El miércoles 28 de enero de 2026 pasará a la historia energética de España como un día de tensión inesperada en el sistema eléctrico nacional. En las primeras horas de la mañana, Red Eléctrica de España (REE) se vio obligada a activar el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD) —un mecanismo excepcional de emergencia— para evitar un desajuste grave entre generación y consumo. La medida implicó recortes temporales de consumo industrial durante alrededor de dos horas, interrumpiendo la actividad de sectores productivos para asegurar el suministro al resto del país.
Este suceso pone de manifiesto, una vez más, la compleja transición energética que vive España. No se trata únicamente de cifras en un gráfico o discursos políticos sobre electrificación y «energía verde»: cuando el equilibrio del sistema eléctrico se tensa, la fortaleza o fragilidad de las distintas fuentes de generación se hace patente en segundos.
¿Qué ocurrió exactamente? La mañana en que el viento dejó al sistema al límite
El principal detonante técnico de la situación fue una caída significativa de la producción eólica, la principal fuente renovable del sistema español en muchos periodos del año. Según el análisis técnico, la eólica produjo alrededor de 7.500 MW cuando se esperaba una generación superior a los 11.000 MW. La razón no fue la falta de viento, sino más bien lo contrario: un viento excesivo activó los sistemas automáticos de protección de los aerogeneradores, que se detienen para evitar daños mecánicos.
Paralelamente, un temporal redujo la capacidad de importación de energía desde Portugal, pasando de unos 2.300 MW previstos a aproximadamente 800 MW en el momento crítico, según datos oficiales de la red. Esta doble combinación —menos producción eólica ajustada y menos ayuda exterior— creó un déficit de generación que tuvo que ser compensado.
En condiciones normales, los sistemas de gestión del suministro aseguran que el sistema eléctrico siempre mantenga un equilibrio entre generación y demanda, pero cuando múltiples factores adversos coinciden, es necesario recurrir a mecanismos extraordinarios como el SRAD.
¿Por qué no bastó el gas? El papel de los ciclos combinados
Ante el déficit de potencia, el sistema respondió como puede: quemando gas. Las centrales de ciclo combinado, que pueden arrancar relativamente rápido respecto a tecnologías más lentas, aumentaron su producción de cerca de 3.000 MW a casi 9.000 MW entre las 06:00 y las 09:00 de la mañana.
Este hecho resulta paradójico si se considera la narrativa dominante en muchos discursos públicos: el gas ha sido señalado repetidamente como fuente energéticamente «sucia» o indeseable en la transición ecológica. Sin embargo, cuando las condiciones se complican —como hoy—, el gas actúa como una tecnología de apoyo clave para estabilizar la red a corto plazo.
Aun así, incluso con el esfuerzo de los ciclos de gas, el sistema no pudo recuperar el equilibrio sin recurrir a la reducción de demanda industrial, lo que hizo evidente que el margen de maniobra era limitado.
El salvavidas silencioso: la energía nuclear
En medio de toda la discusión técnica, hay un elemento del sistema energético que rara vez aparece con luz, pero cuya presencia fue decisiva: la energía nuclear.
En España, las centrales nucleares son una fuente firme y predecible de energía eléctrica. Según informes del sector, las plantas nucleares aportaron cerca de 20 % de la producción eléctrica neta en 2024 y constituyen una de las fuentes libres de emisiones más estables del sistema.
A diferencia de las renovables variables —como la eólica o la solar— cuya producción depende de las condiciones climatológicas, la nuclear produce energía 24 h al día durante la mayoría del año. Además, los reactores nucleares proporcionan inercia rotacional al sistema eléctrico (debido a sus grandes generadores síncronos), lo que contribuye a estabilizar la frecuencia y tensión de la red, un aspecto crucial en momentos de desequilibrio.
Esta estabilidad física es algo que, por ahora, las renovables no pueden proporcionar por sí solas sin apoyos tecnológicos adicionales (como baterías de gran escala o mecanismos de almacenamiento energético), que todavía no están desplegados de forma masiva en España.
Variable vs. firme: el reto estructural del mix eléctrico
La situación vivida este miércoles pone de manifiesto una tensión inherente en el modelo energético español: la coexistencia de energías variables y energías firmes.
- Energías variables: Incluyen eólica y solar, que dependen de las condiciones del viento y del sol respectivamente. España ha hecho grandes avances: las renovables han llegado a superar el 50 % de la producción eléctrica en algunos periodos recientes, con la eólica consolidándose como la principal fuente de generación en muchos meses.
- Energías firmes: Incluyen la nuclear, centrales hidráulicas de reserva y térmicas como los ciclos combinados. Estas fuentes pueden programarse con mayor certidumbre y responder ante picos de demanda o caídas de generación variable.
En el caso concreto de España, datos recientes sitúan a las renovables en torno a un 56 % del mix, mientras que la nuclear sigue aportando cerca de 20 % de la producción total.
Este equilibrio es delicado: si bien las renovables son esenciales para reducir emisiones y avanzar en descarbonización, también presentan la desventaja de la intermitencia. El viento no siempre sopla, y el sol no siempre brilla al mismo ritmo. Mientras tanto, tecnologías como la nuclear ofrecen consistencia y previsibilidad, elementos vitales para evitar desequilibrios bruscos como el de hoy.
¿Qué hubiera pasado sin nucleares? Una pregunta incómoda
Si España hubiera reducido significativamente o incluso cerrado su capacidad nuclear, como algunos planes políticos han planteado en diferentes momentos, la situación de este miércoles habría sido más complicada. La ausencia de potencia firme habría reducido el margen de actuación del sistema y habría obligado a recurrir aún más a soluciones como:
- Mayores importaciones energéticas externas (aún más afectadas por el temporal).
- Incrementos de ciclo combinado y gas para cubrir déficit.
- Interruptiones más amplias de consumo.
En definitiva, más incertidumbre, mayor coste para consumidores y empresas, y mayores emisiones de gases de efecto invernadero.
Este cálculo no es sólo teórico: en otros sistemas eléctricos con menor presencia de nucleares y reservas robustas, los momentos de alta penetración renovable han mostrado desafíos de estabilidad y gestión que requieren inversiones adicionales en redes, almacenamiento y flexibilidad.
Lecciones del pasado: el apagón de 2025
No hace mucho, en abril de 2025, España vivió un apagón generalizado que afectó a millones de personas. Aquella interrupción —que dejó sin suministro a amplias zonas de la península ibérica— fue un revulsivo para la opinión pública y para las autoridades. A pesar de que muchos lectores asociaron aquel apagón directamente con las energías renovables, informes técnicos y análisis detallados indicaron que el apagón no fue causado por las renovables, sino por fallos en la planificación y operación del sistema convencional.
Incluso en ese episodio, la presencia de centrales nucleares con su alta disponibilidad y robustez técnica fue un factor que evitó una escalada aún mayor del colapso. Aunque algunos reactores se desconectaron automáticamente por razones de seguridad, la red contaba con ellas como parte de su colchón de potencia firme.
¿Hacia dónde va España? ¿Descarbonización o seguridad energética?
España y Europa comparten el objetivo de reducir las emisiones y avanzar hacia un sistema energético cada vez más sostenible. Sin embargo, la experiencia reciente muestra que la transición ecológica no puede basarse sólo en voluntad política o en porcentajes de energía renovable en el mix.
Los sistemas eléctricos requieren resiliencia, capacidad de respuesta instantánea, y un equilibrio entre fuentes variables y fuentes estables para garantizar seguridad de suministro. Esto implica no sólo promover renovables, sino también:
- Mantener y optimizar la operación de fuentes firmes, como la nuclear, cuando son seguras y técnicamente viables.
- Desarrollar almacenamiento energético de gran escala, para mitigar la intermitencia de las renovables.
- Fortalecer interconexiones internacionales y redes inteligentes, que pueden aportar flexibilidad operativa.
- Reforzar incentivos para que la industria y la gestión de la demanda contribuyan a la estabilidad del sistema, sin recurrir a interrupciones traumáticas como el SRAD.
La activación del SRAD en enero de 2026 debe verse como una alerta estructural más que como un incidente aislado. Es un testimonio de que la transición energética no es sólo una cuestión de porcentajes o metas ambientales, sino de ingeniería compleja, planificación estratégica y equilibrio entre tecnologías diversas.
Hoy, más que nunca, la energía nuclear se presenta no como un vestigio del pasado, sino como un elemento esencial del sistema energético español, aportando estabilidad, firmeza y seguridad cuando las fuentes variables —por sí solas— no bastan.
La transición energética debe seguir avanzando, pero con los pies en la tierra: el sol y el viento son imprescindibles para la descarbonización, pero la continuidad del suministro eléctrico requiere más que esperanza; exige realismo técnico y decisiones políticas informadas.
