Hubo un tiempo en el que hablar de Barcelona significaba hablar de alegría y frenesí. A orillas del Mediterráneo se erigía la urbe con más cabarets, salas de baile, clubes musicales y prostíbulos por metro cuadrado de la vieja Europa. Una ciudad viva, que palpitaba al son de trompetas y tambores entonando un charlestón o cualquier otra melodía de swing. La capital de la mandanga (así se llamaba a la cocaína, al opio o la morfina), donde toda clase de artistas y gente de mal vivir confluían con el mismo deseo de existir.

Y es que en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, en el Distrito V de Barcelona, lo que hoy se conoce como el Raval (por aquello de lo políticamente correcto), pero que entonces se reivindicaba como el Barrio Chino, se aglutinó una sociedad paralela que, paradójicamente, solo afloraba al caer el sol. Antros lujuriosos, hospederías decadentes y mucha música, drogas, alcohol y sexo libre convirtieron las estrechas y siniestras calles del barrio en una fiesta permanente.

Entre chinos y carteristas

El actual distrito de Ciutat Vella estaba entonces gobernado por carteristas, pero también por ciudadanos chinos que sobrevivían vendiendo baratijas y manualidades de forma ambulante. Estos últimos habían alcanzado Barcelona como polizones, huyendo del gigantesco campo de batalla en el que se había convertido el país asiático. Muchos otros compatriotas consiguieron penetrar en los puertos de Nueva York o Marsella, escarbando como hormigas pequeños guetos en el corazón de las metrópolis.

Por su parte, los carteristas llamaban chinar a robar una cartera. Para ello se valían de una navaja de afeitar a la que apodaban el chino. Quizás por todo esto, al periodista barcelonés, Paco Madrid, se le ocurrió definir por primera vez al Distrito V como el Barrio Chino en una de sus columnas para El Escándalo: «el distrito quinto, como Nueva York, como Buenos Aires, como Moscú, tiene su barrio chino», dijo.

Su nombre perduró durante décadas hasta que a alguien le pareció que podría tener connotaciones racistas o que el topónimo no era lo suficientemente chic para una ciudad tan cosmopolita. El resultado lo vemos ahora: uno de tantos arrabales destartalados por la especulación y la gentrificación, por donde se pierden ridículos travellers posmodernos, que no tienen otra cosa mejor que hacer que alimentar sus perfiles de Instagram a golpe de selfie.

Por eso, para quien escribe estas líneas es y seguirá siendo el Barrio Chino, el mismo donde nació el ya casi cruelmente olvidado Manuel Vázquez Montalbán, quien, curiosamente, se negó a cambiar el nombre de la judería por aquello tan simple de ser fiel a sus raíces. Pero, qué hacía singular al chinatown barcelonés. Veamos.

Personajes, sujetos e individuos

En el barrio más canalla de la Europa de entreguerras se citaba lo mejor de la peor calaña. Putas, maricones, marineros, estibadores, pistoleros, soldados, carteristas, señoritos, cocainómanos, bohemios, faranduleras, comediantes y hasta estrellas del celuloide… Una patulea indescriptible, amalgamada entre secreciones primarias, pasiones adulteradas y compasiones viscerales, que convirtió las noches del Chino en una experiencia vital difícilmente repetible y que a muchos nos hubiera gustado olfatear ni que fuese solo por un instante.

Hacer una lista de nombres propios sería injusto, pesado e innecesario, pero sí podemos citar a algunas celebridades que paseaban sus carnes por los antros del barrio. De entre los chaperos y carteristas es obligado reconocer la figura de genuino Jean Genet, el poeta y dramaturgo francés que plasmó sus vivencias por el Chino en su Diario de un ladrón. Dicen que Genet tenía un chulo serbio y manco, conocido como Stiliano, al que tenía que sufragar muchas de sus adicciones, vendiendo su cuerpo por cuatro reales. Amigo íntimo de Juan Goytisolo, Genet descansa hoy junto al escritor español en el cementerio marítimo de Larache, en Marruecos.

También había hijos de buena familia, como el abogado cocainómano apodado Flor de Otoño, un joven anarquista que se travestía para actuar en los locales del barrio. Al parecer, fue ejecutado durante la dictadura de Primo de Rivera tras haber participado en un atentado anarquista contra el cuartel de las Atarazanas de Barcelona. Su vida se mitificó, sirviendo de inspiración para José María Rodríguez Méndez en su novela Flor de Otoño, escrita en 1973 y que más tarde Pedro Olea llevaría a la gran pantalla con su película Un hombre llamado Flor de Otoño, protagonizada magistralmente por José Sacristán.

Otra de las celebridades que quedó impactado por las noches del Chino fue el actor estadounidense Douglas Fairbanks Jr, marido de la oscarizada Joan Crawford y compañero de reparto de la inigualable Katherine Hepburn. Fairbanks quedó estupefacto tras su paso por Barcelona: «No he visto una cosa parecida; ni en Saigón, ni en Shanghái, ni en Puerto Saíd, en ningún otro lugar», declaró.

Y es que el Barrio Chino se había convertido en una especie de purgatorio donde se encontraban desde aristócratas hasta rateros, pasando por burgueses adinerados, políticos, prostitutas y homosexuales. Incluso se llegó a celebrar el concurso de belleza Miss Barrio Chino, en el que solo participaban travestidos. En esa Barcelona underground todos eran iguales, no existían las clases y cualquiera podía convertirse en el rey del mambo durante unas horas.

Tanto es así que en la literatura de la época, de Josep Pla, Josep María de Sagarra o del propio Paco Madrid, se retrata al Barrio Chino como «una de las mayores atracciones para los turistas» que visitaban la capital catalana.

La Criolla, la puerta dorada del Barrio Chino

En los bajos de una fábrica textil devorada por las llamas, en el número 10 de la sórdida calle del Cid (hoy Joaquín Costa), abrió sus puertas en 1926, La Criolla, uno de los locales más lúgubres, transgresores y anárquicos que ha visto la ciudad Condal en toda su historia. Hablar de La Criolla es hablar de pecado, excesos e, incluso, crímenes.

La Criolla tenía orquesta propia que hacía las delicias de los bailongos barceloneses. Además, cuando los músicos descansaban, se encendía una de las primeras gramolas eléctricas con altavoces que se instalaron en Barcelona. Tango, jazz, swing, charlestón… La música no se detenía por nada ni por nadie.

Por la sala corría la mandanga chachi (cocaína de primera) a raudales, que entonces se colaba por el puerto y se repartía a 12 pesetas el gramo. La absenta era la bebida más barata y, por ende, la más consumida. La Criolla disponía también de 8 habitaciones privadas donde se podía practicar cualquier tipo de obscenidad por 30 céntimos. Casi todo estaba permitido si se hacía con cierta discreción… Las peleas eran frecuentes y no había noche en la que no apareciese la policía.

Imagen coloreada de la Calle del Cid, barrio Chino de Barcelona, años 30. Al fondo, el edificio industrial que albergaba La Criolla. [Institut d’Estudis Fotogràfics de Catalunya. IEFC]
En la misma calle del Cid se encontraba Cal Sagristà, otro de esos antros inclasificables que dio fama al barrio. Junto a él, las casas de dormir como Cal Jaume, donde se aglutinaban en una gran habitación decenas de personas que caían rendidos, entre juerga y juerga, en colchones de lana infestados de chinches. No podían faltar tampoco los prostíbulos como Madamme Petit (calle Arco del Teatro) o Cal Manquet, centros neurálgicos de la trata de blancas en el sur de Europa. En consecuencia, se reprodujeron las casas de gomas, donde aparte de dispensar profilácticos, un practicante te exploraba para ver qué venérea habías contraído. También era posible darse una agüilla en los bajos, por eso de ser más higiénicos.

Pero volviendo a La Criolla, al frente del local estaba Pepe, el de la Criolla, una figura relevante en la Barcelona del lumpen. A Pepe no se le escapaba nada, conocía todos los secretos de sus clientes y se sabe que era confidente de la policía catalana. Entonces, a mediados del 34, la Comisaría de Orden Público estaba bajo el mando del implacable Miquel Badia, cliente fijo del cabaret Excelsior y enemigo acérrimo del alcalde y posterior president Lluis Companys.

Una semana antes del golpe de estado fascista del 36, Pepe apareció tiroteado a las puertas del local. Del suceso existen varias versiones. Una remite a una especie de vendetta por parte del dueño de la Criolla, Antonio Sacristà, quien quiso vengarse de Pepe por haber querido iniciar su camino como empresario nocturno, abriendo el Barcelona de Noche, también en el Chino y competencia directa de La Criolla.

De la otra teoría nos habla el catedrático Enric Ucelay-Da Cal, quien sugiere que Pepe podría haber sido una de las víctimas colaterales del enfrentamiento personal Companys-Badia. Puede que, por algún motivo que se nos escapa, Pepe hubiese tenido sus más y sus menos con Badia, quien en abril de ese mismo año había aparecido también asesinado -junto a su hermano- por una célula anarquista en la calle Muntaner. La muerte de Badia supuso que Andreu Revertés (discípulo de Badia) asumiera el mando en Orden Público, y según afirma Ucelay-Da Cal, Pepe, el de la Criolla, «fue asesinado por un grupo de Mossos d’Esquadra de paisano».

Paralelamente a este suceso, la Generalitat prohibió el transformismo de forma oficial, aunque poco les importó a las reinonas del Chino. Sin embargo, un ambiente enrarecido y prebélico supuso la decadencia de La Criolla. Pero lo peor llegó con la Guerra Civil: en el mes de septiembre de 1938, una de las miles de bombas lanzadas por la aviación italo-alemana sobre la capital catalana impactó directamente en la sala de baile, destruyendo el edificio y desdibujando para siempre la sonrisa de una Barcelona mágica.

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