La Unión Europea ha dado luz verde al histórico acuerdo comercial con el Mercosur, tras más de 25 años de negociaciones diplomáticas, tiras y aflojas políticos, y múltiples advertencias del campo europeo sobre las consecuencias para la agricultura local. No obstante, la aprobación ha desatado una oleada de protestas sin precedentes entre agricultores y ganaderos de toda Europa, especialmente en España y en Cataluña, donde cientos de tractores han bloqueado carreteras clave y puertos estratégicos para exigir que se retire o se revise el texto antes de su firma definitiva.
Un acuerdo con Mercosur que divide a Europa
El acuerdo entre la UE y el Mercosur —el bloque sudamericano que integran Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay— busca crear uno de los mayores mercados de libre comercio del mundo, con un alcance estimado en más de 700 millones de personas y eliminando prácticamente todos los aranceles entre ambas regiones. Según la Comisión Europea, el pacto podría representar un impulso a las exportaciones europeas en sectores como maquinaria, automoción, productos agroalimentarios y tecnología.
Sin embargo, en el campo europeo se percibe de manera muy distinta: para muchos agricultores, esta apertura comercial no es una oportunidad, sino una amenaza existencial. Grupos agrarios denuncian que el acuerdo favorecerá la entrada masiva de productos sudamericanos más baratos, producidos bajo normas sanitarias, fitosanitarias y medioambientales distintas —y en muchos casos menos estrictas— que las vigentes en la UE.
El campo catalán y español levanta una protesta histórica
En Cataluña, los efectos del rechazo han sido inmediatos y visibles. Desde primeras horas de la mañana de este viernes, decenas de tractores han bloqueado la autopista AP-7 en ambos sentidos, en distintos tramos de la N-II en la región del Alt Empordà, y en la A-2 a la altura de Fondarella (Lleida). Los agricultores han pasado dos noches durmiendo en sus vehículos sobre las carreteras, rodeados de tiendas de campaña, estufas de leña y provisiones, decididos a mantener los cortes “hasta que se retire el acuerdo”.
Estas movilizaciones, organizadas por asociaciones como Revolta Pagesa, Unió de Pagesos y ASAJA, han provocado cortes prolongados en ejes estratégicos para la movilidad y el transporte de mercancías, afectando tanto a consumidores como al resto de sectores económicos. Además, los agricultores han bloqueado el acceso al Puerto de Tarragona, uno de los puntos logísticos más importantes de España, en una señal de hasta dónde están dispuestos a llegar para reclamar que se reconsidere el pacto comercial.
Un grito de desesperación: “Es la muerte de la agricultura local”
Los dirigentes agrarios catalanes y españoles han sido contundentes en sus críticas. Jordi Ginabreda, portavoz del Gremio de la Pagesia, ha afirmado que el acuerdo supone “la muerte de la agricultura local” y ha acusado a los gobiernos europeos de usar la alimentación y el sector primario como “una moneda de cambio para favorecer otros intereses económicos”.
Desde el corte en Pontós (Girona), Ginabreda denunció que los productos procedentes del Mercosur pueden entrar con pesticidas y normas que están prohibidos en la UE, lo que representa lo que él ha llamado una “competencia desleal”. Otros representantes han señalado que el campo europeo no puede competir con mercancías importadas a precios más bajos, que no respetan las mismas exigencias ambientales, laborales o sanitarias que los productores europeos deben cumplir estrictamente.
Por su parte, desde Unió de Pagesos han subrayado que la aprobación del acuerdo sin las “cláusulas espejo” —normas que exijan que los productos importados cumplan las mismas exigencias que los europeos— es una traición a la seguridad alimentaria y al futuro del campesinado europeo.
Protestas en toda Europa: una oleada de movilizaciones
La indignación no se limita a España y Catalunya. En Francia, Polonia, Hungría, Austria e Irlanda, sindicatos agrarios y campesinos han convocado tractoradas, bloqueos de carreteras y manifestaciones masivas frente a parlamentos y sedes gubernamentales. En París, por ejemplo, decenas de tractores ocuparon las principales arterias de la ciudad y generaron colapsos de tráfico, mientras los agricultores protestaban contra lo que consideraron una imposición desde Bruselas sin tener en cuenta las necesidades reales de los productores.
Incluso en Bruselas, se han visto protestas coordinadas con miles de tractores acercándose a las instituciones europeas en rechazo al pacto. Estas movilizaciones reflejan que la preocupación no es solo local, sino generalizada entre quienes trabajan la tierra en toda la Unión Europea.
Gobierno español y catalán: entre apoyos y tensiones
Mientras los agricultores mantienen sus protestas, la respuesta política ha sido desigual. El Gobierno central de España, junto con algunos ministros europeos, ha defendido el acuerdo como “una gran oportunidad comercial” que abrirá nuevos mercados para productos nacionales, incluidos vinos, aceites y maquinaria agrícola.
Sin embargo, esta posición ha chocado frontalmente con la realidad del campo, que asegura que las ganancias potenciales para algunos exportadores industriales no compensan las pérdidas que sufrirán las explotaciones familiares y medianas. Muchos agricultores han señalado con dureza que sus intereses han sido ignorados por quienes toman las decisiones en Bruselas y Madrid, listos para sacrificar al sector primario en aras de supuestos beneficios macroeconómicos.
En Cataluña, la tensión también se ha trasladado a las instituciones autonómicas. Aunque el conseller de Agricultura ha mostrado intención de acompañar las demandas de los manifestantes ante el Ejecutivo español y europeo, los campesinos han expresado su frustración por una respuesta que consideran insuficiente y tardía.
Dudas sobre estándares y control de importaciones
Uno de los argumentos clave de los agricultores es que el acuerdo puede abrir la puerta a productos importados con estándares sanitarios y ambientales menos exigentes que los de la UE. Aunque la Comisión Europea ha garantizado que habrá controles y que las mercancías sudamericanas deberán cumplir las normas comunitarias, las organizaciones agrarias temen que esas garantías sean difíciles de aplicar en la práctica, o que se utilicen mecanismos de certificación flexibles que permitan la entrada de productos con prácticas prohibidas dentro de Europa.
Además, muchos señalan que el acuerdo no aborda adecuadamente los riesgos medioambientales, como la deforestación asociada a la expansión de cultivos en países como Brasil, o los efectos negativos sobre la biodiversidad. Estas preocupaciones han sido expresadas también por grupos ecologistas, que coinciden en que el tratado carece de mecanismos eficaces para proteger tanto el medio ambiente como a los sectores productivos más vulnerables.
Impacto socioeconómico: más allá de cifras macro
Los agricultores critican que las instituciones europeas centran sus análisis en proyecciones macroeconómicas como el aumento del comercio o el crecimiento del PIB, mientras ignoran el impacto real en comunidades rurales enteras. La desaparición de pequeñas y medianas explotaciones familiares no solo supondrá pérdidas económicas directas, sino también un deterioro del tejido social y cultural en zonas rurales que ya enfrentan despoblación, envejecimiento y falta de oportunidades.
Para muchas familias agricultoras, el acuerdo representa una espada de Damocles que amenaza con acelerar el éxodo del campo y la pérdida de la soberanía alimentaria europea. Algunos manifiestan que, de seguir esta senda, Europa reemplazará progresivamente su producción local por alimentos importados producidos en condiciones menos exigentes.
La lucha continúa: ¿puede el acuerdo frenarse?
Aunque la aprobación del acuerdo en el Consejo de la UE representa un hito clave, aún falta la ratificación por parte del Parlamento Europeo y la formalización del pacto en el Mercosur. Esta fase ofrece todavía oportunidades para que las protestas y la presión social obliguen a introducir cambios sustanciales o incluso a replantear el texto en áreas sensibles como los estándares de producción y cláusulas de competencia leal.
Los agricultores han anunciado que no levantarán los cortes hasta que haya una respuesta clara a sus demandas, y que seguirán movilizándose no solo en las carreteras, sino también ante instituciones políticas y judiciales. Algunos grupos han anunciado que presentarán recursos legales y apelarán a normativas europeas para intentar frenar o modificar la implementación del acuerdo.
Conclusión: una Europa dividida entre intereses comerciales y sostenibilidad agraria
La aprobación del acuerdo entre la UE y el Mercosur, aunque vista por algunos sectores como un avance estratégico para el comercio global, ha dejado al descubierto una división profunda en Europa. Por un lado, los grandes intereses comerciales y políticos respaldan una apertura sin reservas. Por otro, miles de agricultores ven cómo sus medios de vida, sus tradiciones y su capacidad de competir justamente están siendo puestos en riesgo.
En países como España y regiones como Cataluña, esta división está marcada no solo por la economía, sino también por la identidad rural, la convivencia con el territorio y la defensa de una agricultura sostenible y digna. En definitiva, el debate sobre Mercosur no es solo un acuerdo comercial: es una reflexión profunda sobre qué tipo de Europa queremos construir y quiénes deben ser los verdaderos beneficiarios de las políticas económicas del bloque.
Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.






