En el 2023, el mundo del entretenimiento estuvo dominado por mujeres. Pero por mujeres blancas, privilegiadas, burguesas y del Norte Global, las cuales generaron enormes ganancias para la maquinaria del capital. El mejor ejemplo de esta tendencia fue la taquillera Barbie de Greta Gerwig, que desató un fenómeno de audiencias y récords de venta para la industria del cine y para la multinacional Mattel.

Aclamada por muchas feministas como la película que habla de todas las opresiones a las que han sido sometidas las mujeres, Barbie representa fielmente lo que se denomina “feminismo liberal”, un feminismo privilegiado cuya lucha se enmarca en que las mujeres obtengan más poder que los hombres, en un contexto empresarial y neoliberal del “primer mundo”.

Para entender cómo circula esta ideología al interior de la industria del entretenimiento de masas, me referiré al discurso contenido en la superproducción Barbie, para después explicar cómo se replica (o no) en dos películas también del 2023, ambas nominadas al Óscar: Pobres criaturas, de Yorgos Lanthimos; y Anatomía de una caída, de Justine Triet. El análisis y la reseña de ambas contienen spoilers.

En Barbie el mensaje de empoderamiento femenino es simple: tú puedes ser lo que tú quieras: médica, profesora, jueza e incluso la mismísima presidenta. Es un asunto de derrotar al patriarcado y someter a los hombres para que todo se resuelva. La protagonista es una mujer blanca hegemónica, con su correspondiente cuota de minorías (barbie trans, barbie latina y barbie traumatizada), y el antagonista es Ken: un muñeco triste, musculoso y descerebrado que intenta oprimir a Barbie, quitándole su casa para convertirla en un club de masculinidades (Mojo Dojo Casa House) con latas de cerveza, caballos y televisores planos. Obviamente, Ken pierde en la película, pues Barbieland es propiedad de las mujeres, y debe aceptar que todo se vuelva a pintar de un rosa furioso. Mujeres ganan, hombres pierden.

Si en un primer vistazo el relato aparenta ser feminista, en una segunda capa de lectura nos damos cuenta de que se trata de una representación pensada desde el privilegio de clase y raza. Barbie es una mujer blanca que vive en un mundo con acceso a todos los privilegios. El objetivo de su lucha es obtener poder y llegar a ser quien tome las decisiones en Barbieland.

Nancy Fraser, Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya, en Manifiesto de un feminismo para el 99 % (Herder, 2019), llaman acertadamente a este tipo de relato “feminismo liberal”, uno pensado desde el Norte Global, en el estrato profesional, para el cual el objetivo es “romper el techo de cristal”. Es decir, “permitir que un puñado de mujeres privilegiadas puedan trepar sin culpas por la escalera corporativa… y plantea una versión mercantil de la igualdad que encaja a la perfección con el entusiasmo por la diversidad que prevalece en la cultura empresarial actual”.

En definitiva, un feminismo blanco cuya preocupación está en quién ejerce el dominio en un mundo capitalista, donde se busca repartir de forma equitativa la tarea de liderar la explotación laboral y la opresión. En Barbie no hay una consideración de clase al momento de plantear las distintas opresiones. Como si la rica y la pobre se encontraran exactamente en las mismas circunstancias frente a estos hombres malos que representan de manera burda el patriarcado.

El riesgo de desanclar los movimientos sociales de la lucha anticapitalista es precisamente éste: terminan deglutidos por el capital y convertidos en mercancía. Tanto Mattel como la industria del cine han ganado millones de dólares a partir de estos productos culturales. En Capitalismo caníbal (Siglo XXI, 2023), Fraser llama a este fenómeno “neoliberalismo progresista”, un modelo que “celebra la diversidad, la meritocracia y la emancipación mientras desmantela las protecciones sociales y vuelve a externalizar la reproducción social”.

Al igual que Barbie, existen distintas representaciones en el campo cultural, desde la música hasta la industria cinematográfica. Si Barbie es el mejor ejemplo de esta escala de valores en el cine, algo como la reciente canción de Shakira podría serlo en la música. La cantante, una mujer blanqueada que revienta las ganancias con sus canciones, insta a las mujeres a “facturar” en vez de sufrir por los hombres. Comparándose con objetos de valor como un Rólex o un Ferrari, Shakira nos recuerda que el amor propio de las mujeres se obtiene siendo exitosa y dejando a los hombres en el lugar que les corresponde: el de los perdedores.

Si nos fijamos bien, tanto la película como el mensaje musical de Shakira nos invitan a la misma lucha por el poder y la hegemonía. El feminismo liberal toma la industria de masas porque precisamente es el sistema de valores que circula en el Norte Global, donde se generan estos productos. Tal como Bourdieu abordaba la estructura de los campos culturales, pienso en Hollywood como uno de circulación global, donde las premiaciones determinan qué se sitúa en el centro de poder y qué en la periferia. Los Óscar suelen ser el elemento definitorio que destaca a unas producciones por encima de otras, de acuerdo con la ideología dominante y con las relaciones de poder al interior de la industria.

Como planteaba al principio, me interesa analizar de qué modo la ideología del feminismo liberal se instala (o no) en la narrativa de dos producciones recientes que, a partir de su nominación en los Óscar de este año, forman parte ya de este canon occidental de masas. Tanto Pobres criaturas como Anatomía de una caída representan historias desde el punto de vista femenino y cuestionan el patriarcado.

Pobres criaturas se basa en la novela homónima de Alasdair Gray del año 1992. La trama, enmarcada en un mundo steampunk o retrofuturista, propone el viaje de formación de una suerte de Frankenstein femenino llamada Bella Baxter (Emma Stone). Su padre Godwin Baxter (Willem Dafoe), un rico científico loco, la ha creado a partir de la implantación del cerebro de un bebé en el cuerpo de la madre que se ha suicidado. A lo largo de su viaje, Bella se encontrará con diversos prototipos de hombres: el canalla posesivo, el intelectual decadente, los feos patéticos que pagan por sexo, el aliade pusilánime y el violento feminicida. A partir del uso del cuerpo, el placer y el deseo, la protagonista logrará dominar a estos hombres de distintas maneras para obtener su libertad final. Luego, tras descubrir la existencia de la pobreza, Bella vivirá una suerte de adolescencia en París donde trabajará en un prostíbulo para empoderarse por medio del dinero y la dominación de los hombres que pagan por sexo. Es en esa etapa cuando leerá algunos libros, tendrá nuevas experiencias sexuales con su compañera de ascendencia afroamericana y participará de reuniones del Partido Socialista.

Pero la adolescencia y el idealismo se acaban con la llegada de la adultez. Debe regresar a su hogar a despedir a su padre-creador que está muriendo. Atrás queda el socialismo y la pobreza. Ahora Bella se quedará a cargo de la riqueza de su padre y estudiará medicina; sentará cabeza una vez que derrote e implante un cerebro de cabra al hombre violento y feminicida, causante del suicidio de su madre.

La escena final es de antología: Bella, en la enorme mansión heredada de su padre, rodeada de distintas mujeres y del aliade, un hombre de poco temple que vive a su servicio. Un mundo de mujeres, donde los únicos hombres que lo habitan son el pusilánime exnovio y el feminicida convertido en cabra. Mujeres buenas, hombres malos. En resumen: una Barbieland hipster y estetizada.

En la banqueta contraria, se encuentra la magnífica Anatomía de una caída. La trama nos sitúa en un pueblo remoto de los Alpes franceses, donde vive Sandra, una famosa escritora alemana, junto a su esposo francés y su hijo Daniel, de 11 años. Enmarcada en la estructura de un policial tradicional (un crimen, una investigación, pistas, una resolución del caso), la película de Triet nos plantea una serie de complejidades difíciles de abordar. No se trata ya del básico binomio mujer-buena versus hombre-malo, sino de seres humanos con sus contradicciones, anhelos, deseos y opacidades.

La trama se pone en movimiento a partir de la muerte de Samuel, el esposo de Sandra, quien cae desde el balcón de la casa en extrañas circunstancias. Con ello, comenzará un juicio en contra de la protagonista, como principal responsable del supuesto asesinato. La fiscalía intentará probar esa teoría, mientras la defensa alegará que se trató de un suicidio. En el contexto del proceso judicial, se formularán una serie de interrogantes y cuestionamientos sobre la vida matrimonial, la maternidad, el fracaso de Samuel y la infidelidad de Sandra. Otro elemento que genera aún mayor complejidad es el tema del idioma: el juicio es en francés, Sandra es alemana y habla inglés.

Al adentrarnos en los entretelones del matrimonio, conoceremos la solapada competencia entre ambos cónyuges por el éxito y reconocimiento; el accidente del hijo que le quita la vista y que desata culpas y resentimientos; las infidelidades de Sandra ante la impotencia de su esposo; y el robo intelectual que la protagonista hace de una idea de Samuel y que materializa en una de sus novelas más exitosas. La opacidad de esta mujer (nunca sabremos si es o no culpable) hará preguntarnos en todo momento si se trata de una persona fría y calculadora o una mujer víctima del sistema patriarcal.

Si bien Anatomía de una caída retrata la realidad de una familia burguesa (aunque con problemas económicos), las complejidades en sus relaciones la hacen una película que nos confronta con una serie de problemáticas al presentar una construcción de personajes no estereotipados, y con tantas opacidades que resulta imposible situarnos con facilidad de un lado o del otro.

Si en Pobres criaturas el éxito femenino está vinculado a una vida burguesa sin hombres (o con hombres para servicio), en Anatomía de una caída no hay salida, ni un final feliz para Sandra. Ni las mujeres son las víctimas absolutas, ni los hombres los victimarios. El sistema patriarcal juega en contra de todas las personas, con independencia del género. Samuel sufre por no ser exitoso y por no cumplir con su rol asignado por el modelo de las masculinidades hegemónicas. Sandra, pese al éxito material de sus novelas, lleva una vida de frustración e inconformismo. Ambos sufren y nadie gana en este juego de roles y en este sistema opresivo del patriarcado neoliberal.

En Anatomía de una caída nos encontramos frente a un tipo de feminismo no necesariamente liberal y con una perspectiva más compleja que escapa de los márgenes ideológicos de Hollywood. Pobres criaturas, por su parte, coincide con lo que plantea Barbie y otros tantos productos de masas de este tipo: feminismo liberal.

Las mujeres facturan, dice Shakira, porque no plantea el fin del modelo capitalista extractivo, sino su permanencia.


*Fuente: https://revistacomun.com/blog/las-mujeres-facturan-hollywood-y-el-feminismo-liberal/

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