MÁS CORNADAS DA LA VIDA

En el andén del metro, encuentro a Diana, co-fundadora de y miembro del equipo jurídico del, del que luce una camiseta. Me cuenta cómo desde hace nueve años se hizo vegana y, gracias a su influencia, sus padres pasaron de protaurinos a repudiar las corridas de toros: “Si te gustan las corridas de toros, no te gustan los toros: te gustan los toreros”. Y con toda la coherencia del mundo, al menos en apariencia, arguye: “Uno no mata algo que le gusta”. Una vez dentro del vagón, Diana sigue compartiendo

 

 

Texto: Jordi Navarro  Fotos: Francesc Sans

 

El domingo 25 de septiembre se celebró la última corrida de toros en Catalunya, con la Monumental de Barcelona abarrotada hasta la bandera. Se puso fin a una tradición que, al menos en tierras catalanas, ha ido paulatinamente perdiendo aficionados. Aunque quizá sea pronto para la misa de réquiem, puesto que el Partido Popular pedirá una moratoria a la prohibición, al tiempo que el Tribunal Constitución debe la Federación Taurina de Catalunya ha iniciado la recogida de firmas para presentar en el Congreso de Diputados una Iniciativa de Legislación Popular, con el objeto de declarar las corridas de toros Bien Cultural Nacional. Si esta ILP prospera, la prohibición dictada desde el Parlament de Catalunya quedaría en papel mojado. ¡Y vuelta a empezar!

 

 

En el andén del metro, encuentro a Diana, co-fundadora de Anima Naturalis y miembro del equipo jurídico del Partido Animalista, del que luce una camiseta. Me cuenta cómo desde hace nueve años se hizo vegana y, gracias a su influencia, sus padres pasaron de protaurinos a repudiar las corridas de toros: “Si te gustan las corridas de toros, no te gustan los toros: te gustan los toreros”. Y con toda la coherencia del mundo, al menos en apariencia, arguye: “Uno no mata algo que le gusta”. Una vez dentro del vagón, Diana sigue compartiendo su opinión sin preocuparse lo más mínimo, a pesar que inmensa mayoría de personas a nuestro alrededor se dirigen también a la Monumental, pero con unas intenciones diametralmente opuestas a las suyas. “La gente evoluciona o se estanca, y los taurinos se han quedado estancados en la tradición”, me dice, mientras a nuestro lado un muchacho viste una camiseta roja con el toro de lidia y el conciso lema “Yo soy español, español, español”. En una muestra más de confianza absoluta, Diana se coloca en la cabeza una diadema adornada con dos astas de plástico. Miro de soslayo a nuestro alrededor esperando que empiecen a llover los improperios, pero nada ocurre. Al llegar a la Monumental, mi compañera de trayecto me explica que es conocida del torero Enrique Ponce, con quien coincidía en Navas de San Juan, en Jaén. Con este dato -la proximidad con un torero de cierta popularidad-, la conversión vegana de Diana se presenta más firme, asentada y comprometida. Según su opinión, pues, se diría que ella sí ha evolucionado.

 

Al salir del metro, deseo mucha suerte a Diana y nuestros caminos se separan. Aunque todavía falta una hora, los aledaños de la plaza de toros son un hervidero. Un estanco próximo a la Monumental hace el negocio del mes, quizá el último gran negocio hasta dentro de mucho tiempo: la cola de clientes desborda el establecimiento y ocupa gran parte de la acera. Las terrazas de los bares también se benefician de la multitud concentrada, la cual muestra un innegable estilo homogéneo. Ellos: camisa de lino bien metida por dentro de los pantalones y abrochada hasta el antepenúltimo botón, polos náuticos con la bandera española, peinado a media melena siguiendo el ‘patrón Aznar’, fumando un puro grande como un morlaco, actitud distinguida, resuelta y segura. Y ellas: melena al viento, elegante vestido de domingo, cutis fino con notorio maquillaje pero sin caer en lo barroco. En el caso de los varones hacía falta afinar el tiro, pero en el de las féminas no es complicado discernir entre autóctonas y turistas: las primeras pasan por clones de las Koplowitz, mientras las extranjeras imitan el estereotipo de Carmen; alguna incluso luce un bonito vestido rojo con topos blancos. En resumen: el ambiente empuja a creer que en la Monumental, más que una corrida de toros, se va a celebrar una boda de alta alcurnia. No obstante, junto al de “Entradas agotadas”, el cartel -diseñado por Miquel Barceló– revela la actuación en el ruedo de los diestros Juan Mora, Serafín Marín y, por supuesto, de José Tomás: el caballero de la triste figura de Galapagar, el “último torero literario”, el Maradona de los toros… Si en el pasado la tauromaquia había sido un espectáculo popular por contar con el favor de las clases subalternas, en la actualidad el matiz ‘popular’ ha tomado un importante sesgo: un ‘stand‘ de las Nuevas Generaciones del Partido Popular arroja luz sobre el carácter reivindicativo-nacional que supone la asistencia a la última corrida de toros en Catalunya.

 

En la esquina de Marina con la Gran Via de les Corts Catalanes, ondea una gran bandera española. Justo en la acera opuesta, rodeados por un cordón policial, una cincuentena de antitaurinos -entre los que reconozco a Diana- claman contra la tortura y muestran pancartas; algunos alzan una copa de cava, brindando porque ¡al fin! ésta ha de ser la última corrida que tenga lugar en la Monumental. Esta complacencia enerva a los asistentes a la corrida de toros que desfilan frente a este reducido grupo de antitaurinos: algunos hombres con camisa de lino, peinado a media melena, etcétera, no reprimen su enfado y alzan el dedo corazón mientras insultan a los activistas. Un hombre que pasea con el perro en brazos, explota: “¡Viva la libertad! ¡Dejad que la gente pueda elegir!”, y luego desaparece. Entre unos y otros, un coro de entretenidos peatones se  miran este intercambio de impresiones airadas. Sin necesidad de magnificar nada, la tensión es palpable.

 

Y así lo nota Helena Allué, quien interrumpe sus explicaciones y con cara de angustia se sincera: “Ay, es que recibo las malas energías y me afectan mucho…. Cuando se repone de esta mala onda, Helena defiende que no es posible dialogar con los aficionados taurinos, puesto que se mueven dominados por la emotividad. Ante la cuestión sobre qué importancia ha tenido el nacionalismo en todo este asunto, Helena dribla la pregunta y chuta a gol: “Hay nacionalismo en los dos lados, pero yo soy animalista y llevo once años luchando contra la vivisección, la venta de piel,…”. En consecuencia, ¿qué debe ocurrir con los corre-bous? “Estamos luchando para prohibirlos, recogiendo firmas en Tarragona. Pero será muy complicado. No creo que yo lo vea”, y a renglón seguido añade que confía más en los efectos de la despoblación de las zonas rurales que en la prohibición de los corre bous. “Las corridas de toros las siguen la gente mayor, pero en los corre bous participa mucha juventud”, se lamenta.

 

Entre la multitud de transeúntes curiosos que observan a protaurinos y antitaurinos, descubro al antropólogo Manuel Delgado en la condición de viandante -ésa que Delgado tanto ha elogiado-, observando lo social desde el privilegiado mirador del espacio público. Precisamente, Delgado ha realizado una entrada en su blog sobre la cuestión del fin de la fiesta taurina en Catalunya. Sin ánimo para desaprovechar esta coincidencia, pregunto al antropólogo su opinión sobre el espectáculo que unos y otros andan protagonizando. Delgado, perdida la indiferencia propia del peatón anónimo, responde con unas palabras que denotan más hastío que otra cosa: “Son una collade frikis, unos fanáticos, casi unos fascistas”.

 

Al finalizar el espectáculo, una vez caída la noche, se produjeron conatos de violencia por parte de algunos protaurinos que encajaron mal el adiós de la Fiesta Nacional en la Monumental. A partir de este 25 de septiembre, deberán marchar allende las fronteras del Principado para disfrutar de las corridas de toros. ¡Ánimo, que más cornadas da la vida!

 

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