La Ciudad Condal se ha convertido en un horno urbano durante esta ola de calor que azota España desde principios de mes. Con temperaturas diurnas superando los 34 grados Celsius y noches tórridas que no bajan de los 28 grados, la metrópolis catalana enfrenta uno de los episodios térmicos más intensos de los últimos años. Pero mientras muchos residentes se refugian en hogares con aire acondicionado o escapan a playas cercanas, un grupo particularmente vulnerable –las personas sin hogar– soporta el embate del calor en las calles, donde cada día se convierte en una batalla por la supervivencia. Según datos del Ayuntamiento, entre 50 y 70 individuos han solicitado ayuda municipal este verano, un número que podría ser solo la punta del iceberg en una ciudad donde se estima que más de 1.200 personas viven en la intemperie.
Esta ola de calor, que la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha prolongado en sus avisos especiales hasta al menos el fin de semana, no es un fenómeno aislado. España registra en estos primeros 20 días de agosto las temperaturas más altas desde que hay registros, con picos que han causado muertes por golpes de calor en todo el país, incluyendo un joven de 21 años y una mujer de 61 en situaciones laborales expuestas. En Barcelona, el impacto se agrava por el efecto isla de calor urbano: el asfalto y los edificios absorben y retienen el calor, elevando las temperaturas locales hasta 5 grados más que en áreas rurales. Para las personas sin techo, esto significa deshidratación, agotamiento, problemas cardiovasculares y un deterioro acelerado de la salud mental. «El calor no solo quema la piel, quema el alma», cuenta Javier, un hombre de 45 años que duerme en los alrededores de la Rambla desde hace tres años. «Durante el día, buscas sombra como un animal, y por la noche, el sudor no te deja descansar. Es como vivir en un infierno constante».
La vida en las calles: Una rutina alterada por el fuego del verano
Las personas sin hogar en Barcelona, un colectivo heterogéneo que incluye desde inmigrantes recientes hasta locales caídos en desgracia por la crisis económica, han visto su rutina diaria trastocada por esta ola de calor. Normalmente, las calles del centro –como el Raval, el Gótico o la Barceloneta– sirven de hogar improvisado, con cartones y mantas como único refugio. Pero con el sol abrasador, muchos se ven obligados a migrar constantemente en busca de alivio. Fuentes públicas, como las más de 1.800 diseminadas por la ciudad, se convierten en oasis vitales para hidratarse y refrescarse, aunque el acceso a duchas es limitado y a menudo insuficiente.
Organizaciones como Arrels Fundació, que atiende a cientos de personas sin hogar anualmente, han reportado un aumento en los problemas de salud relacionados con el calor. En un espacio abierto en el Raval, con ventilación, sombra y puntos de hidratación, voluntarios como Manel Lamadrid observan cómo el calor agrava condiciones preexistentes. «La ola de calor golpea con fuerza a las personas sin hogar», explica un informe de RTVE, destacando cómo el estrés térmico afecta la salud física y mental, con dificultades para acceder a servicios básicos como duchas públicas. Una voluntaria de Arrels declara: «Vemos más casos de desmayos y ansiedad. El calor hace que la gente se aísle aún más, porque moverse es agotador. Ofrecemos agua y sombra, pero no es suficiente para todos».
Testimonios recogidos en las calles pintan un panorama desolador. María, una mujer de 52 años originaria de Andalucía que perdió su hogar durante la pandemia, relata su día a día: «Me despierto empapada en sudor a las 6 de la mañana. Camino hasta una fuente para beber, pero el agua sale tibia. Durante el día, me escondo en parques o bajo puentes, pero los mosquitos y el calor no dan tregua. Por la noche, es peor: el asfalto irradia calor como una plancha». Similarmente, un informe de El Periódico describe cómo Barcelona se transforma en «un horno a cielo abierto», con residentes –incluyendo vulnerables– confinados o adaptando horarios para evitar las horas pico. Para los sin techo, esta adaptación implica riesgos mayores: exposición prolongada al sol puede llevar a golpes de calor, que ya han cobrado vidas en España este mes.
La vulnerabilidad es especialmente alta entre subgrupos: mujeres mayores de 75 años viviendo solas –aunque no necesariamente sin hogar– enfrentan un riesgo de mortalidad 50% mayor cuando las temperaturas superan los 34 grados, según estudios locales. Entre los sin techo, los ancianos y aquellos con enfermedades crónicas son los más afectados.
Medidas de las administraciones: Un plan activado, pero con limitaciones
El Ayuntamiento de Barcelona ha activado un protocolo preventivo vigente desde el 15 de junio hasta el 15 de septiembre. Este plan incluye fases de alerta y emergencia, que se han escalado en agosto debido a las previsiones de AEMET. El 14 de agosto, se activó la alerta diurna por calor intenso y la emergencia nocturna por noches tórridas, con temperaturas que no permiten el descanso adecuado.
El Centro de Urgencias y Emergencias Sociales de Barcelona (CUESB), coordinado con Protección Civil y la Cruz Roja, despliega equipos en las calles para localizar a personas en riesgo. Estos operativos informan sobre refugios climáticos, distribuyen materiales preventivos como gorras, abanicos, cantimploras y agua, y evalúan casos individuales. Si se detecta un riesgo inminente, se alerta al 061 o 112, y se acompaña a la persona a un centro climatizado. Merche Cuesta, directora territorial del CUESB, afirma: «Entre 50 y 70 personas han accedido a recibir ayuda municipal este verano, entre las que se encuentran personas sin hogar». Además, se envían SMS a usuarios de servicios sociales vulnerables, recordando precauciones como evitar el sol entre las 12:00 y las 17:00, hidratarse y limitar actividades físicas.
A nivel nacional, el Plan Nacional de Actuaciones Preventivas por exceso de temperaturas, del Ministerio de Sanidad, establece alertas y mecanismos para reducir la mortalidad, aunque su implementación es local. En Cataluña, la Generalitat colabora con municipios para reforzar la atención primaria, pero críticos señalan que las medidas son reactivas más que preventivas.
Sin embargo, no todo es perfecto. Expertos como Adrià Rodríguez, del Institut de Recerca Urbana de Barcelona, critican la visión «naif» del plan: «Creer que solo con hacer un mapa con lugares con más confort térmico hará que la gente vaya a pasar la tarde es tener una visión naif. Barcelona no está preparada para el calor; tenemos una ciudad entregada al transporte privado y con gran cobertura de asfalto que absorbe calor». Miquel Vallmitjana, de Ecologistas en Acción, añade: «Nos estamos encaminando a superar temperaturas máximas durante todo el día y eso puede ser mortal, no es suficiente con un lugar con sombra». Estas declaraciones subrayan la necesidad de medidas estructurales, como aumentar la vegetación urbana y reducir emisiones.
Dónde se refugian: La red de refugios climáticos, un salvavidas imperfecto
Barcelona presume de la red de refugios climáticos más extensa de España, con 400 espacios distribuidos en todos los distritos: 128 equipamientos de proximidad (centros cívicos y de barrio), 55 piscinas, 50 bibliotecas, 47 parques, 19 mercados y otros como iglesias y museos. Estos refugios, diseñados para mantener temperaturas entre 26 y 27 grados, son accesibles en un radio de 10 minutos para la mayoría de residentes y están abiertos todo el año, aunque con horarios ampliados en verano. La mayoría son gratuitos, excepto piscinas y algunos espacios culturales.
Para los sin hogar, estos refugios ofrecen un respiro temporal. Bibliotecas y centros cívicos permiten pasar horas en ambientes frescos, mientras parques con sombra y fuentes proporcionan alivio al aire libre. El Área Metropolitana de Barcelona (AMB) añade 244 refugios adicionales en parques y bibliotecas metropolitanas. Organizaciones como Arrels Fundació han abierto espacios específicos, como el del Raval, con ventilación e hidratación para combatir riesgos de salud.
A pesar de esto, hay críticas: muchos refugios cierran fines de semana o mediodía, no todos tienen aire acondicionado, y algunos requieren pago, excluyendo a los más vulnerables. Un vecino anónimo citado en informes dice: «En casa no se puede estar», reflejando la dependencia de estos espacios para quienes carecen de hogar. Greenpeace, en su informe de 2025, urge soluciones basadas en la naturaleza, como más árboles, para hacer las ciudades habitables.
Hacia un futuro más resiliente
Esta ola de calor de agosto de 2025 no solo expone las vulnerabilidades de las personas sin hogar en Barcelona, sino que subraya la urgencia de adaptar las ciudades al cambio climático. Mientras el Ayuntamiento y ONGs trabajan en paliar el impacto inmediato, expertos llaman a inversiones a largo plazo: más verde urbano, vivienda asequible y políticas inclusivas. Javier, el sin techo de la Rambla, resume el sentir: «Necesitamos más que agua y gorras; necesitamos un techo que nos proteja del sol y de la indiferencia». En una ciudad que se enorgullece de su solidaridad, esta crisis térmica es un recordatorio de que el calor no discrimina, pero la sociedad sí puede elegir cómo responder.
