Los dominios de Merkel

alt¿Culmina en Merkel una convicción de supremacía nacional con larga historia?

 

 

 

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En su ensayo El imperio de Hitler, el historiador británico Mark Mazower defiende con plausibles argumentos la imbricación histórica y argumental de los afanes expansionistas del líder nazi en una mentalidad inveterada de la nación alemana, presente también –sin que ello sea causa de equiparación– en los planes estratégicos del canciller Bismarck y de su actual sucesora en el cargo, Angela Merkel.

 

Alguien, no recuerdo quién, dijo que Alemania era el pueblo mejor dotado en inteligencias per cápita de Europa, pero también la nación que más estúpidamente se había comportado en la historia del Viejo Continente. Sin citar el aserto, Mazower achaca esta paradoja a la exigencia de un “lebensraum” (espacio vital), término que no fue teorizado originalmente por los nazis, como algunos piensan, sino por el geógrafo Friedrich Ratzel (1844-1904). Aún antes, los liberales alemanes reunidos en la conferencia de Frankfurt (1848) ya preconizaron la necesidad de unificar políticamente a todas las comunidades europeas de lengua alemana, entre las fronteras de un país que debía abarcar los territorios donde se asentaban dichos colectivos y, cómo no, en detrimento del solar eslavo, principalmente de los polacos. Esta aversión a la nación polaca fue contravenida por el gran poeta Heinrich Heine, quien criticó con dureza las pretensiones de superioridad alemanas

 

La misma aspiración expansionista –y peor aún, el mismo propósito– figuró en los planes de Bismark y, más tarde, del káiser Guillermo II antes y durante la Gran Guerra de 1914-1918. Más tarde, ”Lo que se desarrolló entre 1938 y 1945 –escribe Mazower– fue el último capítulo de la historia de una idea mucho más antigua: la de una Gran Alemania.” El káiser y Hitler compartían “la misma obsesión con la tierra, la colonización y el asentamiento racial (…) contra el peligro eslavo procedente del este.” Además, el ingenuo emperador creía también en las conspiraciones judías que animaban el bolchevismo, con finalidad netamente antialemana… Y es que el antisemitismo, cuando menos desde Lutero, forma parte de la idiosincrasia popular alemana; no se trata de un invento ni reciente ni hitleariano, aunque tal vez hubiera permanecido enclaustrado en los ámbitos del folklore durante siglos, falto de trascendencia política, sin la exacerbación a que lo condujo el nazismo.

 

De cualquier modo, Mazower insiste en que no se trabó con odio el hebreo el mensaje inspirador y aglutinador del nacionalsocialismo original, sino con “la búsqueda de la aglutinación de los alemanes dentro de un solo estado alemán”. 

 

Con Hitler en el poder, los antiguos afanes expansionistas se maximizaron (“una fantasía violenta de dominio racial”). Ya no se trataba de replegar en un Estado de fronteras ensanchadas a todos los alemanes dispersos por el continente, sino de ocupar toda la Europa central y oriental a despecho –o a degüello– de sus pobladores eslavos, con la finalidad de garantizar una tierra rica en recursos para la proliferación de la etnia germana. El sueño hitleriano estribaba en una Gran Alemania desde el Rin a los Urales, y desde el Báltico al mar Negro, con una tupida red de colonias de campesinos armados extendida sobre las campiñas polaca y soviética. Una aspiración que Mazower también integra, más globalmente, en la tradición colonialista europea, y que el propio Hitler justificó apelando a la doctrina Monroe: Europa, sostenía, también necesitaba, como América, una potencia militar supervisora de su vida política y económica. Así, del mismo modo que las potencias europeas ocultaban su sed de materias primas y nuevos mercados subordinados apelando a la misión civilizatoria sobre pueblos pretendidamente inferiores a efectos culturales y morales, Hitler trasladó su creencia en la superioridad racial germana a una labor de custodia sobre los untermenschen (infrahombres), las naciones eslavas.

 

A diferencia de la Gran Guerra, “el conflicto de 1939-1945 en el este de Europa fue una guerra de aniquilación contra los civiles, destinada a esponjar un gran territorio, desde el Vístula a los Urales, entre el Báltico y el mar Negro, donde habrían de establecerse colonias de campesinos armados de etnia alemana. Una expansión que bien podía compaginarse, sin necesidad de conflicto armado, con el colonialismo británico”. En un principio, Hitler aspiraba a convivir pacíficamente con el Imperio británico y los Estados Unidos, y admiraba la decisión de los pioneros británicos en las colonizaciones de América del Norte o Australia, que no pararon en mientes a la hora de imponerse por la fuerza –y generalmente, con el exterminio– a las poblaciones autóctonas de los territorios colonizados.

 

Esta promesa de conquistas incentivó la adhesión popular a la guerra iniciada en 1939, e igualó en ferocidad al ejército regular (Wermacht) y las temidas SS (una tesis discutida, pero que se abre paso entre distintos historiadores y es sostenida por Mazower). Sin embargo, la Wermacht, en tanto que personificación del pueblo alemán, fue simbólicamente absuelta de crímenes de guerra en los juicios de Nuremberg, de seguro para evitar que la estigmatización del teutón de a pie pusiera trabas a una pacificación duradera del continente.

 

Desde esta perspectiva, el nazismo no sería sino manifestación extrema de la inveterada conciencia de superioridad cultural y moral que ha mediatizado las relaciones exteriores de Alemania, por lo menos desde el siglo XIX.  

 

Cabría preguntarse si pervive en la actualidad esa mentalidad discriminatoria hacia otras naciones. Sobre todo tras las declaraciones del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, al conocerse la convocatoria de elecciones en Grecia: nada debe cambiar, advirtió el mandamás. De lo cual se colige, tomando al pie de la letra el aserto, si no debiera disolverse el Estado soberano griego para en su lugar establecer una suerte de protectorado, fideicomiso o pura colonia bajo custodia de un gobernador germano.

 

Más en concreto: ¿podemos colegir esa mentalidad suprematista de la actitud germana ante la crisis económica de los países meridionales de la Unión Europea? Porque es plausible atribuir los fundamentos de la política de austeridad impuesta por la canciller Merkel a un presupuesto basal neoliberal, pero tal vez no resulte arriesgado suponer que esa misma directriz ideológica se refuerza con la vitamina de una conciencia secular de preeminencia germana. Sería, desde luego, un planteamiento elitista debidamente adaptado a los nuevos tiempos, con la sustitución de los antiguos etnicismos por el orgullo patrio ante un desarrollo material evidentemente superior al alcanzado en el flanco sur de la UE, y que se toma como fruto de méritos humanos característicos de la nación alemana.

 

Salvando las distancias con Hitler, suma de todas las vesanias, y por encima del trasnochado equilibrio imperialista sustentado en las cañoneras, sea por “h” o por “b”, Merkel y adláteres han caído en una actitud de tutela y dominio con altos grados de crueldad hacia sus socios más débiles. La frustración y el dolor que están generando se volverá contra ellos más tarde o más temprano, y lo que es peor, contra el ideal político de cohesión europea.

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