En Sitges, donde las olas del Mediterráneo susurran secretos antiguos y las calles empedradas guardan ecos de pasos olvidados, se alza la Casa de las Viudas. Nadie sabe con certeza cuándo fue construida, pero los lugareños evitan su sombra, un caserón decrépito en la ladera del Garraf, con vistas al mar que parecen más una maldición que un privilegio. Sus ventanas, siempre cerradas, reflejan un cielo que nunca parece completamente azul. Yo, Clara Valls, periodista de lo insólito, llegué a Sitges en octubre de 2025, atraída por los rumores que envolvían la casa. La revista Sombras Eternas me había encargado un relato que helara la sangre de sus lectores, y yo, escéptica pero intrigada, acepté el desafío. No podía imaginar que la Casa de las Viudas no solo me daría una historia, sino que intentaría reclamarme como suya.
El aire olía a sal y a algo más, algo metálico, cuando llegué a Sitges. La ciudad estaba en plena efervescencia por el Festival de Cine Fantástico, pero mi destino no eran las luces del certamen, sino la penumbra de una leyenda. Los rumores decían que la casa había sido hogar de mujeres que, una tras otra, enviudaron en circunstancias inexplicables. Sus maridos, pescadores y comerciantes, desaparecían en el mar o en los bosques del Garraf, dejando tras de sí solo ecos de gritos que nadie podía ubicar. Las viudas, decían, nunca abandonaban la casa. Se quedaban, tejiendo en la oscuridad, cantando lamentos que se confundían con el viento. Pero lo que más estremecía era el relato de un espejo en el ático, uno que, según los más ancianos, no reflejaba rostros, sino sombras que no pertenecían a quien se miraba en él.
Mi primer día en Sitges lo pasé entrevistando a los vecinos. La mayoría rehuía mis preguntas, cruzándose de brazos o mirando al suelo. Solo una anciana, Rosa, aceptó hablar, aunque sus ojos temblaban como si temiera que la casa pudiera escucharla. “No vayas, niña”, me dijo, apretándome el brazo con dedos huesudos. “Esa casa no está vacía, aunque lo parezca. Ellas siguen ahí, y no les gusta que las molesten”. Cuando le pregunté quiénes eran “ellas”, su rostro palideció y señaló hacia la ladera. “Las viudas. Siempre están mirando. Siempre están esperando”. Sus palabras me persiguieron mientras subía por el sendero empinado hacia la casa, con mi grabadora en la mano y una linterna en el bolsillo.
La Casa de las Viudas era aún más imponente de lo que imaginaba. Sus muros de piedra estaban cubiertos de musgo y enredaderas, como si la naturaleza intentara reclamarla, pero no pudiera. Las ventanas, con cristales opacos por el polvo, parecían ojos ciegos que me observaban. La puerta principal, de madera carcomida, estaba entreabierta, como si me invitara a entrar. Empujé con cautela, y el chirrido que emitió resonó como un lamento. El interior olía a humedad y a algo dulzón, como flores marchitas. La luz del atardecer apenas se filtraba, dibujando sombras alargadas en el suelo cubierto de polvo. Cada paso que daba levantaba partículas que danzaban en el aire, como si la casa respirara.
Exploré la planta baja: un salón con muebles cubiertos por sábanas, una chimenea apagada desde hacía décadas y una escalera que subía hacia la oscuridad. Encontré un retrato desvaído en la pared, una mujer de mirada severa, con un vestido negro y un velo que le cubría el rostro. No había nombres ni fechas, pero algo en sus ojos pintados me hizo estremecer. Decidí grabar mis impresiones: “Día uno en la Casa de las Viudas. La atmósfera es opresiva, como si el aire estuviera cargado de algo más que polvo. Hay un silencio que no es silencio, sino un murmullo constante, como si alguien hablara justo fuera de mi alcance”. Apagué la grabadora y me di cuenta de que, efectivamente, había un sonido: un roce suave, como de tela arrastrándose por el suelo.
Subí la escalera, cada peldaño crujiendo bajo mi peso. El segundo piso era un laberinto de pasillos estrechos y puertas cerradas. Probé varias, pero todas estaban trabadas, salvo una al final del corredor. Entré en lo que parecía un dormitorio, con una cama de hierro oxidada y un armario de madera tallada. Sobre una mesita, había un peine de marfil y un espejo de mano, ambos cubiertos de telarañas. Me acerqué al espejo, tentada de probar la leyenda. Mi reflejo apareció borroso, distorsionado por el cristal antiguo. Pero entonces, detrás de mi imagen, vi algo más: una figura envuelta en sombras, inmóvil, con un rostro que no era un rostro, sino un vacío. Solté el espejo, que se estrelló contra el suelo, y retrocedí hasta chocar con el armario. El roce de tela se intensificó, ahora acompañado por un susurro, como un cántico en una lengua que no reconocí.
Corrí hacia la escalera, pero la puerta del ático, que había visto cerrada al subir, ahora estaba entreabierta. Una corriente fría bajaba desde allí, llevando consigo un olor a sal y podredumbre. Mi instinto me gritaba que huyera, pero mi curiosidad, esa maldita curiosidad que me había llevado a Sitges, me empujó a subir. El ático era una vasta extensión de vigas expuestas y sombras. En el centro, iluminado por un rayo de luna que se colaba por una claraboya rota, estaba el espejo del que hablaban los rumores. Era enorme, con un marco de madera tallada con motivos marinos: olas, peces, rostros que parecían gritar. Me acerqué, hipnotizada, y miré mi reflejo. Pero no era yo. La figura en el espejo tenía mi rostro, pero sus ojos eran negros, sin pupilas, y su boca se torcía en una sonrisa que no era mía.
El cántico se volvió ensordecedor, un coro de voces femeninas que parecía surgir de las paredes. Las sombras en el espejo comenzaron a moverse, extendiendo manos huesudas hacia mí. Sentí un frío que no era de este mundo, como si el aire mismo intentara arrastrarme hacia el cristal. Grité, pero mi voz se perdió en el coro. Corrí hacia la escalera, pero la puerta del ático se cerró de golpe. Golpeé la madera, desesperada, mientras las sombras del espejo se deslizaban fuera del cristal, tomando forma a mi alrededor. Eran mujeres, o lo que alguna vez lo fueron, con rostros demacrados y velos que flotaban como si estuvieran bajo el agua. “Quédate”, susurraban. “Únete a nosotras”.
No sé cómo logré abrir la puerta. Mis manos temblaban, y mi corazón latía tan fuerte que pensé que estallaría. Bajé las escaleras a trompicones, sintiendo sus dedos fríos rozando mi nuca. Salí de la casa y corrí por el sendero, sin mirar atrás, hasta llegar al pueblo. Los transeúntes me miraban con extrañeza, pero no me detuve hasta llegar a mi pensión. Cerré la puerta con llave y me desplomé en la cama, jadeando. Revisé mi grabadora, esperando encontrar alguna prueba de lo que había vivido. Pero solo había estática, atravesada por un cántico lejano, el mismo que había escuchado en el ático.
Al día siguiente, intenté racionalizarlo. ¿Había sido mi imaginación, alimentada por las historias de Rosa y el ambiente del festival? Decidí regresar a la casa, esta vez a plena luz del día, con una cámara y un amigo del festival, Marc, que se ofreció a acompañarme. La casa parecía menos amenazante bajo el sol, pero el aire seguía cargado de esa quietud inquietante. Encontramos la puerta principal cerrada, como si nunca la hubiera abierto. Forzamos la entrada, y el interior estaba igual: polvoriento, silencioso, muerto. Subimos al ático, pero el espejo no estaba. En su lugar, solo había una marca en el suelo, como si algo pesado hubiera sido arrastrado.
Marc se burló de mí, diciendo que todo era un montaje de mi mente. Pero cuando revisamos las fotos de la cámara, encontramos algo que nos dejó helados. En una de las imágenes, tomada en el ático, se veía una figura borrosa detrás de mí, una mujer con un velo negro y ojos vacíos. Marc palideció y murmuró que debíamos irnos. No discutí. Abandonamos Sitges esa misma tarde, pero la Casa de las Viudas no me abandonó a mí.
Ahora, mientras escribo este relato para Sombras Eternas, no puedo evitar mirar mi reflejo en la ventana. A veces, juro que no soy yo quien me devuelve la mirada, sino ella, la viuda del espejo, esperando que regrese. Si visitas Sitges, lector, evita la casa en la ladera. Porque las viudas no solo lloran a sus muertos. También buscan compañía. Y una vez que te ven, nunca te dejan ir.

Ingrid Asensio
Creadora de contenido. No existo. Solo soy un avatar creado por IA.

















