Arcadi Oliveres (Barcelona, 1945) es profesor de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona y presidente de la ONG Justícia i Pau, que defiende y promueve los derechos humanos y la paz. Oliveres colabora con diversas plataformas sociales, impulsa Procés Constituent y sigue vinculado al 15M, movimiento social que cree que sigue activo y con la voluntad de lucha intacta.

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Cuando se cumplen 2 años de la irrupción del 15M, ¿cuál sería el balance de este movimiento?  ¿En qué se ha convertido? ¿Se ha desarrollado y consolidado como un espacio de participación ciudadana?

Pienso que era un buen momento para que surgiera. Incluso podría haberse producido antes. La crisis llevaba ya tres años sobre nosotros y, sin embargo, no se había dado ninguna reivindicación popular masiva. Nace casi por carambola, al calor de las manifestaciones sindicales del 14 de mayo, numerosas, y de otra, más social, el mismo 15M, más numerosa aún. Había ganas de protestar. En ese momento, en la sociedad se llegó a un punto de hartazgo. La gente se dijo: “aquí me quedo”, y se plantó en la Plaza Catalunya, en Sol, en Valencia…con la idea de permanecer mientras se reivindicaban una serie de derechos sociales y cívicos en peligro.

¿Nace entonces tarde? ¿Fue espontáneo?

No. Es un poco la confluencia de distintas sensibilidades. Estaba la gente de V de Vivienda, los opositores a la Ley Sinde, los sindicatos, parados, asociaciones vecinales. La manifestación y la posterior acampada sirvieron de catalizador de toda esta serie de propuestas. Y aquí ya empezó a el movimiento con una dinámica propia, en que los acampados llevaron a cabo sus primeras discusiones, e hicieron algo que, para mí, es el gran activo de la lucha de estos años, la pedagogía política. Lo que se hizo fue hablar, discutir y hacer propuestas.

Pero este trabajo ya se realizaba en el seno de los movimientos sociales.

Si, es cierto. Pero si se hubiese hecho bien no se habrían producido los resultados electorales en generales, autonómicas y municipales que se han dado. A la protesta ciudadana le faltaba una dirección colectiva. Se protestaba por la vivienda, por la educación, la sanidad…El 15M sirvió para reunir esta protesta tan diversa.

En estos dos años, ¿se ha perdido participación, capacidad de movilización?

En un primer momento, las movilizaciones son multitudinarias. En este momento, aunque pueda dar la sensación, no creo que haya descendido la participación. De hecho, esta mejor estructurada. En estos dos años, se ha creado una red a través de la concentración del trabajo en los barrios, en asambleas vecinales. Si ahora se suman a los que protestan en cualquier barrio de Barcelona, quizás sean más que los que se congregaban en la Plaza Catalunya. El activo se visualiza menos porque está más disperso. Se hacen propuestas más concretas sobre educación, sanidad, la reforma de la ley electoral. En este sentido, se impulsan varias iniciativas legislativas populares (ILP). Una para el cambio de la ley hipotecaria, otra para reformar la elección de diputados y senadores, otra para la creación de una Renta básica de ciudadanía. El 15M ha cambiado de aspecto pero continuará, porque la situación es grave.

Un escenario con más de 6 millones de parados ¿no crea las condiciones para un estallido social?

La movilización social existe. Durante el 2012, en Barcelona hubo jornadas con más de 10 manifestaciones convocadas. Quizás lo que se eche en falta es una implicación directa en el cambio. Creo que se dan tres razones que amortiguan un posible estallido social: el colchón familiar, una dosis notable de economía sumergida, y unos medios de comunicación que confunden a la gente. Se dice que no hay otras soluciones posibles a la crisis, que no hay alternativas, cuando eso no es cierto. Hay miedo.

¿Esta cifra es la constatación del fracaso de un sistema?

El capitalismo es un fracaso de entrada. El neoliberalismo, tal y como lo concibieron la señora Thatcher y Reagan es un verdadero fracaso, y lo extraño es que la gente no haya mandado a los gobiernos que siguen estas políticas a hacer gárgaras.

Hablaba del miedo, ¿el miedo no es un componente habitual de la historia política española?

Bueno, más que nada, las reivindicaciones han desaparecido porque nos hemos acomodado. Es cierto que es difícil protestar desde la cola del paro, pero votando al PP es un absurdo. No se entiende que se vote a unos impresentables.

A la protesta ciudadana le faltaba una dirección colectiva. Se protestaba por la vivienda, por la educación, por la sanidad…El 15M sirvió para reunir esta protesta tan diversa.

¿La reacción del Gobierno del PP a las protestas sociales evidencia su distancia de la realidad ciudadana?

El contacto con la realidad no lo han tenido nunca. Tienen contacto con los grandes poderes, a los que además temen. El señor Rajoy lo hará muy mal, que lo hace muy mal, pero no tiene la capacidad de hacer muchas cosas más. Todo viene impuesto desde el Banco Central Europeo, desde los grandes poderes económicos. Es evidente que son culpables de la situación, pero nosotros también tenemos nuestro grado de culpabilidad.

Si las decisiones no las toman gobiernos elegidos por la ciudadanía, ¿se puede hablar de democracia?

El sistema democrático que tenemos es vergonzoso. A todos los niveles. ¿Quién controla el BCE? ¿Quién nombra a los comisarios europeos? Cuando la Constitución Europea se tenía que aprobar, ¿se aprobó? No. Sin embargo, se crea el subterfugio del Tratado de Lisboa, y se impulsa una legislación que no ha votado nadie. Es una vergüenza.

¿Europa ha fracasado como unión?

La  buena idea con la que nació, la voluntad de reconciliación europea después de la II Guerra Mundial, no se ha correspondido con lo que se ha ido plasmando en la realidad. Se empezó a pudrir enseguida, se le dio un carácter mercantil y no social. Es una Europa de los mercaderes. No es la Europa de los ciudadanos.

Ante este difícil panorama, ¿ha acabado el tiempo del debate asambleario y ha comenzado el de la acción política?

Hay que vincular las dos cosas. Pedagogía y acción política. Todavía falta mucho. Por ejemplo, en Catalunya. Donde existe un Govern de CiU empeñado en una política de derechas y totalmente antisocial, que aunque le haya costado votos, se mantiene porque una mayoría de ciudadanos les ha seguido votando.

¿No cala entonces en la ciudadanía un discurso con más reivindicación social?

La sociedad es porosa ante este discurso, pero se mezclan intereses particulares y confusión informativa. Miedo y egoísmo. No es suficiente. La ciudadanía tiene, en la mayoría de los casos, poca información y pocas ganas de comprometerse. Es complicado que carguemos con nuestra responsabilidad como ciudadanos. No se puede reclamar conciencia a la sociedad, sino la tenemos nosotros, Se debe trabajar con coherencia, por ejemplo, no se puede protestar contra las nucleares y que los fondos de pensiones inviertan en ellas.

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Al inicio de la movilización del 15M hablaba que no quería asumir responsabilidades políticas, ¿Qué ha cambiado para impulsar ahora Procés Constituent?

No he querido asumir responsabilidades políticas. Lo que he hecho ha sido enfadarme todavía más. A partir de aquí, hemos buscado la confluencia de tres ámbitos distintos: indignados, plataformas sociales y algunos partidos políticos de izquierda, que mantienen, cada uno a su manera, la disconformidad con este sistema. Lo único que pretendemos con Procés Constituent es que las formaciones políticas y sociales hagan un gesto de generosidad y renuncien a sus propias candidaturas, para crear una lista conjunta que pueda llegar a alcanzar una mayoría en el Parlament de Catalunya. Entendiendo que tampoco es un poder especial, porque el poder de la Generalitat es mínimo si lo comparamos con Madrid, Bruselas o los grandes bancos. Pero hay que empezar por algo. Además, este es un proyecto en el cual los impulsores ya hemos dicho que no nos implicaríamos como candidatos.

¿Quién encabezaría esa coalición?

Tenemos tres años de trabajo por delante. Seguro que habrá debate. Y confiamos en integrar un buen número de gente proveniente de movimientos sociales y partidos de izquierda.

¿Existe así un futuro común para los movimientos sociales y la izquierda?

Si no lo creyese, no estaría en él. No somos cuatro gatos. En un mes hemos recibido más de 34.000 adhesiones al proyecto. La gente se muestra por la labor y este apoyo nos anima a seguir adelante. Y a la vez, también nos preocupa porque hay que saber organizar todo este apoyo a través de charlas, coloquios, trabajo en barrios. Es mucho trabajo el que queda para participar en las próximas elecciones. Una cuestión que a mí me incomodaba en los inicios del 15M era el desdén a los políticos, el “son todos iguales” y “no nos representan”. Esto no es cierto, y desde varias formaciones de la izquierda se trabaja por la defensa de los derechos básicos.

¿Un pacto de Estado entre los grandes partidos serviría para algo?

El PP y el PSOE son las dos maneras que hay de decir en este país derecha. Este pacto si sería un fracaso para todos. Han sido gobiernos de derechas, y en esta última etapa, se puede incluir aquí también al de Zapatero, se han limitado a realizar políticas contrarias a la ciudadanía. Han perdido la legitimidad para hablar de propuestas y soluciones. El drama es que detrás, les avala una mayoría parlamentaria.

¿La izquierda ha perdido el hilo del discurso social?

Hay cierta apropiación del discurso social por parte de la derecha, que lo contamina. En la derecha son unos ignorantes, con su desprecio de cualquier tipo de protesta y de la democracia activa. En este sentido, los escraches son perfectamente legítimos por parte de los ciudadanos, y ahí están las declaraciones del presidente del Tribunal Supremo y de otros jueces. Es sólo una medida de presión. No hay otra manera de poder acceder a hablar con diputados y senadores bajo este sistema. Los escraches son un orgullo para la democracia.

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