disueltas en junio, lo que explica su eclecticismo ideológico. Defensor del espontaneísmo y de la acción directa, se sumó siempre a las luchas de los más desfavorecidos. En su modo de actuar destacan las incursiones en tiendas de lujo para distribuir lo robado a los pobres, el trabajo en la fábrica para ganar la clase obrera a su causa y el enfrentamiento con la policía durante las manifestaciones, en general muy violentas. Militantes y simpatizantes del grupo se consideraban herederos de la Resistencia contra la ocupación nazi y un centenar acabó en la cárcel. La GP exponía su ideario y relataba sus acciones en el periódico La Cause du peuple (La Causa del pueblo, 1968-1973), dirigido entre mayo de 1970 y mayo de 1971 por el filósofo Jean-Paul Sartre para contrarrestar la detención de dos directores anteriores, condenados a 20 meses de cárcel. Secuestrada en varias ocasiones, la publicación llegó a imprimir cien mil ejemplares. Prohibida en mazo de 1970, la GP continuará en una clandestinidad vigilada hasta su disolución en 1973, a consecuencia de su rechazo de la lucha armada con la que algunos militantes habían coqueteado un año antes.

En febrero de 1972, un guardia de seguridad mató de un disparo a un militante obrero, Pierre Overney, durante una acción de la GP ante las puertas de Renault en Billancourt. Después de violentas algaradas en varias poblaciones, más de doscientas mil personas asistieron a su entierro. Como represalia, unos activistas autodenominados Nueva Resistencia Popular (NRP) secuestraron a un ejecutivo de la empresa. Era un camino sin retorno que los militantes decidieron no seguir. Dos días después la NRP liberó al ejecutivo y se autodisolvió. El rechazo a la violencia armada se acentuó con la matanza de deportistas israelíes en las Olimpiadas de Munich, que la GP desaprobó pese a su apoyo a la causa palestina. Las discusiones internas y las dudas sobre el papel que debería jugar frenan su actividad y la dirección opta por autodisolverse en noviembre de 1973.

Se han apagado los últimos rescoldos de Mayo y no volverán a registrarse movilizaciones callejeras de envergadura. Action directe, grupo terrorista anarco-comunista, llegó a cometer unos 80 atentados, incluyendo varios asesinatos, de 1979 a 1987, pero no tuvo el impacto de las Brigadas rojas italianas o de la Baader-Meinhof alemana. Hoy en día, en los medios franceses se considera extrema izquierda a la Francia Insumisa, dirigida por Jean-Luc Mélenchon, un antiguo militante del Partido Socialista. La historia sigue, pero son otros tiempos. Mayo del 68 ha entrado en los museos y es objeto de exposiciones. Que cada uno saque sus conclusiones.

 

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