El pantalón de pana, la melenita, la cita culta. El whisky, el dry martini, la ginebra inglesa. El tabaco negro, el ácido, algún canuto. Eran los códigos estéticos de una nueva generación que irrumpía, la militancia snob de aquellos niños de papá que asaltaron el alma fabril de Barcelona en los últimos compases de la década de los sesenta para darle unas friegas de libertad a un país que sufría la grave congestión del franquismo.

Hicieron de un local, el Bocaccio, el lugar definitivo para sus conspiraciones. Allí terminaron de confeccionar la sastrería espiritual de lo que Joan de Segarra denominó la gauche divine, una extraña mezcla de grupo intelectual y camarilla de pijos que le pusieron a las Ramblas una fogata incorrecta. Algo así como una generación creadora que practicó un sano ejercicio de frivolidad (cuando esta aún era revolucionaria).

En medio de esa fiesta con algo de excentricidad sociológica estaba Colita, con la cámara colgada al hombro, retratando aquel momento en el que convivían Terenci Moix y Eugenio Trías, Ricardo Bofill con Rosa Regàs, Oriol Maspons y Óscar Tusquets, Beatriz de Moura y Jorge Herralde, Jaime Gil de Biedma y Ana María Matute, entre otros. Con ellos, un puñado de colaterales que se acercaban, entraban y salían: Serrat, Vargas Llosa, García Márquez…

Ella fue el ojo de aquella generación, la captadora de instantes, la acumuladora de imágenes. Se la ha fijado ahí, entre las bambalinas de la intelligentsia barcelonesa, pero sus fotografías se desplegaron por otros potentes e interesantes caminos –se adentró, por ejemplo, en las chabolas del Somorrostro, dio cuenta de los hechos más relevantes de la Transición española y documentó la vida flamenca, entonces sin prestigio cultural alguno– hasta su fallecimiento, a causa de una peritonitis, el 31 de diciembre de 2023.

Este inesperado adiós es, sin duda, la última travesura de quien supo retratar aquello que menos merecía morir de todo lo que muere. Porque ella se pasó la vida observando el mundo desde un visor para apresarlo y dar testimonio. “Saber hacer fotos es saber mirar”, dijo alguna vez, con inhabitual solemnidad, Colita (conocida como Isabel Steva Hernández en el registro civil), quien torció de niña la voluntad del padre, destinada como estaba a ocuparse del despacho de una farmacia.

“Pero, casi sin querer, él me metió por la fotografía. Como era ingeniero industrial, en vez de muñecas, me regalaba aparatos: una máquina de escribir, un juego de compases, una cámara”, recordaría en la inauguración de la retrospectiva Colita, ¡porque sí! celebrada en La Pedrera en 2014, el mismo año en el que rechazó el Premio Nacional de Fotografía como protesta por la política cultural del gobierno de Rajoy.

En sus inicios, se empapó del oficio con Oriol Maspons, Francesc Catalá-Roca y Xavier Miserachs, con quien llegó a colaborar en su estudio como laboratorista y estilista. A su modo, ella –que nació en 1940 en el corazón de L’Eixample, se formó en Letras en Barcelona y estudió un año Civilización y Cultura Francesa en La Sorbona, en París– se convirtió en puente entre los grandes fotógrafos de los cincuenta y los jóvenes que se abrían paso en el fotoperiodismo durante la década de los setenta.

Colita siempre ejerció como freelance, lejos de contratos que la encadenaran a cualquier redacción, si bien coló sus imágenes en las más relevantes publicaciones de aquellos años: Mundo Diario, Tele/eXprés, Triunfo y Destino, entre otras. Retrató gentes y calles con un espíritu indefinible de boicot, reflejando el desagüe cierto de otra España, aquella que aún mantenía modales de prisión. Ahí está, por ejemplo, su revelador trabajo sobre la vida en el interior de los manicomios para Interviú.

Consta también que participó en numerosas películas de la Escuela de Barcelona, dirigidas por cineastas como Vicente Aranda, Carlos Durán y Gonzalo Suárez, que intentaban realizar un cine de corte europeo y progresista. Además, a partir de 1967, colaboró estrechamente con la discográfica Edigsa, impulsora de la Nova Canço, ocupándose de las campañas de promoción, así como de los carteles y las portadas de álbumes de Serrat, Raimon,  Guillermina Motta, Ovidi Montllor y Núria Feliu.

Al margen de estos trabajos, otro de sus intereses estuvo en reflejar la huella de los gitanos en Barcelona, sus hogueras de arrabal avivadas con palmas que alumbraban los pataítas de La Chunga y el tsunami de Carmen Amaya, con quien trabó una sincera amistad que le permitió retratarla en su casa de Begur y en la que sería su última actuación, el 24 de agosto de 1963, en un festival benéfico para iluminar el castillo de la localidad gerundense donde la bailaora fijó su residencia.

Su itinerario flamenco tuvo otra importante parada en las instantáneas que realizó para ilustrar el ensayo de José Manuel Caballero Bonald Luces y sombras del flamenco (Lumen, 1975), que se convirtió al poco en paso obligado para acercarse a lo jondo. A bordo de un seiscientos, visitó Lebrija, Utrera, Jerez y Triana en busca de las figuras, a las que retrató en sus espacios íntimos, a mitad de camino entre el periodismo y la antropología.

De igual modo, Colita publicó en 1977 un alegato contra el canon represivo de la mujer prescrito por la Sección Femenina titulado Antifémina, en colaboración con la escritora Maria Aurèlia Capmany. Recuperado en fechas recientes por el Ayuntamiento de Barcelona y la editorial Terranova, el volumen funciona a modo de ensayo visual y político hasta el punto de ser considerado uno de los títulos pioneros de la lucha feminista en España.

Desde finales de los setenta, Colita empezó a lanzar los rayos X de sus ojos sobre aquella realidad agitada, gris y áspera. Su trabajo venía sin retórica, tocado por una intuición sobrecogedora, por esa pureza herida. Descifraba aquella Barcelona con sabañones y noches de cuplé desde el gran ventanal de la sencillez. “Odiábamos lo académico. El único academicismo que me interesa es el de las pinturas rupestres”, declaró la fotógrafa a modo de principio creativo.

En consecuencia, no ofrecía teorías. Es como si se hubiera desprendido de cualquier voluntad didáctica. Encontró lo suyo y basta. Posiblemente, esa insobornable posición le apartó de muchas de las antologías que en la década de los ochenta y noventa revisaron el panorama español en la segunda mitad del siglo XX. Su nombre, por ejemplo, no figuró en la exposición Cuatro Direcciones (1991), con la que la fotografía española entró al fin en el Museo Reina Sofía, el sancta sanctorum de la modernidad ibérica.

Irónica, guasona, de trato fácil y sin pelos en la lengua, Colita estuvo atenta al instante único que da seña y hora de un tiempo concreto. Así lo hizo en la magistral imagen de García Márquez con un ejemplar de Cien años de soledad abierto sobre su cabeza. O en aquella otra de Ocaña y Camilo apenas cubiertos por un mantón de Manila o la del editor Jorge Herralde en su despacho, flanqueado por Coral Majó y Anna Bohigas, sus secretarias, enseñando las bragas.

En los últimos años le llegaron los reconocimientos en aluvión. En 1998 el Ayuntamiento de Barcelona le impuso la Medalla al Mérito Artístico, junto a los fotógrafos Oriol Maspons y Leopoldo Pomès, y en 2004 recibió la Creu de Sant Jordi, otorgada por la Generalitat de Catalunya. En 2021 aceptó por parte del Ministerio de Cultura la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Hace escasas semanas, recibió el premio Oficio de Periodista, en reconocimiento a su “indiscutible contribución a la cultura y el arte”.

Ejerció al final de fotógrafa irreverente, auténtica, alicatada de saberes. Generosa hasta el extremo. Su modernidad ya no respondía a la modernidad que le rodeaba. Pero aún tiraba, superados los ochenta años, de una lengua rápida y un alma de sábado noche. A Barcelona le queda ahora, tras su desaparición, un espejo bravo en su obra. Sin concesiones. Es una posibilidad encuentro con una manera de entender un tiempo, una ciudad, una sociedad de no hace tanto.

*Fuente: Letra Global / Crónica Global

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