La capital asturiana, Oviedo, está sembrada por más de un centenar de estatuas, mayoritariamente de bronce que, impasibles bajo la lluvia cantábrica, decoran las calles del centro urbano. Representan a personajes reales y ficticios, que son, o han sido, célebres y a los que la ciudad rinde homenaje.

Empezando el recorrido por el mismo centro, en la plaza de Alfonso II el Casto, la plaza de la catedral, abierta en 1926 tras demoler las viviendas de dos y tres plantas que ocultaban el templo, se encuentra desde el año 1997, la imagen de Ana Ozores, La Regenta en la novela homónima de Leopoldo Alas “Clarín”. La escultura, obra de Mauro Álvarez Fernández (1945-), recorta su perfil ante la torre de San Salvador, llevando la mirada de soslayo hacia su derecha mientras sostiene un libro y la falda con sus manos enguantadas. En la cercana plaza de Trascorrales se dan cita los vendedores del antiguo mercado, cuyo edificio fue construido en 1966, disponía de veintidós puestos de venta de pescado. Aquí están las estatuas del Vendedor de Pescado, de José Antonio García Prieto Llonguera (1950-), emplazada en octubre de 1996; la Pescadera, de Sebastián Miranda Ovetense (1885-1975), instalada frente a la anterior en 2005; La Lechera, obra de Manuel García Linares (1943 -) desde 1996, apoyada sobre un montón de fardos y acompañada por un asno que carga con los recipientes de leche, parece esperar comprador. Ante el Fontán, en la plazuela de Daoíz y Velarde, se congregan las Vendedoras del Fontán, de Amador González Hevia (1954-), también instaladas en 1996 e inspiradas seguramente en antiguas fotografías que repiten la escena: una de ellas de pie, con los brazos en jarras y un cántaro ante sus pies, su compañera, en cuclillas, observa y ase con ambas manos otro recipiente. Dentro de la plaza del Fontán está sentada en un banco La Bella Lola, obra de Carmen Fraile, del 2009, que recuerda a la famosa habanera de su mismo nombre. Aquí se celebraba mercado antes de que se levantara el de Trascorrales, el espacio que antiguamente ocuparon los patios y corrales traseros de la calle Cimadevilla.

Fernando Botero (1932-2023) exhibe su oronda Maternidad.

A unos pasos, ante los jardines del Campillín, el Conde de Campomanes, ministro de hacienda de Carlos III, parece tomar nota. Desde el 2003, la obra, de Amado González Hevia (1954-), está rodeada por la circulación de vehículos en el centro de una rotonda. El Campillín fue antiguamente el Campo de los Herreros, un mercadillo en el que se compraban y ofrecían todo tipo de artículos de segunda mano.

De nuevo ante la Regenta, pero tomando ahora la calle de Eusebio González en dirección a la plaza de la Escandalera, pronto se alcanza la plaza Porlier, que en otros tiempos se llamó plaza de la Fortaleza porque allí hubo un edificio fortificado cercano a la muralla que desapareció a causa de una fuerte explosión acaecida en el siglo XVIII. Allí, ante el que fue el antiguo Hotel Covadonga, inaugurado en 1906, espera la estatua del Viajante, también titulada El Regreso de Williams B Arrensberg, heterónimo de Eduardo Úrculo (1938-2003), su autor. El bronce está allí desde el 6 de septiembre de 1993. El hombre está de pie, con las piernas entrecruzadas, ante su voluminoso equipaje y un paraguas, cubierto por una gabardina y un sombrero. A unos pasos, en la calle San Francisco, ante el edificio renacentista de la Universidad de Oviedo y sobre un pedestal, hay una obra de Manolo Hugué (1872-1945), compañero de Pablo Picasso y otros pintores de su época en la etapa en que compartieron estancia en Ceret; la estatua, Mujer Sentada, data de 1930, pero fue instalada en febrero de 1998.

Al llegar a la plaza de la Escandalera aparecen los Asturcones, tres caballos metálicos, obra de Manuel Valdés (1942-), los cuales, desde el año 2003, vigilan la esquina con la calle de San Francisco. A unoFs metros, más cerca del centro de la plaza, Fernando Botero (1932-2023) exhibe su oronda Maternidad, una rolliza mujer desnuda y sentada con su igualmente rollizo bebe sobre su rodilla izquierda abriendo los brazos al mundo desde 1996.

Obra de Manolo Hugué (1872-1945); la estatua, Mujer Sentada, data de 1930, pero fue instalada en febrero de 1998.

Alrededor del conocido Teatro Campoamor, inaugurado en 1892 con un aforo inicial de 275 localidades, hay varias esculturas más. En la esquina izquierda se levanta el Culis Monumentalibus, de Eduardo Úrculo (1938-2003), unas nalgas y muslos  que se muestran sin pudor desde octubre del 2001. Tras esta pieza se erige la abstracta Bailarina del escultor Santiago de Santiago (1925-2023) desde el 2011; y a unos escasos metros, instalada en octubre de 1988 en la esquina de la calle Pelayo con Alonso de Quintanilla, la Esperanza Caminando, de Julio López Hernández (1930-2018), carga con sus libretas y libros, abrigada con su bufanda. Frente a la fachada derecha del teatro en la plaza del Carbayón, empezó a meditar, en 1999, la Pensadora de José Luis Fernández (1943-), acompañada del busto dedicado al Doctor Plácido Álvarez Buylla, médico humanista, fue erigido por suscripción popular en septiembre de 1972 y es obra de Gerardo Zaragoza (1902-1985). Enfrente, donde se separan la calle de Argüelles y la de Manuel García Conde, se encuentra, rodeado por un parterre de flores, el Monumento a la Concordia, de Esperanza d’Ors (1949-); se trata de un grupo de siete personas desnudas que parecen avanzar hacia un futuro que les parece prometedor.

Al norte de la catedral, la esquina de Jovellanos con Gascona, allí donde empieza la calle de las sidrerías, la ocupa desde 2055 la Gitana de Sebastián Miranda (1885-1975), cubierta con un pañuelo en la cabeza y sosteniendo una cesta de mimbre bajo el brazo izquierdo. En la acera de enfrente se instaló en el 2001 la estatua de las Guisanderas, de María Luisa Sánchez-Ocaña Fernández (1974-), una estilizada composición en la que una mujer remueve el guiso de una olla ante la atenta mirada de una niña.

Ya en la zona comercial, en la calle Palacio Valdés se encuentra el Diestro de Miguel Berrocal (1933-2006), un torso semiabstracto que representa un traje de luces sobre un pedestal desde 1998, mientras que al final de la misma calle está retratado de cuerpo entero Tino Casal, en una obra de Aurelio González. A pocos pasos, en la esquina de la calle del Doctor Casal, junto a la calle Uría, casi se tropieza en el suelo con la escultura de Sara Iglesias Poli, que representa desde septiembre de 2015 al perro Rufo. Aun en Uría, con la calle Milicias, espera el célebre director de cine, Woody Allen, quien recibió en el año 2002 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes; esta es otra obra de Vicente Menéndez.

estatuas bronce oviedo
Mafalda, sentada en un banco, ésta en color y en homenaje a su creador, Joaquín Lavado Tejón, Quino

Frente a la plaza de la Escandalera se extiende el parque de San Francisco, una gran superficie ajardinada de seis hectáreas que había sido una zona boscosa extramuros con huertos y prados; tomó el nombre del convento homónimo del cual todavía se apreciaba la planta de la iglesia y de sus dos claustros en los mapas urbanos del siglo XIX. Tras la desamortización de Mendizábal se transformó en un hospital que fue demolido en 1901 para edificar la sede de la Diputación Provincial, hasta 1982, cuando lo ocupó la Junta General del Principado. Además de árboles, fuentes, bancos y un par de fuentes, el parque está sembrado de estatuas, de bronce y también de piedra. La acera que da a la calle Uría, el antiguo Paseo de los Álamos, acoge un gran busto dedicado a Sabino Fernández Campo, conde de Latores, de Victor Ochoa Sierra (1954-), el Monumento a José Tartiere Lenegre, de Víctor Hevia (1885-1957) y Manuel Álvarez Laviada (1892-1958), este erigido en 1933. En la esquina se encuentra otra pieza sobre la maternidad, es la Encarna con Chiquilín, de Sebastián Miranda (1885-1975), instalada allí el 21 de septiembre del 2005, frente a la Casa del Termómetro, donde una vez estuvo el Hotel Inglés, la Casa Natalio, de pañería fina, y un ostentoso anuncio de Anís Asturiana. En el interior del parque se reparten las estatuas de San Francisco, en piedra, el busto de Juan Muñiz, el monumento a Leopoldo Alas “Clarín”, los bustos del pintor Paulino Vicente (1900-1990), obra de Félix Alonso Arena (1931-), el de Alfonso Iglesias y el del Tercer Marqués de Santa Cruz; tampoco falta Mafalda, sentada en un banco, ésta en color y en homenaje a su creador, Joaquín Lavado Tejón, Quino; Manuel Fernández Avello (1924-2002), quien fue periodista del diario ovetense La Nueva España, en otra obra de Vicente Menéndez; una nueva Maternidad, la de Félix Alonso Arena (1931-); Armando Palacios Valdés (1853-1938), escritor costumbrista, autor de La Aldea Perdida, esculpido por Gerardo Zaragoza y Adiós Cordera, de Manuel García Linares (1943-), que hace referencia a un relato que pertenece a la colección El Señor y lo demás, son cuentos, de Clarín. Al norte del parque, en la acera opuesta, se puede ver otro trabajo medio abstracto de Miguel Berrocal, es el Torso de Fruela I.

josep lluís nicolás
Periodista en Revista Rambla | Web

Periodista, escritor y editor. Ávido lector ha repasado en infinidad de ocasiones las tiras cómicas de Andy Capp y las de Calvin y Hobbes, particularmente las del primero. Le puede su sentido de la contradicción, desarraigado buscando sus raíces mirando hacia el aire, es ateo, descreído gracias a Dios y, nihilista, convencido, ha triunfado como fracasado. Hoy es feliz, ya ha reformado la cocina.

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