Con La librería quemada, Candaya 2014, Sergio Galarza (Perú 1976) culmina su trilogía laboral sobre la ciudad de Madrid. A diferencia de las dos obras anteriores: Paseador de perros y JFK, en este caso el escenario es La Gran Librería: un lugar cargado de sarcasmo e ironía, donde se desgrana el panorama laboral de una manera cruda y dolorosa y el tiempo se reparte entre un público extraviado y un grupo de libreros agotados de tantas situaciones penosas que todos los días se ven obligados a enfrentar. La entrevista a este autor que trabaja como librero en una librería del centro de Madrid tiene lugar un día jueves, entonces se me ocurre preguntarle algo como consecuencia de esta primera frase con la que arranca el libro: “El viernes es el peor día de la semana”.

Entrevista a Sergio Galarza sobre La librería quemada

El narrador de tu libro entonces estará temblando… Mañana es viernes.

Desde hace un par de años no hay más despidos, porque es imposible echar a más gente. Lo que tampoco hay son contratos a tiempo completo, de cuarenta horas. Los contratos de veinte o catorce horas son más rentables, teniendo en cuenta la reforma laboral que ha sucedido en España. Las empresas saben que hay mucha gente desesperada por trabajar y se aprovechan de ello. Saben además que serán trabajadores sumisos. Estoy convencido de que la crisis fue creada por los ricos para ser más ricos.

Para escribir La librería quemada te has valido también de tu trabajo,  en este caso de librero, que compartes con tu trabajo de escritor…

Sólo puedo escribir desde dentro. No veo posible escribir una novela histórica, por ejemplo.

¿Cuándo te diste cuenta que podía resultar interesante proyectar tu experiencia?

Cuando las ventas de autoayuda empezaron a dispararse y algunos compañeros me confesaron que habían creído que la librería sería sólo un lugar de paso hacia un trabajo mejor.

Es interesante que a pesar de estar contando una problemática que te afecta directamente lo veas desde un ángulo sarcástico, y que a la vez obliga a la reflexión.

Si no pudiera reírme de mi propio trabajo estaría muerto. Intento que sea el sarcasmo el que haga reflexionar al lector, que se pregunte por qué se ríe si ese personaje aplastado por la realidad podría ser él.

El protagonista de la novela intuye de antemano de qué pie cojea todo el  que entra a la librería, por qué puerta accede o aquello que pregunta….

La experiencia hace al librero. Yo tengo un juego que consiste en adivinar la materia por la que me preguntarán los clientes. Apenas me equivoco. Llevo casi siete años en la misma librería; o sea estoy empezando el máster, así que sé de lo que hablo.

¿Haces un poco labor de psicólogo o me equivoco?

Antes sí que la hacía, pero si dejas que todos los clientes te cuenten su vida acabas muy agotado. Además los psicólogos cobran por escuchar, yo no.

¿Entrar como cliente quemado a una librería quemada es arder?

A mí me sorprenden los clientes quemados. Yo siempre he disfrutado visitando librerías. Me llama la atención la mala onda de algunos, sobre todo la de los padres que van a comprar los libros de texto para su hijos.

Si entra a mirar sus libros un escritor quemado debe ser aterrador… ¿O acaso es un momento perfecto para la sátira?

Más que aterrador es penoso. Hace unas semanas vino una escritora argentina muy valorada a comprar un libro catalogado como autoayuda, una de esas chifladuras cuánticas que están de moda. Me quedé pensando cómo alguien que lee ese tipo de cosas puede estar traducido a más de diez idiomas.

Y a los ladrones ya los controlan claro…

Por cada uno que cae aparecen diez más, son una plaga. Lo que me jode es que un ladrón me pida que le busque el libro que va a llevarse.

¿Y en general qué cosa te cabrea más de la gente?

La falta de educación, que no saluden, que te toquen, que te traten como si fueras su esclavo. La gente tiende a creer que la persona que te da un servicio en una gran superficie pertenece a una escala social más baja que la propia y piensan que eso les otorga la razón en todo. He tenido clientes que me han obligado a escribir el título de un libro como ellos creían que se escribía. Claro, si estaban equivocados el buscador nunca iba a poder encontrarlos, pero ellos insistían y se enfadaban si yo los corregía. Los clientes y los jefes esperan que uno sonría todo el rato, sin importar tus conocimientos sobre Derecho Canónico o Coaching. Y yo como librero sólo quiero que respeten mi trabajo.

¿Y qué quema más a alguien que trabaja en una librería?

Las preguntas obvias, eso quema mucho. Parte de mi jornada la paso en un punto de información que está señalizado como tal. Los clientes me preguntan unas cincuenta veces al día si pueden pagar allí. Les digo que para pagar pueden dirigirse a la caja que tienen unos metros más adelante. Un cincuenta por ciento se acerca a mirar el ordenador que tengo para buscar los libros, lo miran y hay alguno que sigue creyendo que se trata de una caja. Varios se enfadan. ¿Por qué lo hacen?, no tengo ni puta idea.

¿Es distorsionada entonces la idea que a veces se hacen las personas de este tipo de trabajo?

Por supuesto. En una gran librería lo que más abunda es la ignorancia, por la gran oferta que hay y la imposibilidad de conocer todas las materias.

Ahora que el escritor ya no es alguien mediático, ¿qué espacios quedan para los escritores? o, pese a los pronósticos, están condenados a la extinción…

Yo creo que los escritores siguen siendo mediáticos. El mercado exige ahora que atiendan más a sus lectores por medio de la tecnología a mano, es casi una imposición.

¿Siempre han sido así las librerías, como La librería quemada?

Desde que empecé a publicar en Perú sólo he visto librerías cerrando.

Aunque la novela refleja el lado cotidiano de todo lo que gira alrededor de una librería, es al mismo tiempo una metáfora de lo que es la vida en general dentro del sistema depredador que tenemos…

En la vida hay factores que no podemos controlar, es lo que llamamos suerte, una de las bases del discurso de la autoayuda. Pero si sabes hacerte un mapa del panorama y aprendes a esquivar las trampas del sistema, puede ser que vivas tranquilo.

Un mundo de solitarios…

Según el sistema productivo que tenemos ahora en España los trabajadores con sueldos bajos están casi impedidos de tener hijos, sólo las clases más altas podrían reproducirse, lo cual es ilógico, pues si las clases altas lo que  quieren es alguien que les sirva y a quien explotar, en un futuro se verán obligados a explotarse entre ellos porque no existirá la clase trabajadora.

En el tiempo que lleva la publicación de tu libro, (con el que cierras una trilogía sobre Madrid), ¿qué comentarios te han hecho tus compañeros de trabajo sobre la manera de tratar la realidad que te rodea?

Para algunos ha sido un retrato certero, otros creen que soy cruel.

¿Se han visto identificados algunos?

Sí, y justo, son los que más han disfrutado el libro.

Últimamente, vemos que se cierran muchas librerías en España ¿Qué piensas que deberían potenciar los dueños de pequeñas librerías? O acaso solo les resta la resignación.

Ser librero es un oficio anacrónico. Ahora tenemos incluso páginas web de recomendación de libros. Pero yo soy de los antiguos, de los que se fiará más de su librero. Así que hay que morir en esa ley.

¿Cuál es tu librería ideal?

Una donde los escritores vendan sus bibliotecas.

Al final de cuentas, una librería es un negocio donde los libros son objetos y hay que venderlos…

Siempre ha sido un negocio. Lo que hay que preguntarse es por qué los objetos que se venden son de peor calidad que hace unas décadas.

Aunque en el libro cuentas una serie de situaciones tanto de clientes como de quienes trabajan en La Gran Librería, cuéntame algún encontrón o tema que no  esté en el libro pero que se encuentre al nivel de lo que los lectores se pueden encontrar en La librería quemada.

Me llama la atención la gente que quiere volver a estudiar o que ya ha vuelto a estudiar. Hay un porcentaje alto, y esto es muy peligroso, que no saben qué libros necesitan para su carrera. Yo me pregunto cómo pueden ser admitidos en una universidad. El otro día una pareja joven estaban viendo libros sobre discapacidades en general. El diálogo fue éste:

-Aquí tienen asperger, mira, tú.

-¿Y eso qué es?

-No sé, pero me parece interesante.

-Te podrías especializar en eso, entonces.

En parte te habrás sentido liberado luego de escribir esta novela.

Más que liberado siento que he cumplido con desmitificar mi trabajo.

Cómo imaginas el hospital quemado, la centralita de teléfonos quemada, el bar quemado…

No los veo muy distintos a mi trabajo, creo que deben de existir situaciones muy similares entre los compañeros, por ejemplo, siempre hay uno que se  escaquea y nunca faltan los pesados, el sabelotodo, el que tiene problemas mentales. Hay personajes comunes en todos los gremios. Eso sí, yo creo que si alguien trabaja en el sector servicios y lee la novela se sentirá reivindicado de alguna manera.

¿España es un país quemado o acaso recién está empezando a arder?

España necesita que la hagan cenizas para empezar de cero otra vez.

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