LIBERTINO, ILUSTRADO Y MILITANTE: 300 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE DENIS DIDEROT

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Como buen jansenista, el acomodado fundidor de cuchillos Didier Diderot debía creerse predestinado por su Dios para la salvación, y como divinidad rectora de su hogar a imagen y semejanza del Creador había predispuesto que el futuro de su hijo Denis, nacido en Langres el 6 de octubre de 1713, quedaría ornado de hábito y tonsura

 

 

 

 

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Como buen jansenista, el acomodado fundidor de cuchillos Didier Diderot debía creerse predestinado por su Dios para la salvación, y como divinidad rectora de su hogar a imagen y semejanza del Creador había predispuesto que el futuro de su hijo Denis, nacido en Langres el 6 de octubre de 1713, quedaría ornado de hábito y tonsura

Denis fue enviado al colegio jesuita de Louis-le-Grand de París, pero el chico salió respondón: aunque alumno de talento, se negó a seguir la carrera sacerdotal. Abandonadas las seguridades de la orden (1734), el joven Diderot se sumió en el cosmos parisino sin dinero ni oficio, aparte de sus estudios de teología y filosofía, pero con muchas ganas de diversión

Tras casi una década de vida disipada entre teatros y cafés, durante la cual sobrevivió empleándose como preceptor, el amor hizo que sentara la cabeza… Solo para acarrear un nuevo disgusto a sus padres, puesto que la elegida fue una costurera semianalfabeta y sin dote, aunque devota, de nombre Antoniette Campion. El enlace tuvo lugar en 1743, cuando los treinta años cumplidos eximieron legalmente a Denis de la autorización paterna para contraer nupcias

Por entonces, nuestro personaje ya era brillante tertuliano –con perdón— del salón del barón Paul Henri Thiry de Holbach, en la parisina Rue Royale, donde se reunía lo más granado de la intelectualidad ilustrada. Allí se hablaba sin tapujos de religión y política, y se escarnecían con saña los principios teocráticos del Ancien Régime

En el mismo año del casorio se inició Diderot en los trabajos editoriales, como traductor. Un lustro después figuraba como prestigioso autor de ensayos sobre religión y filosofía; más tarde acrecentó esos méritos con justa prosapia de narrador y crítico de arte. Pero el presto reconocimiento en la República de las letras jamás se vio acompañado por el triunfo en el Imperio del dinero, de modo que la familia Diderot-Campion vivió en una extrema austeridad. A estos apuros económicos se sumó el dolor por la muerte de sus tres primeros hijos; solo les sobrevivió la cuarta vástaga, Angelique, tal vez la persona más importante en la vida del filósofo.

 

El amor de Diderot hacia su esposa se marchitó en una rutina lastrada por las dificultades de comunicación entre dos seres de acervo intelectual tan dispar. Y conforme perdía interés por Antoniette, Denis ensanchaba el campo de sus dotes retóricas a la conquista de los favores de otras mujeres. Entre sus varios idilios floreció la relación con Sophie Volland, a quien dedicó un valioso epistolario. 

 

Cuentan también que la mismísima emperatriz de Rusia, Catalina la Grande, figuró entre las amantes del sabio francés. Cierto o no, Diderot pasó varios meses en San Petersburgo (1773), invitado por la soberana, a quien debía la dote nupcial de Angelique (para ello, Catalina había comprado a generoso precio la biblioteca privada del filósofo). Y se sabe que regresó escaldado del gran imperio, por divergencias de talante y pensamiento con el autoritarismo de la zarina.

Catalina nunca tomó medidas punitivas contra su huésped, que tiempo antes había sido represaliado en su país natal. La temprana fama de Diderot en los cenáculos ilustrados se correspondió con la pronta persecución de sus trabajos por parte de los poderes públicos. Así, el atrevimiento deísta expresado en los Pensamientos filosóficos (1746) le valió la condena del parlamento de París, escandalizado ante afirmaciones como esta: “La religión de Jesucristo, anunciada por ignorantes, hizo los primeros cristianos. La misma religión, predicada por sabios y doctores, solo hace hoy incrédulos”. O esta otra: “¿Un Dios lleno de bondad encontraría placer bañándose en lágrimas? (…) Hay gente de la que no se puede decir que tema a Dios, sino más bien que tiene miedo. (…) Habría bastante tranquilidad en este mundo, si tuviéramos la completa seguridad de que nada había que temer en el otro: la idea de que Dios no existe no ha atemorizado jamás a nadie, pero sí la de que existe uno, tal como me lo han descrito. (…) la superstición es más injuriosa para Dios que el ateísmo”.

 

Diderot concibió una divinidad al modo platónico, cual demiurgo que el Cosmos precisara para su correcto ordenamiento; una inteligencia trascendente cuya obra podía conocerse mediante la ciencia (“en las obras de Newton”), pero que desde el lejano acto regulador permanecía desligado de los asuntos humanos, competencia y responsabilidad exclusiva de sus actores. Era el suyo un deísmo racionalista y ante todo humanitario, pero también militante, entendido como batalla crucial en la guerra contra la ignorancia. 

Más allá de su adscripción deísta, Diderot rompió con una larga tradición del pensamiento occidental que valoraba la religión como principal garante de la moral privada y pública. Se había considerado desde Cicerón a Locke y Hume, pasando por Maquiavelo (pensadores poco píos, los dos últimos), que sin el temor de Dios no se cumplirían las normas elementales de convivencia. En cierto modo, todos ellos coincidían con Diderot en que los comportamientos éticos y cívicos dependen íntimamente de los valores inculcados, pero divergían en cuanto a la naturaleza de tales principios. Según el enciclopedista francés, la apelación a la utilidad pública de las creencias religiosas mostraba la disyuntiva entre una conciencia arcaica, regida por la compulsión (el miedo al castigo ultraterreno), y la conciencia ilustrada que sustentaba su libertad en el “conocimiento de la naturaleza”. Esta convicción alineó a Diderot en la vanguardia ética y civil de su tiempo, como defensor de la libertad sexual (incluida la aceptación de la homosexualidad y el incesto), la igualdad de derechos de las mujeres, la abolición de la esclavitud y el anticolonialismo, causa por la que tildó a los españoles de “raza de exterminadores”.

 

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En 1749 publicó la Carta sobre los ciegos para uso de los que pueden ver (1749), hábil exposición no exenta de humor de un pensamiento sensista, que atribuía a la experiencia sensorial el origen de todo conocimiento, incluidos los valores morales. Además, se permitía comparar a los ciegos que hablan de lo que oyen pero nunca han visto los objetos referidos, con las personas que opinan por indicación de otros, sin haber ejercitado nunca su facultad de juicio

La Carta… le valió a Diderot una acusación de “libertinaje intelectual”, cargo por el que penó un mes en la prisión de Vicennes (benigno atropello, si comparado con lo que hubiera podido ocurrirle en la España de su tiempo). A la cárcel fue a visitarlo uno de sus mejores amigos, Jean-Jacques Rousseau, con quien mantenía estrecha relación intelectual desde 1742… Pero como tantos otros dones de la vida, la amistad con el ginebrino acabó disuelta en diferencias de criterio, conforme Rousseau agriaba de carácter y ensombrecía su pensamiento, quedando definitivamente enterrada en 1758.

Los méritos de Diderot atrajeron la atención del impresor real André Le Breton, quien estaba escarmentado de la poca diligencia profesional demostrada por el británico John Mills y su sucesor, Jean-Paul de Gua de Malves, al frente de su más ambicioso proyecto editorial: la Enciclopedia. Propiamente: L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Diderot y el matemático Jean le Rond D’Alembert asumieron la codirección de esta magna opera en 1747. Fueron 12 años y siete volúmenes de trabajo en común truncado –una nueva pérdida en la vida de nuestro personaje– por la renuncia de D’Alembert (1759). Puesto que su pasión por el conocimiento no conocía límites, Diderot permaneció al frente de la empresa arrostrando nuevas contrariedades, como la condena del consejo real (1759), tras la cual siguió trabajando privadamente en el proyecto, o la pelea continua con Le Breton, que aparte de no reconocerle derechos de autoría le tachaba línea tras línea de sus escritos, para no revolver aún más las turbias aguas de la censura. Contra viento y marea, la Enciyclopédie sumaría 18.000 páginas divididas en 17 volúmenes que contenían 44.632 artículos, además de 11 volúmenes de planchas de ilustración. La obra quedó terminada en 1772. Mucho antes de su conclusión, desde 1759 figuró en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia católica.

A pesar de su enormidad, el esfuerzo dedicado al quehacer enciclopédico no apartó a Diderot de la autoría de otras obras. De su amplia producción corresponidiente a este período cabe destacar la novela La religiosa (1760), severa crítica de la vida conventual que estuvo largo tiempo prohibida en Francia; el diálogo El sobrino de Rameu, crítica de las convenciones sociales desde la perspectiva erasmiana de la opinión de un loco, que fue escrito hacia 1769 pero se publicó póstumamente, en 1891; y el Suplemento al viaje de Bougainville (1772), donde siguió el modelo de las Cartas persas de Montesquieu para poner en solfa las convenciones morales de la sociedad estamental, observadas con estupor por un nativo de Tahití. Para hacerse una idea acerca del tono de esta obra, baste una breve cita: “¿Matrimonio indisoluble? ¡Qué disparate! ¿Incesto? ¿Por qué no, si ambos adultos consienten la relación?”.

También postmortem, en 1796 apareció otra novela, tal vez su mejor creación literaria: Jacques el fatalista. Con un planteamiento argumental que denota la huella de Chaucer por carecer de trama propia, estar dividido en jornadas y tratarse de un intercambio de narraciones entre distintos individuos, sus páginas son igualmente deudoras del tono satírico de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, por quien Diderot sentía confesa admiración. La obra se sirve de un elenco de personajes arquetípicos y situaciones con intención alegórica para escarbar en las paradojas de la vida cotidiana, tanto en el plano psicológico como en el ámbito social, y mostrar el engranaje de la existencia humana en la dinámica mecanicista del Universo; peculiar seguidor de Spinoza, Diderot entendió la libertad como la adecuación de nuestras obras a las tendencias básicas de la naturaleza, manifestadas en los sentimientos. Entre los pasajes más inspirados de la obra figura la primera exposición de la dialéctica de supervivencia entre amo y esclavo, más tarde abordada por Hegel en su Fenomenología del espíritu.

Denis Diderot falleció en París el 31 de julio de 1784. Poco antes de morir dejó dicho a un grupo de amigos que había acudido a interesarse por su estado: “El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad”

 

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