Un país para todos sus ciudadanos

altEl movimiento pacifista israelí se opone a la primacía de los derechos colectivos de los ciudadanos judíos

 

El proceso de paz entre israelíes y palestinos sigue estancado cuando todavía queda próximo el recuerdo del último conflicto armado en Gaza, la Operación Margen Protector (julio-agosto de 2014), saldada con la muerte de 71 israelíes (cinco de ellos civiles, el resto militares) y 2.188 palestinos, sin contar el número de heridos ni los inmensos daños materiales. En fecha reciente, el mismo gobierno israelí que impulsó aquella acción armada, liderado por Benyamim Netanyahu, aprobó una Ley de nacionalidad (Ley Básica: Israel Estado-Nación del Pueblo Judío) que los ciudadanos árabes y un amplio espectro judío de Israel consideraron como un ataque directo contra sus derechos ciudadanos. Contra ambas iniciativas alzó su voz el pacifismo israelí, un movimiento civil que no siempre ha disfrutado de la comprensión y el pleno apoyo de sus homólogos europeos.

 

 

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Una de las voces más veteranas y autorizadas del pacifismo israelí es Carlos Braverman (Buenos Aires, 1955). Politólogo y psicólogo de formación,militaen Meretz –“un partido socialista de izquierdas”, según sus propias palabras– y es presidente del Instituto Campos Abiertos, un centro de investigación y divulgación que trabaja por el respeto a los derechos civiles y la convivencia (a través de i-ca.net, su plataforma online, el instituto imparte temáticas afines y variadas). También forma parte de las organizaciones no gubernamentales Shalom Ajshav (Paz Ahora), Ani israeli (Soy israelí, institución que busca una nacionalidad cívica y no étnica común entre judíos y otros colectivos también ciudadanos de Israel) y la Asociación de Derechos Civiles en Israel.

 

Braverman es un hombre de izquierda y rechaza para sí el calificativo de socialdemócrata, puesto que “nosotros pretendemos gestionar frente a la globalización neoliberal el máximo beneficio para las mayorías populares, es decir, una política de igualdad de oportunidades, algo que no hacen los partidos socialdemócratas propiamente dichos. Sigo siendo socialista porque entiendo que una planificación bien hecha puede ser beneficiosa… Aunque es cierto que frente a eso tenemos la planificación corrupta”. De cualquier modo, reconoce que “el tiempo de las etiquetas terminó hace mucho”. Declara además su condición de “creyente y practicante liberal” de la religión hebrea, en la que no aprecia contradicción con los valores de la izquierda democrática.

 

Sionismo y postsionismo

 

Nuestro interlocutor se define como postsionista, una calificación que procede de mediados de la década de 1980, “cuando un grupo de historiadores de la Universidad de Beersheva se propone hacer una revisión de la historia del movimiento sionista, para profundizar desde una mirada crítica en las fracturas del discurso oficial sobre la creación del Estado de Israel. Por otro lado, y desde un punto de vista práctico, mi visión postsionista parte de la necesidad de llevar el postsionismo a la arena política actual. Los políticos israelíes no debemos ocuparnos de los judíos de todo el mundo, sino centrarnos en nuestro ciudadanos y sus problemas.”

 

Sostiene que “el sionismo ya cumplió su objetivo, que fue la creación del Estado de Israel” tras los terribles años de la guerra mundial y el Holocausto… Aunque también a costa de muerte y sufrimiento, como no tiene reparo en admitir: “Todos los países se hicieron a sangre y fuego; es una evidencia hasta para un pacifista. Israel se constituyó por la declaración 181 de las Naciones Unidas, que estableció un Estado judío y otro árabe en Palestina. Los estados árabes invadieron Israel y fueron repelidos. El armisticio de 1949 otorgó a Israel un 22 % más de territorio, correspondiente al antiguo mandato británico sobre Palestina. Nadie niega que hubo entre 700.000 y 750.000 palestinos desplazados y más de 400 poblaciones árabes desaparecidas durante la guerra de Independencia de Israel. Pero hay que evitar las consideraciones en blanco y negro, las de buenos y malos; hubo agentes políticos en ambos bandos que impidieron que pudiera cumplirse el mandato de la ONU.”

 

Me surge entonces una duda que comparto: si el Estado de Israel se creó con la idea del retorno de la diáspora judía a la tierra madre, ¿no está renunciando el postsionismo a ese ideal fundacional? Después de indicar que esa suele ser una crítica procedente de la derecha más reaccionaria, Braverman añade: “Con frecuencia se nos dice: ustedes se beneficiaron del sionismo, que les dio una patria, y ahora lo quieren destruir todo.” Y aclara: “Yo no soy antisionista”, aunque el término sionismo, en Europa, “ha sido equiparado falsamente a imperialismo”. Simplemente se niega a seguir el camino de “judaización extrema, porque puede llevar a la destrucción del Estado. Un Estado moderno solo puede basarse en premisas cívicas no étnicas; en un pacto inclusivo constitucional”, posición que respalda acudiendo al patriotismo constitucional preconizado por Jürgen Habermas: “Los postsionistas no somos nacionalistas hebreos, sino patriotas de izquierda. Frente a la judaización mesiánica y ultra buscamos la israelización, un país para todos sus ciudadanos.”

 

Una polémica Ley de nacionalidad

 

En vista de los anteriores planteamientos, la realidad política y jurídica israelí va por derroteros ajenos a los deseados por Braverman. El pasado 23 de noviembre, el ejecutivo liderado por el primer ministro Benyamim Netanyahu presentó al gabinete la llamada Ley Básica: Israel Estado-Nación del Pueblo Judío, cuyo texto especifica que “en el país hay igualdad individual para todos los ciudadanos, pero el derecho nacional está reservado solo para el pueblo judío”. Esta medida se suma a leyes anteriores muy protestadas por la minoría árabe de Israel y los sectores judíos democráticos y progresistas (la minoría árabe representa en torno al 20 % de la población, y aparte hay un cinco por ciento más no judío). El proyecto no llegó al parlamento.

 

Nuestro interlocutor es por completo contrario al nuevo ordenamiento. De hecho, a través de Ani israeli participa de una iniciativa con doce años de historia: la solicitud de la nacionalidad israelí cívica para todos los colectivos del país. La ONG interpuso una demanda en tal sentido, primero en un Tribunal de Distrito, luego ante el Tribunal Superior de Justicia y por último en la Corte Suprema de Israel; ha sido un proceso de más de una década con fallos negativos de los altos tribunales, y por tanto muy anterior en el tiempo al proyecto del primer ministro.

 

Algunos medios internacionales han comparado esta ley de nacionalidad impulsada por Netanyahu con el tristemente célebre y por fortuna derogado apartheid sudafricano. Sin embargo, Braverman niega que exista en su país un régimen de apartheid, porque “esa segregación no está en nuestras leyes. Se trata de una situación de involución jurídica con medidas de inspiración racista, pero tenemos mecanismos jurídicos y democráticos para revocarla, mediante la denuncia al Tribunal Superior de Justicia. A falta de Constitución, la Corte Suprema de Justicia decide sobre el carácter democrático de las leyes, y los derechos fundamentales de los ciudadanos están regulados por la Ley de derechos civiles y humanos.” Este procedimiento se llama “activismo judicial”.

 

El nuevo texto legal también declara a Israel “hogar del pueblo judío”, ante lo cual opone el entrevistado: “Somos una nación aparte, la israelí. Me interesan la cultura y las tradiciones judías de otros lugares del mundo, pero no puedo pensar en tales como asunto propio de mi nación.”

 

¿Es posible una democracia étnica?

 

Sin duda alguna, Israel posee instituciones democráticas, pero, ¿es compatible con un Estado democrático real el hecho de que se declare como Estado “judío”, lo que implica una definición étnica? Una vez más, la respuesta de Braverman discurre por cauces académicos: “Sammy Samuja, profesor de la Universidad de Haifa, considera que Israel es una democracia étnica, situación homóloga a la de países como Estonia, Letonia, Eslovenia y Malasia. Hay un núcleo étnico fuerte que controla el Estado y está comprometido con los valores democráticos, por lo que asegura los derechos políticos y culturales de las minorías étnicas. Samuja añade que la democracia étnica es un período transitorio, pues se adopta mientras la mayoría considera peligrosa a la minoría; con el tiempo debe evolucionar hacia una democracia liberal convencional. Si no se da esa transición, la democracia étnica se transforma en una etnocracia. Mientras las instituciones israelíes funcionen no habrá una etnocracia, pero siempre estaremos en peligro de avanzar en sentido contrario a los valores democráticos.”

 

Este aspecto, la necesaria evolución del Estado hebreo, enlaza plenamente con las propuestas postsionistas: “Vivimos con otra gente que no es judía y tenemos que integrarla, porque de otro modo no tendremos nunca una democracia verdadera. Nuestra propuesta es un Estado cívico frente a un Estado étnico. En Israel, todos los ciudadanos tienen derechos individuales, pero los derechos colectivos están reservados a nosotros, los judíos, y en caso de conflicto, esos derechos individuales se subordinan a los derechos colectivos hebreos.”

 

Hoy en día el término “israelí” es un gentilicio, pero no una nacionalidad. En el ordenamiento jurídico del país está desdoblada la condición de ciudadanía y nacionalidad. “El derecho internacional público establece que la nacionalidad liga a los ciudadanos al Estado. Si Israel fuera un país normal, yo sería de nacionalidad israelí y de ciudadanía israelí. En estos momentos –apostilla– Israel vive en un atraso jurídico muy importante. Y la labor del postsionismo es conducirlo hacia una situación normal. ¿En qué consiste esa normalidad? En tener una democracia liberal, una Constitución –Israel carece de ella y se rige por leyes básicas– y una nacionalidad común.”

 

Y prosigue: “Pertenezco a la ONG Ani israeli (Soy israelí). No queremos ser catalogados como judíos; queremos ser reconocidos en el Registro de Población y en nuestro documento de identidad como israelíes, tanto de ciudadanía como de nacionalidad. En Israel existe el llamado Registro de Nacionalidades, a una de las cuales –hay 138 reconocidas– debe acogerse todo ciudadano. Desde 1997 promovemos la nacionalidad 139, la israelí.”

 

Limitaciones a la libertad de conciencia y expresión

 

Hay en Israel medio centenar de leyes sospechosas de motivación racista, “incluso fascistoide”. En Israel, esas leyes deben pasar tres lecturas obligatorias antes de su aprobación definitiva en el parlamento, pero este requisito garantista no impide que alguna de ellas pueda llegar a promulgarse. Por ejemplo, la Ley Nakba: ningún israelí puede participar en actos que rememoren la Nakba [en árabe, catástrofe o desastre: así llaman los palestinos a la represión sufrida durante la guerra de Independencia israelí]. O la Ley Boicot, por la cual no se puede hablar ni participar en ningún grupo que preconice el boicot económico contra Israel.

 

“Aunque no lo quieran reconocer, algunos líderes israelíes tienen una inspiración racista que puede considerarse propia de los nazis.” Y Braverman ya ha sufrido sobre sí el peso de la ley por manifestarse en estos términos contra terceros, por suerte sin mayores consecuencias. “En una democracia madura, de la que creo que hoy carecemos, debe aceptarse que hay gente que lamentablemente perjudica al sistema democrático y la historia no puede servir para que esos individuos condicionen el presente. Tal como ha explicado el profesor portugués Boaventura de Sousa Santos, el moderno fenómeno del fascismo social consiste en que muchas personas defienden valores fascistas sin tener conciencia de ello, y ocurre también con políticos que militan en partidos democráticos.”

 

A nivel popular, estas actitudes profascistas suelen ser provocadas por la manipulación y el miedo. Lo cual sugiere una pregunta sobre el estado de opinión mayoritario en la sociedad israelí. De las elecciones de 2013 surgió un parlamento muy disgregado, pero con tendencia mayoritaria hacia posiciones de derecha y reaccionarias ante el proceso de paz. ¿Cree nuestro interlocutor que ese resultado obedeció a la verdadera orientación política de la ciudadanía israelí o fue el voto del miedo a la guerra y a Hamas?: “En principio, existe una manipulación basada en hechos reales como la amenaza de Hamas”, aunque es cierto que los ataques de la organización islamista “a veces se deben a la voluntad de Hamas y otras veces son buscados por el gobierno israelí”. También hay un notorio descenso en la calidad de las condiciones de vida “que favorece la aparición de figuras populistas, como Netanyahu, con un discurso de derecha nacionalista. Pero yo quiero mirar la otra cara de la moneda: en 2013, Netanyahu y Lieberman formaron alianza electoral y sacaron menos votos juntos que en las anteriores elecciones por separado, y la derecha se fragmentó con el avance de Casa Judía (el partido de los colonos) y del falso partido liberal de Yair Lapid. Mi conclusión es que el bloque de derecha nacionalista y expansionista se ha fragmentado. La gente está cansada de sus políticas y empieza a pensar que hay otras posibilidades, no solo soluciones militares. No se puede mantener un estado de beligerancia cuando el gobierno no se ocupa de los problemas cotidianos de sus ciudadanos, más preocupados por el bienestar de su familia”.

 

Se ahondan los problemas internos de Israel

 

Sostiene Braverman que el estancamiento de Israel es múltiple: “económico, de la acción, de la motivación ideológica…” La vida política israelí está dominada por la ocupación de los territorios palestinos y cuestiones íntimamente imbricadas a la misma, como puedan ser la política de defensa –el muro, que “ha costado entre 3.000 y 5.000 millones de euros”; el bloqueo de Gaza, el presupuesto armamentístico– y los asentamientos de colonos en suelo árabe.

 

“La transferencia de dinero para los asentamientos ha sido en 2014 de unos 250 millones de dólares, más algunos gastos accesorios, mientras que en el resto de Israel se dan muchas carencias sociales.”

 

Es importante señalar, destaca el entrevistado, que desde el principio de la ocupación, Israel lleva invertidos en la misma unos 17 billones de dólares, cifra proporcionada por el diario británico The Guardian y no desmentida oficialmente, así como la que atribuye un plus en defensa para la misma, de 9,15 billones de dólares en los dos últimos años.

 

“Hasta mediados de la década de 1970, el país tenía un estado del bienestar consolidado, creado por Ben Gurion, que satisfacía las necesidades fundamentales de los ciudadanos, tanto por lo que respecta a los servicios públicos como en lo referente a la subvención de precios a los alimentos básicos. Todo eso se fue perdiendo con ocasión de la liberalización económica, en la década de 1980. La diferencia máxima de retribución entre los trabajadores asalariados era entonces de cinco a uno; en la actualidad, esta diferencia es de catorce a uno. El país se está desintegrando socialmente; hemos entrado en la globalización del peor modo, tomando lo peor de ella, con alta concentración de capitales y crecientes desigualdades: dieciocho familias controlan el 60 % del valor en bolsa y las 500 empresas mayores del mercado, cuyas ganancias equivalen al 77 % del PIB. Además, se ha dado también el fenómeno de la deslocalización de industrias, desplazadas en busca de salarios más bajo a países como Turquía, e incluso a los territorios ocupados.”

 

Aparte de lo anterior, “según la organización Transparencia Internacional, Israel ha involucionado en temas de corrupción: en 2010 figuraba en el puesto 30 de la nómina de 175 países que figuran en el Índice de Percepción de la Corrupción, pero en 2013 bajó al puesto 36”.

 

Problemas políticos, económicos y sociales que no han hecho sino agravarse durante el mandato de Netanyahu.

 

Netanyahu, un peligro público

 

Netanyahu representa hoy en día lo peor de Israel, a juicio de nuestro interlocutor: “Tiene que salir del gobierno. Es un político urticante, que molesta a todo el mundo. Un hombre que ni siquiera está comprometido con sus propios valores; solo se siente obligado consigo mismo y es capaz de sacrificarlo todo por volver a ser primer ministro.”

 

Braverman se muestra optimista y considera que el primer ministro “ha terminado su etapa; puedo equivocarme, pero creo que no”, y en apoyo de su convicción acude a “las encuestas más serias, que muestran un 35 % de respaldo popular a Netanyahu, para que siga al frente del ejecutivo, frente a un 48 % de rechazo”.

 

De cualquier modo, se echa de menos en la campaña electoral oficiosamente abierta el debate sobre temas tan importantes como el presupuesto militar (armamento para la guerra) y de defensa (equipos estratégicos), así como las transferencias económicas a los asentamientos en los territorios ocupados. Porque la ocupación “es un gasto que el país no puede soportar”.

 

¿Hay solución para los asentamientos?

 

Cuando se pregunta al veterano pacifista si la gran mayoría de la clase política israelí –no solo el partido conservador Likud– está comprometida con la ocupación, responde que sí: “Por ejemplo, en la campaña de 2013, los laboristas no hablaron del asunto para no perder votos entre ciertos sectores sociales. La ocupación divide mucho al electorado. Pero insisto: si no se termina con ella, este país no se recuperará nunca. No solamente en el campo económico, también en el aspecto moral; la sociedad israelí está enfermando por causa de la violencia que se practica en los territorios ocupados. La gente se acostumbre a los hábitos violentos y los incorpora a su modo de vida.”

 

Aunque sea una obra faraónica, el muro que cierra los territorios ocupados puede demolerse, pero, ¿qué se puede hacer con los miles de colonos que habitan los asentamientos en territorio árabe?La cuestión parece compleja, pero hay una respuesta tan sencilla como tajante: “Por mí, los asentamientos pueden quedar del otro lado”, es decir, en territorio de un hipotético Estado árabe palestino. Ello implica el rechazo a iniciativas como la del actual ministro de Exteriores hebreo, Avigdor Lieberman (personaje conocido por su fobia a los árabes), quien propuso intercambiar los asentamientos por la Alta Galilea, una región poblada mayoritariamente por árabes israelíes, “gentes que son ciudadanos de Israel y quieren vivir en su tierra, no tener que desplazar su hogar a otros lugares.”

 

Otra cosa es la previsible reacción violenta de los colonos hebreos, por completo reacios a convertirse en ciudadanos de un Estado árabe… “Los palestinos tampoco los quieren a ellos, pero es una realidad que las dos partes tienen que afrontar.”

 

¿Qué debe hacerse con Gaza?

 

Nuestro interlocutor apuesta por dos estados, uno hebreo y otro palestino, con Jerusalén como capital de ambos. En cuanto a la adhesión de Gaza a este proyecto de futuro, le parece una tarea ciclópea, pero sería lamentable que el mapa regional terminase con tres estados en vez de dos.

 

Braverman considera que el partido islamista Hamas “es un peligro real para Israel. Yo quiero que se levante el bloqueo a que quedó sometida la Franja, pero estoy a favor de que la frontera común permanezca cerrada mientras exista la beligerancia. Que se restituya el tránsito de gente y mercaderías, pero no por nuestras fronteras. No por ser pacifista hay que ser poco precavido; Gaza es una amenaza militar hasta que no haya prueba cabal de que existe una voluntad de paz. Creo que pasarán generaciones hasta que su población alcance el progreso socioeconómico necesario para ello”.

 

Sin embargo, ¿el levantamiento del bloqueo no debilitaría a Hamas, inclinándolo hacia la negociación? Especulo con que el partido islamista seguiría gobernando en Gaza, aunque sin los argumentos belicosos de que ahora dispone. Braverman permanece firme en sus dudas:Hamas ejerce una dictadura férrea, pero sí, sería lógico que el levantamiento del bloqueo favoreciera un cambio de rumbo en su política… Aunque eso no está garantizado.”

 

Al otro lado de los territorios palestinos, en Cisjordania se observa también una decepción generalizada no solo con el estancamiento del proceso de paz iniciado hace veintiún años, sino también con la clase política que hasta ahora ha dirigido la Autoridad Nacional Palestina (ANP). En las últimas elecciones cisjordanas triunfaron las listas de candidatos independientes presentadas al margen de Al Fatah, la principal fuerza histórica de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Como en Israel, los políticos “hablan de la gran causa del Estado palestino, pero, mientas tanto, las personas tienen grandes problemas para cubrir sus necesidades diarias”.

 

La paz como resultado de un proceso de maduración social

 

Nuestro interlocutor tiene una visión negativa acerca de la campaña internacional que promueve un boicot económico contra Israel mientras dure la ocupación. La experiencia, piensa, ha mostrado que este tipo de medidas no funciona. “Si alguien piensa que el régimen sudafricano cayó por el boicot internacional, está totalmente equivocado. Pretoria tuvo toda la asistencia necesaria en armas, suministros, intercambios comerciales, etc. La evolución del país se debió a una alianza entre la minoría blanca liberal y de izquierdas y la mayoría negra, pero también a la presión interna de la población negra (huelgas, protestas, etc.), que creó una situación insoportable para los gobernantes del apartheid.”

 

“En el caso de Israel –prosigue–, yo también creo en el desarrollo de nuestras fuerzas internas, que van creciendo y alcanzando un nivel de maduración que nos lleva a planteamientos más categóricos con respecto al final de la ocupación. Y es el momento de poner en marcha un debate constitucional que movilice a la sociedad. Hay que responder a la pregunta de quién es el sujeto jurídico del Estado de Israel.”

 

La soledad del pacifismo israelí

 

El pacifismo y la izquierda europeos, y en concreto españoles, no entienden a sus homólogos israelíes, quizá porque les consideran tibios y piensen que deberían renunciar a la defensa de la existencia del Estado de Israel. En esta posición de rechazo, “que ha llegado a extremos hirientes”, Braverman detecta “algunos elementos antisemitas” y denuncia la tendencia “a decir consignas estúpidas y torpes, que comparten planteamientos maximalistas de grupos radicales como Hamas”.

 

“Cuando me preguntan: ¿qué hace usted para parar esto?, yo respondo que gestiono el tema parlamentariamente. Yo no vivo tranquilo cuando otros mueren, pero no soy miembro del gobierno. He llegado a la conclusión de que en el momento en que tienes que actuar estás solo. Se vive en la soledad más absoluta. Puedes recibir algunos apoyos concretos, pero muy escasos.”

 

Con independencia de que no hay acción ni actitud exenta de la posibilidad de crítica, piensa el autor de estas líneas que el descrédito de los pacifistas israelíes en determinados medios internacionales es otra consecuencia de la ocupación. De un modo particular, ellos también son víctimas, y este veterano luchador por la paz israelí está de acuerdo conmigo en el hecho de que tan triste coyuntura “nos roba credibilidad ante el resto del mundo, lo cual es muy doloroso”.

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