La cultura que se sostiene sobre la precariedad

La nueva huelga en el Reina Sofía obliga a mirar más allá de las exposiciones y preguntarse qué clase de institución cultural estamos construyendo.

Hay algo profundamente incómodo en contemplar una gran institución cultural mientras cruje por dentro. El Museo Reina Sofía, uno de los grandes símbolos de la modernidad artística europea y custodio de algunas de las obras más decisivas del siglo XX, vuelve a situarse en el centro de una huelga laboral que, más allá de la coyuntura, reabre una pregunta vieja y persistente: ¿sobre qué tipo de trabajo se sostiene hoy la cultura?

La noticia, en apariencia, es concreta. Plantillas subcontratadas de Atención al Público y Mediación Cultural han iniciado una huelga indefinida para protestar contra una nueva reestructuración de servicios externalizados que, según denuncian, implicará reducción de personal y un deterioro de las condiciones laborales. Pero, como ocurre casi siempre con los conflictos culturales, lo relevante no es únicamente el hecho puntual, sino aquello que revela. Y lo que revela es incómodo: que incluso en las instituciones dedicadas a custodiar el pensamiento crítico, la precariedad sigue funcionando como una estructura invisible.

Existe una paradoja persistente en el ecosistema artístico contemporáneo. Los museos se han convertido en espacios de producción simbólica donde se debaten las grandes tensiones de nuestro tiempo: desigualdad, colonialismo, feminismo, memoria histórica, ecología política. Son lugares donde se teoriza sobre la emancipación y la justicia social. Pero muchas veces esos mismos discursos conviven con dinámicas laborales que reproducen exactamente aquello que critican.

El Reina Sofía no es una excepción; es, quizá, un espejo amplificado. En sus salas se exhibe el trauma histórico de Europa, la fractura política del siglo pasado y las heridas abiertas del presente. Pero fuera del marco de las obras, en la logística cotidiana del museo, emerge otra narrativa menos visible: la de quienes hacen posible que el museo exista y que, sin embargo, permanecen en un margen administrativo.

La externalización ha sido durante décadas la fórmula predilecta de la gestión pública para reducir costes y flexibilizar estructuras. En teoría, permite eficiencia; en la práctica, muchas veces genera capas de desigualdad dentro de una misma institución. Hay trabajadores de primera y trabajadores de segunda. Unos forman parte del cuerpo estable; otros orbitan en empresas concesionarias, sujetos a convenios más débiles, menor protección y una incertidumbre permanente.

Lo inquietante no es solo la precariedad en sí, sino su normalización. Que en el corazón de un museo nacional haya profesionales cuya continuidad dependa de licitaciones, reajustes presupuestarios o cambios de adjudicataria nos habla de una concepción utilitaria de la cultura: se invierte en prestigio, en programación, en expansión internacional, pero se racionaliza hasta el límite aquello que sostiene la experiencia humana del visitante.

Porque conviene recordarlo: un museo no es solo su colección. Un museo es también quien recibe al visitante, quien media entre la obra y la mirada, quien traduce el contexto, quien hace accesible el conocimiento. Se olvida con frecuencia que la mediación es, en realidad, uno de los gestos más democráticos de una institución artística. Sin mediación, la cultura corre el riesgo de convertirse en un ritual elitista.

Lo que está en juego en esta huelga, por tanto, no es simplemente un conflicto laboral interno. Es una disputa sobre el modelo mismo de institución pública. Si aceptamos que la cultura es un bien común, entonces sus condiciones de producción también deberían responder a esa lógica común. No basta con que el arte sea público; también debería serlo la dignidad de quienes lo sostienen.

Hay un detalle especialmente revelador en todo esto: el Reina Sofía ha hecho de la crítica institucional una de sus señas de identidad intelectual. Sus programas, seminarios y exposiciones han reflexionado largamente sobre las formas de explotación en el capitalismo global, sobre los cuerpos precarizados y sobre la mercantilización de la vida. Esa coherencia teórica es valiosa. Pero precisamente por eso la fractura entre discurso y práctica resulta aún más evidente.

No se trata de exigir pureza moral a las instituciones —eso sería ingenuo—, sino de pedir consistencia política. Porque cuando un museo habla de justicia social mientras externaliza la vulnerabilidad, el discurso pierde fuerza. Y cuando esa contradicción se repite, acaba erosionando la credibilidad de todo el sistema cultural.

En el fondo, esta huelga también pone sobre la mesa otra cuestión más amplia: la romantización del trabajo cultural. Durante años se ha asumido que trabajar en cultura compensa salarios bajos, horarios inciertos y escasas garantías. Como si el privilegio simbólico de estar cerca del arte bastara para justificar la inestabilidad. Es una lógica peligrosa, porque convierte la vocación en herramienta de explotación.

Lo vemos en museos, en editoriales, en teatros, en festivales. La pasión funciona muchas veces como sustituto de derechos. Y esa sustitución ha sido aceptada durante demasiado tiempo con una mezcla de resignación y prestigio aspiracional.

Pero algo parece estar cambiando. Las nuevas generaciones de trabajadores culturales están menos dispuestas a asumir esa herencia. Reclaman estabilidad, reconocimiento y condiciones dignas no como concesión, sino como parte inseparable del valor cultural que producen. Esa transformación es importante porque desplaza el foco: ya no se trata solo de defender la cultura frente a los recortes, sino de defender a quienes la hacen posible.

En una sociedad donde el consumo cultural se ha convertido en un marcador de sofisticación y ciudadanía, sorprende lo poco que se habla de la infraestructura humana que lo sostiene. Celebramos exposiciones récord, cifras de visitantes, grandes retrospectivas y aniversarios institucionales, pero rara vez miramos hacia abajo, hacia esa red de trabajadores invisibles que hacen funcionar la maquinaria.

Tal vez esa invisibilidad sea precisamente el problema.

Las huelgas, en ese sentido, tienen algo de gesto revelador. Interrumpen la normalidad y obligan a mirar aquello que el sistema preferiría mantener en silencio. Hacen visible el trabajo. Y cuando eso ocurre en una institución como el Reina Sofía, el efecto simbólico es aún más potente.

Porque un museo no es solo un lugar donde se conserva memoria; también es un lugar donde se fabrica presente.

Y el presente que hoy se fabrica ahí es incómodo: uno donde la cultura sigue siendo vulnerable a las mismas lógicas de precarización que denuncia desde sus salas. Quizá la verdadera obra política de una institución cultural no consista únicamente en lo que exhibe, sino en cómo organiza la vida de quienes la habitan.

Si el arte contemporáneo lleva décadas preguntándose cómo imaginar otros mundos posibles, tal vez haya llegado el momento de empezar por dentro.

No en los catálogos. No en los manifiestos. En las nóminas.

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