Bajo una lluvia persistente que empapó las calles de Barcelona y deslució la efeméride nacional catalana, la Diada de este año no solo registró la menor afluencia de manifestantes independentistas desde el inicio del procés –unos 28.000 según estimaciones de la Guardia Urbana, un 50% menos que en 2024–, sino que se convirtió en el escenario perfecto para el ascenso meteórico de Aliança Catalana (AC). La formación, liderada por la controvertida alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, irrumpió en la jornada con una estrategia calculada: actos paralelos, discursos incendiarios y una delegación custodiada por la policía que generó tanto vítores como abucheos. En un independentismo desorientado tras la pérdida de la Generalitat en las elecciones de mayo, AC ha logrado canalizar el descontento de una base que se siente traicionada por los partidos tradicionales. ¿Cómo un partido fundado en 2020, con apenas un diputado en el Parlament, ha robado el protagonismo a entidades como la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural?
La mañana del 11 de septiembre amaneció gris en el Fossar de les Moreres, el histórico cementerio de Montjuïc donde yacen los fusilados de 1714. Allí, Orriols inició la Diada con un «baño de masas» que sorprendió a propios y extraños. Miles de simpatizantes –estimaciones oficiales de AC hablan de «lleno a rebosar»– se congregaron para escuchar a la líder, que lució una estelada y un brazalete azul, el color corporativo de su partido. «Donem la cara davant els sectaris que volen fer fora part de l’independentisme», proclamó Orriols en un discurso que duró más de 40 minutos, transmitido en directo por las redes sociales de AC. Acusó directamente a la ANC de «exclusión» por no invitar a AC a sus actos centrales, y defendió que su formación es «la única» que propone el catalán como lengua oficial exclusiva en Catalunya, un guiño a los sectores más puristas del soberanismo. La concentración, que incluyó cánticos como «#SalvemCatalunya» y «#Diada2025», se cerró con una ofrenda floral y una marcha hacia el centro de la ciudad, marcando el debut de AC en una Diada con tal visibilidad.
Pero el verdadero clímax llegó por la tarde, en la manifestación principal convocada por la ANC bajo el lema «Desobediència civil». Orriols y una delegación de unos 300 militantes –protegidos por un cordón de treinta mossos d’esquadra– se unieron al final del recorrido, cerca del monumento a Rafael Casanova. La recepción fue ambigua: gritos de «Sílvia! Sílvia!» de sus seguidores contrastaron con abucheos y pancartas que les tildaban de «fascistas con barretina». Un vídeo viral en X (antiguo Twitter) muestra cómo un grupo de manifestantes intentó acercarse, obligando a la policía a intervenir. «La ultraderecha de Sílvia Orriols gana protagonismo en la Diada y acusa de sectaria a la ANC», tituló *El País* al día siguiente, capturando la tensión que dividió la marea independentista. En Ripoll, la cuna de AC, la jornada fue un «éxito rotundo»: una concentración local con cientos de asistentes, donde Orriols reiteró su compromiso con la «memoria y la fuerza» contra la «rendición» de los partidos procesistas.
Este no es un fenómeno aislado. Aliança Catalana, fundada en 2020 en el Ripollès como respuesta a la crisis migratoria y el procés estancado, ha pasado de ser un outsider a una fuerza con proyección electoral. Orriols, de 42 años, madre de cinco hijos y exconcejala del PP local, encarna el perfil de la líder carismática: directa, sin filtros y con un discurso que mezcla soberanismo radical con posiciones antiinmigración. Elegida alcaldesa de Ripoll en 2023 con el 36% de los votos, su gestión –marcada por ordenanzas contra la okupación y campañas por la «catalanidad»– le valió un escaño en el Parlament en 2024. Hoy, sondeos del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió) la sitúan con hasta 11 escaños potenciales en las próximas elecciones, multiplicando por diez su representación actual. «AC se dispara en el Parlament con hasta 11 escaños», alertaba La Razón en julio, destacando cómo Junts y ERC se estancan mientras la extrema derecha independentista avanza.

¿Cómo explica este auge? Fuentes cercanas al partido lo atribuyen a su capacidad para «focalizar el descontento» de un independentismo «cansado y desilusionado». Tras el 1-O de 2017, las expectativas de referéndum y república se diluyeron en pactos con el PSOE y una amnistía que muchos ven como «traición». «La gente independentista está muy cansada», explica en *El País* un analista anónimo, que apunta al surgimiento de «nuevos movimientos de extrema derecha como AC» como válvula de escape. En X, el eco es ensordecedor: un tuit de Sergi Maraña, periodista afín a AC, resume el sentir: «Cada cop més catalans consideren que ella i Aliança Catalana són l’última oportunitat per canviar les coses de veritat». Jóvenes de entre 18 y 30 años, que crecieron en las Diadas masivas de los 2010, ahora se suman a AC atraídos por su mensaje de «no rendirse», según testimonios recogidos en la concentración del Fossar. «Un jovent que sap que te a la seva mà el futur del seu país», escribe un usuario desde Baix Empordà.
El descontento se nutre de temas concretos: inmigración, inseguridad y defensa de la lengua. AC propone «deportaciones express» para irregulares, priorización de catalanes en vivienda social y el catalán como «única lengua oficial», posiciones que resuenan en barrios obreros donde el soberanismo tradicional ha perdido terreno. En Ripoll, epicentro de tensiones migratorias en 2017, Orriols ganó votantes desencantados del PP y Vox, que ahora ven en AC un «independentismo con huevos». Un estudio de Agenda Pública advierte: «La extrema derecha avanza en todo el mundo, y Catalunya no es una excepción», con AC reconfigurando el tablero soberanista hacia la derecha.
Este giro ideológico no es casual. El auge de la extrema derecha independentista se enmarca en una transformación profunda del movimiento secesionista, que ha pasado del fervor izquierdista de los años 2010 –con banderas republicanas y consignas antipatriarcales– a un discurso más conservador e identitario. La Vanguardia lo resume así: «Del fervor independentista al auge de la extrema derecha», un cambio impulsado por la crisis económica pospandemia, el fallo del TSJC contra el modelo lingüístico escolar y la percepción de «invasión cultural» por la inmigración. En Europa, fenómenos paralelos como el de Alternativa para Alemania o el Rassemblement National francés muestran cómo el nacionalismo se alía con el populismo antiélite. En Catalunya, AC adapta esta fórmula: soberanismo + xenofobia selectiva, sin el unionismo de Vox.
Críticos como Xavier Antich, presidente de Òmnium, llaman a «construir consensos ante el auge alarmante de la extrema derecha». La ANC, por su parte, minimizó la presencia de AC en su crónica: «Irrelevància i crispació: l’extrema dreta passa desapercebuda», aunque admitió la «tensión» generada. En X, el debate es feroz: un tuit de ATC Llibertat acusa a AC de querer «una Catalunya tancada, uniforme i autoritària», mientras defensores como Neus (de AC Baix Llobregat) celebran «orgull de companys» en ofrendas florales locales.
La guerra fratricida ya se nota: en enero, un ataque a una carpa de AC en Barcelona dejó un herido, avivando acusaciones de «fascismo interno» en el independentismo. Toni Albà, de ERC, se desmarcó del discurso de Orriols en Ripoll: «Defensa la inmigració: persones han hagut de fugir dels seus llocs d’origen». Sin embargo, el PSC, que volvería a ganar elecciones, según sondeos, observa con preocupación cómo AC erosiona el voto útil independentista.
En el fondo, la Diada 2025 retrata un independentismo en crisis de identidad. La convocatoria descentralizada de la ANC –con marchas en Barcelona, Girona y Tarragona– buscaba revitalizar la llama, pero la lluvia y el desencanto la apagaron. «La Diada retrata un independentismo desorientado tras perder la Generalitat», sentencia El País. AC, con su retórica de «última oportunidad», llena ese vacío: no promete utopías, sino acción inmediata contra «los traidores» y «los invasores».
Orriols lo sabe. En el Parlament, su grupo –aún minoritario– ya fuerza debates sobre inmigración. Si las elecciones de 2027 confirman los sondeos, AC podría ser el nuevo eje del soberanismo, forzando a ERC y Junts a girar a la derecha o perder base.
Mientras la lluvia cesa en Barcelona, el eco de los vítores a Orriols persiste. La Diada 2025 no fue solo un luto por el 1714, sino un presagio: el independentismo, herido, busca salvadores en las sombras de la extrema derecha. ¿Unidad o fractura? El tiempo, y las urnas, lo dirán.
