Zig Zag Zug

Me han dicho que me presente allí a las siete menos doce minutos. No antes ni después, me han dicho.
Yo (claro) no lo he comentado con nadie. No se lo explico a mi chica, y tampoco lo explico en twitter.
Son las cinco de la madrugada y las sensaciones, inexplicables.

 

 

 

 

Texto: Dionisio Porta Ilustración Evelio Gómez

 

Me han dicho que me presente allí a las siete menos doce minutos. No antes ni después, me han dicho.

 

Yo (claro) no lo he comentado con nadie. No se lo explico a mi chica, y tampoco lo explico en twitter.

 

Son las cinco de la madrugada y las sensaciones, inexplicables.

 

Qué, qué, le preguntaba al reflejo del espejo. Tanto qué, qué, que mi chica se ha acabado despertando. Qué coño te pasa y dónde vas (me ha preguntado).

 

Quiero ver el alba, cariño. No amanece hasta las siete y pico (está harta). No podía dormir… Te has puesto el despertador (sigue acorralándome).

 

Vuelve a la cama. Parece decepcionada. Recupero la idea inicial:

 

– Ayer recordé unas colonias cuando iba al instituto. Resistimos sin dormir hasta el amanecer y quería recuperar esas sensaciones.

 

Ya hablaremos, ahora tengo sueño, me dice.

 

Vuelvo al baño: qué qué, me encaro otra vez al tipo extraño, pero ahora con intensidad silenciosa.
 

La noche me sorprende. Hace un frío caluroso. El ambiente está cargado de humedad y mala baba. Atajo por las casitas y al doblar una esquina me encuentro con un policía agazapado detrás de un contenedor.

 

– ¿Qué hace? –me pregunta.

 

– Eso usted –me hubiera gustado responderle pero me limito a justificarme: “Busco el alba”.

 

– Será la Alba -dice el madero.- Aunque en castellano los nombres propios no llevan artículo.- Luego, enérgico: -Al fondo a la derecha.

 

Vamos, márchese. Usted no debería estar aquí, tipo inconsciente.

 

Acelero el paso y miro el reloj.  Voy bien de tiempo. Demasiado bien. Tendré que dar algún rodeo si no quiero llegar antes de hora.

 

Me desvió un poco del camino y voy a fumarme un cigarro en el banco del parque. Saco el termo y bebo café.

 

– Buenas noches –un hombre pasea a otro que camina a cuatro patas con bozal y correa al cuello.

 

Ambos me sonríen:

 

– No tardará en amanecer –dice el hombre perro mientras se aleja a saltitos.

 

Entre los árboles, se adivina un resplandor rosado.

 

Recupero la idea de las grietas en el sistema, como el amanecer. El proceso de privatización del atardecer es irreversible, pero la mañanita no le interesa a nadie. No debe ser rentable.

 

También pienso en mi chica. Le envío un mensaje:

 

“Preciosa la mañana. Reflejos policromáticos entre los edificios. Te quiero. Si te apetece, esta noche dormimos en mi cama.”

 

Unos segundos después:

 

“Quería decir en mi casa…”

 

Las siete menos catorce. Corro: llego tarde.
 

He llegado a las siete menos doce minutos exactos al lugar establecido. El número 27, hay una persiana entreabierta y luz dentro.

 

Alrededor de la misma, cinco personas, yo incluido. Dos de ellos portan traje (una mujer y un hombre), otro lleva bigote y, por último, uno que masca chicle y agarra un maletín. Oímos el ruido de un motor dentro del edificio. Se levanta la persiana. Todos nos echamos a los lados.

 

Aparece un tipo (camisa azul sin corbata, americana gris merengo, tejanos beige), y otro que conduce un monovolumen gris hasta la calle.

 

– Me llamo Ruz, Raúl Ruz. En primer lugar quisiera disculparme porque hemos avisado a cinco personas cuando sólo necesitamos a cuatro. Por si alguno fallaba… –Ruz golpea con un boli en el portafolios. Parece nervioso.- Así que vamos a tener que pedir a uno de vosotros que se marche. Podéis jugároslo a zig zag zug.

 

Así lo hacemos: el expulsado es el de bigote.

 

– ¡Esto es intolerable, no entiendo cómo pueden aprovecharse así de la necesidad de la gente y jugar con su tiempo!

 

El de dentro del coche aprieta el acelerador amenazante. El bigotudo se revuelve contra nosotros:

 

– Y vosotros aún soy peores –Cierro los ojos. No estoy para sermones.- Vergüenza tendría que daros…

 

Por fin nos subimos al vehículo.

 

– ¿Alguna duda? –pregunta Ruz.

 

Después de unos segundos de silencio espeso, el de chicle pregunta:

 

– ¿Debemos apagar los móviles?

 

Murmullo de reprobación por parte del resto.

 

– No hace falta –dice Ruz.- Es más, consideramos positivo que os entretengáis y relajéis durante el trayecto. Después el trabajo es muy intensivo.

 

– Yo tengo otra duda, Ruz: ¿de dónde sacaron mis datos?

 

– De la base de datos –dice Ruz.

 

Todos asentimos con la cabeza. Base de datos, anoto en la libretilla. Siempre da buena imagen anotar la información en un cuaderno.

 

¿Qué base de datos? Yo no pertenezco a ninguna base de datos. Yo no soy de esos…

 

Luego Ruz reparte una ficha:

 

– No os olvidéis el número de cuenta donde queréis recibir la transferencia.

 

Después entre risas y boca de lobo hace una broma imposible de comprender. Todos sonríen. Yo directamente río. Ellos deberían hacer lo mismo. Que no sepan bien por dónde cogerte, eso siempre da buenos resultados.

 

 Mensaje de mi chica:

 

“No sé lo que haré. Estoy muy cansada. Quizás mejor quedamos mañana.”

 

Necesita aire. Mantengo el aplomo: “Quiero estar contigo, pero como tú prefieras. Todo bien.  Mañana prepararé algo especial para cenar.”

 

– ¿Quién me ha cogido el paquete de chicles? –se rebela el que masca chicle.

 

Ruz se aplaude los pies y muestra su boca verde:

 

– Cuando cobres te podrás comprar muchos, jaja…

 

Entramos a la oficina.

 

– Esas son vuestras máquinas –nos indica Ruz-. Tenéis todas las indicaciones en la unidad plataforma. Yo también tengo trabajo –se justifica hundiendo la atención en su máquina (roja, debe ser átomo base).

 

Las instrucciones son claras, la tarea sencilla.

 

Suena un teléfono.  Ruz:

 

Contestad. Decid que se equivoca, pero aún así, que os deje el recado.

 

Tomo la iniciativa. Se equivocan: alguien quiere que le envíen un informe con el precio de la soja en el mercado de diferenciales de Shangai.

 

Eso sí, el ritmo es exigente, y al cabo de tres horas empiezo a sentirme cargado de mente. Hacemos una pausa de diez minutos y seguimos.

 

Mensaje de mi chica: “No seas tan orgulloso… Te quiero. Podrías venir a casa esta noche.”

 

Mi respuesta: “No es orgullo, es que no creo que haya nada malo en “esto”. Mejor “esto” que lo “otro”.”

 

A las doce y media hemos acabado. Se nos nota cansados. El hombre de traje apesta a sudor. Acompañamos a Ruz y al otro tipo hasta el parking. Al salir a la calle, una luz brutal, como enfadada. Me pongo las gafas de sol. Nos ponemos las gafas de sol.

 

– Quizás el mes que viene os volvamos a necesitar –dice Ruz tocándose la nariz.- Creo que las estadísticas de todos saldrán positivas.

 

– Muchas gracias –le dice el sudado de traje.

 

– En efecto, creo que serán positivas –se reafirma Ruz.

 

– Para mí también ha sido una gran experiencia –dice la mujer.

 

El de chicle y maletín:

 

– Me ha parecido muy interesante todo el tema de innovación de la empresa. Me gustaría recibir más información al respecto, porque creo que se está marcando un camino.

 

Ruz se desabrocha el cinturón de seguridad y se abrocha los botones de la americana gris merengo.

 

Y por último yo:

 

– Yo vine a trabajar y volví siendo otra persona.

 

El monovolumen nos deja en el mismo lugar en el que nos recogió. El trajeado propone ir a tomar un café: nadie se podía imaginar que estuviera tan desesperado, pobre. Vuelvo caminando a casa. Estoy cansado. Me preparo un plato de carne con palomitas. Enviar. Estoy cansado. Me meto en la cama. Me dan ganas de afeitarme otra vez, pero al final no.

 

Le envío un mensaje a mi chica:  “Te quiero, eso es todo. Aprendiendo a vivir la realidad mes a mes…”

 

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