La expansión de la extrema derecha en el mundo viene acompañada de odio, racismo, violencia e ignorancia. En este último aspecto sobresale su guerra cultural contra todo aquello que represente algún atisbo de pensamiento y donde ocupa un lugar destacado la persecución y destrucción de libros. Así, encontramos que en Ucrania y en gran parte de Europa se persigue a los autores rusos, sin discriminación alguna. En una librería (¡!) de Kiev se reúnen libros de León Tolstoi, Fedor Dostoievski, Alexandr Pushkin y cualquier autor ruso, se les destruye, se les recicla, los desechos se venden y el dinero se destina al Ejército nazi de Ucrania. En Estados Unidos, que se proclama campeón de la libertad mundial, han sido prohibidos más de 1500 títulos de autores considerados obscenos y peligrosos para los niños, según lo diga cualquier padre de familia. Entre los autores prohibidos se encuentra William Shakespeare.

Entre los abanderados y cruzados de la destrucción de libros sobresalen diversas iglesias, entre ellas sectores de la católica. Los argumentos que esgrimen, los mismos de la extrema derecha, se centran en que estamos ante una supuesta nueva oleada comunista en el terreno cultural, uno de cuyos ideólogos sería Antonio Gramsci, y por eso hay que perseguir los libros, a los que tienen acceso los niños desde los primeros años en la escuela; es decir, se declara una persecución contra los libros de texto, sobre todo a los que se califica de ser portavoces de cualquier idea diabólica-comunista (recordemos que el anticomunismo de mediados del siglo XX aseguraba que Satán había sido el primer comunista). En la lógica destructora y anticomunista de los libros cabe todo lo que en ellos se diga, sea otra forma de acercarse a la historia, lo referido a alguna reivindicación social, cualquier cuestionamiento de la desigualdad, el racismo, la discriminación o la opresión, y ahora, por supuesto, la menor manifestación sobre libertad sexual.

En México, los voceros de la extrema derecha les han dado un nombre a esos textos: son los “libros del diablo”. Estos son los libros de texto, gratuitos (LTG), dirigidos a millones de niños y jóvenes, elaborados como parte de un proyecto de educación laica, universal y no confesional. Es esto lo que aterra a la extrema derecha que lleva varios meses denunciando el carácter destructivo de los libros de texto, porque tienen contenidos “ideológicos” que “adoctrinan a los niños”, como si los libros de texto y de propaganda de las iglesias y de la extrema derecha no tuvieran esa finalidad.

Para medir el rechazo a los LTG, y la ignorancia que justifica ese rechazo, el Obispo de Morelia ha dicho: “No he leído el material educativo ni lo hare; es ideologizante”. Como en Fuente Ovejuna, los portavoces de la extrema derecha, todos a uno, han enfilado baterías contra los libros: pretendidos representantes de los padres de familia (alineados en su militancia política conservadora y anti ilustrada), voceros de las iglesias evangélicas y algunos de la iglesia católica, ciertas editoriales privadas que no quieren perder un importante nicho de mercado debido a que los textos los edita el Estado, gente común y corriente adoctrinada en el odio a lo que huela distinto al mensaje castrador de sus sectas religiosas.

Esta campaña de adoctrinamiento de la extrema derecha dio sus frutos, porque el domingo 20 de agosto en la Comunidad San Antonio El Monte, San Cristóbal de las Casas, Estado de Chiapas, fueron incinerados decenas de libros de texto. Los energúmenos pirómanos gritaban que no querían esos libros comunistas y del diablo, su carácter lo evidenciaría que algunos de esos textos contienen la imagen del Che Guevara o Fidel Castro, rechazaban el adoctrinamiento de sus hijos y se oponen a los contenidos sexuales de esos libros. Encolerizados gritaban al unísono: “Queremos libros anteriores, no porquerías”, “No queremos basura”, “No queremos triple X”.

La quema la realizan un grupo de personas pobres, la mayor parte indígenas tsotsiles muchas de ellas analfabetas, ligadas a sectas evangélicas, y adscritas a una escuela pública -que para más vergüenza lleva el título de Benito Juárez, quien luchó para que México fuera un estado laico- cuyo orden de rechazar los libros de texto ha sido bien aprendida, y por eso los incineraron. Procedieron a rosear las cajas, con los libros adentro, con gasolina y luego le prendieron fuego. La quema tardó un poco, lo cual les dio un argumento adicional a los pirómanos del odio, quienes vieron en el retraso de la macabra ignición una clara señal de que sí son son libros del diablo, porque se niegan a desaparecer fácilmente, como las brujas en la edad media cuando eran quemadas por la santa inquisición.

Para darse cuenta de quienes participan en la campaña de hacer arder los libros del diablo basta recordar que el 60% de los habitantes del lugar son analfabetos, como quien dice, personas que necesitan libros y educación de toda índole, para no caer en manos de cualquier embaucador al que le aterre el conocimiento universal y, sustentado en la ignorancia extrema, justifique sus privilegios y sed de odio y de venganza.

Afortunadamente, en la gran mayoría del territorio mexicano los habitantes han condenado esa quema de libros y han exigido que los LTG sean entregados a los niños antes del comienzo de las clases. Se han realizado marchas multitudinarias, en las que niños, profesores y padres de familia les exigen a las autoridades locales que entreguen los libros a los niños y respeten el derecho colectivo a estudiar y educarse en forma laica y gratuita. Rechazan los privilegios de sectores minoritarios, aunque con gran poder económico, político y mediático, que quieren imponer sus propios intereses, entre ellos mantener a la gente sumida en la ignorancia y la superstición.

Por lo visto, el diablo -ilustrado, comunista y pertinaz lector- se ha tomado las manifestaciones de los que defienden los LTG y reclaman el derecho a una educación laica, universal y gratuita.


Publicado en papel en ‘El Colectivo’, Medellín, No. 89, septiembre de 2023

 

 

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