Democracia, populismo y política

La “fatiga democrática” es un fenómeno poco conocido que ya lo padecen numerosas sociedades occidentales. Los análisis sobre este término establecen cuatro diagnósticos: la culpa es de los políticos, de la democracia, de la democracia representativa y la culpa es de la democracia representativa electoral. Es la reflexión que el filósofo David van Reybrouck hace en su último libro, Contra las elecciones: cómo salvar la democracia.

Los políticos son unos arribistas, unos parásitos; que viven de espaldas a la realidad; no conocen qué necesita el ciudadano; podrían hacer las cosas mucho mejor. Estas son expresiones usadas a diario por los populistas. Según su diagnóstico, la crisis de la democracia es una crisis de las personas que se dedican a la política. Los actuales gobernantes constituyen una élite democrática, una casta ajena a las necesidades del pueblo. No extraña que la democracia atraviese un periodo oscuro.

Este discurso se puede oír en boca de líderes como Silvio Berlusconi, Geert Wilders y Marine Le Pen, Beppe Grillo en Italia y Norbert Hofer en Austria, y también partidos, como Movimiento para una Hungría Mejor (Jobbik), Partido de los Finlandeses y Amanecer Dorado en Grecia. En el mundo anglosajón hemos asistido al ascenso de Nigel Farage y de Donald Trump. Para ellos, el remedio para el síndrome de fatiga democrática es: una mejor representación más popular, obtenida con el aumento del número de votos para el partido populista propio. Los líderes de esta filosofía política se erigen en portavoces directos del pueblo y de los más débiles, como la personificación del sentido común. Dicen estar muy cerca del hombre y de la mujer de la calle. El político populista es “uno con el pueblo”, según su retórica.

Esto no se sostiene por ningún lado. No hay un «pueblo» único, monolítico (todas las sociedades están formadas por varios grupos); el sentimiento popular no existe como tal y el sentido común es lo más ideológico que hay. De hecho, el “sentido común” es una ideología que se niega a colgarse esa etiqueta, un zoológico convencido de que es naturaleza virgen. La existencia de alguien capaz de fundirse de forma orgánica con la masa, de impregnarse de sus valores y de conocer todos sus anhelos se acerca más a la mística que a la política. Es simple marketing.

Los populistas son empresas políticas que buscan la máxima cuota de mercado. Si llegan al poder, no está claro cómo se podrán poner de acuerdo con quienes no piensan como ellos; a fin de cuentas, la democracia es el poder de la mayoría con un respeto por la minoría. Cuando no es así, se degrada y pasa a convertirse en la célebre «dictadura de la mayoría», y entonces la situación no hace sino empeorar.

Como solución para salvar la democracia enferma, el populismo no es una vía prometedora. Pero esto no significa que el diagnóstico que ofrece no contenga elementos valiosos. Sin duda, la actual representación popular tiene un problema de legitimidad. La cifra de personas altamente cualificadas entre nuestros parlamentarios es tan elevada que se habla de una «democracia de diplomados». Pero existe un problema de captación de personas dispuestas a participar en política. En otros tiempos, como constata el sociólogo J.A.A. van Doorn, los representantes del pueblo se elegían «porque significaban algo en la sociedad»; en cambio hoy nos encontramos, también entre los populistas, con «profesionales de la política, a menudo jóvenes con más ambición que experiencia, que deben significar algo puesto que han sido elegidos». También resulta discutible la tendencia a considerar el cargo de miembro del Parlamento como una carrera interesante, como un valioso avance profesional, y no como un servicio temporal que se dedica a la comunidad. Incluso llega a transmitirse de padres a hijos. En Flandes se dan auténticas «dinastías democráticas»: actualmente ya están en activo las segundas generaciones de las familias De Croo, De Gucht, De Clercq, Van den Bossche y Tobback. La reputación familiar prepara el camino hacia el Parlamento «mientras otros con apellido distinto ni siquiera han llegado al Ayuntamiento», me comentó un antiguo político de primera línea.

Desdeñar el populismo como una forma de la anti política me parece una actitud deshonesta. En su mejor expresión, es un intento de hacer frente a la crisis de la democracia transformando la legitimidad de la representación. Los populistas pretenden combatir el síndrome de la fatiga democrática con una intervención sencilla y rotunda: por transfusión, y lo más completa posible. Basta con meter savia nueva en el Parlamento y el resto vendrá por sí mismo. Quienes se oponen a esta idea se preguntan si de este modo aumenta la eficiencia. ¿Realmente cambiando los actores se logra una mejor política? Para ellos el problema no radica en las personas que intervienen en la democracia, sino en la democracia misma.

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