En el corazón del Raval barcelonés, donde el bullicio de las Ramblas se difumina en calles empedradas cargadas de historia, se erige un monumento que parece desafiar la gravedad y el tiempo. Es la Plaça del Canonge Colom, un rincón discreto frente al icónico Teatre Romea, donde una escultura abstracta de bronce captura la esencia efímera del teatro. Creada por el escultor catalán Eudald Serra i Güell en 1988, esta obra rinde homenaje a Margarida Xirgu, la legendaria actriz catalana cuya vida se entrelazó con el genio de Federico García Lorca. No es una figura realista, sino un remolino de formas que evoca el movimiento de un telón o el vuelo de una tela al viento, simbolizando la pasión escénica de Xirgu. Sobre un pedestal de mármol verde, grabadas en letras eternas, resuenan las palabras de Lorca: «La gran Margarita Xirgu, actriz de inmaculada historia artística. Lumbrera del teatro español y admirable creadora». Esta inscripción no es solo un elogio; es un puente entre el arte dramático y la escultura contemporánea, un testimonio de cómo el exilio y la memoria se funden en el paisaje urbano de Barcelona.

Inaugurada el 16 de diciembre de 1988, la escultura conmemora dos hitos: el centenario del nacimiento de Xirgu (1888-1969) y los 125 años del Teatre Romea, escenario donde la actriz estrenó algunas de sus interpretaciones más memorables. Con dimensiones de 224 x 73 x 45 centímetros, la pieza de bronce se eleva sobre una peana modesta, invitando al transeúnte a reflexionar sobre la fugacidad del arte performativo transformado en materia perdurable. Serra, un pionero de la vanguardia escultórica catalana de posguerra, optó por la abstracción para capturar no el rostro de Xirgu, sino su espíritu: un torbellino que sugiere el dinamismo de una actriz en escena, el eco de sus pasos en las tablas y la tragedia de su exilio. En un barrio como el Raval, repleto de contrastes entre lo antiguo y lo moderno, esta obra se convierte en un «respiro» entre el ajetreo turístico, un recordatorio sutil de las figuras que moldearon la identidad cultural catalana.

Para entender la profundidad de este monumento, hay que sumergirse en la vida de Margarida Xirgu, una mujer que trascendió las fronteras del teatro español. Nacida el 18 de junio de 1888 en Molins de Rei, un humilde pueblo cerca de Barcelona, Xirgu creció en un entorno obrero donde el teatro era un lujo lejano. Sin embargo, su talento innato la llevó a debutar a los 12 años en el Teatre Romea con la obra Mar i Cel de Àngel Guimerà. Rápidamente, se convirtió en una estrella del modernismo catalán, interpretando roles que fusionaban tradición y vanguardia. Su carrera despegó en Barcelona, donde se asoció con el movimiento novecentista, pero fue su colaboración con Federico García Lorca lo que la elevó a la inmortalidad artística.

Xirgu y Lorca se conocieron en los años 20, y su amistad se forjó en el fuego de la innovación teatral. Ella estrenó varias de sus obras maestras, como Mariana Pineda (1927), Bodas de Sangre (1933) y Yerma (1934), esta última en el propio Romea. Lorca la consideraba su musa ideal, capaz de infundir vida a sus personajes trágicos con una intensidad que reflejaba las tensiones sociales de la España republicana. «Margarita era la voz de mi poesía», escribió Lorca en cartas privadas, aunque el elogio grabado en la escultura proviene de un tributo más formal que el poeta le dedicó. Su relación no era solo profesional; era un lazo de complicidad intelectual y política. Ambos compartían ideales republicanos y un compromiso con el arte como herramienta de transformación social. Xirgu, conocida como «Margarita la Roja» por sus simpatías izquierdistas, utilizó el teatro para denunciar injusticias, lo que la convirtió en un icono de la resistencia cultural.

La guerra civil española (1936-1939) truncó esta era dorada. Lorca fue asesinado en 1936 por falangistas en Granada, un crimen que conmocionó al mundo cultural. Xirgu, que estaba de gira en América Latina, optó por el exilio voluntario para evitar la represión franquista. Se instaló en Uruguay, donde continuó su carrera como directora y actriz, fundando compañías teatrales y promoviendo el repertorio lorquiano en el Nuevo Mundo. Murió en Montevideo el 25 de abril de 1969, sin regresar a España, pronunciando en sus últimos días: «Los griegos tenían razón: el exilio era el más terrible de los castigos». Su legado perdura en instituciones como el Institut Margarida Xirgu en L’Hospitalet de Llobregat y en producciones contemporáneas, como la ópera *Ainadamar* de Osvaldo Golijov, que explora su relación con Lorca.

El encargado de eternizar esta historia en bronce fue Eudald Serra i Güell, un artista cuya trayectoria refleja la resiliencia del arte catalán bajo la dictadura. Nacido en Barcelona en 1911 en una familia humilde de los Pirineos, Serra se formó en la Escola de la Llotja y en Bellas Artes, convirtiéndose en discípulo de Ángel Ferrant. En 1935, participó en la exposición del grupo ADLAN (Amics de l’Art Nou), un evento escandaloso que introdujo el surrealismo en Cataluña. Influenciado por Hans Arp y Julio González, su estilo evolucionó hacia la abstracción orgánica, con formas curvas y vacíos que sugieren vida interna.

Un capítulo pivotal en su vida fue su estancia en Japón de 1935 a 1948, huyendo de la guerra civil. Allí se impregnó del movimiento mingei, que valora la artesanía popular, y colaboró con ceramistas como Josep Llorens i Artigas. A su regreso, Serra se consolidó como etnógrafo y museógrafo, contribuyendo al Museu Etnològic de Barcelona con esculturas antropológicas y recolectando arte no europeo para la Fundació Folch. Sus obras públicas, como Evocación del Trabajo (1961) en Montjuïc o Forma y Espacio (1966) en el Parc de la Vall d’Hebron, exploran temas abstractos con un toque oriental, priorizando la estructura orgánica sobre la figuración.

En la escultura dedicada a Xirgu, Serra aplica esta filosofía: la forma abstracta evoca remotamente una figura humana, un «tejido al viento» que simboliza el movimiento escénico y la ausencia del exilio. No es un retrato literal, sino una metáfora poética, alineada con la vanguardia posguerra que rechazaba el realismo franquista en favor de la introspección. Críticos como Ricard Bru destacan cómo Serra fusiona influencias surrealistas y japonesas para crear un diálogo entre materia y vacío, reflejando la tragedia personal de Xirgu.

La Plaça del Canonge Colom, nombrada en honor a un canónigo del siglo XIX, se transforma con esta obra en un espacio de memoria teatral. Vecina al monumento a Iscle Soler, otro actor catalán, la plaza forma un dúo de homenajes que enaltecen el legado escénico del Raval. En un contexto actual, donde Barcelona lidia con el turismo masivo y la gentrificación, esta escultura recuerda la importancia de preservar la identidad cultural. Visitantes y locales coinciden en reseñas: «Es un oasis abstracto en el caos urbano», dice un turista en plataformas como Tripadvisor.

Más allá de su valor estético, la obra de Serra invita a reflexionar sobre el exilio cultural. Xirgu, como muchos intelectuales republicanos, exportó el espíritu lorquiano a América, influyendo en generaciones de artistas. Hoy, en una España reconciliada con su pasado, este monumento simboliza la resiliencia: un velo de bronce que no oculta, sino que revela, las capas de historia, arte y emoción. En palabras de Lorca, Xirgu fue una «lumbrera»; Serra, con su abstracción, asegura que esa luz siga iluminando la Plaça del Canonge Colom.

Comparte: