“La sostenibilidad es una utopía probablemente necesaria”

altLa sostenibilidad concierne a todos los aspectos de la actividad económica, social y ambiental

 

La sostenibilidad en Catalunya y en España tiene ya varias décadas de historia. Nada es sostenible eternamente, pero sin tender hacia ella la vida en cada etapa concreta de la historia adolece de enfermedad, en sus vertientes natural, social y moral. “Sostenibilidad” va más allá del respeto por el medioambiente, es un juego de estrategia y equilibrio donde las piezas son la sociedad, el ambiente, la economía, la política, la psicología…

 

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El doctor en biología y socioecólogo Ramon Folch lleva décadas apostando por un entorno sostenible. Fundador de la empresa Estudi Ramon Folch (ERF) de asesoría ambiental (que acaba de cumplir sus veinte años de existencia) es también vicepresidente del Consell Consultiu d’Hàbitat Urbà de l’Ajuntament de Barcelona y Colegiado de Honor del Col·legi d’Economistes de Catalunya por sus aportaciones en cuestiones económicas y ambientales.

 

Una crisis no resuelta

 

Pregunta: Doctor Folch, ¿cómo definiría la sostenibilidad en la actualidad? ¿Ha habido un cambio de tendencia desde que se empezó a hablar de ella hasta la actualidad?

 

Ramon Folch:La sostenibilidad es una utopía probablemente necesaria. Nada es sostenible a la larga, ni siquiera el universo, por ineluctables razones entrópicas (segundo principio de la termodinámica). Pero para un razonable período de unas cuantas décadas, resulta sostenible no estirar más el brazo que la manga. Hay definiciones mucho más sofisticadas, desde luego, pero esta la entiende cualquiera.

 

¿Pudiera ser que antes fuera un concepto más medioambiental, mientras que en 2014 presta mucha más atención a cuestiones sociales? ¿Cómo se articula el pilar económico en el binomio medioambiente-sociedad?

 

Las disfunciones ambientales alertaron sobre los graves defectos del modelo socioeconómico, como la fiebre advierte de la infección. Pero no son la enfermedad, sino su síntoma. De ahí que la atención se haya acabado desplazando hacia el problema propiamente dicho, lógicamente. Tras la crisis del 2008 (que no se ha resuelto, por cierto, como todo el mundo puede constatar), es el propio modelo de producción, consumo y redistribución de valores añadidos el que se ha venido abajo. Sin dejar de arrastrar consigo al socioambiental, desde luego.

 

¿Puede existir una economía sostenible y socialmente justa en el marco del liberalismo económico?

 

Depende de lo que entendamos por liberalismo económico. Si se refiere a la completa desvinculación de la actividad económica, sobre todo de la financiera, de las decisiones políticas, por supuesto que no. Que los mercados funcionan solos ya lo sabemos, las enfermedades también. La política y la sanidad aspiran a que lo hagan conforme a los intereses de la población.

 

 

Seguimos sin cumplir los compromisos…

 

¿En qué medida se cumplen en España las directrices del Protocolo de Kyoto y hasta qué punto sigue España la filosofía de base de la Carta de la Tierra? ¿Y Catalunya?

 

España se comprometió a no superar las emisiones del año base (1990) en más del 15 %, pero tuvo que renegociar sus compromisos y admitir un incremento de 37 %, siempre que comprara a terceros el diferencial de los correspondientes derechos de emisión. En 2007 logró frenar la tendencia a la alza en sus emisiones, en gran medida gracias al desarrollo de las renovables, ahora en entredicho… Catalunya ya había invertido la tendencia en 2005, básicamente por disminución de su intensidad energética (énfasis en la utilización eficiente de la energía, más que en el cambio de las fuentes de generación eléctrica, opción esperable en una economía industrialmente madura, prácticamente postindustrial). Como quiera que sea, ha sido y es mejor el control de las emisiones industriales que el de las emisiones difusas (movilidad, sobre todo), que dependen de los modelos territoriales y de consumo. Pero más que los porcentajes, lo que cuenta son las opciones estratégicas. Con la actual política energética, que favorece netamente al carbono, es obvio que España respeta escasamente la filosofía de la Carta de la Tierra emanada en el año 2000 de Naciones Unidas.

 

La sostenibilidad pasa también por una movilidad sostenible. ¿Cómo podemos favorecer este tipo de movilidad? ¿Por qué no existen más transportes eléctricos? ¿Forma parte de la solución que desde estructuras administrativas se tomen medidas como subvencionar la compra de bicicletas eléctricas?

 

Una cosa es la movilidad y otra los semovientes. De nada serviría electrificar enteramente el espasmódico embrollo actual, porque lo primero es garantizar la accesibilidad minimizando los desplazamientos. Ahora tenemos la cocina en un piso, los platos en otro y el comedor en la casa de enfrente. Una vez reunido todo ello en un apartamento sensato y confortable, podríamos proceder a cambiar las anticuadas e ineficientes (que no ineficaces) motorizaciones térmicas por otras eléctricas. Aunque pueden hacerse ambas cosas a la vez, claro. Pero sin confundir prioridades.

 

Algunos países como los nórdicos invierten en energías renovables e investigación de estas energías alternativas, mientras que otros países como España mantienen su inercia hacia las energías derivadas del carbono. Y esto pese a que variables como las elevadas horas de insolación de estas latitudes permitiría generar otro tipo de energía. ¿Cómo puede explicarse esto?

 

Por pereza, estupidez y mala fe. Es una combinación letal. La pereza es muy humana: propendemos a hacer lo que ya sabemos hacer, no lo que convendría que hiciéramos. La estupidez, también: la industria relojera suiza rechazó al principio los osciladores de cuarzo porque un reloj debía tener engranajes (en realidad, lo único que debe hacer es marcar correctamente la hora). Y la mala fe, compañera del egoísmo, está asociada al mantenimiento del statu quo de quienes explotan posiciones de ventaja en los mercados. Los países nórdicos ya viven en economías postindustriales que han arrinconado, al menos en parte, estos vicios tan castizos.

 

Organizarse es esencial

 

La arquitectura y el urbanismo tienen asimismo mucho que ver con la sostenibilidad. ¿Cómo sería la ciudad idealmente sostenible del siglo en que vivimos?

 

Igual que la actual, pero diferente. Igual, porque lo construido, que es mucho, construido está. Diferente, porque usaría la anatomía heredada para vehicular una fisiología distinta: una movilidad menos espasmódica; una regulación smart de los procesos urbanos (bien distinta a incrementar los problemas con gadgets innecesarios); una generalización de los principios de la eficiencia y de la suficiencia (más con menos y solo si hace falta); una apuesta decidida por los ciclos materiales cerrados (de agua, de materias primas); una redistribución equitativa de espacio de calidad para toda la ciudadanía, etc.

 

Puesto que las modificaciones hay que practicarlas y diseñarlas sobre ciudades reales, ¿qué medidas concretas habría que adoptar para avanzar en la sostenibilidad en ciudades como Barcelona?

 

Barcelona, a pesar de sus asignaturas pendientes, ha resuelto o está en vías de solventar algunos de los problemas apuntados. Solo una tercera parte de los desplazamientos se efectúa en vehículo privado, por ejemplo, y el transporte en común es de calidad (aunque algunos barceloneses poco viajados lo pongan en duda). La eficiencia energética es aún demasiado baja y casi no se aprovechan las aguas tratadas, si bien se consume el agua de forma bastante eficiente (95 litros por persona y día, frente a los 150 y más de muchas ciudades españolas). La corresponsabilidad ciudadana, que es alta, no lo es todavía lo bastante.

 

Y ¿qué debemos entender por una organización territorial racional cuando existen tantas formas de ciudades y municipios con necesidades distintas?

 

Ahora mismo, mi estudio (ERF) está trabajando en el Plan Metropolitano de Lima, una ciudad de 10 millones de habitantes que no depura sus aguas residuales y que tiene más de dos millones de personas viviendo en condiciones impensables en Europa, en puras chabolas sin agua corriente, alcantarillado, ni asfalto en la calle. Actuar simultáneamente en Lima y en Barcelona es un ejercicio tan cansado como aleccionador. Por eso no hablo por boca de ganso. La Lima metropolitana (2.815 km2) tiene 49 distritos municipales bajo una única autoridad metropolitana real; en el área metropolitana de Barcelona (633 km2) hay 36 municipios enteramente independientes, aunque la mitad de sus 3,3 millones de habitantes vive en el de Barcelona (100 km2). El municipio de Madrid tiene 607 km2 y 3,2 millones de habitantes, o sea la misma extensión y los mismos habitantes que los 36 municipios barceloneses juntos. El mundo es anisótropo. No hay fórmulas sencillas que valgan para todas partes. Hay que enfrentarse con cada caso como algo singular y único, porque lo es.

 

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Estamos asistiendo a una involución en los derechos sociales y en el estado de bienestar. ¿Es compatible una ciudad sostenible con un urbanismo racional y adaptado a las necesidades de sus gentes con la injusticia social (incremento de la pobreza, de los desahucios, etc.)?

 

Ya quedó claro que la “sostenibilidad ambiental” es una entelequia. La sostenibilidad concierne a todos los aspectos de la actividad económica, social y ambiental. Basta con quitarle una rueda a un turismo para que el vehículo quede inutilizado. Sin equidad no hay sostenibilidad, de igual modo que no hay progreso socioeconómico si entra en quiebra la calidad del ambiente. No es una frase. La economía depende del entorno (aire respirable, agua, materiales…) y es la sociedad por entero quien crea la riqueza económica. Las plusvalías son entes de razón, si no se corresponden con valores añadidos, y meros escándalos morales, si no se redistribuyen equitativamente (no he dicho igualitariamente).

 

Una de las expresiones que aparecen en la prensa la de “eficiencia asintótica”. ¿A qué hace referencia exactamente?

 

No se logra la misma velocidad en cuarta que en primera, por más que se pise el acelerador. Los sistemas no responden linealmente a los estímulos. No vale la pena hacer grandes esfuerzos cuando el sistema no está en condiciones de dar buenos resultados. Eso es la eficiencia asintótica. Pero lo que la primera no da en velocidad, sí que lo da en potencia. Hay que ver cuándo una inversión no rentable a corto plazo permite llegar al largo plazo. Los mercados nunca lo detectan. De ahí que la eficiencia asintótica deba ser balanceada con la estrategia inteligente.

 

 

Catalunya, un estado viable y sostenible

 

En el marco de las aspiraciones independentistas actuales, ¿es de prever que una Catalunya independiente pueda gestionar su territorio y sus recursos con mayor eficacia y sostenibilidad?

 

La gran Alemania coexiste con la pequeña Dinamarca. Libia es cuarenta veces mayor que los Países Bajos. El tamaño no garantiza nada, lo importante son las capacidades. Catalunya es perfectamente viable como estado independiente, su PIB sería el noveno en la Europa de los 28. Que ese país perfectamente viable administre mejor o peor su territorio y sus recursos es algo que dependería de su sociedad.

 

Usted se ha posicionado a favor de la independencia de Catalunya, ¿por qué? ¿En qué mejoría una Catalunya independiente?

 

Cuando un matrimonio se rompe, lo mejor para ambos cónyuges es que cada cual rehaga su vida. Es así aunque uno de ellos lo niegue o ni siquiera admita que el otro lo desea. Con los integrantes de un estado ocurre lo propio. Millones de catalanes han llegado a esta conclusión (conclusión, no apriorismo). Argumentarlo requeriría otra entrevista, por lo menos. Me limitaré a hacer notar que Catalunya es un país ya incipientemente postindustrial, en tanto que España, aunque en buena medida industrializada, lamentablemente no es aún sociológica y políticamente un país plenamente industrial (grandes corporaciones en manos de las familias de siempre, poderosas sagas funcionariales que encima acceden a la política como trampolín de los consejos de administración, obispos que pretenden legislar, escaso peso de las pymes, etc.). En términos sostenibilistas, ello conlleva estrategias funcionales muy distintas. ¿Cómo gestionar una sociedad postindustrial identificada con el futuro con un aparato de estado y una estructura de la propiedad preindustriales y permanentemente pendientes del privilegio?

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