Cuando una palabra cambia de dueño

Hay una forma discreta de ejercer el poder: decidir de qué se puede hablar. No hace falta prohibir un libro, cerrar un periódico o encarcelar a un escritor. Basta con establecer qué asuntos merecen atención, qué experiencias son privadas y cuáles pueden convertirse en un problema público. Durante mucho tiempo, buena parte de la vida de las mujeres perteneció a esa zona silenciosa. Gloria Steinem dedicó buena parte de su existencia a mover sus fronteras.

Su trayectoria puede leerse como un capítulo de la historia del feminismo, pero quizá resulte más interesante entenderla como una historia sobre algo todavía más elemental: quién tiene derecho a poner nombre a la realidad. La cuestión parece lingüística, casi menor. No lo es. Lo que no tiene nombre difícilmente puede discutirse; lo que no puede discutirse difícilmente puede cambiar.

Antes de Steinem hubo otras mujeres que comprendieron esa relación entre palabra y poder. Christine de Pizan escribió La ciudad de las damas en 1405 para responder a una tradición intelectual que presentaba a las mujeres como inferiores por naturaleza. Mary Wollstonecraft volvió sobre el problema en 1792. Más tarde llegarían Seneca Falls, el sufragismo, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir. No formaban una línea recta ni pertenecían a una misma época política o cultural. Pero entre ellas existe una conversación que atraviesa los siglos: ¿por qué aquello que se presenta como natural suele coincidir tan convenientemente con aquello que beneficia a quienes ya tienen el poder?

Steinem pertenece a una generación que convirtió esa pregunta en intervención pública. Y ahí aparece una diferencia importante. No se limitó a producir ideas sobre la condición femenina: trabajó para que esas ideas ocuparan espacio en la conversación social.

En 1972 fundó Ms., cuando muchas publicaciones dirigidas a mujeres seguían confinándolas al territorio de la belleza, el hogar, el consumo y las relaciones personales. Crear una revista podía parecer una iniciativa editorial. En realidad implicaba disputar algo más profundo: la definición de aquello que una mujer podía considerar intelectualmente suyo. El matrimonio, la contracepción, la sexualidad, el aborto o la discriminación dejaban de ser asuntos que debían resolverse en privado para convertirse en cuestiones sobre las que era legítimo opinar, escribir, investigar y legislar.

Ese desplazamiento es una de las grandes operaciones políticas de la modernidad: convertir una experiencia particular en un asunto colectivo.

Hay una frase atribuida a Steinem que resume bien esa intuición: «las palabras son importantes porque tienen el poder de excluir». La frase merece detenerse en ella porque solemos pensar en el lenguaje como una herramienta para describir cosas que ya existen. Pero el lenguaje también determina qué cosas llegan a existir socialmente. Nombrar una injusticia no la crea, naturalmente; la vuelve visible, discutible y, en determinadas circunstancias, políticamente abordable.

Durante siglos, muchas formas de desigualdad pudieron sobrevivir precisamente porque aparecían disfrazadas de costumbre. La división sexual del trabajo era tradición. La dependencia económica era normalidad. La falta de autonomía reproductiva pertenecía al ámbito de la moral privada. La violencia o la discriminación podían ser consideradas desgracias individuales, incluso defectos personales, en lugar de fenómenos con causas sociales.

Cambiar las palabras no basta para cambiar esa realidad. Pero sin cambiar las palabras resulta mucho más difícil cambiarla.

Ahí reside quizá el aspecto más actual del legado de Steinem. Vivimos rodeados de una inflación de palabras y, paradójicamente, eso no significa que entendamos mejor lo que ocurre. Las redes sociales han democratizado la posibilidad de hablar, pero democratizar la emisión no equivale a democratizar la atención. Todo el mundo puede publicar y, al mismo tiempo, millones de experiencias desaparecen cada día en un océano de mensajes.

La batalla contemporánea ya no consiste solamente en conseguir que determinados grupos tengan voz. Consiste también en lograr que esa voz no sea absorbida por el ruido.

Por eso resulta tentador reducir la figura de Steinem a una representante de la llamada segunda ola feminista, como si perteneciera a una vitrina histórica que pudiéramos visitar con cierta distancia. Pero hacerlo sería perder lo esencial. Su pregunta sigue abierta: ¿quién establece las categorías con las que interpretamos nuestra propia vida?

Una sociedad puede modificar sus leyes y conservar durante mucho tiempo las costumbres mentales que las hicieron necesarias. Puede aprobar derechos mientras mantiene viejos hábitos de percepción. Puede declarar que todos son iguales y seguir otorgando distinta credibilidad a unas voces que a otras. El cambio jurídico es indispensable, pero no siempre transforma por sí solo la imaginación social.

Steinem entendió algo que a menudo olvidan los reformadores: las leyes necesitan también un cambio en aquello que una sociedad considera pensable.

Por eso su activismo combinó periodismo, escritura, organización política y presencia pública. No parecía

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