Durante más de una década, el independentismo catalán vivió instalado en una narrativa que funcionaba como religión civil: la promesa de una república inminente, el liderazgo compartido de partidos y entidades, y una movilización constante que convertía la política en épica. Aquella liturgia no solo estructuró el debate público; también fijó un equilibrio entre actores que, pese a sus diferencias ideológicas, compartían un marco mental común. Ese marco hoy está roto. Y no tanto por la represión, ni por la negociación, ni siquiera por la fatiga histórica, sino por la aparición de un actor que no participa del consenso moral del viejo movimiento: Aliança Catalana.

La formación liderada por Sílvia Orriols no ha creado la crisis del independentismo, pero ha acelerado su implosión simbólica. Lo que antes era un ecosistema de competencia ordenada —entre institucionalistas, unilateralistas y anticapitalistas— se ha convertido en un espacio fragmentado donde el eje ya no es únicamente la independencia, sino la identidad, la inmigración, el orden social y el desencanto. El resultado es una mutación profunda del campo político catalán: el paso del procés como horizonte moral al independentismo como mercado electoral.

La erosión venía de antes. Tras la pandemia, la movilización social cayó en picado y las grandes organizaciones civiles perdieron su capacidad de arrastre masivo. La Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural dejaron de ser máquinas de entusiasmo colectivo. Lo que en otro tiempo llenaba avenidas pasó a convertirse en estructuras que ya no podían sostener la ficción de una inminencia histórica. La ciudadanía empezó a percibir que el relato había prometido más de lo que podía cumplir. Ese desencuentro emocional entre líderes y bases generó un vacío. Y todo vacío político, tarde o temprano, se llena.

Ahí entra Aliança Catalana. Su crecimiento no es únicamente ideológico, sino psicológico. Representa la ruptura con el lenguaje del sacrificio y la transversalidad que caracterizó al procés. Allí donde los partidos tradicionales ofrecían paciencia estratégica o negociación gradual, la nueva formación ofrece claridad identitaria y confrontación cultural. No promete una independencia inmediata, sino una redefinición del “nosotros”. Y eso conecta con un electorado cansado de promesas incumplidas.

Este fenómeno ha obligado al resto del independentismo a replantearse su posición. Junts per Catalunya, históricamente el espacio más cercano a la retórica unilateralista, se encuentra atrapado entre dos riesgos: perder votantes hacia la nueva derecha independentista o normalizar su discurso hasta el punto de romper el cordón sanitario que definía la política catalana reciente. Esquerra Republicana de Catalunya, por su parte, intenta preservar una vía pragmática que hoy resulta menos movilizadora. Y la Candidatura d’Unitat Popular vive tensiones internas ante la tentación de adoptar parte del lenguaje identitario que ha demostrado ser electoralmente eficaz.

Lo decisivo es que la competencia ya no se articula únicamente en torno a estrategias para lograr la independencia, sino en torno a la definición del sujeto político catalán. El eje ha mutado: de la autodeterminación al orden cultural. Este desplazamiento es el verdadero terremoto.

Durante años, el independentismo logró mantener una ambigüedad productiva. Era, al mismo tiempo, progresista y conservador, europeísta y rupturista, social y liberal. Esa ambivalencia permitía sumar sensibilidades diversas bajo un mismo horizonte. Pero también implicaba silenciar conflictos latentes, especialmente en torno a la inmigración y la cohesión social. Aliança Catalana rompe ese silencio. Introduce un discurso que, hasta ahora, se consideraba incompatible con el imaginario cívico del soberanismo.

Esto genera una reacción en cadena. Los partidos tradicionales se ven obligados a posicionarse en terrenos que preferían evitar. Y al hacerlo, desestabilizan su propio equilibrio interno. La pregunta ya no es solo cómo avanzar hacia la independencia, sino qué tipo de sociedad se quiere construir mientras tanto.

La consecuencia más profunda es el colapso del “statu quo procesista”. Ese statu quo no era solo una correlación de fuerzas, sino una gramática política: un conjunto de consensos implícitos sobre lo que podía decirse y lo que debía callarse. La irrupción de Aliança Catalana convierte lo indecible en tema central. Y cuando lo indecible entra en la agenda, todo el sistema debe reconfigurarse.

Este fenómeno no ocurre en el vacío. Coincide con un descenso del apoyo social a la independencia y con la emergencia de nuevas prioridades ciudadanas como la vivienda o la seguridad cultural. El independentismo deja de ser el eje único del malestar político. Se convierte en uno más entre varios. Y eso reduce su capacidad de estructurar el debate público.

Paradójicamente, el nuevo actor se nutre tanto del desencanto como de la memoria. Apela a la sensación de traición —la idea de que el procés fue mal gestionado— y a la necesidad de recuperar control sobre el destino colectivo. No propone volver al 2017, sino reinterpretarlo. En lugar de un momento épico frustrado, lo presenta como una advertencia: la independencia no fracasó por falta de voluntad popular, sino por debilidad estratégica de las élites.

Esta reinterpretación es poderosa porque desplaza la culpa. Ya no reside en el Estado ni en la correlación de fuerzas, sino en la incapacidad de los propios líderes independentistas. De este modo, el nuevo discurso no compite solo con el unionismo, sino con el relato fundacional del procés.

La política catalana entra así en una fase postheroica. El tiempo de las grandes movilizaciones ha sido sustituido por el de las pequeñas certezas identitarias. El de las promesas colectivas, por el de las seguridades particulares. Y en ese terreno, las formaciones que ofrecen claridad simbólica tienen ventaja sobre las que proponen complejidad estratégica.

Sin embargo, esta transformación no garantiza estabilidad. Al contrario, introduce un elemento de volatilidad que puede fragmentar aún más el espacio independentista. La posibilidad de pactos locales, la presión electoral y la redefinición del eje ideológico abren escenarios inéditos.

En última instancia, lo que está en juego no es solo la hegemonía dentro del independentismo, sino el significado mismo de la causa. ¿Es un proyecto de emancipación nacional basado en valores cívicos y pluralistas? ¿O un movimiento de afirmación identitaria frente a la globalización y el cambio demográfico?

La respuesta aún no está escrita. Pero lo que parece claro es que el tiempo del consenso emocional ha terminado. El independentismo ya no es un bloque, sino un campo de disputa. Y en ese campo, la aparición de Aliança Catalana actúa como catalizador de una verdad incómoda: la unidad era más frágil de lo que parecía.

Quizás el mayor efecto de esta nueva etapa no sea electoral, sino cultural. Obliga a revisar los mitos, a cuestionar las certezas y a aceptar que el ciclo abierto en 2012 ha llegado a su fin. El procés ya no es el marco que organiza la política catalana. Es su pasado.

Lo que viene después está todavía en construcción. Pero ya no será una repetición del viejo relato. Será otra cosa: más fragmentada, más incierta y, probablemente, más conflictiva. Porque cuando un movimiento deja de hablar solo de su objetivo final y empieza a discutir su identidad, la política deja de ser un camino y se convierte en una batalla por el sentido.

Y en esa batalla, nadie tiene garantizada la victoria.

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