Hay instituciones que forman parte del paisaje mental de un país. Están ahí desde siempre, con una presencia tan familiar que rara vez se cuestiona su papel real. En Cataluña, una de esas instituciones ha sido históricamente “la Caixa”. Durante décadas se ha proyectado como una especie de columna vertebral social: una entidad financiera poderosa, sí, pero también un actor filantrópico que financia investigación médica, programas culturales, becas educativas y ayudas sociales. Su obra social ha sido celebrada como uno de los mayores instrumentos de mecenazgo privado en Europa. Sin embargo, cuando se examinan con más detalle los flujos de ese dinero filantrópico, aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la beneficencia se mezcla con el poder coercitivo del Estado?
La revelación de que millones de euros procedentes de la obra social de “la Caixa” han financiado fundaciones vinculadas a la Policía Nacional y a la Guardia Civil obliga a replantear ese relato casi sacralizado de la filantropía bancaria. Entre 2019 y 2024, las fundaciones asociadas a ambos cuerpos recibieron en conjunto más de 3,3 millones de euros de la fundación bancaria heredera de la antigua caja de ahorros catalana. De esa cantidad, aproximadamente 1,3 millones se destinaron a la fundación vinculada a la Policía Nacional y más de 2 millones a la fundación asociada a la Guardia Civil. El dinero se canalizó a través de convenios de colaboración para financiar actividades culturales, sociales y formativas de estas entidades.
A primera vista, podría parecer un gesto inocuo. Al fin y al cabo, las fundaciones policiales se presentan como organizaciones privadas dedicadas a mejorar la imagen institucional de los cuerpos de seguridad, apoyar a sus miembros y promover actividades educativas o culturales. Sin embargo, el problema no radica tanto en la legalidad de esas donaciones —que existe— como en su significado político y simbólico. Porque cuando una entidad financiera de tamaño sistémico decide destinar recursos filantrópicos a reforzar la proyección social de las fuerzas de seguridad del Estado, está tomando partido en la arquitectura del poder.
La obra social de “la Caixa” no es una fundación menor. Maneja presupuestos que superan ampliamente los de muchas políticas públicas. Solo para 2026 se prevé un presupuesto de alrededor de 710 millones de euros, con un plan estratégico que aspira a elevar esa cifra hasta los 800 millones anuales en 2030. Ese dinero se reparte en programas sociales, culturales, educativos y de investigación sanitaria. Cuando una institución con semejante capacidad de intervención decide financiar estructuras vinculadas al aparato coercitivo del Estado, el gesto adquiere una dimensión que trasciende la mera acción filantrópica.
De hecho, la relación entre la entidad y las fuerzas de seguridad no se limita a estas donaciones. Desde hace años existen acuerdos que permiten a miembros de la Policía y de la Guardia Civil acceder a becas para cursar estudios de posgrado o realizar cursos de idiomas financiados por la fundación. En paralelo, también se desarrollaron campañas comerciales dirigidas específicamente a agentes recién graduados para atraer sus nóminas a la entidad bancaria, incluso ofreciendo equipamiento para su formación policial como incentivo.
Todo ello dibuja una relación que va más allá de la simple cooperación puntual. Se trata de una red de intereses compartidos donde la filantropía, la estrategia comercial y la proximidad institucional se entrelazan. La pregunta inevitable es si una fundación que se presenta como motor de progreso social debería invertir recursos en reforzar la imagen y las capacidades formativas de cuerpos policiales que ya cuentan con amplios presupuestos públicos.
La cuestión es especialmente sensible en contextos donde la actuación policial forma parte de un debate político intenso. En Cataluña, por ejemplo, el recuerdo de episodios de represión policial durante diferentes momentos de la historia reciente sigue siendo una herida abierta en determinados sectores de la sociedad. En ese escenario, la financiación privada de estructuras vinculadas a esos cuerpos adquiere inevitablemente una lectura política.
La filantropía corporativa nunca es neutral. Aunque se presente como un ejercicio altruista, siempre responde a una determinada visión del mundo. En el caso de las grandes fundaciones empresariales, esa visión suele coincidir con la defensa de un determinado orden social y económico. No se trata necesariamente de una conspiración ni de una estrategia oculta; es más bien una forma de coherencia estructural. Las grandes corporaciones tienden a apoyar aquellas instituciones que garantizan estabilidad, previsibilidad y continuidad en el sistema que les permite prosperar.
Desde ese punto de vista, el apoyo a las fundaciones policiales puede interpretarse como una inversión en estabilidad institucional. Las fuerzas de seguridad representan el monopolio legítimo de la coerción del Estado, y su prestigio social es un elemento central para el mantenimiento del orden político. Si una gran entidad financiera decide contribuir a reforzar esa legitimidad mediante actividades culturales, becas o programas formativos, en cierto modo está invirtiendo en el entorno institucional que sostiene su propia actividad.
Pero precisamente ahí reside el dilema democrático. La obra social de una entidad financiera que se presenta como instrumento de bienestar colectivo debería someterse a un escrutinio público mucho más riguroso. Porque aunque el dinero sea formalmente privado, su origen y su función tienen una dimensión social evidente. Durante décadas, las cajas de ahorro se construyeron gracias al ahorro de millones de ciudadanos y a un marco regulatorio que les otorgaba un papel cuasi público. Su obra social nació como una forma de redistribuir parte de ese capital hacia la comunidad.
Con la transformación del sistema financiero y la conversión de muchas cajas en bancos comerciales, esa herencia social quedó encapsulada en fundaciones bancarias que gestionan grandes patrimonios. Pero el principio original —la idea de devolver a la sociedad parte de la riqueza generada colectivamente— sigue siendo el argumento central que legitima su existencia.
Por eso resulta legítimo preguntarse qué prioridades deberían guiar esa redistribución. ¿Tiene sentido que una fundación con cientos de millones de euros de presupuesto destine recursos a fundaciones policiales cuando existen déficits evidentes en ámbitos como la vivienda, la salud mental o la pobreza infantil? ¿Qué mensaje transmite a la sociedad cuando el dinero destinado a la solidaridad termina reforzando instituciones que ya cuentan con amplios recursos estatales?
La respuesta no es sencilla. Quienes defienden estas colaboraciones argumentan que las fuerzas de seguridad también forman parte de la sociedad y que sus miembros —como cualquier otro colectivo profesional— pueden beneficiarse de programas educativos o culturales. Desde ese punto de vista, las donaciones no serían más que una extensión natural de la política de becas o de apoyo a colectivos específicos.
Sin embargo, la cuestión no es tanto quién recibe el dinero como el significado estructural de esas alianzas. Cuando una gran fundación empresarial estrecha vínculos con instituciones que encarnan el poder coercitivo del Estado, se produce una convergencia entre capital financiero y poder policial que merece ser analizada con cuidado.
La historia económica está llena de ejemplos donde esa convergencia ha sido decisiva. Desde los grandes magnates industriales del siglo XIX que financiaban fuerzas privadas de seguridad para proteger sus fábricas hasta las modernas alianzas entre corporaciones y aparatos de seguridad en contextos de conflicto social. En todos esos casos, el apoyo económico a estructuras coercitivas ha sido una forma de asegurar la estabilidad del orden existente.
No se trata de afirmar que la situación actual sea equivalente a esos episodios históricos, pero sí de reconocer que la relación entre capital y seguridad nunca ha sido completamente inocente. Cuando el poder económico y el poder coercitivo se acercan demasiado, el equilibrio democrático puede resentirse.
En el fondo, el debate que abre este tipo de revelaciones no es únicamente sobre un banco o una fundación concreta. Es un debate sobre el papel de las grandes instituciones privadas en la esfera pública. En sociedades donde el poder económico se concentra cada vez más, las decisiones filantrópicas de unos pocos actores pueden tener un impacto comparable al de políticas públicas enteras.
Por eso, más que escandalizarse o trivializar el asunto, quizá lo más sensato sea exigir transparencia y debate. La obra social de las grandes fundaciones debería estar sujeta a un escrutinio democrático proporcional a su capacidad de influencia. No para limitar su autonomía, sino para garantizar que esa autonomía se ejerce de forma coherente con el interés colectivo.
Porque la filantropía, cuando maneja cientos de millones de euros y afecta a instituciones fundamentales del Estado, deja de ser un gesto privado. Se convierte en una forma de poder. Y todo poder, por muy bienintencionado que se presente, merece siempre ser observado con atención crítica.
