Cinco vías sin destino

altNotas sobre Tomás de Aquino en el día de su festividad.

 

 

 

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Limpie su cocina a conciencia y podrá comer dentro de su propio fregadero, como decía años atrás un célebre anuncio publicitario emitido por televisión… Gracias a que no visualiza los microorganismos que pululan sobre su superficie, por muy estajanovista que se haya sido en el uso del estropajo. Ni con bandeja de plata comeríamos allí, de mostrársenos el bicherío

 

Palpe las carnes de su novio/a y sueñe con su maciza consistenciaPorque la materia es discontinua, compuesta por partículas subatómicas y vacío, a pesar de la dificultad de hacernos a esa idea. 

 

Son dos ejemplos de realidades que escapan a la percepción de nuestros sentidos, base del conocimiento humano, y que nunca hubieran sido ni siquiera soñadas de no mediar el uso de aparatos que funcionan cual proyección de las capacidades cognitivas del ser humano

 

¿Significa eso que nuestra inteligencia es torpe? De ningún modo, puesto que ha sido moldeada durante un largo proceso de selección natural. Pero cabe decir que no sirve para aprehender la existencia de realidades ajenas al ámbito fenoménico (¿es torpe un martillo, si no podemos usarlo para tomar la sopa?), salvo cuando ingresan en tal dimensión gracias a los medios ya citados

 

La paradoja, y el sofisma lógico también, estriba en que mucho sesudo prócer ha invertido su tiempo en servirse de conceptos y juicios inextricablemente ligados a la experiencia sensible para fundamentar la creencia en entidades imperceptibles (de esas que ni siquiera detecta la espectroscopia). Uno de ellos fue el italiano Tomás de Aquino (1224-1274), cuya festividad celebra la Iglesia –y quien con ella quiera hacerlo– el día 28 de enero.

 

Santo Tomás, llamado Doctor Angelicus, ha sido el más influyente de los pensadores cristianos. En sus escritos se basó la filosofía escolástica, predominante en el paradigma cultural de Occidente hasta el siglo XVI y aún cultivada en los cenáculos académicos del catolicismo. Sin embargo, nunca se tuvo a mismo por encima del “Filósofo”, Aristóteles, ni del “Comentarista”, Averroes, a través de cuyos escritos tomó contacto con la obra del primero. Como personaje, el principal mérito del Aquinate estribó sin duda en su amor por el conocimiento

 

Nacido en el castillo de Roccasseca, próximo a la localidad italiana de Aquino, Tomás era vástago de noble familia y sobrino del emperador alemán Federico II. Con solo cinco años fue enviado por sus padres al monasterio benedictino de Monte Cassino, donde recibió instrucción en gramática, latín, música y religión. A los catorce años ingresó en la universidad de Nápoles, ciudad donde tomaría contacto con la orden de los dominicos, congregación mendicante que se distinguía por su ardor en la predicación contra los herejes; en ella profesó como novicio. Sin embargo, el rigor y la pobreza material de la vida dominicana contrarió a los padres de Tomás, en cuyos planes figuraba verlo convertido en futuro abad de Monte Cassino.

 

El descontento paterno adquirió ribetes violentos: el muchacho fue raptado por sus hermanos mayores y encerrado en el castillo solariego. Tras un año de reclusión y, presumiblemente, arduas discusiones familiares, los señores de Roccasseca consintieron en que Tomás se reincorporara a la orden de sus amores, y así hizo aquel, para sumirse de lleno en los manuscritos de teología y filosofía bajo la tutela intelectual de otro santo, Alberto Magno, su tutor en la universidad de París (1245-1248) y posteriormente en la alemana Colonia, donde fundaron una casa dominicana y permanecieron entre 1248 y 1252. 

 

De nuevo en París, el Aquinate recibió en 1256 el título de Magister en teología. Había sido, sin duda, un alumno brillante, aunque sus compañeros de clase le apodaran Buey, dadas su gran corpulencia y –eso se decía en los corrillos– cortas luces. En realidad, Tomás era más inclinado a la reflexión callada que a la cháchara, y pasaba buena parte del tiempo enfrascado en cavilaciones metafísicas; de ahí su llamativo ensimismamiento, que algunos tomaron por tontuna.

 

Como principal objetivo de su pesquisa, el futuro Doctor de la Iglesia buscó la acomodación entre fe y razón en contra del principio de existencia de dobles verdades, es decir, de saberes circunscritos en exclusiva a una u otra vía de conocimiento: el que brindaba la revelación transcrita en las Escrituras y el que el ser humano alcanza mediante la aplicación de sus capacidades lógicas a la propia experiencia. Tal propósito cristalizó en su más célebre disertación: las cinco vías racionales para probar la existencia de Dios, expuestas en su obra magna, la Suma de teología

 

Para mayor garantía de certeza (así pretendida), los cinco argumentos del santo no son a priori (frutos de una deducción pura, desde la causa a los efectos, que pudiera parecer viciada de artificiosidad por la mediación de una inventiva fabuladora), sino a posteriori o demostraciones quia, es decir, que ascienden desde los hechos observables hasta las causas en un proceso inductivo.

 

Las dos primeras vías se expresan así:

 

1) Vía del movimiento: el cambio o movimiento –en su sentido aristotélico– exige necesariamente la existencia de un primer motor inmóvil, porque no es posible fundarse en una serie infinita de iniciadores del movimiento

 

2) Vía de las causas eficientes: puesto que las causas eficientes –es decir, la fuerza o capacidad que da lugar a un suceso– forman una sucesión y nada es causa eficiente de mismo, hay que afirmar la existencia de una primera causa

 

Como vemos, ambas vías son complementarias: perfectamente engarzadas en sus enunciados, parten de la premisa de que todo ente es efecto de un ser que lo provoca o genera, como los hijos con respecto a sus padres; si se remonta hacia atrás esta cadena, se llegará a un ente que inicie el proceso, ora como motor inmóvil ora como causa pura, cuyo origen depende de mismo. De otro modo, nuestra lógica –creada a imagen y semejanza de nuestra experiencia– se perdería en una secuencia infinita e ininteligible de poderes causales. El principio de causalidad se horroriza ante la visión de un infinito vertebrado por un sinnúmero de nodos carentes de punto original.

 

Estas son las tres vías siguientes:

 

3) Vía de la contingencia y del ser necesario: es un hecho que hay seres que existen pero podrían no existir, esto es, que son contingentes, luego es forzoso que exista un ser necesario

 

4) Vía de los grados de perfección: puesto que todas las cosas existen según grados (de bondad, verdad, etc.), debe también existir el ser que posee toda perfección en grado sumo, respecto del cual las demás se comparan y del cual participan

 

5) Vía teleológica (finalística): existe un diseño o un fin en el mundo, por lo que ha de existir un ser inteligente que haya pretendido la finalidad que se observa en todo el universo.

 

Así pues, las tres últimas vías sostienen que todo lo imbricado en la cadena causal es contingente (no necesario), como demuestra el hecho de la muerte: piénsese en el decurso histórico de la humanidad, que continúa por encima de reyes, sabios, gobiernos… Solo se libra de este sino el motor primero y causa de . Y la propia contingencia es señal de la imperfección de todo aquello que no se identifica con la causa original, súmmum de todos los atributos y sabiduría plena que rige el cosmos dentro de un orden armónico, otorgando a cada ente una finalidad existencial. Esta vez, el sentido común clama se niega a asomarse al abismo de un sinsentido cósmico que, en realidad, solo adquiere connotaciones trágicas cuando se pretende oponerlo a un sentido solo sustentaod en los deseos.

 

De este modo propuso el Aquinate un modelo de justificación plenamente humano, antropomórfico, para probar la existencia de una sustancia que esencialmente se diferencia de lo humano. Así ocurre cuando, sin más criterio que la intención, se confunde lo apodíptico (lógicamente demostrable) con lo asertórico (lo considerado como evidencia real), puesto que el engranaje lógico admirablemente dispuesto por el sabio dominico no garantizaba la realidad de lo afirmado (el contenido del juicio; en este caso, la existencia de Dios), sino la corrección de su planteamiento estructural. Puro ejercicio de estilo, en suma, sin valor epistemológico y solo fiable para crédulos.

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