EL ROCK QUE NO FUE ALGO HUELE MAL EN MAINSTREAMLANDIA

altEl rock and roll, que nació al arrullo del Misisipí hace sesenta años, era la excitante amalgama del folk, el blues, el swing y el jazz, entre otras expresiones de la música popular estadounidense. El rock, derivado de aquél, se replicó por el mundo y absorbió en su matriz

 

 

Rogelio Villarreal

El rock and roll, que nació al arrullo del Misisipí hace sesenta años, era la excitante amalgama del folk, el blues, el swing y el jazz, entre otras expresiones de la música popular estadounidense. El rock, derivado de aquél, se replicó por el mundo y absorbió en su matriz un sinnúmero de influencias de otros géneros; a su vez, produjo vertientes y fusiones tan distintas entre como el progresivo, el glam, el funk, el heavy metal, el punk y el indie, por nombrar unas pocas. Más allá del universo anglosajón, empezó a popularizarse en decenas de idiomas con versiones locales de los éxitos originales en inglés seguidas por composiciones vernáculas de una música que, en sociedades autoritarias, invitaba a los jóvenes a manifestar abiertamente su inconformidad y su sexualidad —sin perder de vista que el rock nació en el seno de una industria prometedora y de voracidad insaciable.

 

altEn México se hicieron los primeros covers de los hits estadounidenses e ingleses —“El relojito”, 1958, de Gloria Ríos, traducía a “Rock Around the Clock”, 1954), así como las primeras parodias de Los Beatles y otros grupos a cargo de comediantes como Tin Tán y Los Xochimilcas. Desde entonces la tropezada historia del rock mexicano es una larga parodia del rock anglosajón, con cada uno de sus estereotipos (sin que esto le reste mérito a quienes lo merecen y sin desdeñar los intentos por crear música seria en este género).

 

El rocanrol fue bien recibido en un país que escuchaba boleros y bailaba mambo y chachachá, principalmente, lo mismo que en el Caribe y la América hispana. En Cuba fue prohibido, aunque en los setenta hubo grupos de rock tolerados por la dictadura, y en esa misma década fue hostigado por las derechas de la región —de la “dictablanda” del PRI a las dictaduras militares sudamericanas—. No solamente la derecha reaccionaba contra el rock. El joven Carlos Monsiváis también abominaba de la muchedumbre postpubescente que colmó Avándaro el 11 de septiembre de 1971. En una carta desde Londres para el humorista Abel Quezada el escritor se quejaba de la represión de los estudiantes a manos de los Halcones el 10 de junio: “Y me volví a aterrar con las fotos del pseudo ‘Woodstock’. 150 mil gentes, las mismas que no protestaron por el 10 de junio, enloquecidas porque se sentían gringos. El horror… Creo que la ‘Nación de Avándaro’ es el mayor triunfo de los mass media norteamericanos. Es uno de los grandes momentos del colonialismo mental en el Tercer Mundo”.

 

En Avándaro tocaron grupos que se tomaban el rock en serio, como Los Dug Dugs, El Epílogo, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Bandido, Tinta Blanca y Three Souls in My Mind. Cuando Peace and Love tocaba “I Like Mariguana” entre mentadas de madre al sistema la transmisión en vivo de Radio Juventud fue suspendida por la Secretaría de Gobernación, y por esa razón el dueño de la estación fue encarcelado y multado. Ahí el rock mexicano torció el rumbo de su historia. Es difícil imaginar qué habría pasado si el autoritario paternalismo del Estado no hubiera marginado el rock, confinado desde entonces a los cafés cantantes y a los hoyos fonquis, aunque puede suponerse que el desarrollo natural de un género que ya ofrecía una variedad de propuestas habría de resultar en una amplia gama de vertientes, como sucedía al norte de la frontera, donde las contribuciones de chicanos y mexicanos como Ritchie Valens, Question Mark and The Mysterians, Fito de la Parra, Santana y Los Lobos se integraban al corpus roquero tan pronto aparecían.

 

Unos pocos grupos siguieron tocando rock —como Paco Gruexxo en la Ciudad de México, Toncho Pilatos en Guadalajara y el tijuanense Javier Bátiz, también en la capital—, pero no surgió nada relevante entre los setenta y mediados de los ochenta, con la excepción de conciertos esporádicos de visitantes como The Doors, Chicago, Christie, Santana, Police y no muchos más. Three Souls cambiaba su nombre a El Tri y se transformaba en una caricatura esclerosada. El país se fue liberalizando y la veda parecía llegar a su fin. En los ochenta aparecieron grupos influenciados por bandas extranjeras de punk, new wave, hip hop y ska, aunque recurrían a géneros regionales para crear fusiones de corte paródico o festivo. Uno de los primeros fue Botellita de Jerez (1983), cuya principal inspiración fueron Los Tepetatles, grupo formado en 1965 por Alfonso Arau, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis y unos músicos para montar la sátira cabaretera “Triunfo y aplastamiento del mundo moderno con gran riesgo de Arau y mucho ruido” en el centro nocturno El Quid, de la colonia Roma. El show no gustó y los asistentes abandonaron el bar, aunque Los Tepetatles grabaron el disco Arau a Go-Go, con canciones como “Teotihuacán a go-gó” y “Tlalocmán”, retomada años después por Botellita en su primer disco.* Después aparecieron conjuntos como Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Café Tacuba, Caifanes y Fobia, entre los de mayor éxito. Para legitimarse como mexicanos, como si tal cosa fuera necesaria, acudieron a referencias cinematográficas, como Tin Tán —aunque el look de Saúl Hernández era idéntico al de Robert Smith—, a consignas chauvinistas y a símbolos como la bandera nacional, que músicos y público ondeaban en todos los conciertos.

 

En España y en Argentina había grupos dedicados más al trabajo serio de composición que a la alharaca nacionalista. Patricio Rey en el sur y Radio Futura en la península ibérica son sólo dos muestras del admirable trabajo letrístico-musical que distinguía a legiones de grupos, algo que en México sólo consiguieron en ciertos momentos roqueros como Rockdrigo González, Jaime López** y Gerardo Enciso. Aunque éstos no formaban parte de la campaña “Rock en tu idioma”, lanzada entre 1986 y 1990 por la compañía BMG Ariola para promover a grupos que brotaban en esos países. A diferencia de los españoles y argentinos, los grupos mexicanos manejaban torpemente el idioma y la música era un sonsonete que se repetía de pieza en pieza. A un concurso de bandas de ska en el Foro Alicia se inscribieron más de trescientas que tocaban exactamente lo mismo, y por el lado del “dark” muchos grupos se esmeraban en suceder a Caifanes, cuyas letras eran crípticos mensajes chamánicos de superación personal. La canción “Metamorféame” (sic) de esta banda comienza con estos versos: “Se está cambiando la forma humana/ Bajo las piedras hay otras piedras/ Sobre la espuma flota lo viejo/ Escupe el rostro/ Que no responde”. En el programa de Verónica Castro “Mala noche no” —1988— el cantante de Maldita Vecindad, Roco, declaró que “Lo más contestatario, lo más subversivo, es la risa y el amor”, una declaración de principios que refrenda en el infocomercial de Televisa Hecho en México [Duncan Bridgeman, 2012].

 

A tres décadas el rock mexicano no ha experimentado evolución alguna. Algunos pioneros subsisten y hay otros nuevos que no han significado ninguna ruptura, transgresión o innovación en términos artísticos o sociales, jamás el pánico moral o la censura que provocaron los Sex Pistols, por ejemplo —lo de Molotov fue un chiste comparado con éstos—, ni siquiera cuando se han pronunciado sucesivamente a favor del neozapatismo, de las causas indígenas, del obradorismo o de un anarquismo de pacotilla. No existe en el rock nacional la menor tensión entre el arte y el mercado. Las nuevas divas cantan como niñas afectadas: “Hoy desperté con ganas de besarte/ ¿Qué voy a hacer? Acariciarte/ Enredarme a ti y no soltarte/ Eres tan embriagante/ Eres tú huu”, gime Carla Morrison y así por el estilo las dulces trovadoras del neoconservadurismo amoroso, y los grupos de reciente cuño sufren penosas regresiones formales. Para ninguno de ellos existen Imogen Heap o Radio Head ni letras como “Like a Rolling Stone” o “Common People”.

 

Es ahora cuando las excepciones marginales de los ochenta y noventa adquieren mayor relevancia: lo experimental, lo electrónico, lo progresivo, lo sarcástico; Toncho Pilatos, Size, MCC, Oxomoxoma, El Personal, Casino Shanghai, Nona Delichas. ¿Vale decir que, como en tantas otras cosas, el público mexicano tiene el rock que se merece?

 

* “Lo que hacían Arau y Monsiváis en los 60”, El Universal, 8 de julio de 2009.

** Salvo la pifia de la letra para la canción del Bicentenario.

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