48h sin M

Beaumaris es una bonita y pequeña población a un extremo del estrecho de Menai. Separa la isla de Anglesey del resto de Gales. Cute and tiny Beaumaris. Cuando empieza el buenalt

 

 

 

Josep Lluís Nicolás

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Beaumaris es una bonita y pequeña población a un extremo del estrecho de Menai. Separa la isla de Anglesey del resto de Gales. Cute and tiny Beaumaris. Cuando empieza el buen tiempo, y eso en Gales significa que no llueva al mismo tiempo que hace viento, el lugar se llena de población flotante. Veraneantes que recorren las calles, visitan el castillo o suben a la gran noria que está junto al mar. Frecuentan los bares y llenan los restaurantes a horas que a nosotros nos parecen intempestivas por lo tempranas. A las cinco de la tarde no si acaban de comer o si ya están cenando. Confieso que me desorientan.

 

Olvidé el teléfono en la habitación al bajar a desayunar. En principio no importaba, no esperaba ninguna llamada ni pensaba llamar a nadie. Como mucho lo empleo como reloj. Como antes se llevaban los relojes de cadena en el bolsillo. Se descolgaba la mano hasta él y se abría con parsimonia dirigiendo la mirada hacia abajo. Tomamos un full english breakfast, algo nada original que avanza a la imaginación lo que va a encontrar sobre el plato: dos lonchas de panceta magra junto a un huevo frito, medio tomate pochado, un pequeño puñado de champiñones rehogados, dos salchichas inciertas y otro puñado de judías de lata con tomate. Todo el conjunto acompañado de una excesiva media rebanada de pan frito en abundante manteca. Un homenaje al colesterol.

 

Al regresar a la habitación vi que había una llamada. La miré de reojo y me di cuenta que era de M2. La rehuí con la misma mirada que la hizo presente. Desde que M anunció su enfermedad unos meses antes M2 no había llamado una sola vez sino era para responder a otra llamada o a un mensaje. Y desde que M pasó por el quirófano con más razón aun. Me acerqué a la ventana y miré a la calle. Un edificio blanco con un cierto aire Tudor apoyaba a una tienda de zapatos en la construcción adjunta. La señalización horizontal de la parada del autobús y de los aparcamientos para inválidos, las banderolas con los colores verdiblancos de Gales sobre la calle junto a una solitaria Union Jack. Una camioneta Volkswagen de los años de los hippies avanza hacia el final de Castle street. Nubes al fondo y sobre las casas que anuncian un parte meteorológico monótono y reiterativo. Estaba intentando evitar la existencia de la llamada. Estaba intentando ignorar lo que aun no sabía pero que era tan evidente como la propia llamada. Una ausencia tan presente que ocupaba completamente el paisaje que observaba a través de la ventana. Y con la sospecha de la ausencia devolví la llamada. No hizo más que confirmarla. Volví la mirada a la ventana. Esta vez no la atravesó. Quedó en el cristal retornándome la imagen de la ultima vez que vi a M, aun sin ser consciente de que fue verdaderamente la última. Parecía mejorar…por lo menos respecto a la anterior visita, cuando aun estaba en vigilancia intensiva. Pero en la imagen que me retornaba el cristal de la ventana su cara era la misma que diez o quizás veinte años atrás, quizá la misma que cuarenta años atrás

 

Nos conocíamos de los tiempos del instituto, ya por entonces habían pasado unos años, pocos en los que el deporte de moda era lanzar piedras a la policía o rodamientos bajo los cascos de la montada. Parecía que los tiempos de la dictadura habían acabado. Parecía. He señalado que nos conocíamos del instituto, pero no es completamente cierto o por lo menos correcto, coincidimos en el curso y en centro pero no en el aula, de todos modos una buena parte de los alumnos solíamos reunirnos en el bar Canal que aun no era famoso por la cucarachas que habitaban bajo la cafetera sino por las tapas de hígado encebollado, las maratones de cerveza, las partidas de domino y Santiago tirando las sillas por el suelo mientras las recogía por la noche a la hora de cerrar. Luís fiándonos a contracorazón las consumiciones. No he vuelto a encontrar la novela ni siquiera a recordar el titulo. Lo cierto es que el Bar Canal era el centro, no del mundo, sino del universo, aunque Dalí sostuviera que ese privilegio lo ostentaba la estación ferroviaria de Perpiñán. Allí nos reunimos a diario durante varios, más bien bastantes, años, allí compartimos charlas interminables de casi adultos en proceso de descubrir un mundo que no finalizaba muy lejos. En las fiestas que acababan a la salida del sol los fines de semana y que no concluían sino con los comentarios burlones de la jornada siguiente en los que se analizaban los pormenores del grado de ebriedad de cada cual, los matices de la música que aparentemente nos había envuelto, los espacios y los desplazamientos, los encuentros y los desencuentros.

 

Con el tiempo los adolescentes se convierten en jóvenes que se van separando en función de los intereses y de la deriva de cada uno. Con el tiempo todos nos perdimos un poco.

 

El sábado cedió y acabó transformándose en domingo. No fue una mutación espontanea sino rigurosamente ensayada y cronometrada. Había dormido pero no tenía otra cosa en la cabeza que a M y su desaparición. No era real, habían sido simples palabras de M2 que los hechos, con la distancia no corroboraban. Volvería a mi ciudad y volvería al hospital a visitar a M que habría mejorado ostensible y notoriamente. Comentaríamos que pronto volveríamos a encontrarnos en su casa y celebraríamos su recuperaciónPero el cristal de la ventana me devolvía cabezonamente otros razonamientos más cercanos a la realidad. De cuando en cuando se tornaba transparente y permitía entrever los ventanales de los edificios de enfrente y el rotulo de una de las tiendas: The Wishing Well, el pozo de los deseos, con un teléfono y el nombre de la propietaria. Por un momento pensé en llamar y solicitar mi deseo, solo uno.

 

Y el domingo dejó paso al lunes metamorfoseándose como lo hace el invierno en primavera, como lo hace el otoño con el invierno. Es un día más. Pero distinto. Más tozudo que el destino insistí en mi realidad, en la ausencia de ausencias. Pero la realidad es, a veces, cruel, incluso ausente.

 

De nuevo frente a la ventana, otra ventana, esta vez la lluvia no dejaba trascender la visión de los campos que tenía enfrente a disposición de mis ojos. Violentamente se estrellaba contra el vidrio deformando la visión, tejiendo un paisaje deforme y cuasi psicodélico. Las gotas se desplazaban formando eses como un rio forma meandros en un terreno poco inclinado. Como las lágrimas de una ausencia aun ignota. Quedaban palabras por inventar, tiempos que compartir. Contra la ventana, la lluvia repicaba rítmicamente. Parecía una música y me recordó una balada de los años sesenta de Simon & Garfunkel en la que la lluvia cayendo como un recuerdo se entremezcla con las dudas y la añoranza prematura. Demasiado prematura.

 

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